CON EL ENEMIGO ADENTRO
Capítulo 2
Lucio Conde era uno de los hombres más
adinerados de la región. Se comentaba que sus
cuentas crecían a diario y se sospechaba de la
ilegalidad de su fortuna; aunque nunca se le había podido comprobar nada chueco. Era un tipo bastante aislado socialmente, incluso para muchos negocios; era su hija Juliana quien se ocupaba de concertar y cerrar tratos... Confiaba en ella como en sí mismo.
Lo apodaban “el Conde”. Viudo desde el nacimiento de su única hija, jamás hubo de volver a casarse. Se encargó siempre de darle lo mejor, era su única familia, la mandó a estudiar administración de empresas y economía en las mejores universidades, donde la joven resaltó por su talento innato para estos menesteres y debutó una vez graduada frente a una de las mayores empresas de su padre; ganándose aun más su confianza y admiración. Él se jactaba y enorgullecía frente a sus socios de cada trato que ella cerraba... siempre sacando ventaja.
Esa mañana, la heredera del imperio Conde se reunió con una compañía extranjera que manejaba una línea de spas en el territorio, a punto de quiebra.
―Me alegró mucho que me llamaran en la tarde de ayer y, para ser sincera; no me sorprendió, pese a la negativa a vender del día anterior
―espetó la chica con cierta petulancia mientras bebió un sorbo de su cóctel.
―Muy segura de sí misma por lo que veo ―contestó uno de los sujetos reunidos a la mesa con una mirada incómoda.
Ella sonrió, hizo un gesto majestuoso con una mano y con la otra tomó y usó en sus labios rojos la servilleta. ―No lo puedo negar... así soy.
La autosuficiencia y altanería de aquella mujer incomodaba; sin embargo, la frialdad de sus ojos y su manera de hablar, eran determinantes para los negocios.
―Solo... conteste algo...
―Usted dirá ―ella le prestó toda su atención.
―¿Por qué les interesa comprar una línea de spas que prácticamente ya no resultan rentables y generan más gastos que dividendos?
Juliana lo miró muy seria, luego sonrió y frunció el ceño. ―Porque tenemos el dinero, los contactos y el prestigio en el mercado para convertirla nuevamente en rentable... la capacidad y sagacidad para sacar el negocio del lodo en que lo dejaron caer por ineptitud; perdonen mi franqueza... Y en tercer lugar; porque Lucio Conde, mi padre, así lo decidió.
―Demasiado insolente para ser una mujer tan joven ―se quejó uno de ellos, soltando con brusquedad su servilleta sobre la mesa.
―Oh, disculpe, señor Whuan, no es mi intención ofenderle ―ella ofreció unas disculpas llenas de falsedad y luego tomó unos documentos del portafolios que traía. Se puso de pie y los colocó sobre la mesa―. Es mi nueva oferta, teniendo en cuenta la negativa inicial de parte de ustedes y que el valor de esos inmuebles decae por día... me temo que deben aceptar o terminarán perdiendo todo. Ahora con permiso. ¡Ah! Y, por favor ―se colocó las gafas oscuras―, a pesar de ser una mujer... joven e insolente; tengo muchos asuntos que atender; así que les ruego: llámenme solo si es para proceder a la firma del contrato de venta, sino... no me hagan perder más tiempo. Con permiso ―dijo tajantemente y abandonó la mesa.
«¡Ridículos viejos! Firmarán... los tengo. Terminarán rogando por esa firma del trato pronto».
Juliana Conde abandonó el lugar sin mirar atrás y con una seriedad que producía bastante sugestión. Salió del edificio, divisando su auto al otro lado de calle, y el chofer al verla aparecer junto a uno de sus guardaespaldas se precipitó de inmediato a abrirle la puerta trasera del vehículo. Antes de abordarlo su teléfono celular vibró en su mano y sonrió al leer el mensaje que le entró: «Han firmado».
―¿Hacia dónde, señorita Conde? ―preguntó el chofer luego de cerrarle la puerta y ocupar su puesto en el volante.
Ella miró su reloj por unos instantes. ―A casa, debo ir por unos documentos que olvidé.
Ya Carolina se había limpiado la sangre que salpicó en su cara cuando aquel animal le disparó a aquella chica inocente que lo único que deseaba era salvarse. Aún sentía náuseas y unos terribles impulsos de hacer justicia.
Pensaba en todas aquellas mujeres que como la pelirroja habían terminado como alimento para peces; pero la verdad era que eso – la muerte – no era lo peor. Lo peor era lo que les aguardaba en la tierra firme.
―¡Ya es hora, muchachas! ―gritó uno de los tipos, abriendo la puerta y haciéndolas sobresaltar―. Pónganse esto ―les lanzó unas pequeñas bolsas de tela oscura, que usarían en sus cabezas para cubrir sus ojos.
Las chicas, paradas en fila una al lado de la otra, obedecieron la orden sin chistar, quedando completamente a oscuras. Sintieron la nave detenerse, lo que les causó un ligero mareo.
Carolina sintió una mano callosa y sudada aferrar su brazo de manera muy brusca.
―¡Andando! ―ordenó el tipo, halándola―. Atenta a las escaleras, belleza.
La condujeron escaleras arriba hasta el exterior y la hicieron avanzar un poco más hasta hacerla descender de la nave. Alguien más la sujetó al mismo tiempo que el otro la soltaba. La guiaron hasta el interior de lo que ella imaginó fuese un almacén, tenía solo la certeza que se trataba un lugar amplio y con techo. Veía solo sombras, por lo cual podía solamente imaginar lo que sucedía a su alrededor. Poco a poco escuchó llegar a las demás muchachas y fueron colocadas en fila una al lado de la otro. Estaba atenta a las voces que sentía y a las sombras que veía moverse en torno a ella. Contó unos cinco o seis tipos en aquel lugar, sin contar los que venían en el barco que eran cuatro, y un vehículo de dimensiones medianas, seguramente era un furgón que usarían para transportarlas a la desconocida destinación…
―¡¿Qué rayos significa esto?! ―un hombre con voz muy ronca y autoritaria se quejó acercándose―. Eran seis, yo cuento solamente cinco.
¡¿Qué coño sucedió?!
―Tuvimos un pequeño… problema con una de ellas ―inició a explicar uno de los tipos que venían en el barco―. Se rebeló y tuve que…
No terminó de hablar, pues un disparo se escapó de la pistola del que al parecer estaba al frente de aquel grupo de criminales y fue a parar directamente en el lado izquierdo de su pecho, apagándole de inmediato la vida.
―Espero que sirva de escarmiento; el patrón no perdona los errores.
Invirtió una fortuna en esta carga y ustedes debían solo cuidarla y traerla segura. Dañarla o perderla... se paga con la vida.
Los demás tipos guardaban silencio. Lógicamente estaban en presencia de alguien poderoso; pero no era la cabeza.
―¡¿Entendido, maldita sea?! ―gritó el de la voz ronca.
―¡Sí, señor! ―afirmaron casi al unísono los secuaces.
―Ahora lleven la mercancía al miniván y encárguense de limpiar este desastre ―ordenó, obviamente refiriéndose al cadáver aún caliente del tipo que asesinó a sangre fría pocos segundos antes.
Carolina estuvo atenta a cada sonido, a cada pequeño detalle; pero no tenía idea de a qué lugar exacto habían llegado. Les mantuvieron la cabeza cubierta y las subieron a un vehículo amplio donde anduvieron en marcha por más de una hora, hasta adentrarse en lo que parecía zona urbana por la cantidad de tráfico que se escuchaba, las paradas seguramente en los semáforos y el bullicio característico de las urbes.
Finalmente, el vehículo se detuvo luego de hacer unos cuantos giros en varias entrecalles. Se escuchó una puerta de hierro chirrear al abrirse y la marcha se reanudó lentamente hacia el interior de algún sitio. Las chicas estaban tan asustadas con todo lo que recientemente habían visto, que prácticamente no habían pronunciado palabra durante todo el camino.
―Pueden descubrirse el rostro, ladies. ¡Y vamos, al suelo que no tengo todo el día!
Obedecieron sin replicar y descendieron del miniván parpadeando mientras sus ojos se acostumbraban a la luz del sol.
Carolina recorrió el lugar de inmediato con la vista... Estaban en el patio trasero de lo que parecía una residencia enorme, y vieron acercarse una mujer de unos cincuenta años vestida elegante; aunque una vez cerca el olor repugnante de su perfume delataba que no era más que un disfraz de buena clase.
―¿Cinco? ―preguntó la mujer, paseándose frente a ellas mientras uno de los tipos armados las hacía colocar en fila.
―Uno de los idiotas del barco perdió una ―respondió el de la voz ronca que todas recordaban bien.
―¡Espero hayas actuado conforme a las reglas, Ricardo! Al patrón no le gustan estos problemas en las entregas, sabes que no perdona la ineptitud.
―No tienes que enseñarme a hacer mi trabajo, Felina... conozco las reglas, ya el culpable está muerto.
―Muy bien... el patrón debe venir hoy y no quiero problemas.
Luego esa mujer a la que llamaban Felina y que destilaba autoridad por doquier, se acercó a una de las muchachas y la observó con detenimiento, la tomó de las caderas y la volteó; así con todas, incluida Carolina.
―Ahora me marcho, tengo que pasar por otros negocios aún ―dijo el tal Ricardo.
―Ok, ok, yo aquí me encargo de... instalar a las niñas ―dijo Felina y sonrió―. Deben estar agotadas del largo viaje, les vendrá bien una ducha y un par de horas de sueño. Esta noche las quiero impecables.
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