El inversor inteligente
Capítulo 20. El «margen de seguridad» como concepto central de la inversión
Capítulo 20
El «margen de seguridad» como concepto central de la
inversión
En la vieja leyenda los sabios acabaron reduciendo la historia de los
asuntos humanos a una única frase: «Esto también pasará[1]». Al enfrentarnos
con un desafío similar para destilar el secreto de la inversión sensata en tres
palabras, nos atrevemos a proponer el lema MARGEN DE SEGURIDAD.
Éste es el hilo que recorre toda la exposición precedente sobre política de
inversión, frecuentemente de manera explícita, y en ocasiones de una forma
menos directa. Intentemos ahora, brevemente, exponer esa idea en forma de
argumentación conectada.
Todos los inversores expertos son conscientes de que el concepto de
margen de seguridad es esencial para elegir unas obligaciones y unas acciones
preferentes adecuadas. Por ejemplo, una empresa de ferrocarriles debería
haber conseguido unos ingresos que cubriesen con creces cinco veces sus
cargas fijas (antes de impuestos), durante una serie de años, para que sus
obligaciones tuviesen categoría de títulos de nivel de inversión. Esta habilidad
del pasado para obtener unos ingresos superiores a los intereses que deben
desembolsar constituye el margen de seguridad con el que se cuenta para
proteger al inversor frente a las pérdidas o a la inquietud en el supuesto de que
se produzca algún tipo de declive en el futuro en los ingresos netos. (El
margen por encima de las cargas se puede denominar de otras formas: por
ejemplo, en el porcentaje en el cual los ingresos de los beneficios pueden
descender antes de que desaparezca el saldo positivo después del pago de
intereses, pero la idea subyacente sigue siendo la misma).
El inversor en obligaciones no espera que los futuros beneficios medios
sean iguales que los del pasado; si estuviese seguro de eso, el margen exigido
podría ser pequeño. Tampoco se basa en medida alguna en su capacidad de
juicio sobre si los beneficios futuros van a ser materialmente mejores o peores
que en el pasado; si lo hiciese, tendría que medir su margen en términos de
una cuenta de ingresos cuidadosamente proyectada, en vez de destacar el
margen que se puede apreciar en el historial pasado. En este caso, la función del margen de seguridad es, en esencia, la de hacer innecesaria una
estimación exacta del futuro. Si el margen es grande, es más que suficiente
para suponer que los futuros beneficios no quedarán por debajo de los del
pasado, de modo que el inversor pueda sentirse suficientemente protegido
frente a las vicisitudes del tiempo.
El margen de seguridad de las obligaciones se puede calcular,
alternativamente, comparando el valor total de la empresa con el importe de la
deuda. (Se podría realizar un cálculo similar para las acciones preferentes). Si
una empresa adeuda 10 millones de dólares y su patrimonio está valorado en
30 millones, queda margen para una reducción de dos tercios de su valor, por
lo menos en teoría, antes de que los tenedores de obligaciones sufran
pérdidas. El importe de este valor extraordinario, o «colchón», por encima de
la deuda se puede calcular aproximadamente utilizando la cotización media
de mercado de las acciones ordinarias durante una serie de años. Como la
cotización media de las acciones suele estar relacionada con la capacidad
media de generación de beneficios, el margen de «valor de empresa» respecto
de la deuda y el margen de beneficios sobre las cargas en la mayor parte de
los casos serán similares.
Esto es lo que se puede decir sobre el concepto de margen de seguridad
aplicable a «las inversiones de renta fija». ¿Se puede trasladar el concepto al
campo de las acciones ordinarias? Sí, pero con algunas modificaciones
imprescindibles.
Hay casos en los que las acciones ordinarias podrían considerarse
adecuadas porque disfrutan de un margen de seguridad tan grande como el de
una buena obligación. Esto ocurrirá, por ejemplo, cuando una empresa tenga
en circulación únicamente acciones ordinarias que en condiciones de
depresión se vendan por un importe inferior al de las obligaciones que
podrían emitirse con seguridad con cargo a su patrimonio y su capacidad de
generación de beneficio[2]. Ésa fue la situación de numerosas empresas
industriales fuertemente financiadas en los niveles de cotización deprimidos
que se dieron en 1932–1933. En esos casos, el inversor puede obtener el
margen de seguridad relacionado con las obligaciones, más todas las
probabilidades de conseguir una mayor renta y apreciación del principal
inherentes a las acciones ordinarias. (Lo único de lo que carecerá es de la
capacidad jurídica de insistir en los pagos de dividendos «porque si no…»,
pero éste es un pequeño inconveniente en comparación con las ventajas). Las
acciones ordinarias compradas en tales circunstancias ofrecerán una
combinación ideal, aunque infrecuente, de seguridad y oportunidad de conseguir beneficios. Como ejemplo relativamente reciente de estas
situaciones, volveremos a mencionar una vez más el caso de las acciones de
National Presto Industries, cuya cotización arrojaba un valor total de la
empresa de 43 millones de dólares en 1972. Con sus 16 millones de
beneficios antes de impuestos recientemente declarados, la empresa podría
haber ofrecido respaldo cómodamente a esa cantidad de obligaciones.
En las acciones ordinarias adquiridas a modo de inversión en condiciones
normales de mercado, la existencia de un margen de seguridad depende de
que exista una capacidad de generación de beneficios esperada que sea
considerablemente superior al tipo vigente de las obligaciones. En ediciones
anteriores hemos aclarado esta cuestión con las siguientes cifras:
Supongamos, en un caso típico, que la capacidad de generación de beneficios es del 9%
sobre la cotización y que el tipo de interés vigente de las obligaciones es del 4%; en tal caso,
el comprador de acciones tendrá un margen medio anual del 5% que se devengará a su favor.
Parte de ese excedente le será abonado en la tasa de dividendo; aun cuando el inversor gaste
ése dividendo, su importe deberá ser tenido en cuenta en el resultado general de su inversión.
El saldo que no se distribuye se reinvierte en la empresa por su cuenta. En muchos casos, esos
beneficios reinvertidos no son capaces de incrementar proporcionalmente la capacidad de
generación de beneficio y el valor de sus acciones. (Ése es el motivo por el cual el mercado
tiene el obstinado hábito de valorar más generosamente los beneficios que se distribuyen en
forma de dividendos que la parte que se retiene en forma de beneficio retenido o reserva
voluntaria en la empresa[3]). No obstante, si se contempla la imagen en conjunto, hay una
conexión razonablemente estrecha entre el crecimiento de los superávits empresariales
generados mediante la reinversión de los beneficios y el crecimiento de los valores de la
empresa.
A lo largo de un período de diez años, el excedente típico de capacidad de generación de
beneficios de las acciones respecto de los intereses de las obligaciones puede llegar a
acumular el 50% del precio pagado. Esta cifra es suficiente para ofrecer un margen de
seguridad muy real, que, en condiciones favorables, evitará o reducirá al mínimo las pérdidas.
Si existe dicho margen en cada una de las acciones presentes en la lista diversificada de 20 o
más empresas, la probabilidad de un resultado favorable en «condiciones razonablemente
normales» será muy grande. Ése es el motivo por el que la política de invertir en acciones
ordinarias representativas no requiere mucho conocimiento ni capacidad de previsión para
acabar teniendo éxito. Si las adquisiciones se hacen en el nivel medio de mercado
correspondiente a una serie de años, los precios abonados deberían llevar con ellos la garantía
de un margen de seguridad adecuado. El peligro para los inversores radica en concentrar sus
adquisiciones en los niveles superiores de mercado, o en comprar acciones ordinarias no
representativas que entrañan un riesgo superior a la media de reducción de la capacidad de
generación de beneficios.
Tal y como lo concebimos, el problema de la inversión en acciones
ordinarias en las condiciones vigentes en 1972 radica en el hecho de que «en
un caso típico» la capacidad de generación de beneficios es ahora muy
inferior al 9% del precio pagado[4]. Supongamos que, concentrándose en
cierta medida en las acciones con bajo multiplicador de las grandes empresas, un inversor defensivo puede adquirir en el momento presente acciones a 12
veces los beneficios recientes, es decir con un rendimiento por beneficios del
8,33% sobre el coste. Puede obtener una rentabilidad por dividendo de
aproximadamente el 4%, y tendrá el 4,33% de su coste reinvertido en la
empresa por su cuenta. Con estos criterios, el excedente de capacidad de
generación de beneficios de las acciones respecto a los intereses de las
obligaciones a lo largo de un período de diez años seguiría siendo demasiado
reducido para constituir un adecuado margen de seguridad. Por ese motivo,
tenemos la impresión de que en la actualidad existen riesgos reales incluso en
una lista diversificada de buenas acciones ordinarias. Estos riesgos se pueden
compensar completamente por las posibilidades de obtención de beneficio de
las acciones recogidas en la lista; de hecho, cabe la posibilidad de que el
inversor no tenga más opción que incurrir en esos riesgos, puesto que de lo
contrario podría incurrir en los riesgos aún más graves de que su cartera
estuviese integrada únicamente por instrumentos que le concediesen derecho
a reclamar el reembolso de cantidades fijas denominadas en dólares sujetos a
una incesante depreciación. No obstante, el inversor haría bien en ser
consciente, y en aceptar con toda la filosofía de que sea capaz, que la antigua
conjunción de adecuadas posibilidades de beneficio combinadas con un
reducido riesgo en última instancia ha dejado de estar a su alcance[5].
No obstante, el riesgo de pagar un precio demasiado elevado por una
acción de buena calidad, aunque es real, no es el principal peligro al que se
enfrenta el comprador medio de acciones. La observación durante muchos
años nos ha enseñado que las principales pérdidas que sufren los inversores
provienen de la adquisición de acciones de baja calidad en momentos en los
que las condiciones económicas son favorables. Los compradores consideran
que los buenos beneficios actuales son equivalentes a la «capacidad de
generación de beneficios» y dan por supuesto que la prosperidad es lo mismo
que la seguridad. En esos años, es cuando las obligaciones y las acciones
preferentes de categoría inferior se venden entre el público a un precio
aproximado a la par, porque producen un rendimiento por renta levemente
superior o aportan un privilegio de conversión engañosamente atractivo.
También suele ser en esos momentos cuando las acciones de empresas
desconocidas salen a bolsa a precios muy superiores a los de sus inversiones
tangibles, apoyándose en la solidez de dos o tres años de excelente
crecimiento.
Estos valores no ofrecen un margen de seguridad adecuado en ningún
sentido razonable del término. La cobertura de las cargas por intereses y por dividendos preferentes se debe contrastar durante una serie de años, que
incluya preferentemente un período de actividad por debajo de lo normal
como ocurrió en 1970-1971. Lo mismo puede decirse, por lo general, de los
beneficios de las acciones ordinarias, si se quiere que tales beneficios sirvan
de indicación válida de la capacidad de generación de beneficios. Por lo tanto,
de todo esto se desprende que la mayor parte de las inversiones realizadas en
momentos favorables, a precios y condiciones favorables, sufrirán
perturbadores retrocesos de cotización cuando el horizonte se nuble y,
frecuentemente, incluso antes de que lo haga. Tampoco puede el inversor dar
por descontada la confianza en una recuperación con el paso del tiempo,
aunque dicha recuperación suele producirse en algunos casos, porque nunca
habrá disfrutado del margen de seguridad real que le permitiría capear la
adversidad.
La filosofía de invertir en acciones de empresas en crecimiento discurre
en paralelo en parte con el principio del margen de seguridad, y en otra parte
lo contraviene. El comprador de acciones de empresas en crecimiento se basa
en una capacidad de generación de beneficios prevista que es mayor que la
media obtenida en el pasado. Por lo tanto, cabría afirmar que dicho
comprador está empleando esta capacidad de generación de beneficios
prevista en lugar del historial de beneficios del pasado a la hora de calcular su
margen de seguridad. En la teoría de la inversión no hay ningún motivo por el
que una cifra de beneficios futuros cuidadosamente estimada deba ser menos
fiable, a la hora de servir como guía, que el mero historial del pasado; de
hecho, el análisis de valores cada vez es más proclive a utilizar las
evaluaciones competentemente realizadas del futuro. Por lo tanto, el método
de las acciones de empresas en crecimiento puede ofrecer un margen de
seguridad tan fiable como el que se encuentra en las inversiones en empresas
ordinarias, siempre y cuando el cálculo del futuro se realice con arreglo a
criterios conservadores, y siempre y cuando, además, de dichos cálculos se
desprenda un satisfactorio margen en relación con el precio pagado.
El peligro del programa de inversión en empresas en crecimiento radica
precisamente aquí. El mercado tiene tendencia a establecer unos precios para
estas acciones favoritas que no ofrecen una protección adecuada si se realiza
una proyección conservadora de los beneficios futuros. (Una regla básica de
la inversión prudente es que todas las estimaciones, cuando difieran de los
resultados del pasado, deben errar levemente por defecto). El margen de
seguridad siempre depende del precio que se pague. Será grande con un
precio, pequeño con un precio más elevado, e inexistente con un precio aún más elevado. Si, como sugerimos, el nivel medio de mercado de la mayor
parte de las acciones de las empresas en crecimiento es demasiado elevado
para aportar un adecuado margen de seguridad para el comprador, entonces
una simple técnica de compras diversificadas en este terreno puede que no
arroje resultados satisfactorios. Será necesario hacer gala de una especial
capacidad de juicio y de previsión, si se quieren realizar unas inteligentes
selecciones específicas con las que sea posible contrarrestar los riesgos
inherentes en el nivel de mercado habitual de este tipo de acciones en
conjunto.
La idea de margen de seguridad se aprecia con mucha mayor claridad
cuando se aplica al terreno de los valores de ocasión infravalorados. En este
terreno, por definición, tenemos una diferencia favorable entre el precio por
una parte y el valor indicado o tasado por la otra. Esa diferencia es el margen
de seguridad. Está a disposición del inversor para que absorba el efecto de los
potenciales errores de cálculo o de una suerte peor que la media. El
comprador de acciones de ocasión puede hacer especial hincapié en la
capacidad de la inversión de resistir acontecimientos negativos. Dado que en
la mayoría de estos casos el comprador no estará realmente entusiasmado por
las perspectivas de la empresa. Ciertamente, si las perspectivas son
definitivamente malas, el inversor preferirá evitar el valor, por reducido que
sea el precio. Sin embargo, el terreno de las acciones infravaloradas se
compone de muchas empresas, probablemente una mayoría de las existentes,
para las cuales el futuro no es ni claramente prometedor ni claramente poco
auspicioso. Si estas acciones se compran en condiciones de ocasión, aunque
posteriormente se produzca un moderado declive de la capacidad de
generación de beneficios, dicho declive no tendría que impedir,
necesariamente, que la inversión arrojase resultados positivos. El margen de
seguridad, en tales casos, habrá servido a su justa finalidad.
Teoría de la diversificación
Existe una estrecha conexión lógica entre el concepto de margen de
seguridad y el principio de diversificación. Uno es correlativo con el otro.
Incluso con un margen a favor del inversor, una acción individual puede tener
malos resultados. Con el margen lo único que se garantiza es que existen más
probabilidades de beneficio que de pérdida, no que la pérdida sea imposible.
Sin embargo, a medida que aumenta el número de valores de ese tipo
presentes en la cartera, mayor será la certeza con la que se podrá afirmar que el conjunto de los beneficios serán mayores que el conjunto de las pérdidas.
Éste es el sencillo principio en el que se basa la actividad empresarial de los
seguros y reaseguros.
La diversificación es un principio establecido de la inversión
conservadora. Al aceptarla de manera tan universal, los inversores están
demostrando que aceptan el principio del margen de seguridad, del cual la
diversificación es complementaria. La cuestión podría explicarse de una
manera más colorista si establecemos una analogía con la aritmética de la
ruleta. Si alguien apuesta 1 dólar a un único número, recibirá un beneficio de
35 dólares si gana, pero las probabilidades son de 37 a 1 de que pierda. Tiene
un «margen negativo de seguridad». En este caso la diversificación sería una
locura. A medida que aumenta la cantidad de números a los que apuesta,
menores son sus probabilidades de acabar teniendo beneficios. Si apostase
habitualmente 1 dólar a cada número (incluido el 0 y el 00) es seguro que
perdería 2 dólares con cada giro de la ruleta. Sin embargo, supongamos que el
ganador recibiese un rendimiento de 39 dólares en vez de 35 dólares. En tal
caso tendría un pequeño pero importante margen de seguridad. Por lo tanto, a
medida que aumentase la cantidad de números a los que apuesta, mayores
serían sus probabilidades de ganar. Además, podría estar seguro de ganar 2
dólares con cada giro de la ruleta, simplemente apostando 1 dólar a cada uno
de los números. (Incidentalmente, los dos ejemplos expuestos describen en la
práctica las situaciones respectivas del jugador y del propietario de una ruleta
que tenga 0 y 00[6]).
Un criterio de inversión en contraposición a especulación
Como no hay una definición única de inversión que goce de aceptación
generalizada, las autoridades en la materia tienen derecho a definirla como
prefieran. Muchos de los autores niegan que exista una diferencia útil o fiable
entre los conceptos de inversión y de especulación. En nuestra opinión, este
escepticismo es innecesario y lesivo. Es injurioso porque promueve la
predisposición innata de muchas personas hacia la excitación y los peligros de
la especulación con acciones ordinarias. Somos de la opinión de que el
concepto de margen de seguridad se puede utilizar de manera muy
provechosa como piedra de toque que permite distinguir una operación de
inversión de una operación de especulación.
Es probable que la mayor parte de los especuladores piensen que tienen
las probabilidades a su favor cuando asumen el riesgo en sus operaciones y, por lo tanto, que pueden afirmar que hay un margen de seguridad en sus
actuaciones. Todo el mundo tiene la impresión de que realiza sus
adquisiciones en el momento propicio, o que su capacidad es superior a la de
la multitud, o que su asesor o su sistema son dignos de confianza. Sin
embargo, estas pretensiones no son convincentes. Se basan en valoraciones
subjetivas, que no están apoyadas por ningún conjunto de pruebas que las
ratifiquen ni por ninguna línea de razonamiento concluyente. Dudamos
mucho que la persona que se juegue el dinero basándose en su opinión de que
el mercado va a evolucionar al alza o a la baja pueda afirmar que está
protegido por un margen de seguridad en cualquier sentido razonable de la
expresión.
En contraste, el concepto de margen de seguridad que tiene el inversor, tal
y como se ha expuesto anteriormente en este capítulo, se basa en un sencillo y
concluyente razonamiento aritmético extraído de datos estadísticos. También
tenemos la impresión de que está bien apoyado por la experiencia práctica de
inversión. No hay ninguna garantía de que este método fundamental
cuantitativo vaya a seguir consiguiendo resultados favorables en las
circunstancias que puedan darse en el futuro, que en el momento actual nos
resultan desconocidas. No obstante, por los mismos motivos, no hay ningún
motivo válido para mostrarse pesimista en esta cuestión.
Por lo tanto, en resumen, tenemos que afirmar que una verdadera
inversión exige la presencia de un verdadero margen de seguridad. Un
verdadero margen de seguridad es aquél cuya existencia se puede demostrar
con cifras, con un argumento persuasivo y haciendo referencia a un conjunto
de experiencias reales.
Extensión del concepto de inversión
Para completar nuestra exposición sobre el principio de margen de
seguridad, estableceremos ahora una distinción adicional entre las inversiones
convencionales y las inversiones no convencionales. Las inversiones
convencionales son adecuadas para una cartera típica. En este epígrafe
siempre se habían incluido las obligaciones del estado (de Estados Unidos) y
las acciones ordinarias de mejor categoría que pagaban dividendo. Hemos
añadido las obligaciones municipales y estatales para aquellos que puedan
extraer una ventaja suficiente de sus características de exención fiscal.
También se incluyen las obligaciones empresariales de primera categoría
cuando, como ocurre en el momento actual, se pueden comprar en condiciones que ofrezcan un rendimiento suficientemente superior al de los
bonos de ahorro de Estados Unidos.
Las inversiones no convencionales son aquellas que únicamente son
adecuadas para el inversor emprendedor. Cubren una amplia gama. La
categoría más amplia es la de las acciones infravaloradas de empresas de
segundo orden, cuya compra recomendamos cuando pueda realizarse a dos
tercios o menos de su valor indicado. Junto a éstas, suele haber
frecuentemente una amplia oferta de obligaciones empresariales de categoría
intermedia y de acciones preferentes también de categoría intermedia que
cotizan en unos niveles tan bajos que se pueden obtener también con un
considerable descuento respecto de su valor aparente. En tales casos, el
inversor medio estaría inclinado a calificar de especulativos a estos valores,
porque a sus ojos la falta de una calificación de primera es sinónimo de la
falta de categoría de inversión.
Nosotros afirmamos que un precio suficientemente bajo puede hacer que
un valor de categoría mediocre se convierta en una buena oportunidad de
inversión, siempre y cuando el comprador esté informado y sea experto, y
ponga en práctica una diversificación adecuada. La cuestión es que si el
precio es suficientemente bajo como para crear un sustancial margen de
seguridad, el valor cumplirá los requisitos para que lo consideremos como
perteneciente a la categoría de inversión. Nuestro ejemplo favorito en apoyo
de esta argumentación proviene del terreno de las obligaciones inmobiliarias.
En la década de 1920, se vendieron miles de millones de dólares de estos
instrumentos a la par, en un momento en el que eran recomendados como
buenas inversiones. Una gran proporción de ellos tenían un margen de valor
sobre la deuda tan reducido que en realidad su carácter era
extraordinariamente especulativo. En la depresión de la década de 1930 una
enorme cantidad de estos instrumentos incumplieron su obligación de pago de
intereses, y su cotización se vino abajo, en algunos casos por debajo de los 10
centavos por dólar. En ese momento, los mismos asesores que los habían
recomendado cuando cotizaban a la par, afirmando que eran inversiones
seguras, los rechazaban afirmando que se trataba de papel del tipo más
especulativo y menos atractivo que cabía imaginar. Sin embargo, de hecho, la
depreciación de aproximadamente el 90% hacía que muchos de estos valores
fuesen extraordinariamente atractivos y razonablemente seguros, porque los
verdaderos valores que había detrás de ellos eran cuatro o cinco veces
superiores a la cotización de mercado[7].
El hecho de que la compra de estas obligaciones tuviese como
consecuencia lo que generalmente se denomina «un gran beneficio
especulativo» no es obstáculo para que su verdadera naturaleza fuese la de
instrumento de inversión, teniendo en cuenta sus reducidos precios. El
beneficio «especulativo» era la recompensa del comprador por haber hecho
una inversión inusualmente inteligente. Tenían todo el derecho a denominarse
oportunidades de inversión, puesto que un cuidadoso análisis habría mostrado
que el excedente de valor respecto del precio ofrecía un gran margen de
seguridad. Por lo tanto, la propia categoría de «inversiones en condiciones
favorables» que en las páginas anteriores habíamos citado como una de las
fuentes principales de graves pérdidas para los compradores de valores
inexpertos tiene muchas probabilidades de proporcionar interesantes
oportunidades de obtención de beneficios a los operadores sofisticados que
los adquieran en momentos posteriores a unos precios que serán
prácticamente los que ellos hayan querido establecer[8].
Todo el campo de las «situaciones especiales» entraría dentro de nuestra
definición de operaciones de inversión, porque la adquisición siempre se
aconseja después de realizar un exhaustivo análisis que saque a la luz el
potencial para obtener una mayor materialización de valor que el precio
pagado. Una vez más, en cada caso individual hay factores de riesgo, pero
éstos deben ser incluidos en los cálculos y absorbidos en los resultados
generales de una operación diversificada.
Para llevar esta exposición hasta su extremo lógico, podríamos sugerir que
se podría organizar una operación de inversión justificable comprando valores
intangibles representados por un grupo de «opciones sobre acciones
ordinarias» que cotizase a un precio históricamente bajo. (Pretendemos que
este ejemplo provoque una cierta conmoción[9]). Todo el valor de esos
warrants radica en la posibilidad de que las acciones a las que se refieren
algún día coticen por encima del precio de opción. En el momento presente
no tienen valor ejercitable. Sin embargo, dado que todas las inversiones
dependen de unas expectativas de futuro razonables, es adecuado considerar
estos warrants desde el punto de vista de las probabilidades matemáticas de
que algún futuro período alcista de mercado dé lugar a un gran incremento de
su valor indicado y de su cotización. Este estudio podría llevar a la conclusión
de que de este tipo de operación pueden desprenderse unos beneficios muy
superiores a las posibles pérdidas, y de que las probabilidades de acabar
obteniendo un beneficio son mucho mayores que las de acabar incurriendo en
una pérdida definitiva. Si tal fuese el caso, habría un margen de seguridad presente incluso en un valor de este tipo, tan poco atractivo por naturaleza. Un
inversor suficientemente emprendedor podría incluir una operación de
warrants o de opciones sobre acciones en su conjunto variado de inversiones
no convencionales[10].
En resumen
La inversión es más inteligente cuanto más se parece a una operación
empresarial. Es sorprendente ver cuántos empresarios tremendamente capaces
tratan de operar en Wall Street desentendiéndose de todos los principios de
sensatez con los que han conseguido el éxito en sus propias empresas. Sin
embargo, la mejor postura posible a la hora de abordar esta cuestión es la de
considerar que todos los valores empresariales representan, en primera
instancia, una participación en la propiedad, o un derecho sobre una empresa
concreta. Si una persona decide dedicarse a conseguir beneficios con la
compra y la venta de valores, se estará lanzando a una actividad empresarial,
que deberá gestionar de conformidad con unos principios empresariales
generalmente aceptados si quiere tener una probabilidad de prosperar.
El primero, y más evidente, de estos principios es: «conozca lo que está
haciendo, conozca su negocio». En el caso del inversor, esto significa lo
siguiente: no trate de conseguir «beneficios empresariales» con las
operaciones que realice con valores, entendiendo por «beneficio empresarial»
un rendimiento por encima de los intereses y dividendos ordinarios, salvo que
tenga sobre el valor de los instrumentos concretos los mismos conocimientos
que debería tener de una mercancía que pretendiese fabricar o con la que
pretendiese comerciar.
Un segundo principio sería el siguiente: «No permita que nadie dirija su
empresa salvo (1) que pueda supervisar sus resultados con una diligencia
adecuada y comprendiendo los datos o (2) salvo que tenga unos motivos
inusualmente sólidos para depositar una confianza implícita en su integridad y
su capacidad». En el caso del inversor, esta regla debería determinar las
condiciones en las cuales va a permitir a otra persona que decida lo que se
hace con su dinero.
Un tercer principio empresarial sería el siguiente: «No haga una
operación, es decir, no fabrique o comercie con un artículo, salvo que después
de realizar un cálculo fiable esté convencido de que tiene una buena
probabilidad de conseguir un beneficio razonable. En particular, manténgase
alejado de los proyectos en los que tiene poco que ganar y mucho que perder». En el caso del inversor emprendedor, esto significa que sus
operaciones para conseguir beneficio no deberían basarse en el optimismo,
sino en los cálculos aritméticos. En la situación aplicable a todos los
inversores, significa que cuando limita la rentabilidad que puede obtener a
una cantidad reducida, como ocurría por lo menos en el pasado con las
obligaciones convencionales o con las acciones preferentes, debe exigir
pruebas convincentes de que no está sometiendo a riesgo una parte
injustificadamente grande de su principal.
La cuarta regla tiene una naturaleza más positiva: «Tenga el coraje de
reconocer su conocimiento y su experiencia. Si ha llegado a una conclusión a
partir de los hechos y sabe que su juicio es sensato, póngalo en práctica,
aunque los demás duden u opinen otra cosa». (Usted no tendrá razón ni se
equivocará por el hecho de que la multitud no esté de acuerdo con usted.
Tendrá razón porque sus datos y su razonamiento sean correctos). De la
misma manera, en el mundo de los valores, el coraje es la virtud suprema
después de un adecuado conocimiento y de una capacidad de juicio
contrastada.
Afortunadamente, en el caso del inversor típico no suele ser necesario
para el éxito que incorpore todas estas cualidades a su programa, siempre y
cuando limite su ambición a su capacidad y restrinja sus actividades al seguro
y estrecho sendero de la inversión ordinaria defensiva. Conseguir unos
resultados de inversión satisfactorios es más sencillo de lo que la mayoría de
la gente piensa; conseguir unos resultados superiores es mucho más difícil de
lo que parece.