El inversor inteligente

Benjamin Graham · Capítulo 7 de 48

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El inversor inteligente

Capítulo 2. El inversor y la inflación

Capítulo 2

 

El inversor y la inflación

 

La inflación, y la lucha contra ella, han centrado buena parte de la

atención del público en los últimos años. La reducción del poder de compra

del dinero en el pasado, y en particular el temor (o la esperanza, para los

especuladores) de otro declive grande adicional en el futuro, han influido en

gran medida en la forma de pensar de los mercados financieros. Está claro

que las personas que tienen unos ingresos fijos en términos monetarios

sufrirán cuando el coste de la vida aumente, y lo mismo cabe decir de los que

tienen una cantidad de principal fija en términos monetarios. Los propietarios

de acciones, por otra parte, disfrutan de la posibilidad de que una pérdida de

la capacidad de compra de la unidad monetaria sea compensada por el

crecimiento de sus dividendos y de las cotizaciones de sus acciones.

A partir de esos hechos incontestables, muchas autoridades financieras

han llegado a la conclusión de que (1) las obligaciones son una forma de

inversión inherentemente indeseable, y (2) en consecuencia, las acciones

ordinarias son por su propia naturaleza, instrumentos de inversión más

deseables que las obligaciones. Hemos oído hablar de instituciones benéficas

a las que se aconsejaba que sus carteras deberían estar compuestas al 100% de

acciones, y de un 0% de obligaciones[1]. Esto es exactamente lo contrario de

lo que se afirmaba antaño cuando las inversiones de instituciones benéficas y

trusts estaban limitadas, por ministerio de la ley, a obligaciones de primera

categoría (y a unas contadísimas acciones preferentes selectas).

Nuestros lectores tendrán la inteligencia suficiente para darse cuenta de

que ni siquiera las acciones de mejor calidad pueden ser una compra mejor

que las obligaciones en todas las circunstancias, es decir, con independencia

de lo elevado que esté el mercado de valores y de lo reducida que sea la

rentabilidad por dividendo en comparación con los tipos de interés ofrecidos

por las obligaciones. Una afirmación de ese tipo sería tan absurda como la

contraria, tan frecuentemente repetida años atrás, de que cualquier obligación

es más segura que cualquier acción. En este capítulo trataremos de aplicar

diferentes medidas al factor inflación, para poder alcanzar algunas conclusiones sobre la medida en la cual el inversor puede verse

inteligentemente influido por las expectativas relativas a futuras alzas en el

nivel de precios.

En este terreno, como en tantos otros del mundo financiero, tenemos que

basar nuestra opinión sobre la política futura en el conocimiento de la

experiencia del pasado. ¿Es la inflación un rasgo novedoso en Estados

Unidos, por lo menos con la gravedad con la que se ha manifestado desde

1965? Si hemos sufrido circunstancias de inflación equiparables (o peores) a

lo largo de nuestra experiencia vital, ¿qué lecciones se pueden extraer de esas

situaciones a la hora de abordar la inflación en la actualidad? Comencemos

con la tabla 2.1, una tabulación histórica condensada que contiene abundante

información sobre las variaciones experimentadas por el nivel de precio

general y los correspondientes cambios de los rendimientos y valores de

mercado de las acciones ordinarias. Nuestras cifras (correspondientes a

Estados Unidos) comienzan en el año 1915, y por lo tanto cubren 55 años, y

están presentadas en intervalos quinquenales. (Utilizaremos los datos de 1946

en lugar de los de 1945 para evitar el efecto del último año de control de

precios durante la guerra).

Lo primero que se aprecia es que en el pasado ha existido inflación,

mucha inflación. La mayor dosis quinquenal tuvo lugar entre 1915 y 1920,

cuando el coste de la vida prácticamente se duplicó. Esa cifra se puede

comparar con el incremento del 15% que se produjo entre 1965 y 1970. En el

ínterin, se han producido tres períodos de descenso de los precios y seis de

incremento, en proporción variable, algunos muy reducidos. A la vista de

estos datos, el inversor debería considerar claramente que es probable que se

produzca una inflación, ya sea continua o recurrente.

¿Podemos determinar cuál es el tipo de inflación que probablemente vaya

a producirse? Nuestra tabla no sugiere ninguna respuesta clara; muestra

variaciones de todo tipo. No obstante, parecería sensato basar nuestra

valoración en el historial relativamente congruente de los 20 últimos años. El

incremento anual medio del nivel de precios al consumo de este período ha

sido del 2,5%; el de 1965-1970 fue del 4,5%; el de 1970, en solitario, fue del

5,4%. La política pública oficial ha adoptado una postura claramente contraria

a la inflación a gran escala, y hay varios motivos para creer que las políticas

federales serán más eficaces en el futuro que en los últimos años[2]. Creemos

que sería razonable que el inversor, en este punto, basase su reflexión y sus decisiones en un tipo probable (que dista mucho de ser seguro) de inflación

de, por ejemplo, el 3% anual. (Esa cifra debe compararse con un tipo anual de

aproximadamente el 2,5% correspondiente a todo el período que va de 1915 a

1970[3]).

¿Cuáles serían las consecuencias de ese incremento? Eliminaría, en forma

de mayores costes de vida, aproximadamente la mitad de los ingresos que se

pueden obtener en la actualidad con las obligaciones de buena calificación a

medio plazo exentas de tributación (o de nuestro hipotético equivalente

después de impuestos obtenido con obligaciones empresariales de la mejor

calificación). Esto supondría una grave reducción, que de todas formas no

debe exagerarse. No significaría que el verdadero valor, o capacidad de

compra, del patrimonio del inversor tuviese necesariamente que reducirse con

el paso del tiempo. Si el inversor gastase la mitad de los ingresos obtenidos

por intereses después de impuestos, mantendría esta capacidad de compra

intacta, incluso en un entorno con una inflación anual del 3%.

La siguiente pregunta, por descontado, es la siguiente: «¿Puede estar el

inversor razonablemente seguro de que va a conseguir mejores resultados

comprando y conservando instrumentos que no sean calificaciones de la

máxima categoría, incluso con el tipo de interés sin precedentes que se ofrecía

en 1970-1971?». ¿No sería, por ejemplo, un programa compuesto

íntegramente por acciones preferible a un programa que estuviese compuesto

en parte por acciones y en parte por obligaciones? ¿No ofrecen las acciones

ordinarias una mejor protección intrínseca frente a la inflación, y no es

prácticamente seguro que van a ofrecer una mejor rentabilidad a lo largo de

los años que la de las obligaciones? ¿No ha sido a la hora de la verdad mejor

el tratamiento recibido por el inversor con las acciones que con las

obligaciones a lo largo de los 55 años de duración de nuestro estudio?

La respuesta a estas preguntas dista de ser sencilla. Las acciones

ordinarias, ciertamente, han arrojado un resultado mejor que las obligaciones

durante un prolongado período de tiempo en el pasado. La ascensión del DJIA

desde una media de 77 en 1915 a una media de 753 en 1970 arroja un tipo

compuesto anual de algo más del 4%, al que se debe añadir otro 4% adicional

por rentabilidad media por dividendo. (Las cifras correspondientes del

compuesto S&P son aproximadamente similares). Estas cifras combinadas del

8% anual son, por supuesto, mucho mejores que la rentabilidad obtenida con

las obligaciones durante el mismo período de 55 años. Pero no son mejores

que la rentabilidad que en la actualidad ofrecen las obligaciones de mejor

categoría. Esto nos lleva a la siguiente pregunta lógica: ¿hay algún motivo convincente para creer que las acciones ordinarias van a conseguir unos

resultados mucho mejores en los años venideros de lo que han conseguido

durante las últimas cinco décadas y media?

La respuesta a esta pregunta esencial tiene que ser un no tajante. Las

acciones ordinarias pueden conseguir mejores resultados en el futuro que en

el pasado, pero que lo logren dista mucho de ser un hecho seguro. A la hora

de abordar esta cuestión tenemos que hacer frente a dos diferentes períodos

temporales de referencia en los que se deben encuadrar los resultados de las

inversiones. El primero cubre el futuro a largo plazo, lo que es probable que

suceda, por ejemplo, en los próximos 25 años. El segundo es el marco en el

que se debe evaluar lo que es probable que le ocurra al inversor, tanto

financiera como psicológicamente, a lo largo de períodos a corto y medio

plazo, digamos cinco años o menos. Su mentalidad, sus esperanzas y

aprensiones, su satisfacción o insatisfacción con lo que ha hecho, y, sobre

todo, sus decisiones sobre lo que tiene que hacer a continuación, vienen

determinadas no por una panorámica retrospectiva de toda una vida de

inversión, sino por su experiencia de año en año.

En esta cuestión podemos ser categóricos. No hay conexión temporal

estrecha entre las condiciones inflacionarias (o deflacionarias) y la evolución

de las cotizaciones y beneficios de las acciones ordinarias. El ejemplo más

claro es el período reciente, 1966–1970. La subida del coste de la vida fue del

22%, la mayor en un período de cinco años desde 1946-1950. Sin embargo,

tanto los beneficios como las cotizaciones de las acciones, en conjunto, han

descendido desde 1965. Existen contracciones similares en ambas direcciones

en los historiales de períodos quinquenales precedentes.

 

Inflación y beneficios empresariales

 

Otra forma muy importante de abordar esta cuestión consiste en estudiar

el tipo de beneficios sobre el capital generado por las empresas

estadounidenses. Dicho tipo, evidentemente, ha fluctuado junto con el tipo

general de actividad económica, pero no ha mostrado una tendencia general a

aumentar con los precios al por mayor o con el coste de la vida. De hecho,

dicho tipo se ha reducido de manera muy acusada durante los últimos 20

años, a pesar de la inflación experimentada en dicho período. (En cierta

medida, la reducción se debió a la aplicación de unos tipos de amortización

más liberales. Véase la tabla 2.2). Nuestros estudios extendidos nos han

llevado a la conclusión de que el inversor no puede contar con obtener un tipo muy superior al tipo quinquenal más reciente obtenido por el grupo DJIA:

aproximadamente el 10% sobre el valor neto de los activos tangibles (valor

contable) subyacente a las acciones[4]. Teniendo en cuenta que el valor de

mercado de tales emisiones está muy por encima de su valor contable, por

ejemplo 900 de valor de mercado en comparación con 560 de valor contable a

mediados de 1971, los beneficios sobre el precio de mercado vigente

ascienden únicamente a aproximadamente el 6,25%. (Esta relación se

expresa, por lo general, de forma inversa, o «múltiplo de beneficios», por

ejemplo, que el precio actual del DJIA, que asciende a 900, es igual a 18

veces los beneficios reales de los 12 meses que concluyen en junio de 1971).

Nuestras cifras encajan perfectamente con la idea que se planteaba en el

capítulo[5] anterior que sugería que el inversor puede esperar un rendimiento

por dividendo medio de aproximadamente el 3,5% del valor de mercado de

sus acciones, más una apreciación de aproximadamente el 4% anual,

resultante de la reinversión de beneficios. (Se debe tener en cuenta que en este

cálculo se supone que cada unidad monetaria añadida al valor contable

incrementa el precio de mercado en aproximadamente 1,60 unidades

monetarias).

El lector alegará que en última instancia nuestro cálculo no tiene en

cuenta el incremento de los beneficios y los valores de las acciones que

resultan de nuestra inflación anual prevista del 3%. Justificamos nuestra

postura en la falta de signos de que la inflación de una entidad equiparable en

el pasado haya tenido cualquier tipo de efecto directo sobre los beneficios por

acción declarados. Las frías cifras demuestran que la totalidad de la gran

ganancia obtenida por la unidad del DJIA durante los últimos 20 años se

debió a un gran crecimiento proporcional del capital invertido derivado de la

reinversión de beneficios. Si la inflación hubiese operado como factor

independiente favorable, su efecto habría sido el de incrementar el «valor» del

capital previamente existente; a su vez, esto debería haber incrementado el

tipo de beneficio de dicho capital antiguo y, por lo tanto, del capital antiguo y

del nuevo combinado. Sin embargo, no ha sucedido nada así en los 20 últimos

años, durante los cuales el nivel de precio al por mayor ha aumentado

prácticamente en un 40%. (Los beneficios empresariales deberían verse más

influidos por los precios mayoristas que por los precios al consumo). El único

mecanismo para que la inflación incremente el valor de las acciones es el

aumento de los beneficios de la inversión de capital. Atendiendo a los datos

históricos, esto no ha sucedido.

En los ciclos económicos del pasado, las épocas de bonanza iban

acompañadas por un incremento del nivel de los precios y las malas rachas

por una reducción de los precios. Por lo general se tenía la impresión de que

«un poco de inflación» venía bien a los beneficios empresariales. Esta opinión

no ha sido contradicha por la historia de 1950 a 1970, que pone de manifiesto

una combinación de prosperidad por lo general sostenida y de precios

crecientes, también por lo general. No obstante, las cifras indican que el

efecto de todo esto sobre el poder de generación de beneficio del capital en

acciones ha sido bastante limitado; de hecho, ni siquiera ha servido para

mantener el tipo de beneficio sobre la inversión. Claramente, ha habido

importantes influencias compensatorias que han impedido que se produjese

cualquier incremento en la rentabilidad real de las empresas estadounidenses

en conjunto. Tal vez el más importante de todos ellos haya sido (1) el

incremento de los tipos salariales, que eran superiores a los incrementos de

productividad, y (2) la necesidad de grandes cantidades de nuevo capital, que

al satisfacerse retenían a la baja la relación entre ventas y capital empleado.

Nuestras cifras de la tabla 2.2 indican que, lejos de haber tenido un efecto

beneficioso sobre las empresas y sus accionistas, la inflación ha resultado ser

bastante perjudicial. Las cifras más llamativas de nuestra tabla son las

correspondientes al crecimiento del endeudamiento empresarial entre 1950 y

1969. Es sorprendente la poca atención que han prestado los economistas y el

mercado de valores a esta evolución. El endeudamiento de las empresas se ha

ampliado multiplicándose casi por cinco mientras que sus beneficios antes de

impuestos se han multiplicado por poco más de dos. Con el incremento de los

tipos de interés durante ese período, es evidente que el endeudamiento

agregado de las empresas en la actualidad constituye un factor económico

negativo de cierta magnitud y es un verdadero problema para muchas

empresas individuales. (Se debe tener en cuenta que en 1950 los beneficios

netos después de intereses y antes de impuestos eran aproximadamente del

30% del endeudamiento empresarial, mientras que en 1969 eran de

únicamente el 13,2% del endeudamiento. La relación correspondiente a 1970

debe haber sido incluso menos satisfactoria). En resumen, parece que una

parte significativa del 11% que obtienen las acciones empresariales en

conjunto se logra mediante el uso de una gran cantidad de nuevo

endeudamiento que cuesta el 4% o menos después de las deducciones

fiscales. Si nuestras empresas hubiesen mantenido la relación de

endeudamiento del año 1950, su tasa de beneficios sobre el capital social se

habría reducido aún más, a pesar de la inflación.

TABLA 2.2

 

Deuda, beneficios y beneficios sobre el capital de las empresas, 1950-1969

 

a Beneficios del índice industrial S&P, divididos entre el valor contable medio por año.

b Cifras correspondientes a 1950 y 1955 de Cottle y Whitman; las de 1960 a 1969 de Fortune.

 

El mercado de valores ha considerado que las empresas concesionarias de

servicios y suministros públicos han sido una de las principales víctimas de la

inflación, al estar atrapadas entre el gran incremento del coste de los recursos

ajenos y la dificultad de elevar las tarifas que se cobran y que vienen

determinadas por un proceso reglamentario. Sin embargo, éste puede ser el

momento de indicar que el propio hecho de que los costes unitarios de la

electricidad, el gas y los servicios telefónicos hayan crecido mucho menos

que el índice de precios al consumo general ha hecho que estas empresas se

encuentren en una sólida posición estratégica para el futuro[6]. Por ministerio

de la ley, tienen derecho a cobrar unas tarifas que sean suficientes para

obtener un rendimiento adecuado para su capital invertido, y probablemente

esto protegerá a sus accionistas en el futuro de la misma forma que lo ha

hecho durante los períodos inflacionarios del pasado.

Todo lo anterior nos devuelve a nuestra conclusión de que el inversor no

tiene ningún criterio sólido para esperar una rentabilidad superior a la media

de, digamos, el 8% en una cartera de acciones de tipo DJIA adquirida al nivel

de precios de finales de 1971. No obstante, ni siquiera el hecho de que estas

expectativas resultasen estar minusvaloradas de manera substancial

demostraría la sensatez de un programa de inversión compuesto

exclusivamente por acciones. Si el futuro tiene algo garantizado es que los beneficios y el valor de mercado anual medio de una cartera de valores no

crecerá a un tipo uniforme del 4% ni de ninguna otra cifra. En las memorables

palabras de J. P. Morgan, « [7] Fluctuarán». Esto significa, en primer lugar, que

el comprador de acciones a los precios actuales, o a los precios del futuro,

correrá un riesgo real de sufrir resultados insatisfactorios durante un período

de varios años. Fueron necesarios 25 años para que General Electric (y el

propio DJIA) recuperase el terreno perdido en la debacle de 1929–1932.

Además, si el inversor concentra su cartera en acciones, es muy probable que

se deje llevar por los arrebatadores incrementos o por los deprimentes

declives. Esto resulta especialmente cierto si su razonamiento le lleva a

expectativas de inflación adicional. Porque en ese caso, si se produce otra fase

alcista en el mercado, tomará la gran subida del mercado no como una señal

de peligro de una inevitable caída, ni como una oportunidad de cobrar sus

cuantiosos beneficios, sino como una reivindicación de las hipótesis de

inflación y como un motivo para seguir comprando acciones por elevado que

sea el nivel del mercado o por bajo que sea el rendimiento en forma de

dividendo. Ése es el camino hacia el crujir y rechinar de dientes.

 

Alternativas a las acciones como cobertura frente a la inflación

 

La política ordinaria de las personas de todo el mundo que desconfían de

su divisa ha sido comprar y conservar oro. Esta actividad ha sido ilegal para

los ciudadanos de Estados Unidos desde 1935, por fortuna para ellos. En los

últimos 35 años el precio del oro en el mercado abierto ha pasado de 35

dólares por onza a 48 dólares por onza a principios de 1972, un incremento de

únicamente el 35%. Sin embargo, durante todo este tiempo, el tenedor de oro

no ha recibido ningún tipo de renta por su capital y, al contrario, ha sufrido

ciertos gastos anuales por el almacenamiento. Evidentemente, habría

conseguido mucho mejores resultados con su dinero si lo hubiese depositado

a plazo en un banco, a pesar del incremento del nivel general de precios.

La prácticamente absoluta inutilidad del oro para proteger frente a una

pérdida del poder de compra del dinero debe arrojar serias dudas frente a la

capacidad del inversor ordinario para protegerse frente a la inflación

colocando su dinero en «cosas[8]». Hay unas cuantas categorías de objetos

valiosos que han experimentado llamativos incrementos de valor de mercado

a lo largo de los años como los diamantes, los cuadros de maestros de la

pintura, las primeras ediciones de libros, los sellos y monedas de colección,

etcétera. Sin embargo, en muchos, si no en la mayoría, de estos casos, parece haber un elemento de artificialidad o desequilibrio o incluso irrealidad en los

precios ofrecidos. De una u otra forma, es difícil aceptar que pagar 67 500

dólares por un dólar de plata de Estados Unidos fechado en 1804 (que ni

siquiera fue acuñado en ese año) es una «operación de inversión[9]».

Reconocemos que esta cuestión no es una de nuestras especialidades. Muy

pocos de nuestros lectores podrán actuar con seguridad y facilidad en este

terreno.

La propiedad directa de bienes inmuebles ha sido considerada,

tradicionalmente, como un sensato programa de inversión a largo plazo, que

aporta una importante protección frente a la inflación. Por desgracia, los

valores de los bienes inmuebles también están sujetos a grandes

fluctuaciones; se pueden cometer graves errores en la ubicación, precio

pagado, etcétera; la actuación de los vendedores puede estar plagada de

ardides y trampas. Por último, la diversificación no resulta viable para el

inversor que cuenta con medios moderados, salvo que se recurra a diversos

tipos de participaciones con otros y con los riesgos especiales que conllevan

las nuevas salidas al mercado, que no son muy diferentes de la situación que

se da en el mercado de valores. Tampoco ésta es nuestra especialidad. Lo

único que podemos decir al inversor es que se asegure de que realmente es lo

que le interesa antes de lanzarse a ello.

 

Conclusión

 

Naturalmente, volvemos a ratificarnos en la política recomendada en

nuestro capítulo anterior. Por el mero hecho de la existencia de

incertidumbres en el futuro el inversor no puede permitirse el lujo de colocar

todos sus fondos en una única cesta, ni en la cesta de las obligaciones, a pesar

de los rendimientos excepcionalmente elevados que las obligaciones han

ofrecido recientemente, ni en la cesta de valores, a pesar de la perspectiva de

inflación sostenida.

Cuanto más dependa el inversor de su cartera y de la renta que obtenga de

ella, más necesario le resultará protegerse de lo imprevisto y de lo

desconcertante en esa etapa de su vida. Es axiomático que el inversor

conservador debería tratar de minimizar sus riesgos. Tenemos la convicción

de que los riesgos que entraña la compra de, por ejemplo, una obligación de

una compañía telefónica con una rentabilidad cercana al 7,5% son muy

inferiores a los de comprar DJIA a 900 (o cualquier índice de valores

equivalente al mencionado). Sin embargo, la posibilidad de inflación a gran escala sigue existiendo, y el inversor debe disponer de algún tipo de seguro

frente a ella. No hay ninguna certeza de que el elemento compuesto por

valores de una cartera de inversión vaya a proteger adecuadamente frente a tal

inflación, pero debería aportar más protección que el elemento de

obligaciones.

Esto es lo que decíamos sobre la cuestión en nuestra edición de 1965

(página 97), y hoy volveríamos a escribir lo mismo:

 

Al lector debe resultarle evidente que no sentimos entusiasmo por las acciones a estos

niveles (DJIA a 892). Por motivos que ya se han mencionado, tenemos la impresión de que el

inversor defensivo no se puede permitir el lujo de prescindir de una parte substancial de

acciones ordinarias en su cartera, aunque las consideremos únicamente como un mal menor;

el mayor serían los riesgos que acarrea una cartera compuesta exclusivamente por

obligaciones.