El inversor inteligente

Benjamin Graham · Capítulo 8 de 48

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El inversor inteligente

Comentario al capítulo 2

 

Los estadounidenses cada vez son más fuertes. Hace veinte años

hacían falta dos personas para transportar alimentos por valor de diez

dólares. Hoy en día basta con un crío de cinco años.

 

Henny Youngman

 

¿Inflación? ¿A quién le importa la inflación?

Después de todo, el crecimiento anual del coste de los bienes y servicios

registró un promedio de menos del 2,2% entre 1997 y 2002, y los economistas

creen que hasta ese tipo mínimo puede estar sobrevalorado[1]. (Piense, por

ejemplo, en cómo se han desplomado los precios de los ordenadores y la

electrónica de consumo, y cómo ha mejorado la calidad de muchos productos,

lo que significa que los consumidores están obteniendo un mejor valor por su

dinero). En los últimos años es probable que el verdadero tipo de inflación en

Estados Unidos haya rondado el 1% anual, un incremento tan infinitesimal

que muchos expertos han proclamado que la «inflación ha muerto[2]».

 

La ilusión del dinero

 

Existe otro motivo por el que los inversores pasan por alto la importancia

de la inflación: lo que los psicólogos denominan la «ilusión del dinero». Si

consigue un incremento salarial del 2% un año en el que la inflación llega al

4%, es prácticamente seguro que se sentirá mejor que si sufriese un recorte

salarial del 2% durante un año en el cual la inflación fuera igual a cero. Sin

embargo, las dos modificaciones salariales le dejarían prácticamente en la

misma situación: un 2% peor después de la inflación. Mientras la variación

nominal (o absoluta) sea positiva, lo consideramos positivo, aunque el

resultado real (o después de la inflación) sea negativo. Además, cualquier

variación de su salario será más vívida y específica que el cambio

generalizado de precios en el conjunto de la economía[3]. De la misma

manera, a los inversores les encantaba conseguir un 11% en sus depósitos a plazo en 1980, y están profundamente decepcionados obteniendo únicamente

el 2% en 2003, aunque perdiesen dinero después de la inflación en aquella

época y se mantengan en un nivel similar a la inflación en la actualidad. El

tipo nominal que obtenemos aparece impreso en los anuncios del banco y en

los pasquines que colocan en sus escaparates, y si ese número es elevado nos

sentimos bien. Sin embargo, la inflación erosiona ese número elevado de

manera subrepticia. En lugar de colocar anuncios, la inflación se limita a

robar nuestro patrimonio. Por eso es tan fácil pasarla por alto, y por eso es tan

importante medir el éxito de la inversión no sólo en función de lo que se

obtiene, sino en función de lo que se conserva después de la inflación.

En un plano aún más básico, el inversor inteligente debe estar siempre en

guardia frente a cualquier cosa imprevista o subestimada. Hay tres buenos

motivos para considerar que la inflación no ha muerto:

 

En un período tan reciente como el que va de 1973 a 1982 Estados

Unidos experimentó uno de los períodos inflacionistas más dañinos de

su historia. Medidos en función del índice de precios al consumo, los

precios se multiplicaron por más de dos durante ese período,

ascendiendo a un tipo anualizado de casi el 9%. Únicamente en 1979

la inflación alcanzó el 13,3%, paralizando la economía con el

fenómeno que se conoció como «estagflación», que llevó a muchos

comentaristas a dudar de que Estados Unidos pudiese competir en el

mercado mundial[4]. Los bienes y servicios que costaban 100 dólares a

principios de 1973 costaban 230 dólares a finales de 1982, lo que

reducía el valor del dólar a menos de 45 centavos. Ninguna persona

que viviese en esa época bromearía con tal grado de destrucción del

patrimonio; nadie que sea prudente puede dejar de protegerse frente al

riesgo de que ese fenómeno se repita.

Desde 1960, el 69% de los países del mundo con economías orientadas

al mercado han sufrido por lo menos un año en el que la inflación ha

ascendido a un tipo anualizado del 25% o más. Como media, esos

períodos de inflación han destruido el 53% de la capacidad de compra

de los inversores[5]. Estaríamos locos si no esperásemos que Estados

Unidos fuese a quedar, de una o de otra manera, al margen de tal

desastre. No obstante, estaríamos aún más locos si llegásemos a la

conclusión de que es imposible que esto pueda ocurrir en dicho país[6].

El crecimiento de los precios hace posible que la Administración

estadounidense abone sus deudas con dólares abaratados por la

inflación. Erradicar por completo la inflación va en contra de los

intereses de cualquier Administración pública que tome prestado

dinero con regularidad[7].

 

Media protección

 

¿Qué puede hacer, entonces, el inversor inteligente para protegerse frente

a la inflación? La respuesta normal sería «comprar acciones», pero como

ocurre con frecuencia con las respuestas ordinarias, no es completamente

cierto.

La figura 2.1 muestra, respecto de cada uno de los años que van de 1926 a

2002, la relación entre la inflación y los precios de las acciones.

Como se puede ver, en los años en los que los precios de los bienes y

servicios al consumo se redujeron, como ocurre en la parte izquierda del

gráfico, la rentabilidad de las acciones fue terrible, con un mercado que llegó

a perder hasta el 43% de su valor[8]. Cuando la inflación superó el 6%, como

ocurre en los ejercicios del extremo derecho del gráfico, las acciones también

se hundieron. El mercado perdió dinero en 8 de los 14 años en los cuales la

inflación superó el 6%; el rendimiento medio de esos 14 años fue un escaso

2,6%.

Mientras que una inflación moderada hacía posible que las empresas

trasladasen a los clientes el incremento de costes que experimentaban en sus

materias primas, la inflación elevada provoca el caos, y obliga a los clientes a

reducir al mínimo sus adquisiciones y deprime la actividad en toda la

economía.

Los datos históricos son claros: desde la aparición de unos datos exactos

del mercado de valores en 1926, ha habido 64 períodos quinquenales (es

decir, de 1926 a 1930, de 1927 a 1931, de 1928 a 1932, etc., hasta llegar a

1998 – 2002). En 50 de esos 64 períodos quinquenales (lo que supone el 78%

del tiempo) las acciones tuvieron resultados mejores que la inflación[9]. Es

impresionante, pero imperfecto; significa que las acciones no han sido

capaces de mantenerse a la altura de la inflación aproximadamente una quinta

parte del tiempo.

 

Dos acrónimos al rescate

 

Afortunadamente, se pueden incrementar las defensas contra la inflación

extendiendo las inversiones más allá de las acciones. Desde los últimos escritos de Graham han aparecido dos instrumentos para combatir la inflación

que están a disposición general de los inversores.

 

REIT. Los Real Estate Investment Trusts son entidades que son

propietarias de inmuebles de naturaleza residencial y comercial, y se dedican

a su explotación a través del alquiler[10]. Agrupados en FII, o Fondos de

Inversión Inmobiliaria, los REIT son bastante eficaces a la hora de combatir

la inflación. La mejor opción es el Vanguard REIT Index Fund; otras

opciones de coste relativamente reducido son Cohen & Steers Realty Shares,

Columbia Real Estate Equity Fund y Fidelity Real Estate Investment Fund[11]. Aunque es poco probable que un fondo REIT sea un instrumento infalible a la

hora de combatir la inflación, a largo plazo debería ofrecer cierta defensa

contra la erosión del poder adquisitivo sin deteriorar la rentabilidad general.

TIPS. Los TIPS, o Treasury Inflation Protected Securities (Valores del

Tesoro Protegidos frente a la Inflación) son obligaciones de la Administración

estadounidense, emitidas por primera vez en 1997, que aumentan

automáticamente de valor cuando sube la inflación. Como estos instrumentos

están respaldados por la solvencia de Estados Unidos, están cubiertos, al igual

que todas las obligaciones de la Administración estadounidense, frente al

riesgo de incumplimiento (o impago de intereses). Además, los TIPS también

garantizan que el valor de la inversión no se verá erosionado por la inflación.

En un sencillo instrumento, se asegura frente a la pérdida financiera y la

pérdida de poder adquisitivo[12].

Sin embargo estos instrumentos tienen un inconveniente: cuando el valor

de las obligaciones TIPS aumenta, la agencia tributaria estadounidense

considera que ese incremento es una renta sujeta a impuestos, aunque se trate

exclusivamente de una ganancia sobre el papel (salvo que se venda la

obligación a su nuevo precio superior). ¿Qué motivo tiene la agencia

tributaria estadounidense para actuar de esta manera? El inversionista

inteligente recordará las sabias palabras del analista financiero Mark

Schweber: «La única pregunta que nunca se debe hacer a un burócrata es

“¿Por qué?”». Por esta exasperante complicación tributaria, los TIPS son más

adecuados para los fondos de pensiones con pago de impuestos diferidos

como los IRA, Keogh o 401(k), en donde no incrementarán los ingresos

imponibles.

Se pueden adquirir TIPS directamente a la Administración de Estados

Unidos en www.publicdebt.treas.gov/of/ofinflin.htm o en un fondo de

inversión de bajo coste como Vanguard Inflation-Protected Securities o

Fidelity Inflation-Protected Bond Fund[13]. Directamente o a través de un

fondo de inversión, los TIPS son el sustituto de la parte de los fondos de

jubilación que mantendría en efectivo de no existir este instrumento. No haga

operaciones de mercado con ellos; los TIPS pueden sufrir volatilidad a corto

plazo, por lo que es mejor considerar que se trata de una pertenencia

permanente, vitalicia. Para la mayoría de los inversores, destinar por lo menos

un 10% de los activos de jubilación a TIPS es una forma inteligente de

mantener una parte de los fondos de manera absolutamente segura, y

absolutamente al margen de las largas e invisibles zarpas de la inflación. Capítulo 3