El inversor inteligente

Benjamin Graham · Capítulo 25 de 48

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El inversor inteligente

Capítulo 11. Análisis de valores para el inversor inexperto: Enfoque general

Capítulo 11

 

Análisis de valores para el inversor inexperto: Enfoque

general

 

En la actualidad el análisis financiero es una profesión, o por lo menos

una semiprofesión, bien establecida y floreciente. Las diversas sociedades de

analistas que componen la National Federation of Financial Analysts cuentan

con más de 13 000 miembros, la mayor parte de los cuales se ganan la vida

con esta rama de actividad mental. Los analistas financieros tienen libros de

texto, un código de ética y hasta una revista trimestral[1]. También tienen unos

cuantos problemas pendientes de resolver. En los últimos años ha habido una

cierta tendencia a sustituir el concepto general de «análisis de valores» por el

de «análisis financiero». Esta última expresión tiene connotaciones más

amplias y se presta mejor a denominar el trabajo de la mayor parte de los

analistas de alto nivel de Wall Street. Sería útil concebir el análisis de valores

como una actividad que se limita al examen y valoración de acciones y

obligaciones, mientras que el análisis financiero abarcaría ese trabajo y la

determinación de la política de inversión (selección de cartera), en

combinación con una dosis importante de análisis económico general [2]. En

este capítulo utilizaremos la denominación que resulte más adecuada en cada

circunstancia, aunque haremos especial hincapié en el trabajo del analista de

valores en sentido estricto.

El analista de valores se ocupa del pasado, el presente y el futuro de

cualquier valor específico. Hace una descripción de la empresa que lo ha

emitido; resume sus resultados de explotación y su situación financiera;

expone sus puntos fuertes y débiles, sus posibilidades y sus riesgos; estima su

futura capacidad de generación de beneficios partiendo de diversas hipótesis o

de «estimaciones aproximadas». Lleva a cabo complejas comparaciones de

diversas empresas, o de la misma empresa en diferentes momentos del

tiempo. Por último, expresa una opinión sobre la seguridad del valor en

concreto, si es una obligación o una acción preferente con categoría de

inversión, o de su atractivo como adquisición, en el caso de que se trate de

una acción ordinaria.

Para llevar a cabo todas estas actividades el analista de valores dispone de

una serie de técnicas, que van desde las técnicas más elementales a las más

complejas. Puede modificar sustancialmente las cifras que se ofrecen en los

informes contables anuales de la empresa, aun cuando tales cifras lleven la

sagrada aprobación del censor jurado de cuentas. El analista trata de localizar

aspectos concretos en tales cuentas que puedan decir mucho más o mucho

menos de lo que realmente dicen.

El analista de valores debe elaborar y aplicar unos criterios para evaluar la

seguridad con los que pueda llegar a la conclusión de si una obligación o una

acción preferente determinada pueden ser calificadas como suficientemente

sólidas para que su adquisición con fines de inversión esté justificada. Estos

criterios están relacionados principalmente con los beneficios medios

obtenidos en el pasado, pero también pueden estar relacionados con la

estructura de capital, el capital de explotación, el valor del activo y con otras

cuestiones.

A la hora de abordar las acciones ordinarias, el analista de valores, hasta

hace poco tiempo, raramente aplicaba criterios de valor tan bien definidos

como estaban los criterios de seguridad que aplicaba a las obligaciones y a las

acciones preferentes. La mayor parte del tiempo se contentaba con elaborar

un resumen del resultado obtenido en el pasado, y una previsión más o menos

general de lo que podía ocurrir en el futuro, haciendo especial hincapié en los

12 meses siguientes, y llegaba a una conclusión bastante arbitraria.

Tradicionalmente el analista, a la hora de elaborar esta conclusión solía mirar

de reojo la cotización de la acción que aparecía en las pantallas de

información del mercado de valores; en la actualidad en muchas ocasiones los

analistas siguen actuando de esa manera. En los últimos años, no obstante, los

analistas en ejercicio han prestado mucha atención al problema de la

valoración de las acciones de empresas en crecimiento. Muchas de estas

acciones se han vendido a unas cotizaciones tan elevadas en relación con los

beneficios pasados y actuales que aquellos que las recomendaban han llegado

a sentir la obligación especial de justificar su recomendación de compra

elaborando unas previsiones relativamente específicas de los beneficios

previstos que se adentraban bastante en el futuro. Se han invocado ciertas

técnicas matemáticas muy sofisticadas para apoyar las valoraciones a las que

se llegaba.

Nos ocuparemos de estas técnicas, de manera resumida, en un momento

posterior. No obstante, tenemos que destacar en este momento una

problemática paradoja, que es que las valoraciones matemáticas han llegado a adquirir prevalencia precisamente en las áreas en las que se podría considerar

que son menos fiables. Porque cuanto mayor es la dependencia de la

valoración con respecto a las anticipaciones de lo que va a pasar en el futuro,

y cuanto menos vinculada está a una cifra contrastada por el rendimiento

conseguido en el pasado, más vulnerable resulta la valoración ante posibles

errores de cálculo o equivocaciones graves. Una gran parte del valor

descubierto para una acción que cotice con un gran multiplicador deriva de

futuras proyecciones que pueden diferir acusadamente del rendimiento

obtenido en el pasado, salvo, tal vez, en la propia tasa de crecimiento. De este

modo, se podría decir que en la actualidad los analistas de valores se ven

obligados a adoptar un cariz más matemático y «científico» precisamente en

las situaciones que menos se prestan a ese tipo de tratamientos que aspiran a

la exactitud[3].

Sigamos avanzando, no obstante, con nuestra exposición de los elementos

y técnicas más importantes del análisis de valores. La actual exposición,

realizada de forma muy resumida, pretende abordar las necesidades del

inversor no profesional. Como mínimo, este inversor tiene que comprender de

qué le habla el analista de valores y adónde quiere llevarle; además, debería

estar preparado, si es posible, para distinguir entre un análisis superficial y un

análisis bien razonado.

El análisis de valores para el inversor inexperto suele estar concebido

como aquel que comienza con la interpretación de la memoria financiera

anual de una empresa. Se trata de una cuestión que hemos expuesto, explicada

para los legos en la materia, en otro libro, titulado The Interpretation of

Financial Statements[4]. No consideramos necesario ni conveniente recorrer

ese mismo terreno en este capítulo, en especial porque el centro de atención

del libro que tiene entre las manos son los principios básicos y las actitudes,

más que la información y la descripción. Pasemos a dos cuestiones básicas

que subyacen tras la selección de inversiones. ¿Cuáles son las pruebas

principales de la seguridad de una obligación o de una acción preferente de

una sociedad? ¿Cuáles son los principales factores que deben tenerse en

cuenta a la hora de valorar una acción ordinaria?

 

Análisis de obligaciones

 

La rama más fiable, y por lo tanto más respetable, del análisis de valores

es la relacionada con la seguridad, o calidad, de las obligaciones y las

acciones preferentes que tienen categoría de inversión. El principal criterio utilizado en el terreno de las obligaciones emitidas por sociedades es el

número de veces que el desembolso total por intereses ha sido cubierto con

los beneficios disponibles durante una serie de años en el pasado. En el caso

de las acciones preferentes, esa cifra es el número de veces que los intereses

desembolsados por obligaciones y por dividendos preferentes, combinados,

han sido cubiertos por los beneficios.

Los criterios de sensatez aplicados variarán en función de quién los

proponga. Como las pruebas son en esencia arbitrarias, no hay forma de

determinar precisamente cuáles son los criterios más adecuados. En la

revisión de 1961 de nuestro libro de texto, Security Analysis, recomendamos

ciertos criterios de «cobertura» que aparecen en la tabla 11.1[5].

Nuestra prueba básica se aplica únicamente a los resultados medios de una

serie de años. Otras autoridades exigen, adicionalmente, que se muestre una

cobertura mínima para todos los años que se estén analizando. A nosotros

también nos parece adecuada la realización de una prueba relativa al «peor

año», como alternativa a la prueba de la media de siete años; sería suficiente

con que la obligación o la acción preferente cumpliese cualquiera de estos

criterios.

 

TABLA 11.1

 

«Cobertura» mínima recomendada para obligaciones y acciones preferentes

Podría objetarse que el mayor incremento de los tipos de interés de las

obligaciones desde 1961 justificaría algún tipo de reducción compensatoria en

la exigencia de cobertura de los pagos. Evidentemente, sería mucho más

difícil que una empresa industrial fuese capaz de mostrar la cobertura de siete

veces los intereses si estos intereses se calcularan al 8% que si se calcularan al

4,5%. Para hacer frente a este cambio de la situación en la actualidad

sugerimos un requisito alternativo que está relacionado con el porcentaje que

se ha ingresado sobre el importe principal de la deuda. Estas cifras deberían

de ser del 33% antes de impuestos en el caso de empresas industriales, del

20% en el caso de concesionarias públicas de servicios y suministros, y del

25% en el caso de empresas de ferrocarriles. Se debe tener presente en este

terreno que el tipo abonado en la práctica por la mayor parte de las empresas

por el total de su deuda es considerablemente inferior a las actuales cifras del

8%, puesto que cuentan con la ventaja de que las emisiones más antiguas

tienen unos cupones menores. El requisito del «peor año» se podría establecer

en aproximadamente dos tercios del requisito impuesto a los siete años.

Además de la prueba de cobertura de beneficios, se aplican de manera

generalizada algunas otras. Entre ellas se pueden mencionar las siguientes:

 

1. Tamaño de la empresa. Hay una norma mínima desde el punto de vista

del volumen de negocio de la sociedad —que es diferente en función

de que se trate de una empresa industrial, de una concesionaria de

servicios y suministros públicos y de ferrocarriles— y de la población

en el caso de obligaciones municipales.

2. Ratio capital social / recursos. Es la relación existente entre el precio

de mercado de los valores de capital subordinados[6] y el importe

nominal total de la deuda, o de la deuda más las acciones preferentes.

Es una medición aproximada de la protección o «colchón» ofrecido

por la presencia de una inversión subordinada que deberá soportar en

primer lugar el peso de los posibles acontecimientos negativos que

puedan producirse. Este factor incluye la valoración del mercado

respecto de las perspectivas futuras de la empresa.

3. Valor patrimonial. Antes se consideraba que el valor del activo, tal y

como aparece reflejado en el balance o en las tasaciones realizadas, era

la principal garantía y protección de una emisión de obligaciones. La

experiencia ha puesto de manifiesto que, en la mayor parte de los

casos, la seguridad o la garantía deriva de la capacidad de obtención de

beneficios, y que si dicha capacidad es deficiente, los activos pierden

la mayor parte de su supuesto valor. El valor del activo, no obstante,

sigue siendo importante como elemento independiente de garantía en

sentido amplio de las obligaciones y acciones preferentes de tres

grupos de empresas: concesionarias de servicios y suministros

públicos (porque las tarifas pueden depender en gran medida de la

inversión patrimonial), empresas inmobiliarias y sociedades de

inversión.

 

Llegado este momento, el inversor que esté alerta debería preguntarse:

«¿En qué medida son dignas de confianza las pruebas de seguridad que se

miden en función de los resultados del pasado y del presente, teniendo en

cuenta el hecho de que el pago de los intereses y del principal depende de lo

que vaya a suceder en el futuro?». La respuesta únicamente puede apoyarse

en la experiencia. La historia de la inversión demuestra que las obligaciones y

las acciones preferentes que han superado unas estrictas pruebas de seguridad

basadas en el pasado, han conseguido en la mayoría de los casos afrontar las

vicisitudes del futuro con éxito. Esto ha quedado demostrado de manera

llamativa en el importante campo de las obligaciones de empresas de

ferrocarriles, un campo que ha estado caracterizado por la calamitosa frecuencia de las quiebras y de las graves pérdidas. Prácticamente en todos los

casos en los que los ferrocarriles han tenido problemas, se trataba de empresas

que habían emitido durante mucho tiempo un exceso de obligaciones, que

habían tenido una inadecuada cobertura de las cargas fijas durante períodos de

prosperidad media, y que, por lo tanto, deberían haber sido excluidas por los

inversores que hubiesen aplicado unas estrictas comprobaciones de seguridad.

Por el contrario, prácticamente todos los ferrocarriles que superaron dichas

pruebas, consiguieron evitar ese tipo de graves problemas financieros.

Nuestra hipótesis quedó llamativamente confirmada en la historia financiera

de los numerosos ferrocarriles que se reorganizaron en la década de 1940 y

1950. Todos ellos, con una única excepción, comenzaron su andadura con

unas cargas fijas reducidas hasta un punto en el que la cobertura presente de

los requisitos de interés fijo era amplia, o por lo menos respetable. La

excepción la planteó el New Haven Railroad, que en el año de su

reorganización, 1947, tuvo unos beneficios que únicamente cubrían 1,1 veces

sus nuevas cargas. En consecuencia, mientras que todos los demás

ferrocarriles pudieron superar unas épocas bastante difíciles sin que su

solvencia se viese perjudicada, el New Haven Railroad volvió a entrar en

administración por deudas (por tercera vez) en 1961.

En el posterior capítulo 17 analizaremos algunas características de la

quiebra del Penn Central Railroad, que conmocionó a la comunidad financiera

en 1970. Un hecho elemental en este caso fue que la cobertura de las cargas

fijas había dejado de estar cubierta de conformidad con criterios

conservadores ya desde 1965; por lo tanto, un inversor en obligaciones

prudente habría evitado, o se habría desprendido de las obligaciones de este

ferrocarril mucho antes de su colapso financiero.

Nuestras indicaciones sobre la validez y el historial del pasado para juzgar

la seguridad del futuro es aplicable, e incluso en mayor medida, a las

concesionarias de servicios y suministros públicos, que constituyen una

sección muy importante de la inversión en obligaciones. La entrada en

situación concursal de una sociedad concesionaria del suministro eléctrico o

de un sistema de distribución eléctrico sólidamente capitalizada es

prácticamente imposible. Desde que se instituyó el control por parte de la

Comisión del Mercado de Valores[7], en combinación con la disolución de la

mayor parte de los sistemas de sociedades de cartera, la financiación de las

concesionarias de servicios y suministros públicos ha sido buena, y no se

conocen quiebras. Los problemas financieros de las concesionarias de

electricidad y gas durante la década de 1930 se podían atribuir prácticamente al 100% a los excesos financieros y a una mala gestión, que dejaron claras

huellas en la estructura de capitalización de las sociedades. La realización de

unas comprobaciones sencillas, a la vez que estrictas, sobre su seguridad

debería haber advertido al inversor de que se alejase de las emisiones de

valores cuyo servicio acabaría posteriormente siendo desatendido.

Entre las emisiones de obligaciones de empresas industriales, la historia a

largo plazo ha sido diferente. Aunque el grupo de empresas industriales, en

conjunto, ha hecho gala de una capacidad de obtención de beneficios mayor

que los ferrocarriles o que las concesionarias de servicios y suministros

públicos, también ha exhibido un menor nivel de estabilidad inherente de las

empresas individuales y las líneas de negocio que las integran. Por lo tanto, en

el pasado por lo menos, ha habido convincentes motivos para restringir la

adquisición de obligaciones y acciones preferentes de empresas industriales a

aquéllas emitidas por empresas que no sólo tenían un gran tamaño sino que

también habían mostrado en el pasado una capacidad contrastada para

soportar graves crisis.

Desde 1950 se han producido muy pocos casos de incumplimiento o

impago de obligaciones emitidas por empresas industriales, pero este hecho es

atribuible en parte a que durante este prolongado período no se ha atravesado

ninguna etapa de crisis seria. Desde 1966 se han producido acontecimientos

negativos en la situación financiera de muchas empresas industriales. Se han

producido considerables problemas como consecuencia de la insensata

expansión de algunas de ellas. Por una parte, esta expansión ha requerido

grandes ampliaciones de la financiación mediante préstamos bancarios y

endeudamiento a largo plazo; por otra parte, ha sido frecuente que esa

ampliación acabase generando pérdidas de explotación en vez de los

beneficios previstos. A principios de 1971 se calculaba que en los siete años

anteriores los intereses desembolsados por todas las empresas no financieras

habían pasado de un importe de 9800 millones de dólares en 1963 a una suma

de 26 100 millones de dólares en 1970, y que los pagos de intereses habían

consumido el 29% de los beneficios agregados antes de intereses e impuestos

en 1971, en comparación con sólo el 16% en 1963[8]. Evidentemente, la carga

sufrida por muchas empresas individuales había aumentado en una proporción

muy superior. Las empresas con un exceso de emisión de obligaciones se han

generalizado. Hay multitud de motivos para repetir lo que ya advertimos en

nuestra edición de 1965:

 

No estamos en absoluto dispuestos a sugerir que el inversor pueda seguir confiando en el

indefinido mantenimiento de esta situación favorable y, por lo tanto, que pueda relajar sus

niveles de exigencia a la hora de elegir obligaciones en el grupo industrial, o en cualquier

otro.

 

Análisis de acciones ordinarias

 

La forma más perfecta de análisis de acciones ordinarias conduce a una

valoración de la acción que se pueda comparar con la cotización vigente, a fin

de determinar si la acción es o no una candidata atractiva a la adquisición.

Esta valoración, a su vez, podría llevarse a cabo ordinariamente mediante la

estimación de los beneficios medios durante un período de años del futuro y

después mediante la multiplicación de esa estimación por el «factor de

capitalización» adecuado.

El procedimiento que se ha generalizado en la actualidad para calcular la

capacidad de generación de beneficios en el futuro toma como punto de

partida los datos medios del pasado correspondientes al volumen material, los

precios recibidos y el margen de explotación. A continuación se calculan las

ventas futuras expresadas en términos monetarios, cálculo que se basa en

hipótesis relativas a los cambios que se van a producir en el volumen y en el

nivel de precios con respecto de los utilizados para el cálculo anterior. Estas

estimaciones, a su vez, se basan, en primera instancia, en las previsiones

económicas generales sobre el producto nacional bruto y, posteriormente, en

algunos cálculos especiales aplicables al sector y a la empresa en cuestión.

Se puede tomar una ilustración de este método de valoración de nuestra

edición de 1965 y se puede actualizar añadiendo lo que ha ocurrido después

de dicha fecha. The Value Line, uno de los principales servicios de inversión,

hace previsiones sobre beneficios y dividendos futuros empleando el

procedimiento que se ha señalado en el párrafo anterior, y después calcula una

cifra de «potencialidad de precio» (o valor de mercado previsto) aplicando

una fórmula de valoración a cada una de las acciones, para lo que se basa en

gran medida en ciertas relaciones mantenidas en el pasado. En la tabla 11.2

reproducimos las proyecciones para 1967–1969 que se hicieron en junio de

1964, y las comparamos con los beneficios, y el precio medio de mercado que

realmente se obtuvieron en 1968 (que sirve de aproximación al período 1967–

1969).

Las previsiones combinadas resultaron estar en cierta medida en la banda

inferior, aunque no de forma exagerada. Las correspondientes predicciones

hechas seis años antes habían resultado ser excesivamente optimistas en

cuanto a los beneficios y los dividendos, aunque dicho exceso de optimismo

había sido compensado por la aplicación de un multiplicador reducido, con el resultado de que la cifra de «potencialidad de precio» había acabado siendo

aproximadamente la misma que el precio medio de 1963.

 

TABLA 11.2

 

Dow-Jones Industrial Average.

(La previsión de The Value Line para 1967–1969 (realizada a mediados de 1964) comparada con los

resultados reales en 1968).

 

a Ajustado para descontar el efecto de los desdoblamientos de acciones desde 1964.

b Promedio 1967–1969.

c La diferencia se debe a un cambio del divisor.

El lector se dará cuenta de que un número relativamente elevado de las

previsiones individuales se habían desviado mucho de la cifra real. Se trata de

un ejemplo más que ratifica nuestra opinión general de que las estimaciones

compuestas o colectivas tienen muchas más probabilidades de ser fiables que

las realizadas para empresas individuales. Es posible que lo mejor que pueda

hacer el analista de valores sea elegir las tres o cuatro empresas cuyo futuro

crea que conoce mejor y concentrar sus propios intereses, y los de sus

clientes, en las predicciones que haga para esas empresas. Por desgracia,

parece ser prácticamente imposible distinguir de antemano entre las

previsiones individuales dignas de confianza y las que están sujetas a grandes

probabilidades de error. En esencia, éste es el motivo de la gran

diversificación que ponen en práctica los fondos de inversión. Porque

concentrarse en las acciones que se sabe que van a resultar

extraordinariamente rentables es indudablemente mejor que diluir los

resultados y conformarse con una cifra mediocre simplemente por el hecho de

diversificarse. Sin embargo, esto no se hace, simplemente porque no se puede

hacer de manera [9] fiable. La generalización de una gran diversificación es, en

sí misma, un rechazo en la práctica del fetiche de la «selectividad» a la que el

mercado de valores tanto alude de cara a la galería[10].

 

Factores que afectan a la tasa de capitalización

 

Aunque se supone que los beneficios futuros medios son el principal

determinante del valor, el analista de valores tiene en cuenta algunos otros

factores de naturaleza más o menos definida. La mayor parte de ellos estarán

dentro de su tasa de capitalización, que puede variar en gran medida en

función de la «calidad» de la acción en cuestión. Por lo tanto, aunque dos

empresas tengan la misma cifra de beneficios previstos por acción para el

período 1973-1975, por ejemplo, 4 dólares, el analista puede asignar una

valoración muy reducida a una, por ejemplo 40, y muy elevada a la otra, por

ejemplo 100. Ocupémonos brevemente de algunas de las consideraciones que

afectan a estos diferentes multiplicadores.

 

1. Perspectivas generales a largo plazo. Nadie sabe realmente nada sobre

lo que va a ocurrir en el futuro lejano, pero aun así los analistas y los

inversores tienen unas arraigadas opiniones sobre esta cuestión. Estas

opiniones se reflejan en los sustanciales diferenciales existentes entre

los ratios precio / beneficios de las empresas individualmente

consideradas y de los grupos sectoriales. Sobre esta cuestión en nuestra

edición de 1965 añadimos lo siguiente:

 

Por ejemplo, a finales de 1963 las empresas del sector químico del DJIA

cotizaban a unos multiplicadores considerablemente mayores que los aplicados a las empresas petrolíferas, lo que indicaba que existía en el mercado una mayor confianza en las perspectivas de las primeras que la que existía con respecto a las perspectivas de las segundas. Tales distinciones realizadas por el mercado suelen tener fundamentos sólidos, pero cuando vienen dictadas básicamente por los resultados del pasado tienen las mismas probabilidades de resultar erróneas que de resultar acertadas.

 

En este momento facilitaremos, en la tabla 11.3, los datos

materiales correspondientes a las acciones de empresas químicas y

petrolíferas incluidas en el DJIA a finales de 1963 y trasladaremos sus

beneficios hasta finales de 1970. Se verá que las empresas químicas, a

pesar de los elevados multiplicadores que se les aplicaban,

prácticamente no consiguieron ningún incremento de los beneficios en

el período posterior a 1963. Las empresas petrolíferas consiguieron

unos resultados mucho mejores que las químicas, y aproximadamente

en línea con el crecimiento que daban a entender los multiplicadores

que se les aplicaban en 1963 [11]. Por lo tanto, nuestro ejemplo de las

acciones de empresas químicas resultó ser uno de los casos en los que,

en la práctica, los multiplicadores de mercado acabaron siendo

inadecuados[12].

2. Gestión. En Wall Street se habla constantemente sobre esta cuestión,

pero poco de lo que se dice es realmente útil. Hasta el momento en el

que se elaboren y se apliquen unas comprobaciones objetivas,

cuantitativas y razonablemente fiables sobre la capacidad de gestión,

cualquier análisis que se centre en este factor estará rodeado por una

espesa niebla. Es razonable suponer que una empresa que tenga unos

resultados asombrosamente brillantes tendrá una gestión inusualmente

diestra. Esto se habrá manifestado de por sí en sus resultados

históricos; volverá a aparecer en las estimaciones para los cinco

próximos años, y una vez más en el factor previamente expuesto de las

perspectivas a largo plazo. La tendencia a volver a tenerlo en cuenta

una vez más como factor independiente puede impulsar al alza su

cotización y podría provocar fácilmente costosas sobrevaloraciones. El

factor de la gestión resulta más útil, en nuestra opinión, en aquellos

casos en los que se haya producido recientemente un cambio que

todavía no haya podido reflejar su trascendencia en las cifras obtenidas

en la práctica.

Se han producido dos casos de este tipo de fenómeno relacionados

con la Chrysler Motor Corporation. El primero tuvo lugar hace muchos

años, en 1921 cuando Walter Chrysler tomó el control de una empresa

casi moribunda, Maxwell Motors, y en pocos años la convirtió en una

empresa grande y muy rentable, mientras que muchas otras empresas

automovilísticas se veían obligadas a cerrar. El segundo caso tuvo

lugar en 1962, cuando Chrysler había caído muy bajo en relación con

el elevado lugar que había ocupado en el pasado, y sus acciones

cotizaban en el punto más bajo en muchos años. En aquel momento

tomó el control una nueva participación, relacionada con

Consolidation Coal. Los beneficios pasaron de la cifra correspondiente

a 1961 de 1,24 dólares por acción al equivalente de 17 dólares en

1963, y la cotización ascendió desde un punto mínimo del 38,5 en

1962 al equivalente de casi 200 en el plazo de un solo año[13].

3. Fortaleza financiera y estructura de capital. Las acciones de una

empresa que cuente con abundante superávit de efectivo y respecto de

la cual no haya valores preferentes a sus acciones ordinarias es,

evidentemente, una mejor compra (al mismo precio) que las de otra

empresa que tenga los mismos beneficios por acción pero que también

tenga numerosos préstamos bancarios o valores preferentes. Estos

factores son adecuada y meticulosamente tenidos en cuenta por parte

de los analistas de valores. Una cantidad modesta de obligaciones o de

acciones preferentes, sin embargo, no es necesariamente una

desventaja para las acciones ordinarias, como tampoco lo es un uso

moderado de créditos bancarios estacionales. (Por cierto, una

estructura de capital en la que los instrumentos primarios tengan una

gran preponderancia, muy pocas acciones ordinarias en relación con

las obligaciones y las acciones preferentes, puede, en condiciones

favorables, tener como consecuencia un enorme beneficio especulativo

para las acciones ordinarias. Es el factor que se conoce como

«apalancamiento»).

4. Historial de dividendos. Una de las pruebas más persuasivas de la

buena calidad es una historia sin interrupciones de pago de dividendos

que se remonte a muchos años. Creemos que el historial de pagos de

dividendos constantes durante los 20 últimos años o más es un

importante factor favorable en la calificación de calidad de la empresa.

De hecho, el inversor defensivo tendría buenos argumentos para

limitar sus adquisiciones a las empresas que superasen esta prueba.

5. Tasa de dividendo actual. Éste, nuestro último factor adicional, es el

más difícil de abordar de una forma satisfactoria. Afortunadamente, la

mayor parte de las empresas han adquirido la práctica de seguir lo que

cabe denominar política estándar de dividendos ordinarios. Esto

significa la distribución de aproximadamente dos tercios de sus

beneficios medios, con la salvedad de que en el reciente período de

elevados beneficios y grandes demandas de capital adicional la cifra ha

tendido a reducirse. (En 1969 fue el 59,5% de las acciones en la media

Dow Jones y el 55% si se incluye en el cálculo a todas las empresas

estadounidenses[14]). En los casos en los que los dividendos tienen una

relación normal con los beneficios, la valoración se puede hacer

atendiendo a cualquiera de los criterios, sin que ello afecte gravemente

al resultado. Por ejemplo, una empresa de segundo orden típica con

unos beneficios medios previstos de 3 dólares y un dividendo previsto

de 2 dólares podría estar valorada a 12 veces sus beneficios o 18 veces

su dividendo, y no obstante arrojaría un valor de 36 en ambos casos.

Sin embargo, cada vez es mayor el número de empresas de

crecimiento que se están alejando de la política tradicional en el

pasado de desembolsar el 60% o más de sus beneficios en forma de

dividendos, atendiendo al motivo de que los intereses de los

accionistas quedan mejor satisfechos si se retienen prácticamente todos

los beneficios para financiar la expansión. La cuestión plantea

problemas y exige cuidadosas distinciones. Hemos decidido aplazar

nuestra exposición sobre esta importantísima cuestión de la política de

dividendos adecuada a una sección posterior, el capítulo 19, en el que

nos ocuparemos de ella en el marco del problema general de las

relaciones entre la dirección y los accionistas.

 

Tasas de capitalización de las empresas en crecimiento

 

La mayor parte de los escritos de los analistas de valores relativos a las

valoraciones formales se ocupan de la tasación del valor de las acciones de

empresas en crecimiento. Nuestro estudio de los diferentes métodos

empleados nos ha llevado a sugerir una fórmula abreviada y bastante sencilla

para evaluar las acciones de las empresas en crecimiento, que tiene el objetivo de ofrecer unas cifras bastante cercanas a las resultantes de los cálculos

matemáticos más complejos. Nuestra fórmula es la siguiente:

 

Valor = Beneficios actuales (normales) × (8,5 más dos veces la tasa de

crecimiento anual prevista).

 

La cifra de crecimiento empleada en la fórmula será la que se espere para

el siguiente período de siete a diez años[15].

En la tabla 11.4 mostramos qué resultados produce nuestra fórmula

cuando se aplican diferentes tasas de crecimiento previsto. Es fácil realizar el

cálculo inverso y determinar qué tasa de crecimiento está implícitamente

anticipada por el precio de mercado actual, suponiendo que nuestra fórmula

sea válida. En nuestra última edición realizamos ese cálculo respecto del

DJIA y de seis importantes empresas. Estas cifras se reproducen en la tabla

11.5. En aquel momento realizamos los siguientes comentarios:

 

La diferencia entre la tasa de crecimiento anual implícita del 32,4% de Xerox y la tasa,

notablemente modesta, del 2,8% que se aplica a General Motors es extraordinariamente

llamativa. Se puede justificar en parte por la impresión existente en el mercado de valores de

que los beneficios obtenidos por General Motors en 1963, los mayores de cualquier empresa

en toda la historia, sólo se podrían mantener en el futuro con extraordinaria dificultad y sólo

se podrían superar muy marginalmente, en el mejor de los casos. El ratio precio / beneficio de

Xerox, por otra parte, es bastante representativo del entusiasmo especulativo aplicado a una

empresa que ha conseguido grandes logros y que entraña, tal vez, unas promesas todavía

mayores.

La tasa de crecimiento implícita o esperada del 5,1% para el DJIA debe compararse con

un incremento anual real del 3,4% (compuesto) entre 1951–1953 y 1961–1963.

 

Deberíamos haber añadido una nota de advertencia que siguiese a esas

líneas: Las valoraciones de las acciones de las empresas que se espera que

tengan un elevado crecimiento están, por necesidad, en la banda baja, siempre

y cuando aceptemos la hipótesis de que estas tasas de crecimiento se van a

materializar en la práctica. De hecho, según los cálculos aritméticos, si se

pudiese suponer que una empresa va a crecer a un ritmo del 8% o más de

manera indefinida en el futuro, su valor sería infinito, y no habría precio

excesivamente elevado que se pudiese pagar por sus acciones. Lo que el

tasador está haciendo realmente en tales casos es introducir un margen de

seguridad en sus cálculos, de una forma más o menos similar a la que emplea

el ingeniero a la hora de elaborar las especificaciones para una estructura. De

conformidad con estos criterios, las adquisiciones alcanzarían el objetivo

asignado por el analista (en 1963, una rentabilidad general futura del 7,5% al

año) aunque la tasa de crecimiento realmente materializada resultase ser sustancialmente inferior a la prevista en la fórmula. Por supuesto, en tal caso,

si dicha tasa se pudiese obtener en la práctica, el inversor podría estar seguro

de que va a conseguir una cuantiosa rentabilidad adicional. Realmente, no hay

ninguna forma de valorar una empresa de alto crecimiento (que tenga una tasa

de crecimiento previsto superior, por ejemplo, al 8% anual), en la cual el

analista pueda realizar hipótesis realistas tanto del multiplicador adecuado

para los beneficios actuales como del multiplicador esperable para los

beneficios futuros.

En la práctica resultó que el crecimiento real de Xerox e IBM acabó

acercándose mucho a las elevadas tasas implícitas de nuestra fórmula. Como

se acaba de explicar, estos extraordinarios resultados produjeron

inevitablemente una gran subida de la cotización de ambas acciones. El

crecimiento del propio DJIA también se aproximó al previsto en el precio de

cierre de mercado de 1963. Sin embargo, la moderada tasa del 5% no afectó

al dilema matemático de Xerox e IBM. Resultó que el 23% de subida del

precio a finales de 1970, más el 28% en rendimiento por dividendo agregado

obtenido, arrojó un resultado no muy lejano de la ganancia general del 7,5%

anual que se proponía en nuestra fórmula. En el caso de las otras cuatro

empresas, baste decir que su crecimiento no fue igual al de las expectativas

implícitas en la cotización de 1963 y que sus cotizaciones no ascendieron

tanto como el DJIA. Advertencia: estos datos se ofrecen exclusivamente a

efectos ilustrativos, y como consecuencia de la inevitable necesidad existente

en el análisis de valores de hacer previsiones sobre la tasa de crecimiento

futuro de la mayor parte de las empresas estudiadas. El lector no debería caer

en el engaño de pensar que estas proyecciones tienen un elevado nivel de

fiabilidad o, a la inversa, que pueda contarse con que los precios futuros

vayan a comportarse de una forma acorde a las proyecciones, ya que las

profecías se materializan, se superan o se incumplen.

Debemos destacar que cualquier valoración de acciones «científica», o

por lo menos razonablemente fiable, basada en los resultados futuros

previstos, debe tener en cuenta los tipos de interés futuros. Un cuadro

determinado de beneficios, o dividendos, previstos tendrá un valor presente

menor si suponemos una estructura de tipos de interés superiores que si

suponemos una con tipos inferiores[16]. Tales hipótesis siempre han sido

difíciles de realizar con un mínimo grado de fiabilidad, y las recientes

oscilaciones violentas en los tipos de interés a largo plazo hacen que las

previsiones de este tipo sean casi fútiles. Por lo tanto, hemos conservado

nuestra antigua fórmula, simplemente porque ninguna fórmula nueva parece

más razonable.

 

Análisis sectorial

 

Como las perspectivas generales de la empresa tienen una gran

importancia en el establecimiento de los precios de mercado, es natural que el

analista de valores dedique mucha atención al estado económico del sector y

de la empresa individual dentro de su sector. Los estudios de este tipo pueden alcanzar un grado de exhaustividad ilimitada. En ocasiones dan lugar a

valiosas percepciones de importantes factores que van a influir en el futuro y

que no han sido suficientemente apreciados por el mercado en el momento

actual. En los casos en los que se pueda extraer una conclusión de este tipo

con un razonable nivel de confianza, dicha conclusión será una base sólida

para adoptar decisiones de inversión.

Nuestra propia observación, no obstante, nos lleva a reducir en cierta

medida el valor práctico de la mayor parte de los estudios sectoriales que se

ponen a disposición de los inversores. El material elaborado suele ser

normalmente de un tipo con el que el público en general ya suele estar

bastante familiarizado y que ya ha ejercido una importante influencia en las

cotizaciones de mercado. No suele ser muy frecuente encontrar estudios de

agencias de intermediación de bolsa que señalen, con un conjunto

convincente de datos, que un sector popular se encamina hacia una crisis o

que un sector impopular está a punto de comenzar una etapa de prosperidad.

La opinión que tiene Wall Street sobre el futuro a largo plazo se suele prestar

doblemente a las equivocaciones, y esto es necesariamente aplicable a este

importante elemento de sus investigaciones, que se centra en la previsión de

la evolución que van a tener los beneficios en diversos sectores o industrias.

Debemos reconocer, no obstante, que el rápido y omnipresente

crecimiento de la tecnología en los últimos años ha tenido importantes efectos

en la actitud y en las tareas llevadas a cabo por el analista de valores. Más aún

que en el pasado, los avances o los retrocesos de la empresa típica durante la

próxima década pueden depender de su relación con nuevos productos y

nuevos procesos, que el analista podrá haber tenido la oportunidad de estudiar

y evaluar de antemano. Por lo tanto, existe indudablemente un área

prometedora para que el analista lleve a cabo un trabajo eficaz, basado en

desplazamientos sobre el terreno, entrevistas con investigadores y en una

intensa investigación tecnológica realizada por su cuenta. Existen riesgos

conectados con las conclusiones de inversión que se adopten principalmente

como consecuencia de estas impresiones sobre el futuro, y que no estén

respaldadas por un valor que se pueda demostrar en la actualidad. Sin

embargo, es posible que existan unos riesgos equivalentes si nos atenemos

rigurosamente a los límites del valor establecido por unos sobrios cálculos

que se apoyen en los resultados actuales. En este caso, el inversor tendrá que

elegir entre ambos caminos. Puede actuar de manera imaginativa y aspirar a

los grandes beneficios que recompensarán una visión que resulte ser correcta

a posteriori; no obstante, en tal caso, deberá asumir el relevante riesgo de cometer errores de cálculo importantes, o no tan importantes. Por otra parte,

puede actuar de manera conservadora y negarse a pagar cantidades que

excedan de una modesta prima por posibilidades que todavía no han quedado

contrastadas; sin embargo, en tal caso, debe estar dispuesto a tener que

aceptar posteriormente que ha dejado pasar oportunidades de oro.

 

Un método de valoración con dos partes

 

Volvamos por un momento a la idea de valoración o tasación de las

acciones ordinarias que empezamos a exponer en la página 313. Una detenida

reflexión sobre esta cuestión nos ha llevado a la conclusión de que es mejor

realizarla de una forma muy diferente a la que en la actualidad es la práctica

establecida. Nosotros sugerimos que los analistas deben calcular en primer

lugar lo que denominamos «valor del rendimiento pasado», que se base

exclusivamente en los datos históricos del pasado. Esto indicaría cuál es el

valor que debería tener la acción, en términos absolutos, o en porcentaje del

DJIA o del índice S&P, si se supusiese que su rendimiento pasado relativo se

va a mantener sin variaciones en el futuro. (Este método asume

implícitamente la hipótesis de que su tasa de crecimiento relativa, calculada

en relación con los siete últimos años, tampoco experimentará cambio alguno

durante los siete años siguientes). Este procedimiento se podría llevar a cabo

de forma mecánica mediante la aplicación de una fórmula que atribuya

ponderaciones individuales a las cifras pasadas de rentabilidad, estabilidad y

crecimiento, y también al estado financiero actual. La segunda parte del

análisis debería tener en cuenta en qué medida el valor basado exclusivamente

en los resultados del pasado debería modificarse a causa de las nuevas

condiciones que se esperen para el futuro.

Este procedimiento dividiría el trabajo entre analistas expertos y analistas

inexpertos de la siguiente manera: (1) El analista experto configuraría la

fórmula que se va a aplicar a todas las empresas de manera generalizada para

determinar el valor en función de los resultados del pasado. (2) Los analistas

inexpertos calcularían los factores para las empresas designadas, de una forma

relativamente mecánica. (3) El analista experto determinaría en qué medida

los resultados de una empresa, en términos absolutos o relativos, tienen

probabilidades de diferir de su historial del pasado, y qué cambio debería

introducirse en el valor para reflejar esa previsión de desviaciones. Lo más

adecuado sería que el informe del analista experto mostrase tanto la valoración original como la valoración modificada, y expusiese los motivos

que justifican los cambios.

¿Merece la pena hacer un trabajo de este tipo? Nuestra respuesta es más

bien afirmativa, pero es posible que nuestros motivos parezcan un tanto

cínicos al lector. Albergamos dudas sobre que las valoraciones realizadas de

esa forma resulten ser suficientemente fiables en el caso de la típica empresa

industrial, de grandes o de pequeñas dimensiones. Ilustraremos las

dificultades de este tipo de trabajo en nuestra exposición sobre Aluminum

Company of America (ALCOA) en el siguiente capítulo. De todas formas,

debe realizarse para ese tipo de acciones ordinarias. ¿Por qué? En primer

lugar, muchos analistas de valores están obligados a realizar valoraciones

actuales o proyecciones de valoraciones en el marco de su trabajo diario. El

método que proponemos debería considerarse como una mejora en relación

con los que se aplican por lo general en la actualidad. En segundo lugar, la

realización de este tipo de cálculos debería aportar una experiencia útil y un

valioso conocimiento a los analistas que pusieran en práctica este método. En

tercer lugar, el trabajo de este tipo daría lugar a un valiosísimo corpus de

experiencia registrada, como el que existe desde hace tiempo en la medicina,

que podría acabar dando lugar a mejores métodos de práctica y a un

conocimiento útil de sus posibilidades y sus limitaciones. Las acciones de las

concesionarias de servicios y suministros públicos también podrían ser un

área importante en la que este método demostrase tener verdadero valor

práctico. Con el paso del tiempo el analista inteligente se limitaría a los

grupos en los que el futuro parezca razonablemente previsible[17], o a aquéllos

en los que el margen de seguridad del valor del rendimiento pasado en

relación con el precio actual es lo suficientemente grande para poder asumir

riesgos sobre las variaciones futuras, aplicando un método más o menos

parecido al que utiliza para elegir valores preferentes que ofrezcan un buen

nivel de seguridad.

En los siguientes capítulos aportaremos ejemplos específicos de la

aplicación de las técnicas analíticas. En cualquier caso, deben ser

considerados únicamente como ejemplos ilustrativos. Si al lector le resulta

interesante esta cuestión, debería estudiarla de manera sistemática y

exhaustiva antes de considerarse suficientemente preparado para adoptar por

su cuenta una decisión definitiva de compra o de venta respecto de un valor.