El inversor inteligente
Comentario al capítulo 9
El maestro pregunta a Billy Bob, «Si tienes doce borregos y uno salta
por encima de la valla, ¿cuántos borregos te quedan?».
Billy Bob responde, «Ninguno».
«Bueno», dice el profesor, «ya veo que no sabes restar».
«Tal vez no», responde Billy Bob, «pero sé perfectamente cómo son
mis borregos».
Un viejo chiste de Texas
Casi perfecto
Los fondos de inversión, una invención puramente estadounidense, fueron
introducidos en 1924 por un antiguo vendedor de sartenes y cazuelas de
aluminio llamado Edward G. Leffler. Los fondos de inversión son un
instrumento bastante barato, muy cómodo, con un elevado nivel de
diversificación, por regla general, que están gestionados profesionalmente y
estrictamente regulados por algunas de las estipulaciones más exigentes del
derecho de valores federal. Al conseguir que la inversión sea sencilla y esté al
alcance prácticamente de todo el mundo, los fondos han atraído a unos 54
millones de familias americanas (y a varios millones más de todo el planeta)
al mundo de la inversión, lo que probablemente sea el mayor avance
conseguido en toda la historia por extender la democracia financiera.
Sin embargo, los fondos de inversión no son perfectos; son casi perfectos,
y esa palabra hace que la situación sea completamente diferente. A causa de
sus imperfecciones, la mayor parte de los fondos consiguen peores resultados
que el mercado, cobrando cantidades excesivas a sus inversores, provocando
dolores de cabeza tributarios y padeciendo erráticas oscilaciones en sus
resultados. El inversor inteligente debe elegir los fondos con mucho cuidado
para no acabar siendo el flamante propietario de un enorme embrollo.
Los primeros puestos de la clasificación
La mayor parte de los inversores se limitan a comprar fondos que hayan
subido rápidamente, basándose en la hipótesis de que lo seguirán haciendo.
¿Qué tiene de malo esta estrategia? Los psicólogos han demostrado que los
seres humanos tienen una tendencia innata a creer que es posible predecir el
largo plazo a partir de una serie de resultados aunque sea muy breve. Lo que
es más, a partir de esa experiencia personal sabemos que algunos fontaneros
son mejores que otros, que algunos jugadores tienen muchas más
probabilidades de marcar tantos, que nuestro restaurante favorito sirve de
manera uniforme comida de mejor calidad que los demás y que los niños
inteligentes consiguen constantemente buenas calificaciones. La capacidad y
la inteligencia y el esfuerzo gozan de reconocimiento, y recompensa constante
a nuestro alrededor, y además quienes tienen esa capacidad e inteligencia
hacen gala de ellas reiteradamente. Por lo tanto, si un fondo consigue mejores
resultados que el mercado, nuestra intuición nos indica que tenemos que
esperar que siga consiguiendo mejores resultados de manera constante.
Por desgracia, en los mercados financieros, la suerte es más importante
que la capacidad. Si un gestor, por casualidad, se encuentra en el lugar
adecuado del mercado en el momento adecuado parecerá que es brillante,
pero con demasiada frecuencia, lo que en un momento era fantástico
súbitamente se vuelve decepcionante, y el coeficiente intelectual del gestor
parecerá haber perdido 50 puntos de la noche a la mañana. La figura 9.1
muestra lo que ocurrió con los fondos más interesantes de 1999.
Éste es otro recordatorio de que el sector más recalentado del mercado,
que en 1999 era la tecnología, suele acabar enfriándose más que el nitrógeno
líquido, a la velocidad de la luz y sin ningún tipo de advertencia en
absoluto[1]. También es un recordatorio de que comprar fondos basándose
únicamente en los resultados que han cosechado en el pasado es una de las
cosas más estúpidas que puede hacer un inversor. Los estudiosos de las
finanzas llevan analizando los resultados de los fondos de inversión desde
hace por lo menos medio siglo, y han alcanzado unas conclusiones
prácticamente unánimes respecto de varias cuestiones:
El fondo medio no selecciona las acciones con la destreza suficiente
para superar los costes en que incurre en materia de investigación y
operación en el mercado.
Cuanto mayores son los gastos de un fondo, menor es su rendimiento.
Cuanto mayor es la frecuencia con que un fondo hace operaciones con
sus acciones, menores suelen ser sus ganancias.
Los fondos muy volátiles, que rebotan al alza y a la baja más que la
media, tienen muchas probabilidades de ser volátiles todo el tiempo.
Los fondos que han conseguido una elevada rentabilidad en el pasado
tienen pocas probabilidades de seguir siendo ganadores durante un
período prolongado de tiempo[2].
Las probabilidades que tiene de elegir con éxito los fondos que van a tener
un resultado extraordinario en el futuro basándose en la rentabilidad que han obtenido en el pasado son más o menos similares a las probabilidades que
tiene de que el Hombre del Saco y el Abominable Hombre de las Nieves se
presenten, cogidos de la mano, en zapatillas rosas de ballet, en la próxima
fiesta que dé en su casa. En otras palabras, sus probabilidades no son iguales a
cero, pero se acercan mucho a esa cifra. (Véase el recuadro de la página 278).
De todas formas, también hay buenas noticias. En primer lugar,
comprender por qué resulta tan difícil encontrar un buen fondo le permitirá
llegar a ser un inversor más inteligente. En segundo lugar, aunque los
resultados obtenidos en el pasado son un indicador deficiente de la
rentabilidad que se va a obtener en el futuro, hay otros factores que se pueden
emplear para incrementar las probabilidades de localizar un buen fondo. Por
último, un fondo puede ofrecer un valor excelente aunque no consiga unos
resultados mejores que el mercado, ya que le ofrece una forma económica de
diversificar su cartera y le ofrece tiempo libre para que pueda hacer otras
cosas que le resulten más interesantes que dedicarse a elegir personalmente
las acciones en las que invierte.
Los primeros serán los últimos
¿Por qué no es mayor el número de fondos ganadores que siguen ganando
a lo largo del tiempo?
Cuanto mejores son los resultados que consigue un fondo, más obstáculos
deben superar sus inversores:
Gestores que se van a otra parte. Cuando parece que un profesional de la
selección de acciones se ha convertido en el Rey Midas y transforma en oro
todo lo que toca, todo el mundo quiere tenerlo en su plantilla, incluidas las
sociedades gestoras de fondos rivales. Si invirtió en Transamerica Premier
Equity Fund para aprovecharse de las capacidades de Glen Bickerstaff, que
consiguió unas ganancias del 47,5% en 1997, la suerte le dio la espalda
rápidamente; TCW se lo arrebató a su anterior empresa a mediados de 1998
para que dirigiese su fondo TCW Galileo Select Equities Fund, y el fondo de
Transamerica quedó por detrás del mercado en tres de los siguientes cuatro
años. Si invirtió en el Fidelity Aggressive Growth Fund a principios de 2000
para aprovechar la elevada rentabilidad de Erin Sullivan, que casi había
triplicado el dinero de sus accionistas desde 1997, ¿sabe qué le pasó?: se
marchó para iniciar su propio fondo de inversión alternativo en el año 2000, y su antiguo fondo perdió más de tres cuartos de su valor durante los tres años
siguientes[3].
Elefantiasis de los activos. Cuando un fondo consigue unos elevados
rendimientos, los inversores toman buena nota, y lo inundan con cientos de
millones de dólares en cuestión de semanas. Esto hace que el gestor del fondo
tenga muy pocas opciones, y todas ellas malas. Puede poner a salvo el dinero
para cuando lleguen las vacas flacas, pero en tal caso la reducida rentabilidad
ofrecida por el dinero en efectivo afectará activamente a los resultados del
fondo si las acciones siguen subiendo. Puede colocar el nuevo dinero en
acciones de empresas en las que ya está presente, y que probablemente habrán
visto subir su cotización desde el momento en el que las compró por primera
vez, y que podrían llegar a estar peligrosamente sobrevaloradas si inyecta
millones de dólares más. Otra opción es que compre nuevas acciones que no
le hubiesen parecido suficientemente atractivas para adquirirlas
anteriormente, y que no le quede más remedio que investigarlas partiendo de
cero, y tener que centrar su atención en muchas más empresas de las que
estaba acostumbrado a seguir.
Por último, cuando el Nimble Fund, que gestiona 100 millones de dólares,
destina el 2% de sus activos (o lo que es lo mismo, 2 millones de dólares) a
invertir en Minnow Corp., una empresa que tiene un valor total de mercado de
500 millones de dólares, estará comprando menos de la mitad del 1% de
Minnow. Sin embargo, si sus brillantes resultados hacen que el Nimble Fund
se hinche hasta alcanzar los 10 000 millones de dólares, una inversión del 2%
de sus activos supondría un total de 200 millones de dólares, casi la mitad del
valor íntegro de Minnow, lo que supone un nivel de participación en la
propiedad que ni siquiera está autorizado en virtud de la normativa federal. Si
el gestor de cartera de Nimble sigue estando interesado en tener
participaciones de pequeñas empresas, tendrá que repartir su dinero entre un
inmenso número de empresas, lo que probablemente supondrá que tendrá que
ampliar muchísimo su campo de atención.
Los trucos de manos no dan más de sí. Algunas empresas están
especializadas en «incubar» sus fondos, haciendo pruebas en el ámbito
privado antes de colocarlos entre el público. (Habitualmente, los únicos
accionistas son empleados y filiales de la propia sociedad del fondo). El
patrocinador se asegura de que el tamaño de estos fondos sea diminuto, para
poder emplearlos como cobayas para sus estrategias de riesgo que funcionan
mejor con pequeñas cantidades de dinero, por ejemplo, comprando acciones
de empresas minúsculas o haciendo operaciones fugaces con ofertas públicas iniciales. Si su estrategia sale bien, el fondo puede atraer en masa a inversores
públicos dando publicidad a la rentabilidad obtenida de manera privada. En
otros casos, el gestor del fondo «renuncia a» (o deja de cobrar) las comisiones
de gestión, con lo que incrementa el rendimiento neto, y después, cuando los
elevados rendimientos han atraído a muchos clientes, se asegura de que éstos
las paguen todas juntas. Prácticamente sin excepción alguna, los rendimientos
de los fondos incubados y de los fondos cuyos gestores han renunciado
(temporalmente) a las comisiones han caído en la mediocridad después de que
los inversores ajenos a los fondos los inundaran con millones de dólares.
Gastos crecientes. Frecuentemente, cuesta más hacer operaciones con
acciones en bloques muy grandes que en bloques más pequeños; cuando hay
menos compradores y vendedores, resulta más difícil casar una operación. Un
fondo con 100 millones de dólares de activos gestionados puede pagar el 1%
al año en costes de operación. Sin embargo, si ese fondo, a causa de su
elevada rentabilidad, se multiplica hasta los 10 000 millones de dólares, sus
operaciones podrían llegar a consumir fácilmente por lo menos el 2% de sus
activos. El típico fondo suele tener en cartera sus acciones únicamente
durante 11 meses cada vez, por lo que los costes de operación pueden hacer
desaparecer los resultados como el ácido corrosivo. Mientras tanto, los
restantes costes de gestión de un fondo raramente se reducen, y en ocasiones
llegan a aumentar, a medida que crecen los activos. Con unos gastos de
operación que alcanzan un promedio del 1,5%, y unos costes de negociación
que rondan el 2%, el fondo típico tiene que superar al mercado en un 3,5% al
año antes de deducir los costes, y eso simplemente le servirá para conseguir
unos resultados iguales que el mercado después de que haya deducido los
costes en que haya incurrido.
Comportamiento borreguil. Por último, cuando el fondo ha conseguido
éxito, sus gestores suelen volverse tímidos y partidarios de la imitación. A
medida que crece el fondo, sus comisiones resultan más lucrativas, por lo que
sus gestores se muestran más reacios a asumir riesgos que provoquen
perturbaciones. Los mismos riesgos que corrieron los gestores para generar
sus elevados rendimientos podrían alejar a los inversores en este momento, y
poner en peligro los cuantiosos ingresos por comisiones. Por lo tanto, los
fondos de mayor tamaño recuerdan a un rebaño de borregos idénticos y
gordos, moviéndose timoratamente al unísono, y diciendo «beee» todos a la
vez. Prácticamente todos los fondos de crecimiento tienen acciones de Cisco,
y de GE, y de Microsoft, y de Pfizer, y de Wal-Mart, prácticamente en
idénticas proporciones. Este comportamiento es tan generalizado que los estudiosos de las finanzas lo denominan simplemente comportamiento de
rebaño[4]. Sin embargo, al proteger sus propios ingresos por comisiones, los
gestores de los fondos ponen en peligro la capacidad de conseguir
rendimientos superiores para sus inversores externos.
FIGURA 9.2
El embudo del rendimiento de los fondos
Fuente: Lipper Inc.
A causa de sus elevados costes y de su deficiente comportamiento, la
mayor parte de los fondos son incapaces de ganarse el sustento. No es
sorprendente que la elevada rentabilidad sea tan perecedera como un pescado
fuera de la nevera. Lo que es más, a medida que pasa el tiempo, el lastre de
sus excesivos gastos hace que cada vez sea mayor el número de fondos que
quedan más y más por debajo del nivel, como indica la figura 9.2[5].
Entonces, ¿qué debería hacer el inversor inteligente?
En primer lugar, tiene que darse cuenta de que un fondo de índice, que
tiene en cartera todas las acciones del mercado, en todo momento, y que ha
renunciado a cualquier tipo de pretensión de que vaya a ser capaz de elegir las
«mejores» a la vez que evita las «peores», conseguirá a largo plazo mejores
resultados que la mayoría de los fondos. (Si su empresa no ofrece un fondo de
índice de bajo coste en su plan de jubilación, póngase de acuerdo con sus compañeros de trabajo y soliciten que se incorpore uno a su plan de
pensiones). Sus mínimos gastos generales y de explotación, de
aproximadamente el 0,2% al año, y unos costes anuales de operación en el
mercado de sólo el 0,1%, ofrecen a los fondos de índices una ventaja
insuperable. Si las acciones generan, por ejemplo, el 7% de rentabilidad
anualizado a lo largo de los 20 próximos años, un fondo de índice de bajo
coste como el Vanguard Total Stock Market ofrecerá una rentabilidad muy
cercana al 6,7%. (Eso convertiría una inversión de 10 000 dólares en más de
36 000 dólares). Sin embargo, el fondo de inversión medio, con sus gastos de
explotación y generales del 1,5% y aproximadamente el 2% en costes de
operación en el mercado, tendría suerte si obtuviese el 3,5% al año. (Con esa
rentabilidad, 10 000 dólares se convertirían en poco menos de 20 000 dólares,
lo que sería casi el 50% menos que el resultado obtenido por el fondo de
índice).
Los fondos de índices tienen sólo un defecto significativo: son aburridos.
Nunca podrá alardear en una barbacoa de que tiene el dinero invertido en el
fondo con mejores resultados del país. Nunca podrá impresionar a los demás
diciendo que consigue mejores resultados que el mercado, porque el objetivo
de un fondo de índice consiste en igualar la rentabilidad del mercado, no en
superarla. El gestor de su fondo de índice no se la jugará apostando a que el
siguiente sector con resultados brillantes será el del teletransporte, o el de los
sitios web capaces de transmitir aromas, o el de las clínicas de pérdida de
peso por telepatía; el fondo estará presente siempre en todas las empresas, y
no sólo en aquellas que el gestor trate de adivinar que van a ser la siguiente
maravilla. Sin embargo, a medida que pasen los años, la ventaja de coste de la
indexación seguirá devengando rentabilidad incesantemente. Tenga un fondo
de índice durante 20 años o más, aportando dinero todos los meses, y podrá
estar prácticamente seguro de que conseguirá mejores resultados que la
inmensa mayoría de los inversores profesionales y particulares. En los últimos
años de subida, Graham alabó a los fondos de índices como la mejor opción
para los inversores individuales, al igual que lo hace Warren Buffett[6].
Inclinar la balanza
Cuando se suman todos los inconvenientes, la duda no es que haya muy
pocos fondos que consiguen mejores resultados que el índice, sino que exista
alguno que realmente lo consiga. Y si algunos lo consiguen, ¿qué rasgos
tienen en común esos fondos?
Sus gestores son los mayores accionistas. El conflicto de intereses entre lo
que más ventajoso resulta para los gestores de los fondos y lo que es mejor
para sus inversores se mitiga cuando los gestores están entre los mayores
propietarios de participaciones en el fondo. Algunas empresas, como
Longleaf Partners incluso prohíben a sus empleados que posean fondos
diferentes de los suyos. En Longleaf y en otras firmas, como Davis y FPA, los
gestores son propietarios de una parte tan importante de los fondos que lo más
probable es que gestionen su dinero de la misma manera que harían con el
suyo propio, por lo que se reducen las probabilidades de que inflen sus
comisiones, de que permitan que los fondos adquieran dimensiones ciclópeas,
o que le aticen una liquidación tributaria que le deje temblando. El folleto
informativo del fondo, y la «Declaración de información adicional»,
documentos ambos disponibles en la Comisión del Mercado de Valores, a
través de la base de datos EDGAR en www.sec.gov revela si los gestores
poseen por lo menos el 1% de las participaciones en el fondo.
Son baratos. Uno de los mitos más extendidos en el mundo de los fondos
de inversión es que «consigues lo que pagas», que la elevada rentabilidad es
la mejor justificación de las comisiones elevadas. Este argumento tiene dos
problemas. El primero es que no es verdad; décadas de estudios han
demostrado que los fondos con comisiones elevadas consiguen menores
rendimientos a lo largo del tiempo. En segundo lugar, la rentabilidad elevada
es temporal, mientras que las comisiones elevadas son prácticamente tan
duraderas como el granito. Si se invierte en un fondo porque su rendimiento
está por las nubes, es posible que se tengan que sufrir las consecuencias de un
aterrizaje forzoso, pero los costes de propiedad del fondo prácticamente no
experimentarán variación alguna cuando su rentabilidad caiga por los suelos.
Se atreven a ser diferentes. Cuando Peter Lynch dirigía Fidelity Magellan,
compraba todo lo que le parecía barato, con independencia de lo que los otros
gestores de fondos tuviesen en cartera. En 1982 su mayor inversión estaba en
obligaciones del Tesoro; después de eso, Chrysler se convirtió en el activo
con mayor presencia en su cartera, aunque la mayor parte de los expertos
predecían que la empresa acabaría quebrando; después, en 1986, Lynch
colocó casi el 20% de Fidelity Magellan en acciones de empresas extranjeras
como Honda, Norsk Hydro y Volvo. Por lo tanto, antes de invertir en un
fondo de acciones estadounidenses, compare sus carteras, que aparecerán
recogidas en su último informe, con la parrilla que integra el índice S&P 500;
si se parecen como dos gotas de agua, busque otro fondo[7].
Cierran la puerta. Los mejores fondos suelen estar cerrados a nuevos
inversores, y únicamente permiten que los partícipes que ya estaban presentes
en el fondo adquieran más participaciones. De esta forma se evita la fiebre de
nuevos compradores que quieren participar en las ganancias, y se protege al
fondo de los problemas provocados por la elefantiasis de los activos. También
es una señal de que los gestores del fondo no ponen sus carteras por delante
de las de sus partícipes. Sin embargo, el cierre debe producirse antes, no
después, de que el fondo experimente un crecimiento explosivo. Algunas
empresas que tienen un historial ejemplar a la hora de cerrar las puertas de sus
fondos son Longleaf, Numeric, Oakmark, T. Rowe Price, Vanguard y
Wasatch.
No hacen publicidad. Como decía Platón en La República, los
mandatarios ideales son aquellos que no querían gobernar; de la misma
manera, los mejores gestores de fondos suelen comportarse como si no
quisieran su dinero. No aparecen constantemente en los programas
financieros de la televisión, ni emiten anuncios en los que alardean de que son
el número uno en rentabilidad. El fondo Mairs & Power Growth Fund, que
siempre ha tenido pequeñas dimensiones, ni siquiera tuvo sitio web hasta el
año 2001, y sigue vendiendo sus participaciones únicamente en 24 estados. El
Torray Fund nunca ha lanzado un anuncio dirigido al público minorista desde
su lanzamiento en 1990.
¿Qué otras cosas debería buscar? La mayor parte de los compradores
suelen empezar por fijarse en el rendimiento del pasado, después en la
reputación del gestor, después en el nivel de riesgo del fondo, y por último (si
es que lo hacen) en los gastos del fondo[8].
El inversor inteligente se fija en esas mismas cosas, pero en el orden
exactamente contrario.
Como los gastos del fondo son mucho más previsibles que su riesgo o su
rentabilidad futura, los gastos deberían ser su primer filtro. No hay ningún
buen motivo para pagar más que los niveles de gastos de operación que se
indican a continuación, por categoría de fondo:
* Obligaciones municipales y sujetas a tributación 0,75%
* Acciones estadounidenses (acciones de grandes y medianas
1,00%
empresas)
* Obligaciones de alto rendimiento (bonos basura) 1,00%
* Acciones de empresas estadounidenses (acciones de pequeñas 1,25% empresas)
* Acciones extranjeras [9] 1,50%
A continuación, evalúe el riesgo. En sus folletos (o en la guía del inversor)
todos los fondos deberán mostrar un gráfico de barras que indique su peor
pérdida durante un trimestre natural. Si no puede soportar la perspectiva de
perder por lo menos esa cantidad de dinero en tres meses, busque otro fondo.
También merece la pena comprobar la calificación asignada al fondo por
Morningstar, una importante firma de investigación de inversión que concede
«estrellas de calificación» a los fondos, basándose en cuánto riesgo asumen
para conseguir sus resultados (una estrella es la peor calificación, cinco es la
mejor). De todas formas, al igual que ocurre con los propios resultados
pasados, estas calificaciones son retrospectivas. Los fondos de cinco estrellas,
de hecho, tienen la desconcertante costumbre de cosechar en el futuro peores
resultados que los de una estrella. Por lo tanto, lo primero que tiene que hacer
es encontrar un fondo de bajo coste cuyos gestores sean los principales
accionistas, se atrevan a ser diferentes, no hagan mucha publicidad con sus
resultados y hayan demostrado que están dispuestos a cerrar la entrada al
fondo antes de que éste crezca demasiado para su capacidad de gestión.
Entonces, y únicamente entonces, consulte su calificación en Morningstar[10].
Por último, analice el rendimiento conseguido en el pasado, recordando
que es únicamente un indicador de cuáles pueden ser los resultados en el
futuro. Como ya hemos visto, los ganadores del pasado suelen convertirse en
los perdedores del futuro. Sin embargo, los investigadores han puesto de
manifiesto que una cosa es prácticamente segura: los perdedores del pasado
casi nunca se convierten en los ganadores del futuro. Por lo tanto, evite los
fondos que han mantenido una rentabilidad permanentemente deficiente en el
pasado, sobre todo si tienen unos costes anuales por encima de la media.
El inaccesible mundo de los fondos cerrados
Los fondos cerrados, aunque fueron populares durante la década de 1980,
se han ido atrofiando lentamente. En la actualidad, únicamente hay 30 fondos
de capital nacional diversificados, la mayoría de ellos de dimensiones muy
pequeñas, de los que únicamente se compran y venden unos pocos cientos de
participaciones al día, con elevados gastos y desconcertantes estrategias
(como Morgan Fun-Shares, que se especializa en acciones de sectores «adictivos», como el del alcohol, los casinos y el tabaco). La investigación
llevada a cabo por el experto en fondos cerrados Donald Cassidy, de Lipper
Inc., refuerza las observaciones hechas en el pasado por Graham: los fondos
de acciones diversificados cerrados que se venden con descuento no sólo
suelen tener mejores resultados que los que se venden con prima, sino que
además es muy probable que tengan mejores resultados que el fondo de
inversión abierto típico. Por desgracia, no obstante, los fondos de acciones
diversificados cerrados no siempre están disponibles con descuento en lo que
se ha convertido en un mercado menguante y abandonado[11].
Por otra parte, hay cientos de fondos de obligaciones cerrados, con
opciones especialmente sólidas disponibles en el campo de las obligaciones
municipales. Cuando estos fondos se venden con descuento, su rendimiento
se amplifica y pueden ser atractivos, siempre y cuando sus gastos anuales
estén por debajo de los umbrales que se han indicado anteriormente[12].
La nueva raza de fondos de índice cotizados en bolsa también puede
merecer un cierto estudio. Estos fondos de índices cotizados en bolsa de bajo
coste suelen ofrecer en ocasiones el único medio por el cual un inversor puede
introducirse en un mercado reducido como por ejemplo el de las empresas
domiciliadas en Bélgica, o las acciones del sector de los semiconductores.
Otros fondos cotizados vinculados con índices ofrecen una exposición al
mercado mucho mayor. De todas formas, por lo general no suelen ser
adecuados para inversores que deseen hacer aportaciones de dinero
periódicamente, porque la mayor parte de los intermediarios cobrarán una
comisión independiente sobre cada nueva inversión que realice[13].
Hay que saber cuándo hay que retirarse
Una vez que se tiene un fondo, ¿cómo se puede saber que ha llegado el
momento de vender? El consejo habitual indica que hay que desprenderse de
los fondos si tienen peores resultados que el mercado (o que carteras
equivalentes) durante uno, o tal vez dos, o tal vez tres, años seguidos. Sin
embargo, este consejo no tiene ningún sentido. Desde su creación en el año
1970 hasta 1999, el Sequoia Fund tuvo peores resultados que el S&P 500
durante 12 de sus 29 años, o lo que es lo mismo, más del 41% del tiempo. Sin
embargo, el Sequoia se revalorizó más del 12 500 por cien durante ese
período, en comparación con el 4900% del índice[14].
El rendimiento de la mayor parte de los fondos se ve perjudicado
simplemente porque el tipo de acciones que prefieren pierde su atractivo temporalmente. Si se contrata a un gestor para que invierta de una forma
determinada, ¿qué motivo hay para despedirle por hacer exactamente lo que
había prometido? Al vender cuando un estilo de inversión deja de estar de
moda, no sólo se materializa la pérdida, sino que se pierden las posibilidades
de disfrutar de la prácticamente inevitable recuperación. Un estudio puso de
manifiesto que los inversores en fondos de inversión consiguieron unos
resultados peores que los de sus propios fondos en 4,7 puntos porcentuales
anuales desde 1998 hasta 2001, simplemente porque compraron a precios
elevados y vendieron a precios bajos[15].
Por qué nos encantan los tableros Ouija
Creer, o incluso solamente esperar, que somos capaces de seleccionar los mejores
fondos para el futuro nos hace sentirnos mejor. Nos aporta la placentera sensación de que dominamos el destino de nuestras inversiones. Este sentimiento de «Yo soy el que manda aquí» forma parte de la naturaleza humana; es lo que los psicólogos denominan exceso de confianza. Veamos algunos ejemplos de cómo funciona:
En 1999 la revista Money preguntó a más de 500 personas si sus carteras habían tenido mejores resultados que el mercado o no. Una de cada cuatro dijo que sí. Cuando se les pidió que especificasen los resultados que habían obtenido, sin embargo, el 80% de esos inversores reconocieron unas ganancias inferiores a las del mercado. (El 4% no tenía ni idea de qué subida había experimentado su cartera, pero no obstante estaban seguros de que habían conseguido mejores resultados que el mercado, de todas formas).
En el marco de un estudio realizado en Suecia se preguntó a los conductores que se habían visto afectados por graves accidentes de circulación que calificasen su propia capacidad de conducción. Estas personas, entre las que había algunas a las que la policía había considerado responsables de los accidentes, y otras que habían sufrido unas lesiones tan graves que tuvieron que responder a las preguntas del estudio desde la cama de un hospital, insistieron en que eran mejores conductores que la media.
En una encuesta realizada a finales de 2000, Time y CNN preguntaron a más de 1000 votantes potenciales si pensaban que se encontraban dentro del 1% superior de la población en términos de renta. El 19% se colocaron dentro del 1% más rico de Estados Unidos.
A finales de 1997, un estudio realizado entre 750 inversores puso de manifiesto que el 74% de ellos creían que sus carteras de fondos de inversión «superarían constantemente al Standard & Poor’s 500 todos los años», aun cuando la mayor parte de los fondos son incapaces de conseguir mejores resultados que el S&P a largo plazo y muchos de ellos son incapaces de conseguir mejores resultados
que dicho índice en cualquier año[16].
Aunque este tipo de optimismo es un signo normal de una mente sana, el hecho de
que lo sea no lo convierte en especialmente adecuado como política de inversión. Sólo es conveniente creer que se puede predecir algo si realmente se puede predecir. Si no es usted realista, su búsqueda de autoestima acabará provocando su autodestrucción.
Por lo tanto, ¿cuándo debería vender? A continuación le ofrecemos unas
cuantas indicaciones de peligro claras:
Un cambio acusado e imprevisto de estrategia, como por ejemplo un
fondo de «valor» que se cargase de acciones tecnológicas en 1999, o
un fondo de «crecimiento» que comprase toneladas de acciones de
compañías de seguros en el año 2002.
Un incremento de los gastos, que sugiera que los gestores se están
llenando el bolsillo con el dinero de los partícipes.
Cuantiosas y frecuentes liquidaciones tributarias, provocadas por el
exceso de operaciones de mercado.
Resultados súbitamente erráticos, como por ejemplo cuando un
antiguo fondo conservador genera una gran pérdida (o incluso genera
una gran ganancia).
Como el asesor de inversiones Charles Ellis solía decir, «Si no estás
dispuesto a estar casado, no deberías casarte[17]». La inversión en fondos no
es diferente. Si no se está dispuesto a permanecer en un fondo durante por lo
menos tres años de vacas flacas, no se debería haber invertido en el fondo. La
paciencia es el aliado más poderoso que tiene la persona que invierte en
fondos.