El inversor inteligente

Benjamin Graham · Capítulo 6 de 48

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El inversor inteligente

Comentario al capítulo 1

 

Toda la infelicidad humana tiene un mismo origen: no saber estar

tranquilamente sin hacer nada en una habitación.

 

Blaise Pascal

 

¿Por qué cree que los corredores del parquet de la Bolsa de Nueva York

siempre prorrumpen en vítores cuando suena la campana al cierre de la

jornada, con independencia del comportamiento que haya tenido ese día el

mercado? Porque siempre que usted hace operaciones, ellos ganan dinero, lo

gane usted o no. Al especular en vez de invertir, usted reduce las

probabilidades de incrementar su propio patrimonio, y aumenta las de

incrementar el patrimonio de algún otro.

La definición de inversión de Graham no puede ser más clara: «Una

operación de inversión es aquella que, tras un análisis exhaustivo, promete

seguridad para el principal y un adecuado rendimiento[1]». Se debe tener en

cuenta que invertir, según Graham, es una actividad compuesta por tres

elementos de igual trascendencia:

 

Es necesario analizar exhaustivamente la empresa y la solidez de sus

negocios subyacentes, antes de comprar sus acciones.

Es necesario protegerse deliberadamente frente a pérdidas graves.

Se debe aspirar a unos resultados «adecuados», no a unos resultados

extraordinarios.

 

El inversor calcula lo que vale una acción, atendiendo al valor de sus

negocios. El especulador apuesta que una acción subirá de precio porque

alguna otra persona estará dispuesta a pagar más por ella. Como dijo Graham

en una ocasión, los inversores juzgan «el precio de mercado en función de

unas reglas de valor establecidas», mientras que los especuladores «basan sus

reglas de valor en el precio de mercado[2]». Para un especulador, la incesante

sucesión de cotizaciones de la acción es como el oxígeno; si se corta el

suministro, fallece. Para el inversor, lo que Graham denominaba valores «de cotización» importan mucho menos. Graham le apremia a invertir únicamente

si se sentiría cómodo siendo propietario de una acción aunque no tuviese

ninguna forma de conocer su cotización diaria[3].

Al igual que apostar en el casino o en las carreras de caballos, especular

en el mercado puede ser emocionante o incluso provechoso (si se acaba

teniendo suerte). En cualquier caso, es el peor modo imaginable para crear un

patrimonio. El motivo es que Wall Street, al igual que Las Vegas o que el

hipódromo, ha ajustado las probabilidades de modo que la casa siempre acabe

ganando, al final, a cualquiera que trate de ganar a la casa a su propio juego

especulativo.

Por otra parte, la inversión es un tipo de casino único, en el que es posible

no perder al final, siempre y cuando se juegue única y exclusivamente

siguiendo las reglas que ponen las probabilidades claramente a su favor. Las

personas que invierten ganan dinero para sí mismas; las personas que

especulan ganan dinero para sus corredores. Ése, a su vez, es el motivo de que

Wall Street siempre minusvalore las virtudes duraderas de la inversión y

acentúe el llamativo atractivo de la especulación.

 

Inseguro a alta velocidad

 

Confundir la especulación con la inversión, advierte Graham, es siempre

un error. En la década de 1990 esa confusión provocó una destrucción

masiva. Prácticamente a todo el mundo se le acabó la paciencia a la vez,

aparentemente, y Estados Unidos se convirtió en la Nación de la

Especulación, y en la de operadores del mercado que saltaban de acción en

acción como los saltamontes zumbando en un campo de heno en agosto.

Todo el mundo empezó a creer que la demostración de la validez de una

técnica de inversión era simplemente que «funcionase» o no. Si obtenían

mejores resultados que la media del mercado durante cualquier período, por

peligrosas o estúpidas que fuesen sus tácticas, las personas en cuestión

alardeaban de que tenían «razón». En cualquier caso, el inversor inteligente

no está interesado en tener razón temporalmente. Para alcanzar los objetivos

financieros a largo plazo, es necesario tener razón de manera sostenida y

fiable. Las técnicas que se pusieron tan de moda en la década de 1990 —las

operaciones intradía, el desentenderse de la diversificación, los fondos de

inversión especulativos, el seguimiento de «sistemas» de selección de

acciones— funcionaban aparentemente. No obstante, no tenían ninguna probabilidad de conseguir buenos resultados a largo plazo, porque no

cumplían los tres criterios de Graham para invertir.

Para darse cuenta de los motivos por los que la elevada rentabilidad

temporal no demuestra nada, imagine que hay dos lugares separados por 240

kilómetros de distancia. Si respeto el límite de velocidad de 120 kilómetros

por hora, puedo recorrer esa distancia en dos horas. Sin embargo, si conduzco

a 240 kilómetros por hora, podría llegar allí en una hora. Si lo intento y

sobrevivo ¿tendré «razón»? ¿Debería sentir usted la tentación de intentarlo,

cuando me oiga alardear de que ha «funcionado»? Las argucias ingeniosas

para conseguir mejores resultados que el mercado son muy similares: en

períodos breves, mientras la suerte sigue estando de su lado, funcionan. A

largo plazo, le matarán.

En 1973, cuando Graham revisó por última vez El inversor inteligente, la

tasa de rotación anual en la Bolsa de Nueva York era del 20%, lo que

significa que el accionista típico tenía en su cartera las acciones durante cinco

años antes de venderlas. Para 2002, la tasa de rotación había alcanzado el

105%, un período de tenencia de únicamente 11,4 meses. En 1973, el fondo

de inversión promedio mantenía las acciones durante casi tres años; en el año

2002, ese período de tenencia se había reducido a solamente 10,9 meses.

Daba la impresión de que los gestores de los fondos de inversión estudiaban

las acciones que compraban durante el tiempo necesario para descubrir que no

deberían haberlas comprado, y después se desprendían rápidamente de ellas y

volvía a comenzar el proceso.

Ni siquiera las firmas de gestión de patrimonio más respetadas pudieron

resistirse a la tentación. A principios del año 1995, Jeffrey Vinik, gestor de

Fidelity Magellan (que en aquella época era el mayor fondo de inversión del

mundo) tenía el 42,5% de sus activos en acciones de empresas tecnológicas.

Vinik proclamaba que la mayor parte de sus accionistas «han invertido en

nuestro fondo para alcanzar unos objetivos que están a varios años de

distancia… Creo que sus objetivos son los mismos que los míos, y que creen,

al igual que hago yo, que es mejor adoptar una perspectiva a largo plazo». Sin

embargo, seis meses después de expresar esos nobles objetivos, Vinik se

deshizo de prácticamente todas sus acciones tecnológicas, desprendiéndose de

19 000 millones de dólares en ocho semanas frenéticas. ¡Que viva el largo

plazo! Llegado el año 1999, la división de intermediación económica en el

mercado de valores de Fidelity animaba a sus clientes a que hiciesen

operaciones en el mercado en cualquier lugar, en cualquier momento, a través de un ordenador de mano Palm, lo que estaba perfectamente ajustado al nuevo

eslogan de la firma, «Todos los segundos cuentan».

 

FIGURA 1.1

 

Acciones aceleradas

 

En el mercado NASDAQ la rotación alcanzó la velocidad de la luz, como

muestra la figura 1.1[4].

En 1999, las acciones de Puma Technology, por ejemplo, cambiaron de

manos una media de una vez cada 5,7 días. A pesar del espléndido lema del

NASDAQ, «el mercado de valores para los próximos cien años», muchos de

sus clientes únicamente eran capaces de conservar una acción durante 100

horas.

 

El videojuego financiero

 

Wall Street consiguió que la realización de operaciones online pareciese

la forma instantánea de forrarse: Discover Brokerage, la sección online de la

venerable agencia Morgan Stanley, lanzó un anuncio de televisión en el cual

un desarrapado conductor de grúa recogía a un ejecutivo elegantemente

vestido. Al ver una foto de una playa tropical colocada en el salpicadero, el

ejecutivo le pregunta: «¿Vacaciones?». «En realidad», contesta el conductor

de la grúa, «ésa es mi casa». Desconcertado, el ejecutivo contesta: «Parece

una isla». Henchido de orgullo, el conductor de la grúa le responde:

«Técnicamente, es un país».

La propaganda no se quedaba ahí. Las operaciones online no exigían

esfuerzo y no existía ningún tipo de reflexión. Un anuncio de televisión de

Ameritrade, el intermediario online, mostraba a dos amas de casa que

acababan de volver de hacer footing; una de ellas conecta su ordenador, pulsa

unas cuantas veces el ratón y afirma entusiasmada: «Creo que acabo de ganar

1700 dólares». En un anuncio de televisión para la agencia Waterhouse, una

persona le preguntaba al entrenador de baloncesto Phil Jackson: «¿Sabe algo

sobre operaciones en el mercado de valores?». Su respuesta: «En un par de

tardes aprenderé todo lo que me haga falta». (¿Cuántos partidos habrían

ganado los equipos de la NBA de Jackson si hubiese seguido esa misma

filosofía en la cancha de baloncesto? Aparentemente, no saber nada del otro

equipo pero afirmar: «Estoy dispuesto a jugar con ellos ahora mismo», no

parece una fórmula para ganar un campeonato).

Llegado el año 1999, había por lo menos seis millones de personas que

hacían operaciones financieras online, y aproximadamente la décima parte de

ellas eran «operadores intradía», que utilizaban Internet para comprar y

vender acciones a la velocidad de la luz. Todo el mundo, desde la diva del

espectáculo Barbra Streisand a Nicholas Birbas, un antiguo camarero de 25

años del barrio de Queens, en Nueva York, se intercambiaban acciones como

si se tratasen de brasas ardiendo que les quemasen en las manos. «Antes»,

bromeaba Birbas, «invertía a largo plazo, y descubrí que no era inteligente».

En la actualidad Birbas hace operaciones de acciones hasta diez veces al día y

espera ganar 100 000 dólares en un año. «No soporto ver números rojos en mi

columna de pérdidas y ganancias», comentó Streisand en una entrevista

concedida a la revista Fortune. «Soy tauro, el toro, así que reacciono ante el

rojo. Si veo números rojos, vendo rápidamente las acciones[5]».

Al lanzar de manera continua datos sobre acciones en bares y barberías,

cocinas y cafeterías, taxis y zonas de descanso para camiones, los sitios web

financieros y la televisión financiera convirtieron el mercado de valores en un

vídeojuego nacional ininterrumpido. La sociedad en general tenía la

impresión de que sabía más sobre los mercados que en ningún momento de la

historia. Por desgracia, aunque todo el mundo estaba saturado de datos, el

conocimiento brillaba por su ausencia. Las acciones se desconectaron

absolutamente de las empresas que las habían emitido, se convirtieron en

puras abstracciones, lucecitas que se desplazaban en una pantalla de televisión

o de ordenador. Si las lucecitas evolucionaban al alza, lo demás daba igual.

El 20 de diciembre de 1999, Juno Online Services hizo público un plan de

negocio revolucionario: perder todo el dinero posible, deliberadamente. Juno anunció que a partir de aquel momento iba a ofrecer todos sus servicios

minoristas gratuitamente: no iba a cobrar por el correo electrónico, tampoco

lo iba a hacer por el acceso a Internet, e iba a gastar millones de dólares más

en hacer publicidad durante el año siguiente. Tras este anuncio de harakiri

empresarial, las acciones de Juno se dispararon, pasando de 16,375 dólares a

66,75 dólares en dos días[6].

¿Qué motivo habría para molestarse en descubrir si una actividad era

rentable, o qué tipo de bienes o servicios producía una empresa, o quiénes

eran sus directivos, o incluso cuál era el nombre de la empresa? Lo único que

había que saber sobre las acciones era el ingenioso código del símbolo con el

que eran representadas en la lista de cotización: CBLT, INKT, PCLN, TGLO,

VRSN, WBVN[7]. De esa forma, era posible hacer operaciones con ellas aún

más rápido, sin la fastidiosa demora de dos segundos de tener que buscarlas

en un motor de búsqueda de Internet. A finales de 1998, las acciones de una

diminuta sociedad de mantenimiento de edificios, que prácticamente no tenía

volumen de negociación, Temco Services, prácticamente se triplicaron en

cuestión de minutos, con un volumen de operaciones elevadísimo. ¿Por qué?

Como consecuencia de una desconcertante forma de dislexia financiera, miles

de operadores adquirieron acciones de Temco porque confundieron su

símbolo de cotización, TMCO, por el de Ticketmaster Online (TMCS), una

de las empresas favoritas de Internet, cuyas acciones salieron a cotización

precisamente aquel día[8].

Oscar Wilde comentó jocosamente que un cínico «sabe el precio de todo y

no sabe el valor de nada». Según esa afirmación, el mercado de valores es un

cínico redomado, pero a finales de 1990, el mercado habría dejado sin

palabras al propio Wilde. Una mera opinión torpemente expresada sobre el

precio que tal vez pudiera llegar a alcanzar una acción podía ser la causa de

que esa acción llegase a duplicar su cotización, sin que nadie se hubiese

molestado en examinar, aunque fuese por encima, su valor. A finales de 1998,

Henry Blodget, un analista de CIBC Oppenheimer, advirtió de que «con todas

las acciones de Internet, la valoración tiene más de arte que de ciencia». A

continuación, y citando únicamente la posibilidad de crecimiento futuro,

elevó su «objetivo de cotización» de Amazon.com de 150 dólares a 400

dólares, de un plumazo. La cotización de Amazon.com se disparó ese día en

un 19% y, a pesar de las protestas de Blodget, que afirmaba que su objetivo

de cotización era una previsión a un año vista, superó los 400 dólares en tres

semanas. Un año después, Walter Piecyk, analista de PaineWebber, predijo

que las acciones de Qualcomm alcanzarían una cotización de 1000 dólares durante los 12 meses siguientes. Las acciones, que ya habían experimentado

una subida del 1842% durante ese ejercicio, subieron otro 31% ese día,

llegando a una cotización de 659 dólares por acción[9].

 

De fórmula a fracaso

 

De todas formas, hacer operaciones como alma que lleva el diablo no es la

única forma de especulación. Durante la última década, más o menos, se

promocionaba una fórmula especulativa tras otra, y después, cuando esa

fórmula alcanzaba popularidad, era arrojada la basura. Todas ellas compartían

unos cuantos rasgos: es fácil, es rápido, es imposible que produzca perjuicios,

y todas ellas infringían por lo menos una de las diferencias establecidas por

Graham entre la inversión y la especulación. A continuación ofrecemos unas

cuantas fórmulas de moda que fracasaron rotundamente.

 

Aprovecharse del calendario

 

El «efecto de enero», y la tendencia a que las pequeñas acciones

generasen grandes beneficios al llegar el cambio de ejercicio, fue objeto de

gran promoción en artículos académicos y libros populares publicados

durante la década de 1980. Estos estudios ponían de manifiesto que si se

cargaba la cartera de valores de acciones de pequeñas empresas en la segunda

mitad de diciembre y se conservaban durante el mes de enero, se podía tener

la esperanza de superar los resultados de mercado en cinco o diez puntos

porcentuales. Este efecto sorprendió a muchos expertos. Después de todo, si

fuese tan fácil, todo el mundo lo sabría, todo el mundo lo aprovecharía, y la

oportunidad se esfumaría.

¿Cuál era la causa del tirón experimentado por las cotizaciones en enero?

En primer lugar, muchos inversores vendían sus peores acciones a finales del

ejercicio para generar pérdidas que les permitiesen reducir sus cuentas con

Hacienda. En segundo lugar, los gestores profesionales de patrimonio

actuaban con más cautela a final del ejercicio, en un esfuerzo por defender sus

resultados, en el caso de que fuesen mejores que los del mercado, o por

reducir la repercusión negativa, si sus resultados eran peores que la media. De

ese modo, se mostraban reacios a comprar (o incluso a conservar) acciones

cuya cotización estuviese descendiendo. Además, si la acción que tenía malos

resultados era de una empresa pequeña y poco conocida, el gestor de

patrimonios estaría aún menos dispuesto a mostrarla en su listado de cartera de final del ejercicio. Todos estos factores hacían que las acciones de

pequeñas empresas se convirtiesen en gangas momentáneas. Cuando las

ventas provocadas por los efectos fiscales cesaban en el mes de enero,

habitualmente se recuperaban, lo que daba lugar a un sustancioso y rápido

beneficio.

El efecto de enero no ha desaparecido, pero sí se ha debilitado. Según el

catedrático de finanzas William Schwert, de la Universidad de Rochester, si

hubiese comprado acciones de empresas pequeñas a finales de diciembre y las

hubiese vendido a principios de enero habría superado al mercado en 8,5

puntos porcentuales desde 1962 hasta 1979, en 4,4 puntos de 1980 a 1989 y

en 5,8 puntos de 1990 hasta 2001[10].

A medida que aumentaba el número de personas que conocía el «efecto de

enero», aumentó el número de operadores que compraban acciones de

pequeñas empresas en diciembre, con lo que éstas eran menos ventajosas y,

por lo tanto, su rentabilidad se reducía. Además, el efecto de enero es mayor

entre las acciones de pequeñas empresas, pero según el Plexus Group, la

principal autoridad sobre gastos de intermediación en el mercado financiero,

el coste total de comprar y vender estas acciones de pequeñas empresas puede

llegar al 8% de la inversión[11]. Por desgracia, después de pagar al

intermediario, todos los beneficios obtenidos con el efecto de enero se habrán

evaporado.

 

Limitarse a hacer «lo que funciona»

 

En 1996, un gestor de patrimonio poco conocido llamado James

O’Shaughnessy, publicó un libro llamado What Works on Wall Street. En él

afirmaba que los «inversores pueden conseguir unos resultados mucho

mejores que el mercado». O’Shaughnessy hacía una afirmación asombrosa:

desde 1954 hasta 1994 se podrían haber convertido 10 000 dólares en

8 074 504 dólares, multiplicando por más de diez los resultados del mercado,

lo que suponía una asombrosa rentabilidad anual del 18,2%. ¿Cómo se

lograban esos resultados? Adquiriendo una cesta de las 50 acciones con la

mayor rentabilidad a un año, cinco años sucesivos de incremento de los

beneficios, y unas cotizaciones que fuesen inferiores a 1,5 veces sus ingresos

societarios[12]. Como si de un Edison de Wall Street se tratase,

O’Shaughnessy obtuvo la patente de Estados Unidos número 5 978 778 por

sus «estrategias automatizadas» y lanzó un grupo de cuatro fondos de

inversión basados en su descubrimiento. A finales de 1999, los fondos habían absorbido más de 175 millones de dólares del público y en su carta anual a los

inversores, O’Shaughnessy afirmaba en grandilocuentes términos: «Como

siempre, espero que juntos podamos alcanzar nuestros objetivos a largo plazo

manteniendo nuestro rumbo y aplicando nuestras estrategias de inversión

contrastadas a lo largo del tiempo».

Sin embargo, «lo que funciona en Wall Street» dejó de funcionar a partir

del momento en el que O’Shaughnessy dio publicidad al mecanismo. Como

indica la figura 1.2, dos de sus fondos sufrieron pérdidas tan graves que

tuvieron que cerrar a principios de 2000, y el mercado de acciones general

(valorado según el índice S&P 500) vapuleó a todos los fondos de

O’Shaughnessy prácticamente sin interrupciones durante casi cuatro años

sucesivos.

En junio de 2000 O’Shaughnessy se acercó más a sus propios y

personales «objetivos a largo plazo» cediendo los fondos a un nuevo gestor, y

dejando a sus clientes con la papeleta de apañárselas con aquellas «estrategias

de inversión contrastadas a lo largo del tiempo[13]». Los accionistas de

O’Shaughnessy podrían haberse sentido menos enojados si el autor hubiese

puesto un título más exacto a su libro, por ejemplo Lo que solía funcionar en

Wall Street… hasta que escribí este libro.

 

FIGURA 1.2

 

Lo que solía funcionar en Wall Sreet…

Fuente: Morningstar, Inc.

 

Aplicar el método «Las cuatro alocadas»

 

A mediados de 1990, el sitio web Motley Fool, junto con unos cuantos

libros, ensalzó, por activa, pasiva y perifrástica, los méritos de una técnica

llamada «Las cuatro alocadas» (The Foolish Four). Según Motley Fool,

podrían haber «hecho trizas las medias de mercado durante los últimos 25

años», y podrían «vapulear a sus fondos de inversión» dedicando

«únicamente 15 minutos al año» a planificar sus inversiones. Lo mejor de

todo es que esta técnica tenía «riesgos mínimos». Lo único que hacía falta

era:

 

1. Identificar las cinco acciones del Dow Jones Industrial Average con la

menor cotización y la mayor rentabilidad por dividendo.

2. Descartar la que tuviese el menor precio.

3. Destinar el 40% de los fondos a la acción que tuviese la segunda

menor cotización.

4. Colocar el 20% en cada una de las transacciones restantes.

5. Un año después, volver a clasificar el Dow de la misma manera y

reconfigurar la cartera siguiendo los pasos 1 a 4.

6. Repetir hasta llegar a ser rico.

 

Según afirmaba Motley Fool, esta técnica habría superado al mercado

durante un período de 25 años por un destacable 10,1% anual. Durante las dos

décadas siguientes, sugerían, 20 000 dólares invertidos en «Las cuatro

alocadas», deberían convertirse en 1 791 000 dólares. (Además, también

afirmaban que se podían conseguir resultados aún mejores si se elegían las

cinco acciones del Dow que tuviesen mayor relación de rendimiento por

dividendo a la raíz cuadrada de la cotización de la acción, eliminando la que

tuviese la mayor relación y comprando las cuatro siguientes).

Analicemos si esta «estrategia» podría cumplir los requisitos establecidos

por Graham en su definición de inversión:

 

¿Qué tipo de «análisis exhaustivo» podría justificar que se descartase

la acción cuya relación entre precio y dividendo era más atractiva, y

que no obstante se eligiese a las cuatro siguientes que tenían una

puntuación inferior en esos atributos deseables?

¿De qué forma destinar el 40% del dinero a una única acción puede

considerarse «riesgo mínimo»?

¿Cómo es posible que una cartera compuesta por únicamente cuatro

acciones esté suficientemente diversificada para ofrecer «seguridad del

principal»?

 

«Las cuatro alocadas», en pocas palabras, es una de las fórmulas de

selección de acciones más ridículas que se han elaborado jamás. Los Bufones

cometieron el mismo error que O’Shaughnessy: Si se analizan grandes

cantidades de datos correspondientes a un período suficientemente

prolongado, surgirán un número enorme de pautas, aunque sólo sea por

casualidad. Por mera chiripa, las empresas que tienen una rentabilidad por

acción superior a la media tendrán muchos rasgos en común. No obstante,

salvo que esos factores sean la causa de que las acciones tengan mejores

resultados, no se podrán utilizar para predecir la rentabilidad futura.

Ninguno de los factores que descubrieron los Bufones con tanta fanfarria

—desprenderse de la acción que tuviese la mejor cifra, duplicar los fondos

destinados a la acción con la segunda cifra, dividir el rendimiento por dividendo por la raíz cuadrada de la cotización de la acción— podrían ser la

causa, ni podrían explicar, los resultados futuros de la acción. La revista

Money descubrió que una cartera compuesta por acciones cuyos nombres no

tuviesen letras repetidas habría obtenido unos resultados casi tan brillantes

como los de «Las cuatro alocadas», y por el mismo motivo: por pura

chiripa[14]. Como Graham nunca deja de recordarnos, las acciones tienen

buenos o malos resultados en el futuro porque las actividades en las que se

apoyan tienen buenos o malos resultados, ni más ni menos.

Como cabía esperar, en vez de vapulear al mercado, «Las cuatro

alocadas» vapulearon a los miles de personas que picaron y creyeron que era

una forma de invertir. Solamente en el año 2000, las cuatro acciones alocadas,

Caterpillar, Eastmant Kodak, SBC y General Motors, perdieron el 14%,

mientras que el Dow únicamente perdió el 4,7%.

 

Como demuestran estos ejemplos, únicamente hay una cosa que nunca

tiene un mal año en Wall Street: las ideas insensatas. Cada uno de estos

presuntos métodos de inversión cayeron ante la implacable Ley de Graham.

Todas las fórmulas mecánicas para obtener un resultado superior son una

«especie de proceso de autodestrucción, similar a la ley de rendimientos

decrecientes». Hay dos motivos que explican que la rentabilidad se esfume. Si

la fórmula únicamente se basa en casualidades estadísticas aleatorias (como

«Las cuatro alocadas»), el mero paso del tiempo dejará claro que eran

insensateces desde el primer momento. Por otra parte, si la fórmula realmente

ha funcionado en el pasado (como el efecto de enero), al recibir publicidad y

generalizarse, los operadores del mercado acabarán erosionando, y

normalmente llegarán a eliminar, su capacidad para que siga funcionando en

el futuro.

Todo esto refuerza la advertencia de Graham de que hay que dar a la

especulación el mismo tratamiento que los jugadores veteranos dan a sus

visitas al casino:

 

Nunca debe engañarse, creyendo que está invirtiendo cuando en

realidad está especulando.

La especulación se hace mortalmente peligrosa en el momento en el

que uno empieza a tomársela en serio.

Debe poner límites estrictos a la cantidad que está dispuesto a apostar.

 

Al igual que hacen los jugadores sensatos cuando, por ejemplo, llevan 100

dólares al casino y dejan el resto del dinero cerrado bajo llave en la caja de seguridad de la habitación del hotel, el inversor inteligente separa una parte de

su cartera total y la destina a una cuenta de «dinero para tonterías». Para la

mayoría de nosotros, el 10% de nuestro patrimonio general es la cantidad

máxima que podemos permitirnos arriesgar en operaciones especulativas. No

mezcle nunca el dinero de su cuenta especulativa con el dinero de sus cuentas

de inversión: no permita nunca que su forma de pensar especulativa influya

en sus actividades de inversión; y no ponga nunca más del 10% de sus activos

en su cuenta de dinero para tonterías, pase lo que pase.

Para bien o para mal, el instinto jugador forma parte de la naturaleza

humana: por lo tanto, para la mayor parte de las personas es inútil incluso

intentar suprimirlo. En cualquier caso, tiene que conseguir limitarlo y

controlarlo. Ésa es la mejor forma de asegurarse de que nunca se engañará ni

confundirá especulación con inversión.