El inversor inteligente

Benjamin Graham · Capítulo 17 de 48

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El inversor inteligente

Capítulo 7. Política de cartera para el inversor emprendedor: Aspectos positivos

Capítulo 7

 

Política de cartera para el inversor emprendedor:

Aspectos positivos

 

El inversor emprendedor, por definición, dedicará una buena cantidad de

atención y esfuerzo a obtener de su inversión un resultado superior al

generado por las inversiones ordinarias. En nuestro debate sobre la política de

inversión general hemos hecho algunas sugerencias relativas a las inversiones

en obligaciones que se dirigían principalmente al inversor emprendedor. Este

tipo de inversores pueden estar interesados en oportunidades especiales de los

siguientes tipos:

 

1. Obligaciones exentas de tributación de la New Housing Authority,

garantizadas por la Administración de Estados Unidos.

2. Obligaciones sujetas a tributación de la New Community Authority,

que también están garantizadas por la Administración de Estados

Unidos.

3. Obligaciones industriales exentas de tributación emitidas por las

autoridades municipales, pero atendidas por los pagos de renta

realizados por empresas fuertes.

 

En el capítulo 4 se han hecho referencias a estos inusuales tipos de

emisiones de obligaciones[1].

En el otro extremo del espectro puede haber obligaciones de menor

calidad obtenibles a precios tan bajos que constituyen verdaderas

oportunidades de compra de ocasión. Sin embargo, estas oportunidades se

encuadrarían en el área de «situaciones especiales», en las que no hay una

verdadera distinción entre las obligaciones y las acciones ordinarias[2].

 

Operaciones con acciones ordinarias

 

Las actividades que caracterizan especialmente al inversor emprendedor

en el campo de las acciones ordinarias se pueden clasificar en cuatro

epígrafes:

1. Comprar en momentos en los que el mercado está bajo y vender en los

que el mercado está alto.

2. Comprar «acciones de empresas en crecimiento» cuidadosamente

seleccionadas.

3. Comprar emisiones de ocasión de diferentes tipos.

4. Comprar en «situaciones especiales».

 

Política de mercado general – Fórmulas de coyuntura

 

Reservamos para el siguiente capítulo nuestra explicación sobre las

posibilidades y las limitaciones de una política de entrar en el mercado

cuando éste se halla deprimido y vender en las etapas avanzadas de un

período de subida. Durante muchos años del pasado, esta brillante idea

parecía simultáneamente sencilla y factible, al menos después de un examen a

primera vista de un gráfico de mercado que abarcase sus fluctuaciones

periódicas. Ya hemos admitido con tristeza que el comportamiento del

mercado en los 20 últimos años no se ha prestado a este tipo de operaciones

basándonos en cualquier tipo de criterio matemático. Las fluctuaciones que

han tenido lugar, aunque no han sido de dimensiones desdeñables, habrían

requerido un talento especial o una gran «sensibilidad» a la hora de operar

para poder aprovecharlas. Esto se aparta bastante de la inteligencia que

estamos suponiendo que tienen nuestros lectores y, por lo tanto, debemos

excluir de nuestros postulados las operaciones que se basen en ese tipo de

habilidad.

El plan 50-50 que proponíamos al inversor defensivo y que expusimos en

la página 109 es la mejor fórmula específica o automática que podemos

recomendar a todos los inversores en las circunstancias de 1972. No obstante,

hemos conservado un amplio margen entre el 25% mínimo y el 75% máximo

en acciones ordinarias, que ofrecemos a los inversores que tengan marcadas

convicciones sobre el peligro o la atracción del nivel del mercado general.

Hace 20 años, más o menos, era posible exponer detalladamente una serie de

fórmulas claramente determinadas para ir modificando el porcentaje

destinado a acciones ordinarias, con la confianza de que estos planes tenían

utilidad práctica[3]. Aparentemente, ha pasado la época de utilizar ese tipo de

métodos y hoy en día tendría poco sentido tratar de determinar nuevos niveles

para entrar y salir del mercado que se basasen en las pautas seguidas desde

1949. Es un período de tiempo demasiado breve para poder extraer de él

algún tipo de guía fiable para el futuro[4].

Método de las acciones de empresas en crecimiento

 

A todos los inversores les gustaría elegir las acciones de empresas que van

a tener mejores resultados que la media durante una serie de años. Las

acciones de una empresa en crecimiento podrían definirse como las acciones

de una empresa que haya crecido en el pasado y que se espere que vaya a

seguir haciéndolo en el futuro[5]. Por lo tanto, parecería lógico que el inversor

inteligente se concentrase en elegir un conjunto de acciones de empresas en

crecimiento. A la hora de la verdad, la cuestión es algo más complicada,

como trataremos de explicar.

La identificación de las empresas que han tenido mejores resultados que la

media en el pasado es una simple tarea estadística. El inversor puede obtener

una lista de 50 o 100 empresas de ese tipo si se la pide a su agente de bolsa[6].

Entonces, ¿por qué no se limita a elegir 15 o 20 de las acciones más

prometedoras de este grupo y ¡zas! Ya tiene una cartera de acciones con éxito

garantizado?

Esa sencilla idea tiene dos fallos. El primero es que las acciones de

empresas con un buen historial y con buenas perspectivas aparentes cotizan a

precios proporcionalmente elevados. Es posible que el inversor acierte en su

valoración sobre las perspectivas de esta empresa y, no obstante, no consiga

unos resultados especialmente positivos, por el mero hecho de que ha pagado

el precio íntegro (y tal vez excesivo) de la prosperidad prevista. El segundo

fallo es que su valoración sobre el futuro puede ser errónea. Un crecimiento

inusualmente rápido no se puede mantener eternamente; cuando una empresa

ya ha disfrutado de una brillante expansión, el propio tamaño alcanzado hace

que la repetición de sus logros resulte más difícil. En algún momento la curva

de crecimiento se atenúa, y en muchos casos se viene abajo.

Es evidente que si se limita el análisis a unos pocos ejemplos elegidos,

con la ventaja que da el tiempo, se puede demostrar la facilidad con la que se

pueden ganar o perder fortunas en el terreno de las acciones de empresas en

crecimiento. ¿De qué manera se pueden juzgar con justicia los resultados

generales que se pueden obtener en este campo? Creemos que es posible

extraer unas conclusiones razonablemente sensatas a partir de un estudio de

los resultados obtenidos por los fondos de inversión especializados en el

método de selección de acciones de empresas en crecimiento. El respetado

manual titulado Investment Companies, publicado anualmente por Arthur

Wiesenberger & Company, miembro de la New York Stock Exchange,

calcula el rendimiento anual de unos 120 «fondos de crecimiento» de ese tipo

durante una serie de años. De esos fondos, 45 cuentan con registros que cubren diez años o más. La ganancia general obtenida por estas empresas, sin

ponderar el tamaño del fondo, llega al 108% durante la década 1961-1970

(tabla 7.1), en comparación con el 105% del índice compuesto S & P y del

83% del DJIA[7]. En los dos años 1969 y 1970 la mayoría de los 126 «fondos

de crecimiento» obtuvieron peores resultados que cualquiera de los índices.

Se pueden encontrar resultados similares en nuestros estudios anteriores. La

consecuencia que cabe extraer es que las inversiones diversificadas en

empresas en crecimiento no produjeron recompensas extraordinarias si se

comparan con los resultados obtenidos por las acciones ordinarias en

general[8].

No hay ningún motivo para creer que el inversor inteligente medio,

incluso con una gran dedicación de tiempo y esfuerzo, pueda conseguir

mejores resultados a lo largo de los años con la compra de acciones de

empresas en crecimiento que las empresas de inversión especializadas en este

campo. Indiscutiblemente, estas organizaciones tienen más cerebros y más

instalaciones de investigación a su disposición que usted. En consecuencia,

nuestra recomendación debería ser que el inversor emprendedor se abstuviese

del tipo habitual de inversión en acciones de empresas en crecimiento[9]. Se

trata de unas empresas cuyas excelentes perspectivas están plenamente

reconocidas por el mercado, por lo que tales excelentes perspectivas ya están

reflejadas en su relación de cotización a ganancias, que suele ser superior a

20. (En el caso del inversor defensivo sugerimos un límite superior de precio

de compra de 25 veces las ganancias medias de los últimos siete años. Estos

dos criterios serían más o menos equivalentes en la mayor parte de los

casos[10]).

Lo más llamativo acerca de las acciones de empresas en crecimiento,

consideradas en conjunto, es su tendencia a experimentar grandes

oscilaciones en la cotización de mercado. Esto es cierto en el caso de las

empresas de mayores dimensiones y más asentadas en el mercado, como por

ejemplo General Electric e IBM, y aún más en el caso de empresas más

modernas y más pequeñas que tienen éxito. Sirven de ilustración para nuestra

tesis de que la principal característica del mercado de valores desde 1949 ha

sido la inyección de un elemento muy especulativo en la cotización de las

acciones que han conseguido los éxitos más brillantes, y que por sí mismas

tendrían derecho a la calificación de óptima inversión. (Disfrutan de la mejor

calificación de solvencia, y pagan tipos de interés mínimos por los fondos que

allegan mediante deuda). La condición de inversión de una sociedad de ese

tipo puede mantenerse inalterada durante un largo período de años, pero las características de riesgo de sus acciones dependerán de las vicisitudes a las

que se vean expuestas en el mercado de valores. Cuanto mayor sea el

entusiasmo que sienta el público respecto de esas acciones, y cuanto más

rápidamente suban en comparación con el crecimiento real de sus beneficios,

mayor será el riesgo que plantean[11].

 

El lector estaría en su derecho de plantearse si no es cierto que las

fortunas realmente cuantiosas obtenidas con las acciones son precisamente las

acumuladas por quienes contrajeron un compromiso sustancial en los

primeros años de una empresa en cuyo futuro tenían gran confianza, y por quienes conservaron sus acciones originales con una fe inquebrantable

mientras sus inversiones se multiplicaban por 100 o más. La respuesta es «sí».

Sin embargo, las grandes fortunas con inversiones en una única empresa son

conseguidas casi siempre por personas que mantienen una estrecha relación

con esa empresa concreta, por medio de una relación de empleo, una

conexión familiar, etcétera, que justifica el hecho de que coloquen una gran

parte de sus recursos en un único medio y mantengan su compromiso en todas

las circunstancias, a pesar de las numerosas tentaciones para vender a precios

aparentemente elevados a lo largo de los años. Un inversor que no tenga ese

estrecho contacto personal tendrá que afrontar permanentemente la duda de si

tiene una parte demasiado elevada de sus fondos en ese único medio[12]. Cada

declive, por temporal que resulte ser a la larga, acentuará su problema; por

otra parte, las presiones, tanto internas como externas, pueden obligarle a

aceptar lo que a primera vista parece ser un sustancial beneficio, aunque a la

larga acabase siendo inferior a la bonanza que podría haberle esperado si

hubiese conservado su inversión hasta el final[13].

 

Tres campos recomendados para la «inversión emprendedora»

 

Para obtener unos resultados de inversión mejores que la media durante

un período de tiempo prolongado es necesaria una política de selección u

operación que sea adecuada en dos frentes: (1) debe superar la prueba

objetiva o racional de su sensatez subyacente y (2) debe ser diferente de la

política seguida por la mayoría de los inversores o especuladores. Nuestra

experiencia y nuestros estudios nos llevan a recomendar tres métodos de

inversión que satisfacen esos criterios. Son muy diferentes unos de otros, y

cada uno de ellos puede exigir un tipo diferente de conocimiento y

temperamento por parte de quienes lo pongan en práctica.

 

La gran empresa relativamente impopular

 

Si suponemos que el hábito del mercado consiste en sobrevalorar las

acciones de empresas que han tenido un excelente crecimiento o que están de

moda por algún otro motivo, es lógico suponer que el mercado minusvalorará,

por lo menos en términos relativos, a las empresas que resulten impopulares

por acontecimientos insatisfactorios de naturaleza temporal. Esta hipótesis

podría formularse en una ley fundamental del mercado de valores, que sugiere

un método de inversión que debería resultar conservador y prometedor.

El requisito clave en este terreno es que el inversor emprendedor se

concentre en las empresas de mayor tamaño que estén atravesando un período

de impopularidad. Aunque las empresas pequeñas también pueden estar

minusvaloradas por motivos similares, y en muchos casos pueden incrementar

sus beneficios y la cotización de sus acciones en un momento posterior,

entrañan el riesgo de pérdida definitiva de la rentabilidad y también de un

prolongado desinterés por parte del mercado a pesar de la mejora de sus

resultados. Las grandes empresas, por lo tanto, ofrecen una doble ventaja en

relación con las otras. En primer lugar, tienen los recursos de capital y de

capacidad intelectual para poder superar la adversidad y volver a disfrutar de

una base de beneficios satisfactoria. En segundo lugar, es muy probable que

el mercado responda con una razonable rapidez a cualquier mejora que se

materialice.

Una destacable demostración de la sensatez de esta tesis se encuentra en

los estudios del comportamiento de las cotizaciones de acciones poco

populares integradas en el Dow Jones Industrial Average. El estudio partía de

la base de una inversión realizada cada año en las seis o en las diez acciones

del DJIA que cotizaban a los menores múltiplos de los beneficios del año en

curso o del año anterior. Podría decirse que eran las acciones más «baratas»

de la lista, y su condición de barata era evidentemente el reflejo de una

relativa impopularidad entre los inversores o los operadores. Adicionalmente

se suponía en el estudio que estas acciones eran vendidas al final de períodos

de tenencia que oscilaban entre uno y cinco años. Los resultados de estas

inversiones se comparaban con los resultados mostrados por el DJIA en su

conjunto o por el grupo de acciones con el mayor multiplicador (es decir, las

acciones más populares).

El material detallado que tenemos a nuestra disposición cubre los

resultados de adquisiciones anuales hipotéticamente realizadas en cada uno de

los últimos 53 años[14]. En el período inicial, 1917-1933, este método habría

resultado no rentable. Sin embargo, desde 1933 el método ha mostrado unos

resultados extraordinariamente satisfactorios. En 34 pruebas realizadas por

Drexel & Company (en la actualidad Drexel Firestone[15]) con períodos de

tenencia de un año, de 1937 a 1969, las acciones más baratas tuvieron unos

resultados claramente peores que el DJIA únicamente en tres casos; los

resultados fueron más o menos iguales en seis casos; y las acciones baratas

obtuvieron resultados claramente mejores que la media en 25 años. El

resultado consistentemente mejor de las acciones con bajo multiplicador se

muestra (tabla 7.2) en los resultados medios de períodos quinquenales sucesivos, cuando se comparan con los del DJIA y los del grupo de diez

acciones con multiplicador más alto.

 

TABLA 7.2

 

Beneficio o pérdida porcentual media anual sufrida por las acciones de control, 1937-1969

 

El cálculo de Drexel muestra además, que una inversión original de

10 000 dólares realizada en las emisiones con multiplicador bajo en 1936, y

modificada cada año con arreglo a ese principio, habría alcanzado los 66 900

dólares para el año 1962. Las mismas operaciones realizadas con las acciones

con multiplicador elevado habrían alcanzado un valor de únicamente 25 300

dólares; por otra parte, una operación con las 30 acciones de la cesta habría

incrementado los fondos originales hasta los 44 000 dólares[16].

La idea de comprar acciones de «empresas grandes poco populares», y su

ejecución en grupo, tal y como se ha descrito anteriormente, resulta bastante

sencilla. No obstante, al analizar empresas individuales se debe tener en

ocasiones en cuenta un factor especial de importancia opuesta. Las empresas

que son inherentemente especulativas porque consiguen unos beneficios que

varían muchísimo suelen cotizar a un precio relativamente elevado y con un

multiplicador relativamente bajo en los buenos años y, por el contrario,

cotizan a precios bajos y con multiplicadores elevados en los años malos.

Estas relaciones quedan de manifiesto en la tabla 7.3, que cubre las

fluctuaciones de las cotizaciones de las acciones de Chrysler Corp. En estos

casos, el mercado muestra un nivel suficiente de escepticismo sobre la

posibilidad de mantenimiento de los beneficios excepcionalmente elevados

como para valorarlos de manera conservadora, y viceversa cuando los

beneficios son escasos o inexistentes. (Se debe tener en cuenta que, por

motivos aritméticos, cuando una empresa no gana «prácticamente nada», sus acciones deben cotizar a un multiplicador elevado de esos minúsculos

beneficios).

 

TABLA 7.3

 

Precios y beneficios de la acciones ordinarias de Chrysler, 1952-1970

 

a La mínima de 1962 fue baja 37,5.

b Después de ajustar el efecto del desdoblamiento de acciones. Déf.: pérdida neta.

 

A la hora de la verdad, Chrysler ha sido un caso bastante excepcional en

la lista DJIA de empresas líderes y, por lo tanto, no ha afectado en gran

medida a los cálculos de bajo multiplicador. Sería bastante sencillo evitar la

inclusión de estas acciones anómalas en la lista de bajo multiplicador

imponiendo el requisito adicional de que la cotización de la acción fuese baja

en relación con los beneficios medios pasados, o imponiendo algún tipo de

requisito similar.

A la hora de redactar esta revisión, sometimos a prueba los resultados del

método de bajo multiplicador del DJIA aplicándolo a un grupo

hipotéticamente comprado a finales de 1968 y reevaluado el 30 de junio de

1971. En esta ocasión, las cifras resultaron ser bastante decepcionantes, ya

que los cálculos arrojaron una gran pérdida para el grupo de bajo

multiplicador de seis o diez empresas y un buen beneficio para el caso de las

empresas con elevado multiplicador. Este ejemplo de resultados negativos no

debería viciar las conclusiones basadas en más de 30 experimentos, pero el

hecho de que haya sucedido recientemente aporta un elemento de

ponderación negativa especial. Tal vez el inversor agresivo debería comenzar

con la idea del «bajo multiplicador», y añadir algún otro requisito cuantitativo

y cualitativo a esa idea a la hora de organizar su cartera.

Adquisición de valores de ocasión

 

Para nosotros, una acción de ocasión es aquella que, atendiendo a hechos

establecidos mediante análisis, parece valer considerablemente más del precio

que indica su cotización. En este género se incluyen obligaciones, acciones

preferentes que se vendan bajo par, y también acciones ordinarias. Por ser lo

más concretos posible, permítanos sugerir que un valor no es una verdadera

«ocasión» salvo que el valor indicado sea por lo menos un 50% superior al

precio. ¿Qué tipos de datos permitirían llegar a la conclusión de que se da una

discrepancia de tal calibre? ¿Cómo llegan a existir este tipo de ocasiones u

ofertas, y de qué manera puede el inversor sacar partido de ellas?

Hay dos pruebas con las que se puede detectar la existencia de una acción

ordinaria que esté negociando en condiciones de ocasión. La primera consiste

en el método de la valoración. Se basa principalmente en la estimación de los

beneficios futuros, y después en la multiplicación de esos beneficios por un

factor apropiado al valor en concreto. Si el valor resultante está

suficientemente por encima del precio de mercado, y si el inversor confía en

la técnica empleada, podrá calificar de ocasión a esa acción. La segunda

prueba es el valor que tendría la empresa para un propietario privado. Este

valor también suele estar determinado principalmente por los beneficios

futuros que se esperan, en cuyo caso el resultado sería idéntico al del primer

método. No obstante, en el segundo tipo de prueba, es probable que se preste

más atención al valor realizable del activo, haciendo especial hincapié en al

activo circulante neto o capital de explotación.

En los niveles bajos del mercado general una gran proporción de acciones

ordinarias son acciones de ocasión, medidas con arreglo a estos criterios. (Un

ejemplo típico es el de General Motors cuando se vendía a menos de 30 en

1941, cotización que era equivalente a 5 para las acciones de 1971. Había

estado ganando más de 4 dólares y pagando 3,50 dólares o aún más, en

dividendos). Es cierto que los beneficios actuales y las perspectivas

inmediatas pueden ser ambos negativos, pero una valoración equilibrada de

las circunstancias futuras medias indicaría valores muy superiores a los

precios imperantes. Por lo tanto, la inteligencia de mostrar coraje en los

mercados deprimidos queda reivindicada no sólo por la voz de la experiencia,

sino también por la aplicación de técnicas razonables de análisis de valor.

Las mismas veleidades del mercado que suelen hacer que la lista de

cotización en general esté en situación de ocasión suelen provocar la

existencia de muchas ocasiones individuales prácticamente en cualquier nivel

del mercado. El mercado es muy dado a hacer montañas con meros granos de

arena, y a convertir pequeños contratiempos en gravísimas dificultades[17].

Incluso la mera falta de interés o de entusiasmo puede impulsar un descenso

de precios hasta niveles absurdamente bajos. De este modo, existen lo que

aparentemente son dos fuentes de minusvaloración: (1) unos resultados

actuales decepcionantes y (2) desinterés o impopularidad sostenidos a lo largo

del tiempo.

No obstante, ninguna de estas causas, consideradas únicamente por sí

solas, puede servir de guía fiable para conseguir el éxito con una inversión en

acciones ordinarias. ¿Cómo se puede estar seguro de que unos resultados

actualmente decepcionantes van a ser únicamente temporales? Por supuesto,

se pueden aportar magníficos ejemplos de casos en los que ha sido así. Las

acciones de empresas siderúrgicas solían ser famosas por su condición de

acciones cíclicas, y el comprador más avezado podía adquirirlas a precios

bajos cuando los beneficios eran reducidos y venderlas en los años de gran

crecimiento obteniendo un bonito beneficio. Chrysler Corporation ofrece un

espectacular ejemplo, tal y como ponían de manifiesto los datos de la tabla

7.3.

Si éste fuese el comportamiento ordinario de las acciones de empresas con

resultados fluctuantes, la obtención de beneficios en el mercado de valores

sería una cuestión muy sencilla. Por desgracia, podemos citar muchos

ejemplos de declives de beneficios y precio que no fueron seguidos

automáticamente por una espectacular recuperación de ambos. Uno de esos

ejemplos es el de Anaconda Wire and Cable, que había conseguido grandes

beneficios hasta 1956, con un precio máximo de 85 en ese año. Los beneficios

después se redujeron de forma irregular durante seis años, el precio cayó hasta

23,50 en 1962 y al año siguiente fue absorbida por su empresa matriz

(Anaconda Corporation) al equivalente de sólo 33.

Las abundantes experiencias de este tipo sugieren que el inversor necesita

algo más que una mera reducción de los beneficios y la cotización para contar

con una base sólida en la que apoyar su decisión de compra. Debería exigir la

existencia de una indicación de por lo menos una razonable estabilidad de los

beneficios durante la última década o más, o lo que es lo mismo, que no se

haya dado ningún año de déficit de beneficios, en combinación con un tamaño

suficiente y una suficiente fortaleza financiera que permita hacer frente a

posibles contratiempos en el futuro. La combinación ideal en este terreno es,

por lo tanto, la de una gran y destacada empresa cuya cotización esté muy por

debajo de su precio medio en el pasado y de su multiplicador medio de precio

/ beneficio. Sin duda, este criterio eliminaría la mayor parte de las oportunidades rentables en empresas como Chrysler, puesto que sus años con

precios bajos suelen estar acompañados por lo general de unos elevados ratios

de precio / beneficio. En cualquier caso, podemos asegurar al lector, y sin

lugar a dudas volveremos a hacerlo posteriormente, que hay una enorme

diferencia entre los «beneficios que se podrían haber ganado jugando a

posteriori» y los «beneficios de dinero real». Albergamos serias dudas

respecto a que una inversión de tipo montaña rusa como la de Chrysler sea un

medio adecuado para las operaciones de nuestro inversor emprendedor.

Hemos mencionado el desinterés o la impopularidad prolongada a lo largo

del tiempo como segunda causa de las caídas de precio hasta niveles

injustificadamente bajos. Un caso actual de este tipo podría ser el de National

Presto Industries. En el período alcista de mercado de 1968 cotizó a un

máximo de 45, que únicamente era 8 veces los beneficios de 5,61 dólares de

ese ejercicio. Los beneficios por acción crecieron tanto en 1969 como en

1970, pero la cotización se redujo hasta sólo 21 en 1970. Esa cotización

suponía multiplicar por menos de 4 los beneficios (récord) de ese ejercicio, y

era inferior al valor de su activo neto circulante. En marzo de 1972 la

cotización había subido a 34, y no obstante seguía siendo sólo 5,5 veces los

beneficios declarados en el último ejercicio, y aproximadamente el mismo

valor que su activo neto circulante ampliado.

Otro ejemplo de este tipo lo ofrece actualmente Standard Oil of

California, una empresa de gran importancia. A principios de 1972 cotizaba

aproximadamente al mismo precio que 13 años antes, es decir a 56. Sus

beneficios habían sido destacablemente homogéneos, con un crecimiento

relativamente reducido pero con un único declive de pequeña importancia

durante todo el período. Su valor contable era aproximadamente igual al

precio de mercado. Con este historial conservadoramente favorable entre los

años 1958 y 1971, la empresa nunca ha tenido una cotización media anual que

llegase a ser 15 veces sus beneficios ordinarios. A principios de 1972, la

relación precio / beneficios era de únicamente 10.

Un tercer motivo de que un acción pueda cotizar a un precio

injustificadamente bajo puede ser el fallo por parte del mercado a la hora de

percibir la verdadera imagen de sus beneficios. Nuestro ejemplo clásico es el

de Northern Pacific Railway, que en 1946-47 pasó de 36 a 13,5. Las

verdaderas ganancias en 1947 se acercaron a los 10 dólares por acción. El

precio de la acción estuvo retenido en gran medida por su dividendo de 1

dólar. Esta empresa tampoco suscitó gran interés porque buena parte de su capacidad para generar beneficio estuvo oculta por el peculiar método de

contabilidad de las empresas de ferrocarriles.

El tipo de valor de ocasión que puede identificarse con más facilidad es el

de las acciones que cotizan por un valor inferior al del capital circulante neto,

después de deducir todas las obligaciones previas[18]. Esto significaría que el

comprador no pagaría nada en absoluto por el activo fijo, los edificios, la

maquinaria, etcétera, o por cualesquiera partidas de fondo de comercio que

pudiesen existir. Muy pocas empresas acaban teniendo un valor en última

instancia inferior al del capital circulante en exclusiva, aunque sería posible

encontrar algunos extraños casos. Lo sorprendente, por el contrario, es que

haya tantas empresas disponibles que hayan sido valoradas por el mercado

con arreglo a estos criterios tan ventajosos para el comprador. Una

recopilación realizada en 1957, cuando el mercado no estaba en modo alguno

en niveles bajos, sacó a la luz aproximadamente unas 150 acciones de ese

tipo. En la tabla 7.4 resumimos los resultados que se obtendrían de haber

comprado el 31 de diciembre de 1957, una acción de cada una de las 85

sociedades de esa lista de las cuales aparecían datos en la Monthly Stock

Guide de Standard & Poor’s, y de conservar esas acciones durante dos años.

Por algún tipo de coincidencia, cada uno de los grupos progresaron

durante esos dos años en una medida cercana al valor del activo circulante

neto agregado. El beneficio de toda la «cartera» durante ese período fue del

75%, en comparación con el 50% de las 425 empresas industriales del

Standard & Poor’s. Lo que es más destacable es que ninguna de las emisiones

arrojaron pérdidas significativas, siete de ellas se mantuvieron

aproximadamente al mismo nivel, y 78 mostraron sustanciales ganancias.

 

TABLA 7.4

 

Experiencia de beneficios de acciones infravaloradas, 1957-1959

Nuestra experiencia con este tipo de selección de inversión, actuando

siempre con criterios diversificados, fue uniformemente buena durante

muchos años con anterioridad a 1957. Probablemente podría afirmarse sin

duda que constituye un método seguro y rentable de determinar y aprovechar

situaciones minusvaloradas. No obstante, durante la subida de mercado

generalizada que tuvo lugar después de 1957, el número de oportunidades de

este tipo se limitó extraordinariamente, y muchas de las disponibles arrojaron

pequeños beneficios de explotación o incluso pérdidas. La recesión de

mercado de 1969-1970 produjo una nueva cosecha de estas acciones «por

debajo del capital circulante». Hablaremos sobre este grupo en el capítulo 15,

que versa sobre la selección de acciones para el inversor emprendedor.

 

Modelo de acciones de ocasión de empresas de segundo nivel. Hemos

afirmado que una oferta de segundo nivel es aquella que no es líder de un

sector relativamente importante. Por lo tanto, puede ser alguna de las

empresas de menores dimensiones de un sector importante, pero también

podría ser alguna de las empresas más importantes de un sector de escasa

entidad. A modo de excepción, una empresa que haya conseguido

establecerse como empresa en crecimiento no suele ser considerada, por regla

general, de segundo nivel.

En el gran período alcista de mercado de la década de 1920 se establecían

relativamente pocas distinciones entre líderes sectoriales y otras acciones

admitidas a cotización, siempre y cuando estas últimas fuesen de tamaño

respetable. El público tenía la impresión de que las empresas de medianas

dimensiones eran lo suficientemente resistentes para capear los temporales y

que tenían mejores posibilidades de conseguir una expansión realmente

espectacular que las empresas que ya tenían grandes dimensiones. Los años

de la depresión 1931-1932, no obstante, tuvieron un efecto especialmente

devastador entre las empresas que no eran de primera fila ya fuese a causa de

su tamaño o de su estabilidad inherente. A causa de esa experiencia, los

inversores han adquirido desde entonces una marcada preferencia por los

líderes sectoriales y una concomitante falta de interés durante la mayor parte

del tiempo por las empresas ordinarias de importancia secundaria. Esto ha

significado que este último grupo tradicionalmente ha cotizado a unos precios

muy inferiores en relación con los beneficios y los activos de aquéllos a los

que han cotizado las empresas integradas en el primer grupo. Adicionalmente,

ha significado que en muchos casos el precio ha caído hasta niveles tan bajos que las acciones de estas empresas han llegado a estar incluidas en la

categoría de ocasiones.

Cuando los inversores rechazaban las acciones de empresas secundarias,

aun cuando se vendiesen a precios relativamente bajos, estaban expresando la

creencia, o el temor de que estas empresas tuviesen que enfrentarse a un

futuro decepcionante. De hecho, por lo menos de manera subconsciente,

calculaban que cualquier precio era demasiado elevado para estas empresas

porque en el fondo estaban condenadas a la extinción, en un sentido muy

similar a la teoría complementaria imperante en 1929 de que las empresas de

primer orden nunca alcanzarían un precio que fuese demasiado elevado

porque sus posibilidades en el futuro eran ilimitadas. Tanto una como otra

opinión eran exageraciones y acabaron conduciendo a severos errores de

inversión. De hecho, la sociedad cotizada de dimensiones medianas suele ser

de un tamaño considerable, si se compara con las empresas que no cotizan en

bolsa. No hay motivos razonables para que tales empresas no sigan operando

de manera indefinida, sometidas a las vicisitudes características de nuestra

economía, pero ganando, en conjunto, una rentabilidad razonable sobre su

capital invertido.

Esta somera revisión indica que la actitud adoptada por el mercado de

valores hacia las empresas de orden secundario suele ser poco realista y, en

consecuencia, suele crear, en épocas ordinarias, innumerables casos de graves

minusvaloraciones. A la hora de la verdad, el período de la Segunda Guerra

Mundial y la expansión de la postguerra fueron más beneficiosos para las

pequeñas empresas que para las grandes, porque en aquel momento la

competencia ordinaria para conseguir ventas se suspendió y las empresas de

menores dimensiones pudieron ampliar sus ventas y sus márgenes de

beneficio de manera más espectacular. De esta forma, en 1946 la pauta de

mercado se había invertido por completo en relación con la imperante antes

de la guerra. Mientras que las acciones líderes del Dow Jones Industrial

Average únicamente habían subido el 40% desde finales de 1938 hasta el

máximo de 1946, el índice Standard & Poor’s de acciones de precio reducido

se había disparado nada menos que el 280% durante ese mismo período. Los

especuladores y muchos inversores autodidactas, haciendo gala de la escasa

capacidad de recuerdo de los participantes en el mercado de valores, se

lanzaron a comprar valores nuevos y antiguos de empresas poco importantes a

niveles inflados. De este modo, el péndulo osciló claramente hacia el extremo

contrario. El mismo tipo de valores de empresas secundarias que

anteriormente había proporcionado con gran diferencia la mayor proporción de oportunidades de compras de ocasión estaba registrando en el momento

presente el mayor número de ejemplos de sobrevaloración y exceso de

entusiasmo irracional. De una forma diferente, este fenómeno se repitió en

1961 y 1968, momentos en los cuales se puso más interés en las nuevas

ofertas de pequeñas empresas de naturaleza inferior a las secundarias, y en

prácticamente todas las empresas de ciertos campos que gozaban del favor del

público, como la «electrónica», los «ordenadores», las «franquicias» y

otros[19].

Como cabía esperar, la posterior caída del mercado se dejó sentir más

intensamente en estos valores sobrevalorados. En algunos casos la oscilación

del péndulo llegó al extremo de establecer una subvaloración definitiva e

irrecuperable.

Si la mayor parte de los títulos secundarios normalmente suelen estar

minusvalorados, ¿qué motivo tiene el inversor para confiar en que pueda

conseguir beneficios en esa situación? Si la situación persiste

indefinidamente, ¿no estará siempre en la misma posición de mercado que

cuando compró los títulos? La respuesta a estas preguntas es algo complicada.

La obtención de beneficios sustanciosos con la compra de valores de

empresas secundarias a precios de ocasión puede producirse de diversas

maneras. En primer lugar, la rentabilidad por dividendo suele ser

relativamente elevada. En segundo lugar, los beneficios reinvertidos son

sustanciales en relación con el precio pagado y, en última instancia, acabarán

afectando a la cotización. En un período de entre cinco y siete años estas

ventajas pueden acumularse y hacerse bastante cuantiosas en una cesta de

inversión bien seleccionada. En tercer lugar, los períodos alcistas de mercado

suelen ser más generosos habitualmente con las acciones que tienen baja

cotización; de ese modo, en esos períodos las acciones que habitualmente se

consideran de ocasión suelen elevarse hasta niveles por lo menos razonables.

En cuarto lugar, incluso durante períodos de evolución anodina del mercado

se suele producir un proceso continuo de ajuste de cotizaciones, durante el

cual las acciones de empresas secundarias que estaban minusvaloradas suelen

ascender por lo menos hasta los niveles normales para ese tipo de valor. En

quinto lugar, los factores específicos que en muchos casos habían provocado

los decepcionantes resultados de beneficios pueden corregirse, por el

advenimiento de nuevas condiciones, por la adopción de nuevas políticas o

por un cambio en la dirección de las empresas.

En los últimos años un importante factor nuevo ha sido la adquisición de

pequeñas empresas por parte de otras más grandes, normalmente en el marco de un programa de diversificación. En estos casos, la retribución abonada ha

sido prácticamente siempre generosa, muy por encima de los niveles de

ocasión vigentes no mucho antes.

Cuando los tipos de interés eran muy inferiores a los de 1970, el campo de

los títulos de ocasión se extendía a las obligaciones y acciones preferentes que

se vendían con grandes descuentos en relación con el importe que daban

derecho a reivindicar. Actualmente tenemos una situación diferente en la que

incluso títulos bien garantizados se venden con grandes descuentos si sus

cupones tienen intereses del 4,5% o menos, por ejemplo. Uno de ellos son las

obligaciones de American Telephone & Telegraph al 2,625%, con

vencimiento en 1986, que se vendían a niveles tan bajos como 51 en 1970; las

obligaciones al 4,5% de Deere & Co., con vencimiento en 1983, que se

vendían por cantidades tan bajas como 62. Bien puede darse el caso de que

éstas hayan sido oportunidades de compra de ocasión antes de que pase

mucho tiempo, si los tipos de interés imperantes descendiesen

sustancialmente. Para encontrar emisiones de obligaciones de ocasión en el

sentido más tradicional del término, probablemente deberíamos volver nuestra

mirada una vez más a las obligaciones de primera hipoteca de los ferrocarriles

que se encuentran actualmente con dificultades financieras, y que se venden

en la franja de los 20 o los 30. Estas situaciones no son para el inversor

inexperto; a falta de una verdadera capacidad para percibir los valores en este

campo, pueden pillarse los dedos. Sin embargo, existe la tendencia

subyacente de cargar excesivamente las tintas en las bajadas de mercado en

este campo; en consecuencia, el grupo en conjunto, ofrece una invitación

especialmente prometedora para llevar a cabo un análisis cuidadoso y

valiente. En la década que concluyó en 1948 el grupo multimillonario de

obligaciones de ferrocarril impagadas ofreció numerosas oportunidades

espectaculares en este sentido. Tales oportunidades han sido bastante escasas

desde entonces; no obstante, parece probable que vuelvan a repetirse en la

década de 1970[20].

 

Situaciones especiales o «rescates»

 

No hace mucho tiempo éste era un terreno que prácticamente podía

garantizar en todo momento una atractiva tasa de rendimiento a los que

supiesen manejarse en él; además, esto era posible prácticamente en todo tipo

de situación de mercado general. De hecho, ni siquiera era un territorio

prohibido a los miembros del público en general. Los que se sentían atraídos por este tipo de actividad podían aprender las técnicas y llegar a ser

practicantes bastante hábiles sin necesidad de grandes estudios académicos o

períodos de aprendizaje. Algunos otros fueron suficientemente perspicaces

para darse cuenta de la sensatez subyacente de este método y para establecer

vínculos con jóvenes brillantes que gestionaban fondos dedicados

principalmente a este tipo de «situaciones especiales». No obstante, en los

últimos años, por motivos que expondremos posteriormente, el campo del

«arbitraje y las operaciones de rescate» ha llegado a ser más arriesgado y

menos rentable. Bien pudiera darse el caso de que en años venideros este

terreno volviese a ser más propicio. En cualquier caso, merece la pena

exponer la naturaleza general y el origen de estas operaciones, con uno o dos

ejemplos ilustrativos.

La «situación especial» típica ha tenido su origen en el aumento del

número de adquisiciones de empresas pequeñas por parte de las empresas

grandes, a medida que el evangelio de la diversificación de productos iba

siendo adoptado por un número cada vez más elevado de equipos directivos.

Casi siempre parece un buen negocio para estas empresas la adquisición de

una empresa existente en el terreno en el que desea introducirse, en lugar de la

alternativa de lanzar un nuevo proyecto desde cero. Para que esta adquisición

sea posible, y para conseguir la aceptación de la necesaria mayoría de los

accionistas de la empresa adquirida, casi siempre es necesario ofrecer un

precio considerablemente superior al nivel imperante en el mercado. Estas

operaciones empresariales siempre han ofrecido interesantes oportunidades de

beneficio para aquellos que han estudiado este terreno y tienen una buena

capacidad de juicio, reforzada por una amplia experiencia.

Los inversores hábiles consiguieron grandes cantidades de dinero no hace

muchos años mediante la adquisición de obligaciones de empresas

ferroviarias inmersas en procesos concursales, obligaciones que sabían que

valdrían mucho más de lo que les habían costado cuando esas empresas

fuesen finalmente reorganizadas. Después de la promulgación de los planes

de reorganización surgía un mercado para los nuevos títulos que negociaban

en condiciones «cuando se emitan». Estos nuevos títulos casi siempre se

vendían por una cifra considerablemente superior al coste de las viejas

emisiones que iban a ser canjeadas por ellos. Siempre existía el riesgo de que

los planes no se consumasen o de que se produjesen demoras imprevistas,

pero en conjunto estas «operaciones de arbitraje» resultaron ser

extraordinariamente rentables.

Se produjeron oportunidades similares como consecuencia de la escisión

de las sociedades de cartera concesionarias de servicios y suministros

públicos en aplicación de la legislación promulgada en 1935. Prácticamente

todas estas empresas acabaron valiendo considerablemente más cuando

dejaron de ser sociedades pertenecientes a una sociedad de cartera y se

convirtieron en un grupo de empresas operativas independientes.

El factor subyacente en este terreno es la tendencia que tiene el mercado

de valores a minusvalorar los títulos que están afectados por algún tipo de

proceso judicial complicado. Tradicionalmente, había un aforismo en Wall

Street que decía «Nunca te metas en juicios». Puede ser un buen consejo para

el especulador que esté tratando de llevar a cabo acciones rápidas con sus

carteras. Sin embargo, la adopción de esta actitud por parte del público en

general acabará creando oportunidades de compra de ocasión en los valores

afectados por esa actitud, puesto que el prejuicio en contra de estas empresas

hará que sus acciones coticen a niveles injustificadamente bajos[21].

El aprovechamiento de las situaciones especiales es una rama técnica de la

inversión que exige una mentalidad y una dotación un tanto inusual.

Probablemente, sólo una pequeña parte de nuestros inversores emprendedores

acabarán dedicándose a esta actividad, y este libro no es el medio adecuado

para exponer sus complicaciones[22].

 

Consecuencias más generales de nuestras reglas de inversión

 

La política de inversión, tal como ha sido desarrollada en este libro,

depende en primer lugar de una decisión adoptada por el inversor que tiene

que optar por una función defensiva (pasiva) o agresiva (emprendedora). El

inversor agresivo debe tener un conocimiento considerable de los valores de

los títulos, suficiente, de hecho, para considerar que sus operaciones con

valores son equivalentes a una actividad empresarial. En esta filosofía no hay

espacio para una postura intermedia, ni una serie de escalones entre la

situación pasiva y la situación agresiva. Muchos, tal vez la mayoría, de los

inversores tratan de colocarse en esa categoría intermedia; en nuestra opinión

es una solución de compromiso que tiene más probabilidades de generar

decepciones que logros positivos.

Como inversor no puede pretender convertirse, si quiere actuar de manera

razonable, en «medio empresario» y pensar en tener la mitad de los beneficios

normales con sus fondos.

De este razonamiento se desprende que la mayoría de los propietarios de

valores deberían optar por la calificación de defensivos. No tienen ni el

tiempo, ni la determinación, ni la preparación mental para lanzarse a la

inversión como actividad semiempresarial. Por lo tanto, deberían contentarse

con el excelente rendimiento que en la actualidad se puede conseguir con una

cartera defensiva (e incluso con menos) y deberían resistir con firmeza la

tentación recurrente de incrementar este rendimiento desviándose hacia otros

terrenos.

El inversor emprendedor podría lanzarse justificadamente a cualquier

operación con valores para la cual su formación y su capacidad de juicio sean

adecuadas y que parezca suficientemente prometedora medida con arreglo a

criterios empresariales establecidos.

En nuestras recomendaciones y advertencias para este grupo de inversores

hemos tratado de aplicar tales criterios empresariales. En los destinados al

inversor defensivo nos hemos guiado principalmente por los tres requisitos de

seguridad subyacente, sencillez de elección y promesa de resultados

satisfactorios, tanto en términos psicológicos como aritméticos. El uso de

estos criterios nos ha llevado a excluir del campo de las inversiones

recomendadas una serie de tipos de valores que normalmente se consideran

adecuados para varios tipos de inversores. Estas prohibiciones se enumeraron

en nuestro primer capítulo, en la página 45.

Analicemos de una manera algo más detallada que antes las nociones

implícitas en estas exclusiones. Hemos desaconsejado la compra a «precio

completo» de tres categorías de títulos importantes: (1) obligaciones

extranjeras, (2) acciones preferentes ordinarias, y (3) acciones ordinarias

secundarias, incluidas, por supuesto, las ofertas originales de ese tipo de

títulos. Con la expresión «precio completo» nos referimos a un precio cercano

a la par en el caso de obligaciones o acciones preferentes, y a precios que

representan más o menos el valor justo empresarial de la empresa en caso de

acciones ordinarias. La inmensa mayoría de los inversores defensivos deben

evitar estas categorías, sea cual sea el precio; el inversor emprendedor deberá

comprarlas únicamente cuando sean obtenibles a precios de ocasión, que ya

hemos afirmado que son los precios que no son superiores a dos tercios del

valor de tasación de los valores.

¿Qué ocurriría si todos los inversores se guiasen por nuestros consejos

sobre estas cuestiones? Esta cuestión se abordó en lo que respecta a las

obligaciones extranjeras en la página 160, y no tenemos que añadir nada a lo

que dijimos en aquel momento. Las acciones preferentes de categoría de inversión deberían ser adquiridas únicamente por personas jurídicas, como las

compañías de seguros, que pueden beneficiarse con el régimen tributario

especial del que disfrutan ese tipo de acciones cuando sus tenedores son

personas jurídicas.

La consecuencia más problemática de nuestra política de exclusiones se

produce en el terreno de las acciones ordinarias de segunda categoría. Si la

mayoría de los inversores, integrados como deben estar en la categoría

defensiva, no las comprasen en absoluto, el conjunto de posibles compradores

se restringiría gravemente. Además, si los inversores agresivos únicamente

deben comprarlas cuando sus precios están en niveles de ocasión, estas

acciones estarían condenadas a venderse por debajo de su valor justo, salvo en

la medida en que fuesen adquiridas por motivos poco inteligentes.

Es posible que esto suene muy estricto e incluso vagamente poco ético.

Sin embargo, a la hora de la verdad, nos estamos limitando simplemente a

reconocer lo que ha ocurrido en la práctica en este terreno durante la mayor

parte de los últimos 40 años. Las emisiones de segunda categoría, en su

mayor parte, fluctúan en torno a un nivel central que está muy por debajo de

su valor justo. Alcanzan, e incluso superan, ese valor justo en ciertas

ocasiones; pero esto suele suceder en las etapas superiores de los períodos

alcistas de mercado, cuando las lecciones extraídas de la experiencia práctica

aconsejarían no pagar los precios imperantes por las acciones ordinarias.

Por lo tanto, únicamente estamos sugiriendo que el inversor agresivo sea

consciente de las verdades de la vida a las que deben hacer frente estos

valores de categoría secundaria, y que reconozca que los niveles de mercado

central que son habituales para esta categoría deben ser la guía de referencia

para establecer sus propios niveles de compra.

En cualquier caso, en esta cuestión se da una paradoja. La empresa de

categoría secundaria bien elegida típica puede ser tan prometedora como el

líder sectorial típico. Las carencias que afectan a las empresas de menores

dimensiones en materia de estabilidad inherente pueden compensarse

fácilmente con sus mayores posibilidades de crecimiento. En consecuencia, a

muchos lectores les puede parecer ilógico denominar «poco inteligente» la

compra de estos valores secundarios a sus niveles de pleno «valor

empresarial». Creemos que el argumento más fuerte es el de la experiencia.

La historia financiera indica claramente que el inversor puede esperar

resultados satisfactorios, de media, con las acciones ordinarias de categoría

secundaria únicamente si las compra por un valor inferior al que tendrían para

un propietario particular, es decir, si las compra de ocasión.

La última frase indica que este principio se refiere al inversor ordinario

externo. Cualquier persona que pueda controlar una empresa secundaria, o

que forme parte de un grupo cohesionado que ejerza dicho control, estaría

absolutamente justificado para comprar las acciones con los mismos criterios

que si estuviese invirtiendo en una «sociedad no cotizada» u otro tipo de

empresa particular. La distinción entre las dos situaciones, y entre las políticas

de inversión que se deben aplicar en cada una de ellas, en lo que respecta a

personas de dentro y fuera de la empresa adquiere más importancia a medida

que se reduce la importancia de la propia empresa. Una característica esencial

de una empresa de primer orden o líder es que una acción única, por sí sola,

suele valer tanto como una acción perteneciente a un bloque de control. En las

empresas de categoría secundaria el valor de mercado medio de una acción

independiente es sustancialmente menor que el valor que tiene para el

propietario que ejerce el control. A causa de este hecho, la cuestión de las

relaciones entre los accionistas y los directivos, y entre los accionistas

internos y externos suele ser mucho más importante y controvertida en el caso

de las empresas de categoría secundaria que en el caso de las empresas de

categoría primaria.

Al final del capítulo 5 comentamos la dificultad que existía a la hora de

hacer distinciones claras y precisas entre empresas primarias y secundarias.

Las numerosas empresas que se encuentran en los límites colindantes de las

dos categorías pueden razonablemente mostrar un comportamiento de precio

intermedio. No sería ilógico que un inversor adquiriese acciones de cualquiera

de esas empresas con un pequeño descuento del precio indicado o de

casación, con el argumento de que se encuentran a una pequeña distancia de

la clasificación de empresas primarias y que bien podrían adquirir esa

clasificación en un futuro no muy lejano.

Por lo tanto, la distinción entre empresas de categoría primaria y

secundaria no tiene por qué hacerse con excesiva precisión; dado que, si se

estableciese de manera precisa y tajante, una pequeña diferencia de calidad

debería producir una gran diferencia en el precio de compra que estaría

justificado. Al hacer esta afirmación estamos admitiendo la existencia de un

terreno intermedio en la clasificación de las acciones ordinarias, aunque no

nos hemos mostrado partidarios de defender la posibilidad de dicho terreno

intermedio en la clasificación de inversores. Nuestro argumento para esta

aparente incongruencia es el siguiente: no se desprende un grave perjuicio de

la existencia de algún cierto nivel de incertidumbre a la hora de evaluar un

único valor, porque estos casos son excepcionales y la cuestión no tiene una gran trascendencia. Sin embargo, la elección del inversor entre una postura

defensiva y una postura agresiva tiene graves e importantes consecuencias

para él, y no debería permitirse que quedase en una situación confusa o

comprometida a la hora de adoptar esta decisión básica.