CON EL ENEMIGO ADENTRO

Sra. Sotto · Capítulo 14 de 42

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CON EL ENEMIGO ADENTRO

Capítulo 12

El local inició a vaciarse poco a poco hasta que finalmente el último cliente se marchó y la música paró de sonar, lo que fue un alivio para

los oídios y los pies de Carolina. Estaba exhausta, loca por un baño y la cama. Mientras descendía del pequeño palco, escuchó a Lucy dar las buenas noches a algunas chicas que se encaminaban hacia los dormitorios seguidas por un par de guardias.

―Ey, tú… ―alguien llamó la atención de la chica que iba rumbo a la puerta.

Ella se giró y sus ojos se clavaron en el guardia que descendía las escaleras, dirigiéndose hacia ella. ―¿Qué sucede? ―preguntó ya con el ceño fruncido.

Lucy se acercó también. ―¿Hay algún problema?

―Sí... La patrona ha recibido algunas quejas esta noche por el comportamiento poco profesional de la aquí presente ―dijo el guardia.

―¡¿Qué?! ¿Cuáles quejas? Yo... ―Carolina miró hacia Lucy que al igual que ella no sabía de qué demonios estaba hablando.

―Tú no te entrometas ―dijo el guardia, mirando a Lucy antes que esta hablara a favor de la chica―. Algunos clientes se fueron insatisfechos...

―¡No es cierto! ―Carolina miró hacia las escaleras y sin poder controlarse se dirigió hacia estas a la velocidad de la luz.

―¡Carol, no! ―gritó Lucy; pero la otra pareció no escucharla, mientras el guardia la seguía escaleras arriba, logrando aferrarla de un brazo justo en la cima.

―¡Suéltame, animal! ¡Solo quiero exigir mis derechos! ―se debatía ella, intentando quitarse aquel forzudo de encima.

―¡Vas a hacer el turno de limpieza porque es la orden! ¡Aunque tenga que llevarte a rastras a la cocina!

―¡A ver, prueba a ver, idiota! ―exclamó la chica, sacudiendo el brazo.

―¡Una buena madriza es lo que necesitas por respondona! ―vociferó el tipo, alzando la mano; pero en ese momento la voz de su patrona lo hizo quedar petrificado en el lugar.

―¡Si te atreves a poner una mano encima de una de ellas de este modo... me aseguraré que tengas una extremidad de menos! ―espetó Juliana parada en la puerta mirándolos a ambos con el ceño fruncido.

―Patrona... perdón ―dijo el guardia dando un paso atrás, soltando el brazo de Carolina que lo miraba endemoniada―. Esta mujer es... muy rebelde, me temo que la magnitud de su castigo no está a la altura de su ímpetu.

―Eso lo decido yo. Vete.

―Sí, patrona ―contestó el guardia y agachó la cabeza mientras tomaba las escaleras y desaparecía de inmediato de la vista de Juliana Conde.

Carolina lo siguió con la vista hasta que llegó al salón y se perdió por uno de los corredores, luego se giró hacia Juliana, se aclaró la voz y alzó la cabeza, y entonces se dio cuenta que lo mejor hubiera sido “soportar y sonreír”. ¿Qué demonios pretendía reclamar?

―¿Qué es todo este alboroto delante de mi puerta? Y algo más... sabes que les está prohibido subir sin ser llamadas ―dijo la jefa en tono de regaño.

―Lo siento; pero es que ese... guardia, pretendía que me pusiera a limpiar luego de estar bailando toda la noche con estos zapatos que me traen muerta; es inhumano.

Ahí todo era inhumano.

―Él cumplía órdenes... también tú debías hacerlo en vez de formar este alboroto a las cuatro de la mañana ―Juliana la miraba fijamente a los ojos.

―¡Sí, claro! ¡Lo dice usted que se va a casa a una cama caliente y no debe dar explicaciones de horarios ni nada! ―Carolina debía absolutamente aprender a mantener la boca cerrada; pero ni modo, las palabras salían de su boca antes que siquiera las pensara.

Juliana miró a todas partes disimuladamente y dio un paso adelante.

―Baja la voz, hay quienes sí duermen y estás haciendo un berrinche rebelde que te deja ver como una chiquilla...

―¡Ah, le parezco una chiquilla cuando peleo por mis derechos; pero no para hacer lo que hago y hacerles ganar dinero!... ¡No, s-suélteme!

¡¿Qué hace?! ―protestó mientras la otra le tomaba fuerte de un brazo y la obligaba a entrar al despacho.

―Cállate de una maldita vez.

Pero Carolina no entendía razón. ―¡No puede hacer esto! ¡Suélteme!

Cuando Juliana cerró la puerta la soltó, se pasó las manos por la cabeza acomodándose el cabello y luego la encaró. ―No puedes continuar a hacer esto... no puedes subir aquí cuando te plazca y armar una pataleta; ¡¿qué demonios crees?!

―¡Y usted no puede tratarme como a un animal! Tengo derechos y los defenderé siempre ―respondió Carolina, dando un paso adelante con una mano en la cintura y la otra gesticulando en el aire.

Seguía hablando de derechos, como si en ese lugar alguna de ellas tuviera algún derecho; mas era lo único que se le ocurrió.

De repente Juliana sintió ganas de reír; aquella mujer que apenas conocía hacía muy poco había osado darle una cachetada, y ahora la tenía enfrente hablándole sin el temor con que lo hacían los demás... Eso la divertía; pero se contuvo. Sin contar el hecho de que también tenía el poder de hacerle perder el control de sí misma.

―Tengo que reconocer que tienes ovarios ―dijo Juliana, viéndola con los ojos entrecerrados mientras se frotaba la cara.

Justo en ese instante el recuerdo de la cachetada llegó a la mente de Carolina y su corazón se disparó con fuerza. Aquella mujer no dejaba de mirarla como a una presa y muy en sus adentros, sí comenzaba a sentirse la caza... Sus ojos se detuvieron en el escote de aquel vestido negro y recordó cuando prácticamente le arrancó la camisa haciéndole saltar los botones, deseosa de su piel. Sacudió la cabeza y dio un paso hacia la puerta.

―¡¿Adónde vas?! ―exclamó la hija del hombre culpable de que ella estuviera en esa casa, pasando tantas miserias y viviendo malos ratos.

―A mi habitación, yo... Disculpe por todo este escándalo, prometo que no daré más problemas, yo... ―calló cuando vio a Juliana retirarse el sobretodo de los hombros y tragó en seco.

―No quiero que dejes de dar problemas ―dijo la heredera Conde acercándose, hasta llevarla contra la puerta, muy cerca de sí―. Y no quiero que te vayas ―apoyó una mano en la madera y otra en la cintura de aquella mujer que la enloquecía―. ¿Qué demonios quieres tú? ¿Ah?

Todo aquel ímpetu y su misión, así como todo lo demás, desapareció de la cabeza de Carolina en un segundo. La tenía tan cerca que bastó mover unos centímetros velozmente sus manos para aferrarla de las caderas y halarla hacia sí con fuerza, mientras su boca atrapó aquella en la que pensaba a cada instante... recordando sus primeros besos.

Las manos de Juliana se enredaron entre su cabello y la voracidad de aquel beso la volvió loca, muy loca, más loca de lo que ya estaba por aquella mujer. Dando tumbos llegaron hasta el diván en donde Carolina la empujó bruscamente, acrecentando la excitación de ambas mientras trepó a horcajadas sobre ella y continuó a besarla sin detenerse.

Repentinamente Juliana la tomó del cabello, separándola de su boca.

La miró a los ojos y se estremeció al ver el grado de lujuria en ellos; y con el pecho agitado dio una orden:

―Sácate la ropa ―dijo y la agente se puso de pie de inmediato, mientras aquella a la que todos llamaban patrona, temblaba de deseo al observarla e igualmente de veloz se despojaba de sus prendas.

Se miraron a los ojos un instante... las separaban pocos centímetros; Juliana sentada en el diván y Carol de pie.

―¡Ahora ven aquí! ―ordenó la heredera del imperio Conde y la haló nuevamente, haciéndola sentar encima de sí para apoderarse de sus senos.

Se perdió entre ellos, su lengua jugó a recorrerlos como si quisiera calmar una sed muy grande en su pecho―. Te deseo ―susurró en su oído, llevando una mano entre sus piernas para sentir palpitar su sexo.

―Yo también... te deseo ―Carolina no supo cómo fue que aquellas palabras salieron de su boca… pero era la verdad. La deseaba como demente.

Juliana se giró y la chica que antes estaba sobre ella cayó al diván, mirándola con impaciencia... hasta que la haló, reclamando sus besos.

―Sh, sh... ―negó Juliana mientras le metía dos dedos en su boca y jugaba con su lengua. Tomó una de sus piernas y se la colocó en un hombro, mientras inició a besarla; húmedo, lento y caliente, sin dejar de verla a los ojos, luego sus dedos abandonaron la boca para deslizarse furtivos desde sus labios hasta su vientre... su ombligo... su sexo...

―Mmmmmmmmm... ―gimió Carolina, arqueándose hacia arriba cuando uno de esos dedos entró un poco en ella a la vez que de la garganta

de la otra salió un sonido animal al sentirla muy mojada.

La apretó con fuerza, reclamándole cuando retiró su mano; pero Juliana inició a besarle el muslo que sostenía en alto mientras le colocaba la pierna en el respaldo del sofá

―¡Oh, Dios! ―murmuró la agente, sintiendo que no podía estar más deseosa, y aquellos besos sobre su pelvis mientras la otra se acomodaba la tenían muy loca.

Carolina hubiera jurado que la tierra se detuvo cuando sintió la punta de aquella lengua intrusa entrar en su sexo; contrajo cada uno de sus músculos y la aferró del cabello, empujando contra su cara cada vez más desesperada... Luego sintió un cosquilleo apoderarse de sus piernas y tembló al abandonarse a un intenso orgasmo que le empapó la cara a “su patrona”.

―Quiero... ―dijo Carol, tomando a Juliana de los hombros y halándola hacia arriba, sin recuperarse de tal estampida de adrenalina―.

Quiero de ti ―y en un abrir y cerrar de ojos la tumbó de espaldas y fue a calmar la sed que sentía, sed de su sexo, de su olor a deseo, allá en lo más íntimo del cuerpo de una mujer.

Esta vez fue Juliana quien gimió como animal herido al contacto de su boca entre sus piernas... Su clítoris hinchado de ganas respondió a cada embate de aquella lengua y aquellos labios, hasta que inconscientemente clavó sus uñas en la piel del diván mientras se sacudía de placer y sonreía a ojos cerrados.

―Me vuelves loca ―dijo la patrona, sacándola de entre sus piernas y llevándola entre sus brazos, mientras sus senos se unían en un roce excitante y sensual al vaivén de besos violentos.

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