El inversor inteligente

Benjamin Graham · Capítulo 43 de 48

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El inversor inteligente

Capítulo 20. El «margen de seguridad» como concepto central de la inversión

Capítulo 20

 

El «margen de seguridad» como concepto central de la

inversión

 

En la vieja leyenda los sabios acabaron reduciendo la historia de los

asuntos humanos a una única frase: «Esto también pasará[1]». Al enfrentarnos

con un desafío similar para destilar el secreto de la inversión sensata en tres

palabras, nos atrevemos a proponer el lema MARGEN DE SEGURIDAD.

Éste es el hilo que recorre toda la exposición precedente sobre política de

inversión, frecuentemente de manera explícita, y en ocasiones de una forma

menos directa. Intentemos ahora, brevemente, exponer esa idea en forma de

argumentación conectada.

Todos los inversores expertos son conscientes de que el concepto de

margen de seguridad es esencial para elegir unas obligaciones y unas acciones

preferentes adecuadas. Por ejemplo, una empresa de ferrocarriles debería

haber conseguido unos ingresos que cubriesen con creces cinco veces sus

cargas fijas (antes de impuestos), durante una serie de años, para que sus

obligaciones tuviesen categoría de títulos de nivel de inversión. Esta habilidad

del pasado para obtener unos ingresos superiores a los intereses que deben

desembolsar constituye el margen de seguridad con el que se cuenta para

proteger al inversor frente a las pérdidas o a la inquietud en el supuesto de que

se produzca algún tipo de declive en el futuro en los ingresos netos. (El

margen por encima de las cargas se puede denominar de otras formas: por

ejemplo, en el porcentaje en el cual los ingresos de los beneficios pueden

descender antes de que desaparezca el saldo positivo después del pago de

intereses, pero la idea subyacente sigue siendo la misma).

El inversor en obligaciones no espera que los futuros beneficios medios

sean iguales que los del pasado; si estuviese seguro de eso, el margen exigido

podría ser pequeño. Tampoco se basa en medida alguna en su capacidad de

juicio sobre si los beneficios futuros van a ser materialmente mejores o peores

que en el pasado; si lo hiciese, tendría que medir su margen en términos de

una cuenta de ingresos cuidadosamente proyectada, en vez de destacar el

margen que se puede apreciar en el historial pasado. En este caso, la función del margen de seguridad es, en esencia, la de hacer innecesaria una

estimación exacta del futuro. Si el margen es grande, es más que suficiente

para suponer que los futuros beneficios no quedarán por debajo de los del

pasado, de modo que el inversor pueda sentirse suficientemente protegido

frente a las vicisitudes del tiempo.

El margen de seguridad de las obligaciones se puede calcular,

alternativamente, comparando el valor total de la empresa con el importe de la

deuda. (Se podría realizar un cálculo similar para las acciones preferentes). Si

una empresa adeuda 10 millones de dólares y su patrimonio está valorado en

30 millones, queda margen para una reducción de dos tercios de su valor, por

lo menos en teoría, antes de que los tenedores de obligaciones sufran

pérdidas. El importe de este valor extraordinario, o «colchón», por encima de

la deuda se puede calcular aproximadamente utilizando la cotización media

de mercado de las acciones ordinarias durante una serie de años. Como la

cotización media de las acciones suele estar relacionada con la capacidad

media de generación de beneficios, el margen de «valor de empresa» respecto

de la deuda y el margen de beneficios sobre las cargas en la mayor parte de

los casos serán similares.

Esto es lo que se puede decir sobre el concepto de margen de seguridad

aplicable a «las inversiones de renta fija». ¿Se puede trasladar el concepto al

campo de las acciones ordinarias? Sí, pero con algunas modificaciones

imprescindibles.

Hay casos en los que las acciones ordinarias podrían considerarse

adecuadas porque disfrutan de un margen de seguridad tan grande como el de

una buena obligación. Esto ocurrirá, por ejemplo, cuando una empresa tenga

en circulación únicamente acciones ordinarias que en condiciones de

depresión se vendan por un importe inferior al de las obligaciones que

podrían emitirse con seguridad con cargo a su patrimonio y su capacidad de

generación de beneficio[2]. Ésa fue la situación de numerosas empresas

industriales fuertemente financiadas en los niveles de cotización deprimidos

que se dieron en 1932–1933. En esos casos, el inversor puede obtener el

margen de seguridad relacionado con las obligaciones, más todas las

probabilidades de conseguir una mayor renta y apreciación del principal

inherentes a las acciones ordinarias. (Lo único de lo que carecerá es de la

capacidad jurídica de insistir en los pagos de dividendos «porque si no…»,

pero éste es un pequeño inconveniente en comparación con las ventajas). Las

acciones ordinarias compradas en tales circunstancias ofrecerán una

combinación ideal, aunque infrecuente, de seguridad y oportunidad de conseguir beneficios. Como ejemplo relativamente reciente de estas

situaciones, volveremos a mencionar una vez más el caso de las acciones de

National Presto Industries, cuya cotización arrojaba un valor total de la

empresa de 43 millones de dólares en 1972. Con sus 16 millones de

beneficios antes de impuestos recientemente declarados, la empresa podría

haber ofrecido respaldo cómodamente a esa cantidad de obligaciones.

En las acciones ordinarias adquiridas a modo de inversión en condiciones

normales de mercado, la existencia de un margen de seguridad depende de

que exista una capacidad de generación de beneficios esperada que sea

considerablemente superior al tipo vigente de las obligaciones. En ediciones

anteriores hemos aclarado esta cuestión con las siguientes cifras:

 

Supongamos, en un caso típico, que la capacidad de generación de beneficios es del 9%

sobre la cotización y que el tipo de interés vigente de las obligaciones es del 4%; en tal caso,

el comprador de acciones tendrá un margen medio anual del 5% que se devengará a su favor.

Parte de ese excedente le será abonado en la tasa de dividendo; aun cuando el inversor gaste

ése dividendo, su importe deberá ser tenido en cuenta en el resultado general de su inversión.

El saldo que no se distribuye se reinvierte en la empresa por su cuenta. En muchos casos, esos

beneficios reinvertidos no son capaces de incrementar proporcionalmente la capacidad de

generación de beneficio y el valor de sus acciones. (Ése es el motivo por el cual el mercado

tiene el obstinado hábito de valorar más generosamente los beneficios que se distribuyen en

forma de dividendos que la parte que se retiene en forma de beneficio retenido o reserva

voluntaria en la empresa[3]). No obstante, si se contempla la imagen en conjunto, hay una

conexión razonablemente estrecha entre el crecimiento de los superávits empresariales

generados mediante la reinversión de los beneficios y el crecimiento de los valores de la

empresa.

A lo largo de un período de diez años, el excedente típico de capacidad de generación de

beneficios de las acciones respecto de los intereses de las obligaciones puede llegar a

acumular el 50% del precio pagado. Esta cifra es suficiente para ofrecer un margen de

seguridad muy real, que, en condiciones favorables, evitará o reducirá al mínimo las pérdidas.

Si existe dicho margen en cada una de las acciones presentes en la lista diversificada de 20 o

más empresas, la probabilidad de un resultado favorable en «condiciones razonablemente

normales» será muy grande. Ése es el motivo por el que la política de invertir en acciones

ordinarias representativas no requiere mucho conocimiento ni capacidad de previsión para

acabar teniendo éxito. Si las adquisiciones se hacen en el nivel medio de mercado

correspondiente a una serie de años, los precios abonados deberían llevar con ellos la garantía

de un margen de seguridad adecuado. El peligro para los inversores radica en concentrar sus

adquisiciones en los niveles superiores de mercado, o en comprar acciones ordinarias no

representativas que entrañan un riesgo superior a la media de reducción de la capacidad de

generación de beneficios.

 

Tal y como lo concebimos, el problema de la inversión en acciones

ordinarias en las condiciones vigentes en 1972 radica en el hecho de que «en

un caso típico» la capacidad de generación de beneficios es ahora muy

inferior al 9% del precio pagado[4]. Supongamos que, concentrándose en

cierta medida en las acciones con bajo multiplicador de las grandes empresas, un inversor defensivo puede adquirir en el momento presente acciones a 12

veces los beneficios recientes, es decir con un rendimiento por beneficios del

8,33% sobre el coste. Puede obtener una rentabilidad por dividendo de

aproximadamente el 4%, y tendrá el 4,33% de su coste reinvertido en la

empresa por su cuenta. Con estos criterios, el excedente de capacidad de

generación de beneficios de las acciones respecto a los intereses de las

obligaciones a lo largo de un período de diez años seguiría siendo demasiado

reducido para constituir un adecuado margen de seguridad. Por ese motivo,

tenemos la impresión de que en la actualidad existen riesgos reales incluso en

una lista diversificada de buenas acciones ordinarias. Estos riesgos se pueden

compensar completamente por las posibilidades de obtención de beneficio de

las acciones recogidas en la lista; de hecho, cabe la posibilidad de que el

inversor no tenga más opción que incurrir en esos riesgos, puesto que de lo

contrario podría incurrir en los riesgos aún más graves de que su cartera

estuviese integrada únicamente por instrumentos que le concediesen derecho

a reclamar el reembolso de cantidades fijas denominadas en dólares sujetos a

una incesante depreciación. No obstante, el inversor haría bien en ser

consciente, y en aceptar con toda la filosofía de que sea capaz, que la antigua

conjunción de adecuadas posibilidades de beneficio combinadas con un

reducido riesgo en última instancia ha dejado de estar a su alcance[5].

No obstante, el riesgo de pagar un precio demasiado elevado por una

acción de buena calidad, aunque es real, no es el principal peligro al que se

enfrenta el comprador medio de acciones. La observación durante muchos

años nos ha enseñado que las principales pérdidas que sufren los inversores

provienen de la adquisición de acciones de baja calidad en momentos en los

que las condiciones económicas son favorables. Los compradores consideran

que los buenos beneficios actuales son equivalentes a la «capacidad de

generación de beneficios» y dan por supuesto que la prosperidad es lo mismo

que la seguridad. En esos años, es cuando las obligaciones y las acciones

preferentes de categoría inferior se venden entre el público a un precio

aproximado a la par, porque producen un rendimiento por renta levemente

superior o aportan un privilegio de conversión engañosamente atractivo.

También suele ser en esos momentos cuando las acciones de empresas

desconocidas salen a bolsa a precios muy superiores a los de sus inversiones

tangibles, apoyándose en la solidez de dos o tres años de excelente

crecimiento.

Estos valores no ofrecen un margen de seguridad adecuado en ningún

sentido razonable del término. La cobertura de las cargas por intereses y por dividendos preferentes se debe contrastar durante una serie de años, que

incluya preferentemente un período de actividad por debajo de lo normal

como ocurrió en 1970-1971. Lo mismo puede decirse, por lo general, de los

beneficios de las acciones ordinarias, si se quiere que tales beneficios sirvan

de indicación válida de la capacidad de generación de beneficios. Por lo tanto,

de todo esto se desprende que la mayor parte de las inversiones realizadas en

momentos favorables, a precios y condiciones favorables, sufrirán

perturbadores retrocesos de cotización cuando el horizonte se nuble y,

frecuentemente, incluso antes de que lo haga. Tampoco puede el inversor dar

por descontada la confianza en una recuperación con el paso del tiempo,

aunque dicha recuperación suele producirse en algunos casos, porque nunca

habrá disfrutado del margen de seguridad real que le permitiría capear la

adversidad.

La filosofía de invertir en acciones de empresas en crecimiento discurre

en paralelo en parte con el principio del margen de seguridad, y en otra parte

lo contraviene. El comprador de acciones de empresas en crecimiento se basa

en una capacidad de generación de beneficios prevista que es mayor que la

media obtenida en el pasado. Por lo tanto, cabría afirmar que dicho

comprador está empleando esta capacidad de generación de beneficios

prevista en lugar del historial de beneficios del pasado a la hora de calcular su

margen de seguridad. En la teoría de la inversión no hay ningún motivo por el

que una cifra de beneficios futuros cuidadosamente estimada deba ser menos

fiable, a la hora de servir como guía, que el mero historial del pasado; de

hecho, el análisis de valores cada vez es más proclive a utilizar las

evaluaciones competentemente realizadas del futuro. Por lo tanto, el método

de las acciones de empresas en crecimiento puede ofrecer un margen de

seguridad tan fiable como el que se encuentra en las inversiones en empresas

ordinarias, siempre y cuando el cálculo del futuro se realice con arreglo a

criterios conservadores, y siempre y cuando, además, de dichos cálculos se

desprenda un satisfactorio margen en relación con el precio pagado.

El peligro del programa de inversión en empresas en crecimiento radica

precisamente aquí. El mercado tiene tendencia a establecer unos precios para

estas acciones favoritas que no ofrecen una protección adecuada si se realiza

una proyección conservadora de los beneficios futuros. (Una regla básica de

la inversión prudente es que todas las estimaciones, cuando difieran de los

resultados del pasado, deben errar levemente por defecto). El margen de

seguridad siempre depende del precio que se pague. Será grande con un

precio, pequeño con un precio más elevado, e inexistente con un precio aún más elevado. Si, como sugerimos, el nivel medio de mercado de la mayor

parte de las acciones de las empresas en crecimiento es demasiado elevado

para aportar un adecuado margen de seguridad para el comprador, entonces

una simple técnica de compras diversificadas en este terreno puede que no

arroje resultados satisfactorios. Será necesario hacer gala de una especial

capacidad de juicio y de previsión, si se quieren realizar unas inteligentes

selecciones específicas con las que sea posible contrarrestar los riesgos

inherentes en el nivel de mercado habitual de este tipo de acciones en

conjunto.

La idea de margen de seguridad se aprecia con mucha mayor claridad

cuando se aplica al terreno de los valores de ocasión infravalorados. En este

terreno, por definición, tenemos una diferencia favorable entre el precio por

una parte y el valor indicado o tasado por la otra. Esa diferencia es el margen

de seguridad. Está a disposición del inversor para que absorba el efecto de los

potenciales errores de cálculo o de una suerte peor que la media. El

comprador de acciones de ocasión puede hacer especial hincapié en la

capacidad de la inversión de resistir acontecimientos negativos. Dado que en

la mayoría de estos casos el comprador no estará realmente entusiasmado por

las perspectivas de la empresa. Ciertamente, si las perspectivas son

definitivamente malas, el inversor preferirá evitar el valor, por reducido que

sea el precio. Sin embargo, el terreno de las acciones infravaloradas se

compone de muchas empresas, probablemente una mayoría de las existentes,

para las cuales el futuro no es ni claramente prometedor ni claramente poco

auspicioso. Si estas acciones se compran en condiciones de ocasión, aunque

posteriormente se produzca un moderado declive de la capacidad de

generación de beneficios, dicho declive no tendría que impedir,

necesariamente, que la inversión arrojase resultados positivos. El margen de

seguridad, en tales casos, habrá servido a su justa finalidad.

 

Teoría de la diversificación

 

Existe una estrecha conexión lógica entre el concepto de margen de

seguridad y el principio de diversificación. Uno es correlativo con el otro.

Incluso con un margen a favor del inversor, una acción individual puede tener

malos resultados. Con el margen lo único que se garantiza es que existen más

probabilidades de beneficio que de pérdida, no que la pérdida sea imposible.

Sin embargo, a medida que aumenta el número de valores de ese tipo

presentes en la cartera, mayor será la certeza con la que se podrá afirmar que el conjunto de los beneficios serán mayores que el conjunto de las pérdidas.

Éste es el sencillo principio en el que se basa la actividad empresarial de los

seguros y reaseguros.

La diversificación es un principio establecido de la inversión

conservadora. Al aceptarla de manera tan universal, los inversores están

demostrando que aceptan el principio del margen de seguridad, del cual la

diversificación es complementaria. La cuestión podría explicarse de una

manera más colorista si establecemos una analogía con la aritmética de la

ruleta. Si alguien apuesta 1 dólar a un único número, recibirá un beneficio de

35 dólares si gana, pero las probabilidades son de 37 a 1 de que pierda. Tiene

un «margen negativo de seguridad». En este caso la diversificación sería una

locura. A medida que aumenta la cantidad de números a los que apuesta,

menores son sus probabilidades de acabar teniendo beneficios. Si apostase

habitualmente 1 dólar a cada número (incluido el 0 y el 00) es seguro que

perdería 2 dólares con cada giro de la ruleta. Sin embargo, supongamos que el

ganador recibiese un rendimiento de 39 dólares en vez de 35 dólares. En tal

caso tendría un pequeño pero importante margen de seguridad. Por lo tanto, a

medida que aumentase la cantidad de números a los que apuesta, mayores

serían sus probabilidades de ganar. Además, podría estar seguro de ganar 2

dólares con cada giro de la ruleta, simplemente apostando 1 dólar a cada uno

de los números. (Incidentalmente, los dos ejemplos expuestos describen en la

práctica las situaciones respectivas del jugador y del propietario de una ruleta

que tenga 0 y 00[6]).

 

Un criterio de inversión en contraposición a especulación

 

Como no hay una definición única de inversión que goce de aceptación

generalizada, las autoridades en la materia tienen derecho a definirla como

prefieran. Muchos de los autores niegan que exista una diferencia útil o fiable

entre los conceptos de inversión y de especulación. En nuestra opinión, este

escepticismo es innecesario y lesivo. Es injurioso porque promueve la

predisposición innata de muchas personas hacia la excitación y los peligros de

la especulación con acciones ordinarias. Somos de la opinión de que el

concepto de margen de seguridad se puede utilizar de manera muy

provechosa como piedra de toque que permite distinguir una operación de

inversión de una operación de especulación.

Es probable que la mayor parte de los especuladores piensen que tienen

las probabilidades a su favor cuando asumen el riesgo en sus operaciones y, por lo tanto, que pueden afirmar que hay un margen de seguridad en sus

actuaciones. Todo el mundo tiene la impresión de que realiza sus

adquisiciones en el momento propicio, o que su capacidad es superior a la de

la multitud, o que su asesor o su sistema son dignos de confianza. Sin

embargo, estas pretensiones no son convincentes. Se basan en valoraciones

subjetivas, que no están apoyadas por ningún conjunto de pruebas que las

ratifiquen ni por ninguna línea de razonamiento concluyente. Dudamos

mucho que la persona que se juegue el dinero basándose en su opinión de que

el mercado va a evolucionar al alza o a la baja pueda afirmar que está

protegido por un margen de seguridad en cualquier sentido razonable de la

expresión.

En contraste, el concepto de margen de seguridad que tiene el inversor, tal

y como se ha expuesto anteriormente en este capítulo, se basa en un sencillo y

concluyente razonamiento aritmético extraído de datos estadísticos. También

tenemos la impresión de que está bien apoyado por la experiencia práctica de

inversión. No hay ninguna garantía de que este método fundamental

cuantitativo vaya a seguir consiguiendo resultados favorables en las

circunstancias que puedan darse en el futuro, que en el momento actual nos

resultan desconocidas. No obstante, por los mismos motivos, no hay ningún

motivo válido para mostrarse pesimista en esta cuestión.

Por lo tanto, en resumen, tenemos que afirmar que una verdadera

inversión exige la presencia de un verdadero margen de seguridad. Un

verdadero margen de seguridad es aquél cuya existencia se puede demostrar

con cifras, con un argumento persuasivo y haciendo referencia a un conjunto

de experiencias reales.

 

Extensión del concepto de inversión

 

Para completar nuestra exposición sobre el principio de margen de

seguridad, estableceremos ahora una distinción adicional entre las inversiones

convencionales y las inversiones no convencionales. Las inversiones

convencionales son adecuadas para una cartera típica. En este epígrafe

siempre se habían incluido las obligaciones del estado (de Estados Unidos) y

las acciones ordinarias de mejor categoría que pagaban dividendo. Hemos

añadido las obligaciones municipales y estatales para aquellos que puedan

extraer una ventaja suficiente de sus características de exención fiscal.

También se incluyen las obligaciones empresariales de primera categoría

cuando, como ocurre en el momento actual, se pueden comprar en condiciones que ofrezcan un rendimiento suficientemente superior al de los

bonos de ahorro de Estados Unidos.

Las inversiones no convencionales son aquellas que únicamente son

adecuadas para el inversor emprendedor. Cubren una amplia gama. La

categoría más amplia es la de las acciones infravaloradas de empresas de

segundo orden, cuya compra recomendamos cuando pueda realizarse a dos

tercios o menos de su valor indicado. Junto a éstas, suele haber

frecuentemente una amplia oferta de obligaciones empresariales de categoría

intermedia y de acciones preferentes también de categoría intermedia que

cotizan en unos niveles tan bajos que se pueden obtener también con un

considerable descuento respecto de su valor aparente. En tales casos, el

inversor medio estaría inclinado a calificar de especulativos a estos valores,

porque a sus ojos la falta de una calificación de primera es sinónimo de la

falta de categoría de inversión.

Nosotros afirmamos que un precio suficientemente bajo puede hacer que

un valor de categoría mediocre se convierta en una buena oportunidad de

inversión, siempre y cuando el comprador esté informado y sea experto, y

ponga en práctica una diversificación adecuada. La cuestión es que si el

precio es suficientemente bajo como para crear un sustancial margen de

seguridad, el valor cumplirá los requisitos para que lo consideremos como

perteneciente a la categoría de inversión. Nuestro ejemplo favorito en apoyo

de esta argumentación proviene del terreno de las obligaciones inmobiliarias.

En la década de 1920, se vendieron miles de millones de dólares de estos

instrumentos a la par, en un momento en el que eran recomendados como

buenas inversiones. Una gran proporción de ellos tenían un margen de valor

sobre la deuda tan reducido que en realidad su carácter era

extraordinariamente especulativo. En la depresión de la década de 1930 una

enorme cantidad de estos instrumentos incumplieron su obligación de pago de

intereses, y su cotización se vino abajo, en algunos casos por debajo de los 10

centavos por dólar. En ese momento, los mismos asesores que los habían

recomendado cuando cotizaban a la par, afirmando que eran inversiones

seguras, los rechazaban afirmando que se trataba de papel del tipo más

especulativo y menos atractivo que cabía imaginar. Sin embargo, de hecho, la

depreciación de aproximadamente el 90% hacía que muchos de estos valores

fuesen extraordinariamente atractivos y razonablemente seguros, porque los

verdaderos valores que había detrás de ellos eran cuatro o cinco veces

superiores a la cotización de mercado[7].

El hecho de que la compra de estas obligaciones tuviese como

consecuencia lo que generalmente se denomina «un gran beneficio

especulativo» no es obstáculo para que su verdadera naturaleza fuese la de

instrumento de inversión, teniendo en cuenta sus reducidos precios. El

beneficio «especulativo» era la recompensa del comprador por haber hecho

una inversión inusualmente inteligente. Tenían todo el derecho a denominarse

oportunidades de inversión, puesto que un cuidadoso análisis habría mostrado

que el excedente de valor respecto del precio ofrecía un gran margen de

seguridad. Por lo tanto, la propia categoría de «inversiones en condiciones

favorables» que en las páginas anteriores habíamos citado como una de las

fuentes principales de graves pérdidas para los compradores de valores

inexpertos tiene muchas probabilidades de proporcionar interesantes

oportunidades de obtención de beneficios a los operadores sofisticados que

los adquieran en momentos posteriores a unos precios que serán

prácticamente los que ellos hayan querido establecer[8].

Todo el campo de las «situaciones especiales» entraría dentro de nuestra

definición de operaciones de inversión, porque la adquisición siempre se

aconseja después de realizar un exhaustivo análisis que saque a la luz el

potencial para obtener una mayor materialización de valor que el precio

pagado. Una vez más, en cada caso individual hay factores de riesgo, pero

éstos deben ser incluidos en los cálculos y absorbidos en los resultados

generales de una operación diversificada.

Para llevar esta exposición hasta su extremo lógico, podríamos sugerir que

se podría organizar una operación de inversión justificable comprando valores

intangibles representados por un grupo de «opciones sobre acciones

ordinarias» que cotizase a un precio históricamente bajo. (Pretendemos que

este ejemplo provoque una cierta conmoción[9]). Todo el valor de esos

warrants radica en la posibilidad de que las acciones a las que se refieren

algún día coticen por encima del precio de opción. En el momento presente

no tienen valor ejercitable. Sin embargo, dado que todas las inversiones

dependen de unas expectativas de futuro razonables, es adecuado considerar

estos warrants desde el punto de vista de las probabilidades matemáticas de

que algún futuro período alcista de mercado dé lugar a un gran incremento de

su valor indicado y de su cotización. Este estudio podría llevar a la conclusión

de que de este tipo de operación pueden desprenderse unos beneficios muy

superiores a las posibles pérdidas, y de que las probabilidades de acabar

obteniendo un beneficio son mucho mayores que las de acabar incurriendo en

una pérdida definitiva. Si tal fuese el caso, habría un margen de seguridad presente incluso en un valor de este tipo, tan poco atractivo por naturaleza. Un

inversor suficientemente emprendedor podría incluir una operación de

warrants o de opciones sobre acciones en su conjunto variado de inversiones

no convencionales[10].

 

En resumen

 

La inversión es más inteligente cuanto más se parece a una operación

empresarial. Es sorprendente ver cuántos empresarios tremendamente capaces

tratan de operar en Wall Street desentendiéndose de todos los principios de

sensatez con los que han conseguido el éxito en sus propias empresas. Sin

embargo, la mejor postura posible a la hora de abordar esta cuestión es la de

considerar que todos los valores empresariales representan, en primera

instancia, una participación en la propiedad, o un derecho sobre una empresa

concreta. Si una persona decide dedicarse a conseguir beneficios con la

compra y la venta de valores, se estará lanzando a una actividad empresarial,

que deberá gestionar de conformidad con unos principios empresariales

generalmente aceptados si quiere tener una probabilidad de prosperar.

El primero, y más evidente, de estos principios es: «conozca lo que está

haciendo, conozca su negocio». En el caso del inversor, esto significa lo

siguiente: no trate de conseguir «beneficios empresariales» con las

operaciones que realice con valores, entendiendo por «beneficio empresarial»

un rendimiento por encima de los intereses y dividendos ordinarios, salvo que

tenga sobre el valor de los instrumentos concretos los mismos conocimientos

que debería tener de una mercancía que pretendiese fabricar o con la que

pretendiese comerciar.

Un segundo principio sería el siguiente: «No permita que nadie dirija su

empresa salvo (1) que pueda supervisar sus resultados con una diligencia

adecuada y comprendiendo los datos o (2) salvo que tenga unos motivos

inusualmente sólidos para depositar una confianza implícita en su integridad y

su capacidad». En el caso del inversor, esta regla debería determinar las

condiciones en las cuales va a permitir a otra persona que decida lo que se

hace con su dinero.

Un tercer principio empresarial sería el siguiente: «No haga una

operación, es decir, no fabrique o comercie con un artículo, salvo que después

de realizar un cálculo fiable esté convencido de que tiene una buena

probabilidad de conseguir un beneficio razonable. En particular, manténgase

alejado de los proyectos en los que tiene poco que ganar y mucho que perder». En el caso del inversor emprendedor, esto significa que sus

operaciones para conseguir beneficio no deberían basarse en el optimismo,

sino en los cálculos aritméticos. En la situación aplicable a todos los

inversores, significa que cuando limita la rentabilidad que puede obtener a

una cantidad reducida, como ocurría por lo menos en el pasado con las

obligaciones convencionales o con las acciones preferentes, debe exigir

pruebas convincentes de que no está sometiendo a riesgo una parte

injustificadamente grande de su principal.

La cuarta regla tiene una naturaleza más positiva: «Tenga el coraje de

reconocer su conocimiento y su experiencia. Si ha llegado a una conclusión a

partir de los hechos y sabe que su juicio es sensato, póngalo en práctica,

aunque los demás duden u opinen otra cosa». (Usted no tendrá razón ni se

equivocará por el hecho de que la multitud no esté de acuerdo con usted.

Tendrá razón porque sus datos y su razonamiento sean correctos). De la

misma manera, en el mundo de los valores, el coraje es la virtud suprema

después de un adecuado conocimiento y de una capacidad de juicio

contrastada.

Afortunadamente, en el caso del inversor típico no suele ser necesario

para el éxito que incorpore todas estas cualidades a su programa, siempre y

cuando limite su ambición a su capacidad y restrinja sus actividades al seguro

y estrecho sendero de la inversión ordinaria defensiva. Conseguir unos

resultados de inversión satisfactorios es más sencillo de lo que la mayoría de

la gente piensa; conseguir unos resultados superiores es mucho más difícil de

lo que parece.