El inversor inteligente
Apéndices
1. Los superinversores de Graham and Doddsville
Por Warren Buffett
NOTA DEL EDITOR: Este artículo es una versión editada de una conferencia
pronunciada en la Columbia University en 1984 para conmemorar el 50
aniversario de la publicación de Security Analysis, escrito por Benjamin
Graham y David L. Dodd. Este volumen especializado introdujo por primera
vez las ideas que posteriormente se popularizarían en El inversor inteligente.
El ensayo de Buffett ofrece un fascinante estudio de la forma en que los
discípulos de Graham han utilizado el método de inversión en valor de
Graham para conseguir un fenomenal éxito en el mercado de valores.
¿Ha quedado desfasado el método de análisis de valores de Graham y
Dodd que consistía en «buscar valores que tengan un margen de seguridad
significativo en relación con los precios»? Muchos de los profesores que
escriben libros de texto en la actualidad dicen que sí. Afirman que el mercado
de valores es eficiente; es decir, que la cotización de las acciones refleja todo
lo que se sabe sobre las perspectivas de una empresa y sobre el estado de la
economía. No hay acciones minusvaloradas, afirman estos teóricos, porque
existen inteligentes analistas de valores que utilizan toda la información
disponible para garantizar unos precios inquebrantablemente apropiados. Los
inversores que aparentemente consiguen unos resultados mejores que los del
mercado año tras año lo logran simplemente por pura suerte. «Si los precios
reflejan completamente toda la información disponible, este tipo de habilidad
para la inversión queda excluido», escribe uno de los autores de los libros de
texto actuales.
Bueno, es posible, quién sabe. Sin embargo, he venido a presentarles a un
grupo de inversores que, año tras año, han conseguido mejores resultados que
el índice de acciones Standard & Poor’s 500. La hipótesis de que lo hayan
hecho por pura suerte es, por lo menos, digna de examen. Un elemento
esencial de ese examen es el hecho de que todas estas personas que han conseguido mejores resultados que el mercado son personas a las que conozco
muy bien, y que habían sido identificadas previamente como inversores
excelentes, identificación que, en el caso más reciente, tuvo lugar hace más de
15 años. A falta de esta condición, es decir, si simplemente acabase de buscar
entre miles de archivos para elegir los nombres de las personas que les voy a
presentar esta mañana, les aconsejaría que dejasen de leer ahora mismo. Debo
añadir que todos estos historiales han sido auditados. Y también añadiré,
adicionalmente, que conozco a muchas de las personas que han realizado
inversiones con estos gestores, y que los cheques que han recibido esos
partícipes a lo largo de los años estaban en consonancia con lo que se
declaraba en los registros.
Antes de que comencemos este examen, me gustaría que imaginasen un
campeonato nacional de lanzamiento de monedas cara o cruz. Supongamos
que conseguimos que mañana por la mañana 225 millones de estadounidenses
se presenten a ese concurso de cara o cruz y les pedimos a todos que tiren una
moneda al aire. Al día siguiente, al alba, todos ellos se levantan y tratan de
adivinar si va a salir cara o cruz. Si aciertan, ganan 1 dólar de aquellos que
hayan fallado. Todos los días los perdedores son descalificados, y al día
siguiente las apuestas acumuladas con las ganancias de los días anteriores se
vuelven a apostar. Después de diez apuestas en diez mañanas habrá
aproximadamente 220 000 personas en Estados Unidos que habrán sido
capaces de adivinar correctamente diez apuestas seguidas. Cada una de ellas
habrá ganado algo más de 1000 dólares.
Probablemente los integrantes de este grupo empezarán a sentir una
punzada de orgullo, siendo como es la naturaleza humana. Es posible que
traten de ser modestos, pero en las fiestas, de vez en cuando, reconocerán ante
los miembros más agraciados del sexo opuesto que tienen una técnica,
explicarán cómo es esta técnica, y harán maravillosas aportaciones al arte de
adivinar si va a salir cara o cruz.
Suponiendo que los ganadores están percibiendo una recompensa
adecuada de los perdedores, en otros diez días tendremos 215 personas que
hayan sido capaces de adivinar 20 veces seguidas si la moneda iba a salir cara
o cruz y que, gracias a este ejercicio, habrán conseguido convertir 1 dólar en
algo más de 1 millón. Se habrán perdido 225 millones de dólares y se habrán
ganado otros 225 millones de dólares.
Llegado este momento, los miembros de este selecto grupo habrán
perdido la cabeza por completo. Probablemente estarán escribiendo libros
sobre «Cómo convertí un dólar en un millón trabajando 30 segundos cada mañana». Aún peor, estarán probablemente empezando a recorrer el país
pronunciando conferencias sobre el eficiente arte de tirar la moneda al aire y
desdeñando a los profesores escépticos con la afirmación de «si es imposible
hacerlo, ¿cómo es que 215 de nosotros lo hemos logrado?».
No obstante, llegado ese momento, algún catedrático de una facultad de
empresariales será probablemente lo suficientemente grosero como para
mencionar el hecho de que, si 225 millones de orangutanes se hubiesen
dedicado al mismo ejercicio, el resultado habría sido muy parecido: 215
orangutanes ególatras con una serie de 20 aciertos seguidos.
Me gustaría afirmar, no obstante, que hay algunas diferencias importantes
en los ejemplos que voy a exponer. Por una parte, si (a) se hubiese repartido a
225 millones de orangutanes de una forma más o menos parecida a como está
repartida la población de Estados Unidos, y si (b) quedasen 215 ganadores
después de 20 días y si (c) descubriese usted que 40 de esos 215 ganadores
provenían de un zoológico concreto en Omaha, estaría usted bastante seguro
de que estaba a punto de descubrir algo interesante. Por lo tanto,
probablemente visitaría el zoológico y le preguntaría al cuidador qué les daba
de comer a los orangutanes, si hacían algún tipo de ejercicio especial, y qué
libros leían, o cualquier otra cosa que se le ocurriese. Es decir, si hubiese
descubierto cualquier concentración realmente extraordinaria de éxito, estaría
interesado en averiguar si era capaz de identificar concentraciones de
características infrecuentes que pudiesen ser factores causales.
El estudio científico suele seguir de manera natural este tipo de patrón. Si
estuviese tratando de analizar las causas posibles de un tipo infrecuente de
cáncer, del que hubiese, por ejemplo, 1500 casos al año en Estados Unidos, y
descubriese que 400 de ellos se producen en un pequeño pueblo minero de
Montana, estaría muy interesado en examinar el agua de ese pueblo, o que
tratase de averiguar a qué se dedican las personas afectadas, u otras variables.
Sabría que no era posible que por mera distribución aleatoria 400 afectados
proviniesen de un área tan reducida. Es posible que no supiese
necesariamente los factores causales, pero sabría en dónde tenía que buscar.
Mi tesis es que hay formas de definir el origen diferentes a la geografía.
Además de los orígenes geográficos, existen lo que yo denomino orígenes
intelectuales. Creo que podrán descubrir que existe un número
desproporcionado de personas que han conseguido éxito en el concurso de
cara o cruz en el mundo de la inversión que provenían de una muy pequeña
aldea intelectual que podría llamarse Graham and Doddsville. Se puede atribuir a esta pequeña aldea intelectual una concentración de ganadores que
simplemente no puede explicarse por la mera suerte.
Podrían existir circunstancias que hiciesen que incluso una concentración
de ese tipo fuese intrascendente. Es posible que hubiese 100 personas que
simplemente estaban imitando la elección a la hora de lanzar al aire la
moneda de una personalidad extraordinariamente persuasiva. Si esa persona
decía cara, sus 100 seguidores decían cara automáticamente. Si el líder
formase parte de los 215 que quedaban al final, el hecho de que 100 tuviesen
el mismo origen intelectual no significaría nada. Simplemente estaría
identificando un único caso con los 100 casos que eran manifestación de las
elecciones de esa única persona. De la misma manera, supongamos que
viviese en una sociedad muy patriarcal y que todas las familias de Estados
Unidos estuviesen compuestas por diez miembros. Además, supongamos que
esa cultura patriarcal fuese tan marcada que cuando los 225 millones de
personas saliesen el primer día todos los miembros de cada familia se
identificasen con la elección del padre. Al final del período de 20 días habría
215 ganadores, y se descubriría que esos 215 ganadores provenían de
únicamente 21,5 familias. Algunos simplones podrían decir que eso es
indicación del carácter tremendamente hereditario del factor que explica el
éxito a la hora de saber si va a salir cara o cruz. Sin embargo, por descontado,
esa afirmación no tendría ningún sentido, puesto que en realidad no habría
215 ganadores individuales, sino 21,5 familias aleatoriamente distribuidas que
eran ganadoras.
En este grupo de inversores de éxito que quiero examinar había un
patriarca intelectual común, Ben Graham. Sin embargo, los niños que
abandonaron la casa de este patriarca intelectual decidieron sus «apuestas» de
formas muy diferentes. Fueron a lugares diferentes y compraron y vendieron
diferentes acciones de diferentes empresas y, no obstante, consiguieron unos
resultados combinados que simplemente no se pueden explicar por la
casualidad aleatoria. Ciertamente, no se pueden explicar por el hecho de que
todos estuviesen haciendo la misma apuesta de la misma manera porque un
líder estuviese indicándoles lo que tenían que hacer. El patriarca se limitó a
exponer la teoría intelectual para adoptar las decisiones a la hora de lanzar al
aire la moneda, pero cada alumno decidió a su manera su propio método
personal de aplicar la teoría.
El rasgo intelectual común de los inversores procedentes de Graham and
Doddsville es el siguiente: buscan discrepancias entre el valor de una empresa
y el precio de las pequeñas partes de la empresa que se venden en el mercado. En esencia, aprovechan esas discrepancias sin prestar atención a las
cuestiones que tanto interesan al teórico del mercado eficiente: si las acciones
se compran el lunes o el jueves, o si es enero o julio, etc… Incidentalmente,
cuando los empresarios compran de empresas, que es exactamente lo que
nuestros inversores Graham & Dodd están haciendo a través de los valores
negociables, dudo que haya muchos que tengan en cuenta en sus decisiones
de compra el día de la semana o el mes en el cual va a tener lugar la
transacción. Si no tiene ninguna importancia ni trascendencia el que una
empresa se compre el lunes o el viernes, me desconciertan los motivos que
llevan a tantos académicos a invertir enormes cantidades de tiempo y esfuerzo
a comprobar si tiene algún efecto el que esas pequeñas partes de esas mismas
empresas se compren un día u otro, o un mes u otro. Nuestros inversores de
Graham & Dodd, huelga siquiera mencionarlo, no se ocupan ni de betas, ni de
modelos de determinación de precios de activos de capital, ni de covarianzas
en los rendimientos entre valores. No son temas que les interesen. De hecho,
la mayoría de ellos tendrían dificultades para definir esos términos. Los
inversores se centran simplemente en dos variables: precio y valor.
Siempre me ha parecido extraordinario que haya tantos estudios que se
centren en el comportamiento del precio y el volumen, las cosas que interesan
a los chartistas. ¿Se imagina comprando una empresa entera simplemente
porque su precio ha subido sustancialmente la última semana y la semana
anterior? Por supuesto, el motivo de que se hagan tantos estudios con estas
variables de precio y volumen es que en la actualidad, en la era de los
ordenadores, hay una serie prácticamente infinita de datos sobre esas
variables. No es que este tipo de estudios tengan necesariamente alguna
utilidad; simplemente es que los datos están ahí y que los académicos se han
esforzado mucho para adquirir las habilidades matemáticas necesarias para
manipularlos. Después de adquirir esas habilidades parece un despilfarro no
utilizarlas, aunque su utilización no tenga ninguna utilidad, o incluso aunque
esa utilidad sea negativa. Como dice un amigo mío, a un hombre que tiene un
martillo todo le parecen clavos.
Creo que el grupo que hemos identificado como procedente de un origen
intelectual común es digno de estudio. Incidentalmente, a pesar de todos los
estudios académicos que se han hecho acerca de la incidencia de variables
como el precio, el volumen, la estacionalidad, el tamaño de capitalización,
etcétera, sobre el rendimiento de las acciones, no se ha apreciado ningún
interés en el estudio de los métodos de esta inusual concentración de
ganadores centrados en el valor.
Comenzaré este estudio de los resultados remontándome a un grupo de
cuatro de nosotros que trabajamos en la Graham-Newman Corporation desde
1954 hasta 1956. Éramos únicamente cuatro; no es que haya elegido estos
nombres entre miles de personas. Me ofrecí a trabajar en Graham-Newman
gratuitamente después de seguir el curso de Ben Graham, pero él me rechazó
diciendo que pedía demasiado. ¡Se tomaba muy en serio esto del valor!
Después de darle mucho la lata, acabó contratándome. Había tres socios y
cuatro de nosotros con categoría de «siervos». Los cuatro dejamos la empresa
entre 1955 y 1957, momento en el que fue liquidada, y ha sido posible seguir
el historial de tres de nosotros.
El primer ejemplo (véase la tabla 1, págs. 574–575) es el de Walter
Schloss. Walter no fue a la universidad, pero hizo el curso de Ben Graham
por la noche en el New York Institute of Finance. Walter dejó Graham-
Newman en 1955 y consiguió los resultados que se muestran en la tabla a lo
largo de 28 años.
Esto es lo que «Adam Smith», después de que le hablase sobre Walter,
escribió sobre él en Supermoney (1972):
No tiene contactos ni acceso a información útil. Prácticamente nadie de Wall Street le
conoce, y no le ofrecen ninguna idea. Examina los números de los manuales y solicita las
memorias anuales, y eso es todo.
Al presentarme a Schloss, me parece que Warren se ha descrito a sí mismo. «Nunca deja
de tener presente que está gestionando el dinero de otras personas, y esto refuerza su gran
aversión natural a las pérdidas». Tiene una integridad absoluta y una imagen realista de sí
mismo. Para él, el dinero es real y las acciones son reales; de este hecho fluye su atracción
por el principio del «margen de seguridad».
Walter se ha diversificado muchísimo, y tiene en cartera más de 100
acciones actualmente. Sabe cómo identificar valores que se venden por una
cifra considerablemente inferior al valor que tendrían para un propietario
particular. Eso es todo lo que hace. No le importa que sea enero, no le
importa que sea lunes, no le importa que haya elecciones o no este año. Su
teoría es muy sencilla: si una empresa vale 1 dólar y puedo comprarla por 40
centavos, es posible que me pase algo bueno. Eso es lo que hace una y otra y
otra vez. Tiene acciones de muchas más empresas que yo, y está mucho
menos interesado en la naturaleza subyacente de lo que hacen esas empresas:
no parece que mis ideas influyan mucho sobre Walter; ése es uno de sus
puntos fuertes: nadie tiene mucha influencia sobre él.
El segundo caso es el de Tom Knapp, que también trabajó conmigo en
Graham-Newman. Tom era licenciado en química por Princeton antes de la
guerra; cuando volvió de la guerra, lo único que hacía era ir a la playa. Un día se enteró de que Dave Dodd daba un curso nocturno de inversión en la
Columbia University. Asistió al curso como oyente, y se interesó tanto por la
materia que decidió matricularse en la Columbia Business School para hacer
un MBA. Volvió a hacer el curso de Dodd, y también hizo el de Ben Graham.
Por cierto, 35 años después llamé a Tom para comprobar alguno de los datos
que he mencionado aquí y volví a encontrarle en la playa. La única diferencia
es que ahora era el dueño de la playa.
En 1968 Tom Knapp y Ed Anderson, también discípulo de Graham, junto
con uno o dos colegas más de ideas similares, formaron Tweedy, Browne
Partners y los resultados de sus inversiones son los que se recogen en la tabla
2. Tweedy, Browne consiguió esos resultados con una diversificación muy
amplia. Ocasionalmente adquirían el control de las empresas, pero el historial
de sus inversiones pasivas es igual al historial de las inversiones de control.
La tabla 3 describe al tercer miembro del grupo que formó Buffett
Partnership en 1957. Lo mejor que hizo fue dejarlo en 1969. Desde entonces,
en cierta manera, Berkshire Hathaway ha sido una continuación de esa
asociación en ciertos aspectos. No hay un único índice que pueda ofrecerles
que en mi opinión sea un reflejo justo de la forma de gestionar inversiones de
Berkshire. Sin embargo, creo que sea cual sea la forma en que lo examinen, el
historial ha sido satisfactorio.
La tabla 4 muestra el historial del Sequoia Fund, que está gestionado por
una persona a la que conocí en la clase de Ben Graham en 1951, Bill Ruane.
Después de salir de la Harvard Business School, fue a Wall Street.
Posteriormente se dio cuenta de que le hacía falta una educación empresarial
de verdad, por lo que se fue a seguir el curso de Ben en la Columbia, en
donde nos conocimos a principios de 1951. El historial de Bill desde 1951
hasta 1970, trabajando con cantidades relativamente pequeñas de dinero, fue
mucho mejor que la media. Cuando liquidé Buffett Partnership, le pregunté a
Bill si podía organizar un fondo que gestionase a todos nuestros socios, por lo
que organizó el Sequoia Fund. Lo hizo en un momento espantoso, justo
cuando yo me retiraba. Se encontró en medio del mercado partido en dos de la
década de 1970 y tuvo que enfrentarse a todos los problemas que se
plantearon para calcular los resultados comparativos de los inversores
orientados hacia el valor. Me complace poder decir que mis socios, en una
medida asombrosa, no sólo se mantuvieron fieles a él, sino que le confiaron
aún más dinero, con los felices resultados que se muestran.
Estos datos no están manipulados por la ventaja que da conocer los
resultados a posteriori. Bill fue la única persona que recomendé a mis socios, y en aquel momento afirmé que si conseguía una ventaja de cuatro puntos por
año respecto del Standard & Poor’s, eso sería un resultado sólido. Bill mejoró
con creces esos resultados, trabajando con cantidades cada vez mayores de
dinero. Eso hace que las cosas sean mucho más difíciles. El tamaño es el
ancla del rendimiento. De eso no cabe ninguna duda. No significa que no sea
posible hacerlo mejor que la media a medida que se crece, sino que el margen
se reduce. Y si alguna vez llegase a darse el caso de que estuviese
gestionando dos billones (con b) de dólares, y más o menos ése fuese el
importe de la valoración total del capital de la economía, no crea que iba a
obtener mejores resultados que la media.
Debo añadir que en los registros que hemos examinado hasta el momento,
durante todo este período de tiempo no hubo apenas duplicación alguna en
estas carteras. Las personas que estoy presentando eligen los valores
basándose en las discrepancias entre el precio y valor, pero adoptan sus
decisiones de selección de una forma muy diferente. Las mayores
participaciones de Walter se centraban en empresas tan afamadas y brillantes
como Hudson Pulp & Paper y Jeddo Highland Coal y New York Trap Rock
Company, y todos esos otros nombres que le vienen inmediatamente a la
cabeza a una persona que lea, aunque sea de Pascuas a Ramos, las páginas de
negocio de los periódicos. Las selecciones de Tweedy Browne descienden a
niveles aún inferiores en la escala de popularidad de las empresas. Por otra
parte, Bill sí que ha trabajado con grandes empresas. Las coincidencias entre
estas carteras han sido muy muy reducidas. Los registros que estamos
exponiendo no reflejan el hecho de que una persona decida lo que hay que
hacer y 50 repitan lo mismo siguiendo su ejemplo.
La tabla 5 es el registro de un amigo mío que es licenciado en derecho de
Harvard, y que creó una importante firma de asesoría jurídica. Me encontré
con él en 1960 y le dije que el derecho estaba bien como afición, pero que
había mejores cosas que podía hacer. Organizó una sociedad bastante
diferente de la de Walter. Su cartera se concentraba en una cantidad muy
reducida de valores, y, por lo tanto, su registro muestra una volatilidad mucho
mayor, pero su método se basaba en el mismo criterio de descuento respecto
del valor. Estaba dispuesto a aceptar mayores altibajos en sus resultados,
puesto que es una persona cuya mentalidad tiene una gran propensión hacia la
concentración, con los resultados que se muestran. Por cierto, este historial
pertenece a Charlie Munger, socio mío durante mucho tiempo en la gestión de
Berkshire Hathaway. Cuando dirigía su asociación, sin embargo, las participaciones de su cartera eran casi absolutamente diferentes de las mías y
de las de los otros colegas mencionados anteriormente.
En la tabla 6 se muestra el historial de un compañero que era amigo de
Charlie Munger, otra persona que no había pasado por la facultad de
empresariales, ya que era licenciado en matemáticas por la University of
Southern California. Al salir de la universidad trabajó para IBM, como
vendedor, durante un tiempo. Después de que yo hablase con Charlie, Charlie
habló con él. El historial del que estoy hablando es el de Rick Guerin. Rick,
en el período que va desde 1965 hasta 1983, durante el cual el S&P obtuvo
una ganancia compuesta del 316%, consiguió una ganancia compuesta del
22 200%, que, además, probablemente debido a que carece de formación en
una facultad de empresariales, considera que es estadísticamente significativa.
Me gustaría hacer una indicación al margen: me resulta extraordinario que
la idea de comprar billetes de 1 dólar por 40 centavos arraigue
inmediatamente en unas personas, o no arraigue en absoluto. Es como una
inoculación. Si no se apodera de una persona inmediatamente, sería posible
hablar con ella durante años y enseñarle todo tipo de datos y registros, y no
serviría para nada. Simplemente, no son capaces de captar el concepto, a
pesar de lo sencillo que es. Sin embargo, una persona como Rick Guerin, que
no tenía ningún tipo de educación formal relacionada con el mundo de los
negocios, comprendió inmediatamente el método de valor para invertir y
cinco minutos después ya lo estaba aplicando. Nunca he conocido a ninguna
persona que se haya ido convirtiendo de forma progresiva, a lo largo de un
período de diez años, a este método. No es una cuestión de coeficiente
intelectual, ni de formación académica. O se reconoce instantáneamente, o no
hay nada que hacer.
La tabla 7 es el historial de Stan Perlmeter. Stan era licenciado en bellas
artes por la Universidad de Michigan, y trabajaba como socio en la agencia de
publicidad de Bozell & Jacobs. Trabajábamos en el mismo edificio de
Omaha. En 1965 se dio cuenta de que yo tenía un negocio mejor que él, por lo
que dejó la publicidad. En este caso, también hicieron falta sólo cinco
minutos para que Stan se convirtiese al método del valor.
Perlmeter no tiene las mismas acciones que Walter Schloss. Tampoco
tiene las mismas acciones que Bill Ruane. Sus registros se crean de manera
independiente. Sin embargo, siempre que Perlmeter compra una acción es
porque consigue más por su dinero de lo que está pagando. Es lo único en lo
que piensa. No se interesa por las proyecciones de beneficios trimestrales, no
analiza los beneficios del próximo ejercicio, no piensa en el día de la semana que es, no le importa lo que dice una firma de inversión de no se sabe qué
ciudad, no está interesado en la inercia del precio, ni en el volumen, ni en
nada por el estilo. Lo único que pregunta es lo siguiente: ¿Cuánto vale la
empresa?
La tabla 8 y la tabla 9 son los historiales de dos fondos de pensiones con
los que he estado relacionado. No los he elegido entre docenas de fondos de
pensiones con los que haya mantenido algún tipo de relación; son los dos
únicos fondos de pensiones en los que he influido. En ambos casos los orienté
hacia gestores relacionados con el método del valor. Muy, pero que muy
pocos fondos de pensiones se gestionan de acuerdo con las teorías del valor.
La tabla 8 corresponde al fondo de pensiones de la Washington Post
Company. Hace unos cuantos años trabajaban con un gran banco, y les sugerí
que les convendría buscar gestores que estuviesen orientados hacia el valor.
Como pueden ver, en términos generales, se ha mantenido en el percentil
superior desde que hicieron el cambio. El Post indicó a los gestores que
mantuviesen por lo menos el 25% de estos fondos en obligaciones, elección
que no habría sido necesariamente la realizada por estos gestores. Por lo
tanto, he incluido el rendimiento de las obligaciones simplemente para ilustrar
que este grupo no tenía especial experiencia en materia de obligaciones. Ellos
tampoco habían dicho que la tuviesen. Incluso con este peso muerto del 25%
de su fondo en un área que no era su campo de especialidad, consiguieron
estar en el percentil superior de la gestión de fondos. La experiencia del
Washington Post no abarca un período especialmente largo, pero sí que es
representativa de muchas decisiones de inversión adoptadas por tres gestores
que no han sido identificados retroactivamente.
La tabla 9 recoge el historial del fondo FMC Corporation. No gestiono
personalmente ni un centavo de este fondo, pero en 1974 sí que influí en su
decisión de elegir unos gestores que empleasen el método del valor. Antes de
aquel año, habían elegido a sus gestores de la misma forma que la mayoría de
las grandes empresas. Hoy en día ocupan el número uno en el estudio Becker
de fondos de pensiones correspondiente a su tamaño, puesto que ocuparon a
partir del momento en que se produjo esta «conversión» al método del valor.
El año pasado tuvieron ocho gestores de capital cuyo ejercicio duró más de un
año. Siete de ellos tenían un historial acumulado mejor que el S&P. Los ocho
habían conseguido un historial mejor que el S&P durante el año anterior. La
diferencia neta en la actualidad entre un rendimiento medio y el rendimiento
real del fondo FMC durante este período asciende a 243 millones de dólares.
FMC atribuye este éxito a la mentalidad que se les recomendó para elegir a los gestores. No son los gestores que yo habría elegido necesariamente, pero
todos ellos tienen el denominador común de que eligen los instrumentos en
los que invierten atendiendo al valor.
Pues bien, éstos son los nueve historiales de los jugadores a cara o cruz de
Graham and Doddsville. No los he elegido a posteriori entre miles de ellos.
No estoy recitando los nombres de un puñado de ganadores de la lotería;
personas de las que nunca había oído hablar antes de que ganasen la lotería.
Elegí a estas personas hace años basándome en las estructuras que utilizaban
para adoptar sus decisiones de inversión. Sabía lo que se les había enseñado, y
adicionalmente tenía un cierto conocimiento personal sobre su intelecto, su
carácter y su temperamento. Es muy importante comprender que este grupo
ha asumido muchos menos riesgos que la media; hay que examinar sus
resultados en los años en los que el mercado general tenía malos resultados.
Aunque difieren mucho en cuanto a su estilo, estos inversores están siempre,
mentalmente, comprando la empresa, no las acciones. Algunos de ellos, en
ocasiones, compran empresas completas. Sin embargo, es mucho más
frecuente que únicamente compren pequeñas partes de empresas. Su actitud,
ya sea al comprar la totalidad de la empresa o al comprar únicamente una
pequeña participación, es la misma. Algunos de ellos tienen carteras con
docenas de acciones; otros se concentran sólo en un puñado de acciones. No
obstante, todos aprovechan la diferencia entre el precio de mercado de una
empresa y su valor intrínseco.
Estoy convencido de que hay muchísima ineficacia en el mercado. Estos
inversores de Graham and Doddsville han conseguido el éxito aprovechando
las divergencias entre el precio y el valor. Teniendo en cuenta que el precio de
una acción puede estar influido por un «rebaño» de Wall Street, que acepta
los precios establecidos marginalmente por la persona más desequilibrada, o
más avariciosa, o por la persona más deprimida, resulta muy difícil afirmar
que el mercado siempre establece los precios racionalmente. En realidad, los
precios del mercado frecuentemente son absolutamente insensatos.
Me gustaría decir una cosa muy importante sobre el riesgo y la
recompensa. En ocasiones, el riesgo y la recompensa están relacionados de
forma positiva. Si alguien me dijese un día: «Aquí tengo un revólver de seis
tiros, y he introducido una bala en él. ¿Por qué no haces girar el tambor y
aprietas el gatillo una vez? Si sobrevives, te daré un millón de dólares». Yo
rechazaría su oferta, y tal vez indicaría que un millón no es suficiente.
Después podría hacerme una oferta para que apretase dos veces el gatillo a cambio de 5 millones; miren por dónde, ésa podría ser una correlación
positiva entre el riesgo y la recompensa.
Con la inversión en valor ocurre exactamente lo contrario. Si se compra
un billete de 1 dólar por 60 centavos, es más arriesgado que si se compra un
billete de 1 dólar por 40 centavos, pero la expectativa de recompensa es
mayor en el último caso. Cuanto mayor es el potencial de recompensa de la
cartera de valor, menor riesgo hay.
Les ofreceré un ejemplo rápido: la Washington Post Company en 1973 se
vendía a 80 millones de dólares en el mercado. En aquella época, aquel día, se
podrían haber vendido los activos a cualquiera entre un grupo de diez
compradores por lo menos, como mínimo, por 400 millones de dólares, y tal
vez por mucho más. La empresa era propietaria del Post, del Newsweek, de
varias emisoras de televisión en mercados importantes. Esas mismas
propiedades valen hoy en día 2000 millones de dólares, así que la persona que
hubiese pagado 400 millones de dólares por ellas no habría estado loca.
Pues bien, si las acciones hubiesen experimentado una mayor pérdida de
cotización, y hubiesen llegado a una valoración de 40 millones de dólares en
vez de 80 millones de dólares, su beta habría sido mayor. Y para las personas
que creen que la beta mide el riesgo, el precio menor les habría parecido que
entrañaba un mayor riesgo. Verdaderamente, esto es digno de Alicia en el
País de las Maravillas. Nunca he sido capaz de entender por qué es más
arriesgado comprar un patrimonio valorado en 400 millones de dólares por 40
millones que hacerlo por 80 millones. Por cierto, es una obviedad que si se
compra un grupo de valores de ese tipo y se tiene una remota idea de
valoración de empresas, no existe esencialmente ningún riesgo en comprar
400 millones de dólares por 80 millones de dólares, en especial si se hace
comprando diez bloques de 40 millones de dólares por 8 millones de dólares
cada uno. Dado que no va usted a tener en sus manos los 400 millones, será
necesario que se asegure de que trabaja con personas honradas y
razonablemente competentes, pero eso no es difícil.
También será necesario que disponga de los conocimientos que le
permitan realizar una estimación en términos muy generales sobre el valor de
las empresas subyacentes. De todas formas, no hace falta aproximarse mucho.
Esto es lo que quería decir Ben Graham cuando hablaba del margen de
seguridad. La cuestión no es tratar de comprar una empresa que vale 83
millones de dólares por 80 millones de dólares. El truco está en contar con un
enorme margen de seguridad. Cuando se construye un puente, se insiste en
que sea capaz de soportar 30 000 kilogramos, pero únicamente se permite pasar a camiones de 10 000 kilogramos por él. El mismo principio se aplica
en el mundo de la inversión.
En conclusión, es posible que algunas de las personas aquí presentes que
tengan una mente más comercial se estén preguntando por qué he escrito este
artículo. La incorporación de muchos conversos al método del valor reducirá,
inevitablemente, los diferenciales entre el precio y el valor. Lo único que
puedo decirles es que el secreto lleva 50 años a la vista de todo el mundo,
desde que Ben Graham y Dave Dodd escribieron Security Analysis, y todavía
no he apreciado ninguna tendencia hacia la inversión en valor en los 35 años
que llevo practicándola. Aparentemente, existe alguna perversa característica
humana que hace que las cosas fáciles acaben resultando difíciles. El mundo
académico, si acaso, se ha ido alejando cada vez más de la enseñanza de la
inversión en valor durante los 30 últimos años. Es muy probable que siga
haciéndolo. Los barcos darán la vuelta al mundo, pero la Sociedad para la
Defensa de que la Tierra es Plana seguirá ganando adeptos. Seguirá habiendo
grandes discrepancias entre el precio y el valor en el mercado, y los que lean a
Graham y Dodd seguirán prosperando.
Y a continuación se muestran las tablas 1–9:
2. Reglas importantes relativas a la fiscalidad de la renta derivada de
inversiones y de las transacciones con valores (en 1972) (en Estados
Unidos)
Nota del editor: A causa de los profundos cambios experimentados por las
normas que rigen tales transacciones, el siguiente documento únicamente se
incluye a efectos históricos. Cuando fue redactado originalmente por
Benjamin Graham en 1972, toda la información que contenía era correcta. Sin
embargo, la evolución que se ha producido desde entonces hace que este
documento sea inexacto a los efectos de hoy en día. A continuación del apéndice 2 original de Graham se incluye una versión revisada y actualizada
de «Los aspectos básicos de la fiscalidad de las inversiones», que aporta al
lector información actualizada sobre la normativa correspondiente (en
Estados Unidos).
Regla 1. Intereses y dividendos
Los intereses y dividendos tributan como renta ordinaria salvo: (a) las
rentas derivadas de obligaciones estatales, municipales y similares, que están
exentas de tributación federal, pero que pueden estar sujetas a tributación
estatal, (b) los dividendos que representen rendimiento del capital, (c) ciertos
dividendos abonados por sociedades de inversión (véase más adelante), y (d)
los 100 primeros dólares de dividendos de sociedades ordinarias de Estados
Unidos.
Regla 2. Ganancias y pérdidas de capital
Las ganancias y pérdidas de capital obtenidas a corto plazo se combinan
para obtener la ganancia o pérdida neta de capital obtenida a corto plazo. Las
ganancias y pérdidas de capital obtenidas a largo plazo se combinan para
obtener la ganancia o pérdida neta de capital obtenida a largo plazo. Si la
ganancia neta de capital obtenida a corto plazo es superior a la pérdida neta de
capital obtenida a largo plazo, se incluirá como renta el 100% de dicha
diferencia. El tipo tributario máximo que se cargará sobre dicha cantidad es
del 25% hasta los primeros 50 000 dólares de tales ganancias, y el 35% sobre
el saldo excedente.
La pérdida neta de capital (el importe que exceda de la ganancia de
capital) se puede deducir de la renta ordinaria hasta un máximo de 1000
dólares en el año en curso y en cada uno de los cinco años siguientes.
Alternativamente, las pérdidas no utilizadas se pueden aplicar en cualquier
momento para compensar las ganancias de capital. (Las pérdidas trasladadas
de ejercicios anteriores a 1970 reciben un tratamiento más liberal que las
pérdidas posteriores).
Nota relativa a las «sociedades de inversión reguladas»
La mayor parte de los fondos de inversión («sociedades de inversión»)
disfrutan de beneficios concedidos en virtud de estipulaciones especiales del
derecho tributario, que les permite tributar, en lo principal, como si fuesen
asociaciones. De este modo, si consiguen beneficios a largo plazo con los
valores, pueden distribuirlos en forma de «dividendo por ganancia de capital»
que será declarado por sus accionistas de la misma forma que las ganancias a
largo plazo. Tales ganancias soportan un tipo tributario inferior al de los
dividendos ordinarios. Alternativamente, tales sociedades pueden optar por
tributar al 25% por cuenta de sus accionistas y después retener el saldo de las
ganancias de capital sin distribuirlas en forma de dividendos por ganancias de
capital.
3. Los aspectos básicos de la fiscalidad de las inversiones (actualizado a
2003) (en Estados Unidos)
Intereses y dividendos
Los intereses y dividendos tributan al tipo fiscal de la renta ordinaria
salvo: (a) los intereses que tengan su origen en obligaciones municipales, que
están exentas del impuesto de la renta federal, pero que pueden estar sujetas a
impuestos estatales, (b) dividendos que representen un rendimiento del
capital, y (c) repartos de ganancias de capital a largo plazo realizados por
fondos de inversión (véase más adelante). Las obligaciones municipales de
actividades privadas, incluso cuando estén incluidas dentro de un fondo de
inversión, pueden hacer que quede usted sujeto al impuesto mínimo
alternativo federal.
Ganancias y pérdidas de capital
Las ganancias y pérdidas de capital obtenidas a corto plazo se combinan
para obtener la ganancia o pérdida neta de capital obtenida a corto plazo. Las
ganancias y pérdidas de capital obtenidas a largo plazo se combinan para
obtener la ganancia o pérdida neta de capital obtenida a largo plazo. Si su
ganancia de capital neta a corto plazo es mayor que su pérdida de capital neta
a largo plazo, la diferencia se considera renta ordinaria. Si hay una ganancia
de capital neta a largo plazo, dicha ganancia tributa a un tipo de ganancia de
capital favorable, que generalmente es el 20%, y que se reducirá al 18% en el caso de inversiones adquiridas después del 31 de diciembre de 2000 y que
hayan sido conservadas durante más de cinco años.
La pérdida de capital neta se puede deducir de la renta ordinaria hasta un
máximo de 3000 dólares en el ejercicio en curso. Cualquier pérdida de capital
que exceda de 3000 dólares se puede aplicar a ejercicios posteriores para
compensar futuras ganancias de capital.
Fondos de inversión
En su condición de «sociedades de inversión reguladas», prácticamente
todos los fondos de inversión aprovechan las estipulaciones especiales del
derecho tributario que les eximen del pago del impuesto de sociedades.
Después de vender participaciones a largo plazo, los fondos de inversión
pueden distribuir los beneficios en forma de «dividendos de ganancia de
capital», que en manos de sus accionistas serán tratados como ganancias a
largo plazo. Éstas tributan a un tipo inferior (por lo general, el 20%) al de los
dividendos ordinarios (que están sujetos a un tipo que puede llegar al 39%).
Por lo general, deberá evitar la realización de grandes inversiones nuevas
durante el cuarto trimestre de cada ejercicio, momento en el cual se suelen
distribuir estos repartos de ganancias de capital; de lo contrario, incurrirá en
una obligación tributaria por una ganancia obtenida por el fondo antes de que
fuese usted propietario de éste.
4. La nueva especulación en acciones ordinarias[1]
Lo que voy a decir es reflejo de los muchos años que he pasado en Wall
Street, con sus concomitantes variedades de experiencias. Entre estas
experiencias cabe mencionar la recurrente aparición de nuevas situaciones, de
una nueva atmósfera, que pone en tela de juicio el valor de la propia
experiencia. Es cierto que uno de los elementos que distingue a la economía, a
las finanzas y al análisis de valores de otras disciplinas prácticas es la incierta
validez de los fenómenos del pasado a la hora de servir de guía para el
presente y el futuro. Sin embargo, no tenemos ningún derecho a desdeñar las
lecciones del pasado hasta que, por lo menos, las hayamos estudiado y
comprendido. Mi discurso de hoy es un esfuerzo encaminado a dicha
comprensión en un campo limitado, en concreto, un esfuerzo por señalar
algunas relaciones de contraste entre el presente y el pasado en estas actitudes
subyacentes hacia la inversión y la especulación con acciones ordinarias.
Permítaseme comenzar con un resumen de mi tesis. En el pasado, los
elementos especulativos de las acciones ordinarias residían de manera casi
exclusiva en la propia empresa; se debían a las incertidumbres, a los
elementos fluctuantes, a debilidades puras y duras del sector, o de la
configuración individual de la empresa. Estos elementos de especulación
siguen existiendo, por supuesto; no obstante, podría decirse que se han
reducido considerablemente como consecuencia de una serie de
acontecimientos a largo plazo a los que me referiré posteriormente. Sin
embargo, a modo de venganza, se ha introducido un nuevo e importante
elemento de especulación en el terreno de las acciones ordinarias, y este
elemento proviene de fuera de las propias empresas. Su origen se puede
localizar en las actitudes y puntos de vista del público que compra acciones y
de sus asesores, que principalmente somos nosotros, los analistas de valores.
Esta actitud podría describirse en un simple enunciado: la atención centrada
principalmente en las expectativas para el futuro.
Nada parecerá más lógico y natural para esta audiencia que la idea de que
las acciones ordinarias deberían ser valoradas, y su precio debería
establecerse, principalmente atendiendo al resultado futuro que se espera para
la empresa. Sin embargo, este concepto de apariencia sencilla lleva consigo
una serie de paradojas y obstáculos. Por una parte, reduce a cenizas una buena
parte de las antiguas y bien establecidas distinciones entre la inversión y la
especulación. El diccionario dice que la palabra «especular» proviene del latín
«specula», atalaya o puesto de vigilancia. Por lo tanto, era el especulador el
que se dedicaba a estar vigilante y el que se daba cuenta de que se iban a
producir ciertos acontecimientos futuros antes de que otras personas se
percatasen. Sin embargo, en la actualidad, si el inversor es inteligente o está
bien asesorado, también tiene que disponer de su atalaya sobre el futuro, o
más bien tiene que compartir la atalaya codo con codo con el especulador.
En segundo lugar, hemos descubierto que en la mayor parte de los casos,
las empresas que tienen las mejores características de inversión, es decir, la
mejor calificación crediticia, son aquellas que tienen más probabilidades de
atraer el mayor interés especulativo sobre sus acciones ordinarias, puesto que
todo el mundo da por descontado que tienen garantizado un futuro brillante.
En tercer lugar, el concepto de perspectivas futuras, y en especial el concepto
de crecimiento sostenido en el futuro, invita a la aplicación de fórmulas
derivadas de la alta matemática para determinar el valor presente de las
acciones más apreciadas en el mercado. Sin embargo, se puede utilizar la
combinación de unas fórmulas precisas y unas hipótesis extraordinariamente precisas para establecer, o más bien, para justificar, prácticamente cualquier
valor que se desee, por elevado que éste sea, para unas acciones realmente
extraordinarias. Sin embargo, paradójicamente, ese mismo hecho, si lo
sometemos a un examen pormenorizado, entraña que no es posible establecer
y mantener ningún valor, ni ninguna banda razonablemente reducida de
valores, con respecto a una determinada empresa de crecimiento; de ahí que
en ocasiones el mercado pueda valorar el componente de crecimiento de una
empresa con una cifra llamativamente reducida.
Volviendo a mi distinción entre los antiguos y los modernos elementos
especulativos de las acciones ordinarias, podríamos describirlos con dos
palabras de imponente factura, pero muy apropiadas: endógeno y exógeno.
Permítaseme ilustrar brevemente el concepto tradicional de acción
especulativa, en cuanto a sus diferencias con respecto a la acción de
inversión, aportando ciertos datos relativos a American Can y a Pennsylvania
Railroad, en 1911–1913. (Estos datos aparecen en Benjamin Graham y
David L. Dodd, Security Analysis, McGraw-Hill, 1940, págs. 2–3).
En estos tres años la banda de precios de «Pennsy» únicamente osciló
entre 53 y 65, o lo que es lo mismo, entre 12,2 y 15 veces sus beneficios
medios de ese período. La empresa mostró unos beneficios firmes, pagó un
dividendo fiable de 3 dólares y los inversores estaban seguros de que estaba
apoyada por un activo tangible que tenía un valor sustancialmente mayor que
su valor a la par de 50 dólares. Por el contrario, el precio de American Can
osciló en una banda de entre 9 y 47; sus beneficios oscilaron entre 7 centavos
y 8,86 dólares; el ratio de precio a beneficio medio a tres años osciló entre 1,9
veces y 10 veces; no pagó ningún tipo de dividendo; los inversores
sofisticados eran perfectamente conscientes de que el valor a la par de 100
dólares no representaba nada, salvo «agua» no revelada, puesto que la acción
preferente era muy superior a los activos tangibles que tenía a su disposición.
Por lo tanto, las acciones ordinarias de American Can eran un valor
especulativo representativo, puesto que American Can Company era en
aquella época una empresa especulativamente capitalizada de un sector en
fluctuación y extremadamente incierto. De hecho, American Can tenía un
futuro mucho más brillante que el de Pennsylvania Railroad; sin embargo,
este hecho no sólo no era ni siquiera intuido por parte de los inversores o los
especuladores en aquella época, sino que además, aun en el caso de que lo
hubiesen sabido, los inversores probablemente lo habrían dejado de lado,
puesto que habrían considerado que era básicamente irrelevante para las políticas de inversión y los programas de inversión aplicables en los años
1911–1913.
Ahora me gustaría exponerles la evolución que ha tenido a lo largo del
tiempo la importancia concedida a las perspectivas a largo plazo de las
inversiones. Me gustaría utilizar como ejemplo a nuestra empresa industrial
de grandes dimensiones más espectacular; nada menos que IBM, que el año
pasado entró en el reducido grupo de empresas que tienen un volumen de
ventas de 1000 millones de dólares. ¿Podría introducir una o dos notas
autobiográficas en este momento, para inyectar un pequeño toque personal a
lo que de lo contrario sería una fría exposición de cifras? En 1912 dejé la
universidad durante un trimestre para ocuparme de un proyecto de
investigación realizado para la US Express Company. Nuestro objetivo
consistía en encontrar la repercusión sobre los ingresos de un nuevo sistema
revolucionario que se había propuesto para calcular las tarifas de envíos
urgentes. A tal fin utilizamos las máquinas conocidas como Hollerith, que
eran alquiladas por la entonces denominada Computing-Tabulating-
Recording Company. Estas máquinas estaban compuestas por taladradoras de
tarjetas, clasificadoras de tarjetas y tabuladores, instrumentos que en aquella
época resultaban prácticamente desconocidos para los empresarios y que
habían tenido su principal aplicación en la Oficina del Censo. Empecé a
trabajar en Wall Street en 1914 y al año siguiente las obligaciones y las
acciones ordinarias de C.-T.-R. Company empezaron a cotizar en la Bolsa de
Nueva York. Pues bien, yo tenía una especie de interés sentimental en esa
empresa, y además me consideraba una especie de experto tecnológico en sus
productos, puesto que era uno de los pocos profesionales de las finanzas que
los había visto y los había utilizado. Por lo tanto, a principios de 1916 me
dirigí al director de mi firma, conocido como Mr. A. N. y le indiqué que las
acciones de C.-T.-R. estaban cotizando en la banda media de los 40 (con
105 000 acciones); le dije que había conseguido unos beneficios de 6,50
dólares en 1915; que su valor contable, en el que estaban incluidos, por
supuesto, algunos intangibles no segregados, era de 130 dólares; que había
puesto en marcha una política de dividendo de 3 dólares y que yo
personalmente tenía en alta estima los productos y las perspectivas de la
empresa. Mr A. N. me dirigió una mirada de conmiseración. «Ben», me dijo,
«no vuelvas a mencionarme esa empresa en la vida. No la tocaría ni con un
palo de 3 metros de largo. [Ésa era su frase favorita]. Sus obligaciones al 6%
cotizan en la franja baja de los 80 y no son buenas. De manera que, ¿cómo
podrían ser buenas sus acciones? Todo el mundo sabe que no hay nada detrás de esa empresa, salvo agua». (Glosario: en aquella época, ése era el máximo
enunciado de condenación. Significaba que la cuenta de activos del balance
era ficticia. Muchas empresas industriales, destacablemente U. S. Steel, a
pesar de su valor a la par de 100 dólares, no representaban nada más que
agua, y lo disimulaban en una cuenta de instalaciones sobredimensionada.
Dado que no tenían «nada» en que apoyarse, salvo su capacidad de
generación de beneficios y sus perspectivas para el futuro, ningún inversor
que se respetase a sí mismo les dedicaría ni un segundo de reflexión).
Volví a mi cubículo de estadístico, humillado y avergonzado por mi
atrevimiento juvenil. Mr. A. N. no sólo era experto y había cosechado un gran
éxito, sino que también era extraordinariamente inteligente y perspicaz. Tanto
me impresionó su condena sin paliativos de la Computing-Tabulating-
Recording que nunca en mi vida compré una acción de esa empresa, ni
siquiera después de que cambiase su nombre por el de International Business
Machines en 1926.
Analicemos ahora esta misma empresa con su nuevo nombre en 1926, un
año en el que el mercado de las acciones estaba a un nivel bastante elevado.
En aquella época, publicó por primera vez su partida de fondo de comercio en
el balance, y dicha partida ascendía a la considerablemente importante suma
de 13,6 millones de dólares. Mr. A. N. había tenido razón. Prácticamente todo
el dinero de lo que había dado en denominarse capital en el cual se apoyaban
sus acciones ordinarias en 1915 había sido agua, nada más que agua. Sin
embargo, desde aquella época la empresa había conseguido un impresionante
historial bajo la dirección de T. L. Watson Senior. Su neto había aumentado
de 691 000 dólares a 3,7 millones, multiplicándose por más de cinco, una
espectacular ganancia porcentual, mayor de lo que iba a conseguir en
cualquier período posterior de once años. Había acumulado un estupendo
capital tangible en el que apoyar las acciones ordinarias, y había realizado un
desdoblamiento de acciones de 3,6 por 1. Había establecido una política de
dividendos de 3 dólares para las nuevas acciones, mientras que los beneficios
ascendían a 6,39 dólares por cada acción. Cabría haber esperado que el
mercado de valores en 1926 se hubiese mostrado relativamente entusiasmado
por una empresa con semejante historial de crecimiento y una posición
comercial tan sólida. Veamos. La banda de precios durante ese ejercicio fue
de 31 mínimo, 59 máximo. A una media de 45, seguía cotizando al mismo
multiplicador de siete veces sus beneficios, y al mismo 6,7% de rendimiento
por dividendo al que cotizaba en 1915. En su punto mínimo de 31 no estaba
muy por encima del valor nominal de su activo tangible y, en ese sentido, su precio estaba determinado de una forma mucho más conservadora que once
años antes.
Estos datos ilustran, igual de bien que podrían hacerlo cualesquiera otros,
la persistencia de los puntos de vista tradicionales sobre la inversión hasta los
años culminantes del período alcista de mercado de la década de 1920. Lo que
ha pasado desde entonces se puede resumir utilizando intervalos de diez años
en la historia de IBM. En 1936, el neto se expandió hasta duplicar las cifras
de 1926, y el multiplicador medio ascendió de 7 a 17,5. De 1936 a 1946, la
ganancia fue de 2,5 veces, pero el multiplicador medio en 1946 seguía
estando en el nivel de 17,5. A partir de esa fecha el ritmo se aceleró. El neto
de 1956 prácticamente cuadruplicó la cifra de 1946, y el multiplicador medio
ascendió a 32,5. El último año, con una ganancia adicional del neto, el
multiplicador volvió a ascender hasta una media del 42, si no incluimos en la
ecuación el capital no consolidado de la filial en el extranjero.
Cuando examinamos estas recientes cifras de precios con detenimiento,
podemos apreciar algunas analogías y contrastes interesantes con respecto a
las cifras que se daban 40 años antes. El agua tan escandalosa en aquella
época, y tan omnipresente en los saldos de las empresas industriales, ha sido
escurrida, en primer lugar mediante la publicidad que se debe dar a las
cuentas, y después mediante las cancelaciones de las partidas que la
contenían. Sin embargo, el mercado de valores ha vuelto a recuperar una clase
diferente de agua en sus valoraciones, y han sido los inversores y los
especuladores los encargados de incorporarla. Teniendo en cuenta que IBM
cotiza en la actualidad a siete veces su valor contable, en lugar de hacerlo a
siete veces sus beneficios, el efecto es prácticamente el mismo que si no
tuviese ningún tipo de valor contable en absoluto. Alternativamente, cabría
interpretar que el pequeño elemento de valor contable constituye una especie
de componente de importancia secundaria de capital preferente del precio, y
que el resto representa exactamente el mismo tipo de compromiso contraído
por los especuladores de antaño cuando compraban acciones ordinarias de
Woolworth o de U. S. Steel apoyándose únicamente en su capacidad de
generación de beneficios y sus perspectivas para el futuro.
Merece la pena destacar, de pasada, que en los 30 años que han sido
testigos de la transformación de IBM de una empresa que valía 7 veces sus
beneficios a otra que vale 40 veces sus beneficios, buena parte de lo que he
denominado aspectos especulativos endógenos de nuestras grandes empresas
industriales han tendido a desaparecer, o por lo menos a disminuir en gran
medida. Su situación financiera es firme, sus estructuras de capital conservadoras: están gestionadas de una forma mucho más experta, e incluso
diría mucho más honrada, que en el pasado. Adicionalmente, los requisitos de
publicidad absoluta han acabado con uno de los principales elementos
especulativos del pasado: el que derivaba de la ignorancia y el misterio.
Permítaseme otra digresión personal. En mis primeros años en Wall
Street, una de las acciones misteriosas favoritas era Consolidated Gas of New
York, en la actualidad Consolidated Edison. Era propietaria, en forma de
filial, de la rentable New York Edison Company, pero únicamente declaraba
los dividendos percibidos de esta fuente, no todas sus ganancias. Las
ganancias no declaradas de Edison eran la fuente del misterio y del «valor
oculto». Para mi sorpresa, descubrí que estas cifras que se cuchicheaban al
oído en Wall Street estaban realmente publicadas, ya que tenían que
presentarse todos los años en el registro de la Comisión de Servicios Públicos
del estado. Era simplemente cuestión de consultar los registros y de exponer
los verdaderos beneficios de Consolidated Gas en un artículo de una revista.
(Por cierto, la adición a los beneficios no era espectacular). Uno de mis
amigos, de más edad que yo, me dijo en aquella época: «Ben, es posible que
pienses que eres un tipo genial por aportar esas cifras que se echaban en falta,
pero ten en cuenta que Wall Street no te va a agradecer el esfuerzo en
absoluto. Consolidated Gas con todo su halo de misterio es más interesante y
más valiosa que sin ese halo. Vosotros, los jovenzuelos que queréis meter la
nariz en todas partes, vais a arruinar a Wall Street».
Es cierto que las tres M que en aquella época aportaban tanto combustible
a las calderas especulativas prácticamente han desaparecido en la actualidad.
Esas M eran el Misterio, la Manipulación y los (pequeños) Márgenes. Sin
embargo, nosotros, los analistas de valores, hemos creado por nuestra cuenta
métodos de valoración que son tan especulativos por naturaleza que podrían
ocupar perfectamente el lugar de aquellos antiguos factores especulativos.
¿No tenemos nuestras propias «3 M» en la actualidad, en forma nada menos
que de la Minnesota Mining and Manufacturing Company (3 M), y no ilustra
su capital ordinario perfectamente la nueva especulación, en contraste con la
antigua? Analicemos unas cuantas cifras. Cuando las acciones ordinarias de
M. M. & M. cotizaron el año pasado a 101, el mercado estaba valorando la
empresa a 44 veces los beneficios de 1956, que a la larga acabaron siendo los
mismos que en 1957, ya que en este año no se produjo ningún incremento de
beneficios del que pueda hablarse. La propia empresa estaba valorada en 1700
millones de dólares, de los cuales 200 millones de dólares estaban cubiertos
por activos netos, y la bonita cifra de 1500 millones de dólares era representativa de la valoración realizada por el mercado de su «fondo de
comercio». No sabemos qué proceso de cálculo ha sido el empleado para
alcanzar esa valoración del fondo de comercio; lo que sí sabemos es que unos
pocos meses después el mercado revisó su valoración a la baja en unos 450
millones de dólares, lo que supone aproximadamente el 30%. Por supuesto, es
imposible calcular de manera exacta el elemento intangible de una empresa
tan espléndida como ésta. Podría afirmarse que se puede formular una especie
de ley matemática según la cual cuanto mayor es la trascendencia del fondo
de comercio o del factor de generación de beneficios futuro, más incierto es el
verdadero valor de la empresa y, por lo tanto, más inherentemente
especulativo es su capital ordinario.
Posiblemente, convendría reconocer una esencial diferencia que ha ido
surgiendo en la valoración de estos activos intangibles, cuando comparamos
los viejos tiempos con los actuales. Hace una generación o más, la norma,
reconocida tanto en los precios medios de las acciones como en las tasaciones
formales o legales, era que los intangibles se debían valorar de una forma más
conservadora que los tangibles. Una buena empresa industrial podía verse
obligada a obtener entre el 6% y el 8% sobre su activo tangible, representado
habitualmente por obligaciones y capital preferente; sin embargo, sus
beneficios excedentarios, o los activos intangibles a los que daban lugar,
estarían valorados con arreglo a criterios de, por ejemplo, el 15%. (Se podrían
encontrar aproximadamente estas proporciones en la oferta inicial de las
acciones preferentes y de las acciones ordinarias de Woolworth y de muchas
otras empresas). No obstante, ¿qué ha pasado desde la década de 1920? En la
actualidad se puede apreciar una relación exactamente inversa a la que hemos
mencionado. Hoy en día, las empresas tienen que ganar por lo general el 10%
sobre su capital ordinario para conseguir cotizar en el mercado medio a su
valor nominal completo. Sin embargo, sus beneficios excedentarios, por
encima del 10% del capital, se suelen valorar de una forma más liberal, o a un
multiplicador más elevado, que los beneficios básicos necesarios para apoyar
el valor contable en el mercado. De esta manera, una empresa que obtenga el
15% sobre el capital bien podría cotizar a 13,5 veces los beneficios, o el doble
de su activo neto. Esto significaría que el primer 10% obtenido sobre el
capital se valora únicamente a 10 veces, pero el siguiente 5%, lo que
tradicionalmente se llamaba «excedente», se valora de hecho a 20 veces.
Existe un motivo lógico para esta inversión en el proceso de valoración,
que está relacionado con el nuevo interés mostrado por las expectativas de
crecimiento. Las empresas que obtienen un elevado rendimiento sobre el capital disfrutan de estas valoraciones liberales no sólo por la buena
rentabilidad que exhiben, y la relativa estabilidad asociada con ella, si no, tal
vez de manera aún más racional, porque los elevados beneficios sobre el
capital suelen ir de la mano de un buen historial de crecimiento y de unas
perspectivas positivas. Por lo tanto, lo que realmente se paga en nuestros días
en el caso de las empresas extraordinariamente rentables no es el fondo de
comercio en el antiguo y restringido sentido de un nombre o marca comercial
bien consolidado y de una empresa o actividad rentable, sino las presuntas
expectativas superiores de obtención de unos mayores beneficios en el futuro.
Esto me lleva a uno o dos aspectos matemáticos adicionales de esta nueva
actitud hacia las valoraciones de las acciones ordinarias, que abordaré
meramente de pasada en forma de breves sugerencias. Si, como demuestran
numerosas pruebas, el multiplicador de los beneficios tiende a aumentar con
la rentabilidad, es decir, a medida que la tasa de rendimiento sobre el valor
contable aumenta, la consecuencia aritmética de esta característica es que el
valor tiende a aumentar directamente como el cuadrado de los beneficios,
pero inversamente respecto del valor contable. Por lo tanto, en un sentido
importante y muy real, el activo tangible se ha convertido en un peso muerto
sobre el valor medio de mercado, en lugar de ser una de sus fuentes.
Tomemos un ejemplo que dista mucho de ser extremo. Si la empresa A gana
4 dólares por acción con un valor contable de 20 dólares, y la empresa B gana
también 4 dólares por acción con un valor contable de 100 dólares, es
prácticamente seguro que la empresa A cotiza a un multiplicador más elevado
y, por lo tanto, a un precio más elevado que la empresa B, por ejemplo, 60
dólares en el caso de las acciones de la empresa A y 35 dólares en el caso de
las acciones de la empresa B. Por lo tanto, no sería inexacto afirmar que los
80 dólares por acción en los que el activo de la empresa B supera al de la
empresa A son los responsables de los 25 dólares por acción de menor
cotización de mercado, puesto que los beneficios por acción se supone que
son iguales.
No obstante, más importante que la relación que se ha mencionado
anteriormente es la relación general existente entre las matemáticas y los
nuevos métodos de abordar los valores de las acciones. Teniendo en cuenta
los tres ingredientes de (a) hipótesis optimistas en cuanto a la tasa de
crecimiento de los beneficios, (b) una proyección suficientemente prolongada
de este crecimiento en el futuro y (c) la milagrosa mecánica del tipo de interés
compuesto, el analista de valores recibe una nueva especie de piedra filosofal,
que permite elaborar o justificar cualquier valoración que se desee para una «acción realmente buena». He comentado recientemente en un artículo en el
Analysts Journal la moda de recurrir a la matemática elevada en los períodos
alcistas de mercado, y he mencionado la exposición realizada por David
Durand sobre la sorprendente analogía que existe entre los cálculos de valor
de las acciones de empresas en crecimiento y la famosa Paradoja de
Petersburgo, que ha sido un desafío y una fuente de confusión para los
matemáticos desde hace más de 200 años. Lo que quiero afirmar es que se
produce una paradoja especial en la relación que existe entre las matemáticas
y las actitudes de inversión en acciones ordinarias, que es la siguiente: por lo
general, se considera que las matemáticas producen resultados precisos y
dignos de confianza; sin embargo, en el mercado de valores, cuanto más
elaborado e incomprensiblemente abstruso es el aparato matemático utilizado,
más inciertas y especulativas son las conclusiones a las que se llega con
dichos cálculos. En 44 años de experiencia y estudio en Wall Street no me he
topado nunca con unos cálculos fiables realizados respecto de los valores de
las acciones ordinarias, o de las concomitantes políticas de inversión, que
fuesen más allá de la aritmética simple o del álgebra más elemental. Siempre
que entraba el cálculo en la ecuación, o el álgebra superior, se podía tomar su
aparición como una señal de advertencia de que el operador estaba tratando
de prescindir de la experiencia y aportar teoría en su lugar, normalmente con
el fin de proporcionar una engañosa apariencia de inversión a la especulación.
Es posible que las viejas nociones sobre inversión en acciones ordinarias
le parezcan simples al sofisticado analista de valores de la actualidad.
Siempre se otorgó más importancia a lo que en la actualidad denominamos
aspectos defensivos de la empresa o de la acción, principalmente la garantía
de que su dividendo no experimentaría una reducción en los años de malos
resultados. Por lo tanto, los sólidos ferrocarriles, que constituyeron el grueso
de la inversión en los valores ordinarios con categoría de inversión de hace 50
años, tenían una consideración muy similar a aquella de la que gozan en la
actualidad los valores ordinarios de las empresas concesionarias de servicios
y suministros públicos. Si el historial de resultados del pasado indicaba
estabilidad, se había cumplido el requisito esencial; no se realizaban grandes
esfuerzos para tratar de prever modificaciones adversas de carácter
subyacente en el futuro. Sin embargo, a la inversa, los inversores más sagaces
consideraban que las perspectivas favorables para el futuro eran algo que se
debía tratar de identificar, pero que no se debía pagar.
En la práctica esto supuso que el inversor no tuviese que pagar ninguna
cantidad sustancial por el hecho de que una empresa tuviese mejores perspectivas a largo plazo. El inversor podía conseguir esas perspectivas
virtualmente de manera gratuita, como recompensa a su superior inteligencia
y capacidad de juicio para seleccionar a las mejores empresas, y no
conformarse con las que simplemente eran buenas. Lo cierto es que las
acciones ordinarias de empresas con la misma solidez financiera, el mismo
historial de beneficios en el pasado y la misma estabilidad de dividendos
cotizaban más o menos todas al mismo rendimiento por dividendo.
Ciertamente, se trataba de una perspectiva corta de miras, pero tenía la
tremenda ventaja de que hacía que la inversión en acciones ordinarias en
aquella época no sólo fuese sencilla, sino esencialmente sensata y
extraordinariamente rentable. Espero no abusar demasiado de su comprensión
si realizo un último apunte personal. En algún momento alrededor de 1920,
nuestra empresa distribuyó una serie de pequeños panfletos titulados
Lecciones para inversores. Por cierto, hizo falta que un pomposo analista de
veintitantos años, a la sazón yo mismo, fuese capaz de acuñar un título tan
autosuficiente y presuntuoso. No obstante, en uno de esos folletos realicé la
afirmación casual de que «si una acción ordinaria es una buena inversión,
también es una buena especulación». Porque, razonaba yo, si una acción
ordinaria fuese tan sólida que aportase muy poco riesgo de pérdida debería
ser, por lo general, lo suficientemente buena como para poseer unas
excelentes probabilidades de ganancia en el futuro. Se trataba de un
descubrimiento absolutamente cierto e incluso valioso, aunque el
inconveniente radicaba en que era cierto precisamente porque nadie le
prestaba atención. Algunos años después, cuando el público se dio cuenta de
los méritos históricos de los que podían hacer gala las acciones ordinarias en
cuanto que inversiones a largo plazo, tales méritos no tardaron en
desaparecer, puesto que el entusiasmo del público dio lugar a unos niveles de
cotización que acabaron con cualquier margen de seguridad que pudiesen
tener incorporado tales valores y, por lo tanto, los expulsaron de la categoría
de instrumentos de inversión. Por supuesto, el péndulo osciló posteriormente
en dirección contraria hasta el otro extremo, y no tardamos en ver a una de las
más respetadas autoridades declarando (en 1931) que ninguna acción
ordinaria podría nunca ser merecedora de la categoría de instrumento de
inversión.
Cuando observamos esta experiencia de largo recorrido con perspectiva,
descubrimos otro conjunto de paradojas en la cambiante actitud que ha
mostrado el inversor hacia las ganancias de capital en comparación con la
renta. Parece una obviedad afirmar que el inversor en acciones ordinarias de antaño no estaba muy interesado en las ganancias de capital. Compraba de
manera prácticamente exclusiva para tratar de obtener seguridad y renta, y
dejaba que fuesen los especuladores los que se interesasen por la
revalorización. En la actualidad, es más probable afirmar que cuanto mayores
son la experiencia y los conocimientos del inversor, menos atención presta a
la rentabilidad por dividendos y más se concentra en la revalorización a largo
plazo. Sin embargo, cabría afirmar, perversamente, que precisamente por el
hecho de que el inversor de antaño no centraba su atención en la futura
revalorización del capital estaba prácticamente garantizando que disfrutaría
de dicha revalorización, por lo menos en el terreno de las acciones de
empresas industriales. A la inversa, el inversor actual está tan preocupado con
prever el futuro que está pagando generosamente por ese futuro, por
adelantado. Por lo tanto, es posible que lo que ha proyectado con tanto estudio
y esfuerzo llegue realmente a materializarse en la práctica y que, no obstante,
no le aporte beneficio alguno. Por otra parte, si no se llega a materializar de la
forma y en la medida en que lo ha previsto, es posible que tenga que afrontar
una seria pérdida temporal, o tal vez incluso permanente.
¿Qué lecciones, y vuelvo a utilizar otra vez el título pretencioso de mi
panfleto de 1920, puede extraer el analista de 1958 de esta conexión entre las
actitudes del pasado y las actitudes actuales? Uno podría sentir la tentación de
responder que ninguna excesivamente valiosa. Podemos mirar al pasado con
nostalgia, recordando los buenos viejos tiempos, cuando únicamente
pagábamos por el presente y podíamos quedarnos con el futuro gratis, una
especie de combinación «todo esto, y el Cielo también». Meneando la cabeza,
musitamos con tristeza para nuestro interior «Aquellos tiempos se han ido
para siempre». ¿No será que los inversores y los analistas de valor han
comido del árbol de la sabiduría del bien y del mal de las predicciones? Al
hacerlo, ¿no será que se han autoexpulsado permanentemente de aquel
Paraíso en el que las prometedoras acciones ordinarias a precios razonables
crecían de los árboles? ¿Estamos condenados a correr permanentemente el
riesgo bien de pagar cantidades irrazonablemente elevadas por la buena
calidad y las perspectivas, o bien de conseguir una calidad y unas perspectivas
que dejen mucho que desear cuando pagamos un precio aparentemente
razonable?
Ciertamente, tal parece ser la situación. Sin embargo, no es posible estar
seguro ni siquiera de ese pesimista dilema. Recientemente, realicé una
pequeña investigación en la historia a largo plazo de ese gigante empresarial,
General Electric, estimulado por un arrebatador gráfico en el que se mostraban 59 años seguidos de ganancias y dividendos que se recogía en su
Memoria de 1957, recientemente publicada. Estas cifras no están exentas de
sorpresas para un analista capaz de percibirlas. Por una parte, indican que
antes de 1947 el crecimiento de GE fue relativamente modesto y muy
irregular. Los beneficios de 1946, ajustados por acción, eran únicamente un
30% superiores a los de 1902, 52 centavos en comparación con 40 centavos, y
en ningún ejercicio de este período llegaron a duplicarse los beneficios de
1902. Sin embargo, el PER aumentó de 9 veces en 1910 y 1916, a 29 veces en
1936 y nuevamente en 1946. Podría afirmarse, por supuesto, que el
multiplicador de 1946 era, como mínimo, representativo de esa afamada
presciencia que adorna la mente de los inversores sagaces. Nosotros, los
analistas, fuimos capaces de prever en aquel año el auténticamente brillante
período de crecimiento que se avecinaba en la siguiente década. Tal vez fuera
así. Sin embargo, algunos de ustedes recordarán que el siguiente año, 1947,
que estableció un impresionante nuevo punto máximo de los beneficios por
acción de GE, estuvo marcado también por una extraordinaria retracción del
PER. En su punto mínimo de 32 (antes del desdoblamiento 3 por 1) GE en
realidad volvió a cotizar, de nuevo, a solamente 9 veces sus beneficios
actuales, y su cotización media de ese ejercicio únicamente ascendió a 10
veces sus beneficios. Nuestra bola de cristal ciertamente se nubló en el breve
espacio de 12 meses.
Este llamativo reverso tuvo lugar hace solamente 11 años. Esto arroja una
ligera sombra de duda, en mi opinión, sobre la absoluta fiabilidad de la
popular creencia extendida entre los analistas según la cual las empresas
destacadas y prometedoras siempre van a cotizar a elevados ratios de precio a
beneficio; lo cual es un fenómeno natural esencial en el mundo del inversor, y
además éste puede llegar a aceptarlo e incluso es posible que le llegue a
agradar. No siento ningún deseo en absoluto de mostrarme dogmático sobre
esta cuestión. Lo único que puedo decir es que me parece que todavía no está
resuelta de manera definitiva, y que cada uno de ustedes tendrá que esforzarse
por resolverla por sí mismo.
Sin embargo, en mis indicaciones finales sí puedo decir algo definitivo
acerca de la estructura del mercado de diferentes tipos de acciones ordinarias,
en cuanto a sus características de inversión y especulación. En los viejos
tiempos, el carácter de inversión de una acción ordinaria era más o menos el
mismo que, o por lo menos era proporcional a, el de la propia empresa que la
había emitido, que venía medido con bastante exactitud por su calificación
crediticia. Cuanto menor era el rendimiento de sus obligaciones o de sus acciones preferentes, más probable era que las acciones ordinarias
satisficieran todos los criterios para ser consideradas inversión satisfactoria, y
menor era el elemento de especulación relacionado con su adquisición. Esta
relación entre la calificación especulativa de las acciones ordinarias y la
calificación como inversión de la sociedad se podía expresar de manera
gráfica de una forma bastante exacta como una línea recta que descendiese de
izquierda a derecha. Sin embargo, en la actualidad yo diría que ese gráfico
tendría forma de U. A la izquierda, cuando la propia empresa es de naturaleza
especulativa y su calificación crediticia es baja, las acciones ordinarias son,
por supuesto, extraordinariamente especulativas, al igual que lo han venido
siendo desde tiempo inmemorial. En el extremo derecho, sin embargo, cuando
la empresa tiene la máxima calificación crediticia como consecuencia tanto de
su historial como de sus perspectivas para el futuro, que serán ambos de la
naturaleza más impresionante que quepa imaginar, descubriremos que el
mercado de valores tiene tendencia a incorporar de manera más o menos
ininterrumpida un extraordinario elemento especulativo en las acciones
ordinarias, mediante el sencillo método de determinar un precio tan elevado
que las obligue a soportar una considerable cantidad de riesgo.
En este momento no puedo evitar introducir una cita llamativamente
relevante, aunque bastante exagerada, sobre esta cuestión, que encontré
recientemente en uno de los sonetos de Shakespeare:
¿No he visto a moradores del favor o la forma,
perderlo todo y más aún pagando alta renta?
Volviendo a mi gráfico imaginario, el área central sería el lugar en el que
el elemento especulativo de las adquisiciones de acciones ordinarias tendería
a estar en su punto mínimo. En esta zona podríamos encontrar muchas
empresas bien establecidas y sólidas, con un historial de crecimiento en el
pasado correspondiente al de la economía nacional en conjunto, y con unas
perspectivas para el futuro aparentemente de la misma naturaleza. Tales
acciones ordinarias podrían comprarse, en la mayor parte de los casos, salvo
en las etapas superiores de un período alcista de mercado, a precios
moderados respecto de su valor intrínseco declarado. De hecho, a causa de la
actual tendencia tanto de inversores como de especuladores a concentrarse en
las acciones con más oropel, me atrevería a hacer la afirmación de que estas
acciones de la zona intermedia suelen cotizar, en conjunto, bastante por
debajo de sus valores determinados de forma independiente. Por lo tanto,
cuentan con un factor de margen de seguridad proporcionado por las mismas preferencias y prejuicios del mercado que suelen destruir el margen de
seguridad de las acciones más prometedoras. Además, en esta amplia
variedad de empresas existe mucho margen para realizar penetrantes análisis
de los historiales y para ejercer una selección discriminatoria en el terreno de
las perspectivas sobre el futuro, a lo cual se puede añadir la mayor seguridad
otorgada por la diversificación.
Cuando Faetón insistió en conducir el carro del Sol, su padre, el experto
operador, ofreció al neófito algunos consejos que después éste no siguió,
pagando las consecuencias. Ovidio resumió el consejo de Febo en tres
palabras:
Medius tutissimus ibis
(Por el medio segurísimo irás).
Creo que ese consejo sigue siendo válido para los inversores y sus
asesores analistas de valores.
5. La historia de un ejemplo: Aetna Maintenance Co.
La primera parte de esta historia es una reproducción de nuestra edición
de 1965, en donde apareció con el título de «Un horrible ejemplo». La
segunda parte resume la metamorfosis que experimentó posteriormente la
empresa.
Creo que tendrá un saludable efecto sobre la actitud futura de nuestros
lectores hacia las ofertas públicas iniciales de nuevas empresas el hecho de
que citemos un «horrible ejemplo» con cierto detalle en este momento. Está
tomado de la primera página de la Guía de Acciones de Standard & Poor’s, e
ilustra, llevando el ejemplo al extremo, las flagrantes debilidades de las
salidas a bolsa que tuvieron lugar en 1960–1962, las extraordinarias
sobrevaloraciones que les atribuyó el mercado y su posterior desplome.
En noviembre de 1961, se vendieron al público 154 000 acciones
ordinarias de Aetna Maintenance Co., a 9 dólares, y su cotización no tardó en
subir hasta 15 dólares. Antes de la financiación, el activo neto por acción
rondaba los 1,20 dólares, pero dicho activo se incrementó hasta poco más de 3
dólares por acción gracias al dinero recibido por las nuevas acciones.
Las acciones y los beneficios antes de la financiación eran los siguientes:
* Correspondiente a seis meses.
Las cifras correspondientes después de la financiación eran las siguientes:
En 1962 la cotización retrocedió hasta 2,75, y en 1964 cotizó a
únicamente 0,875. Durante este período no se pagaron dividendos.
COMENTARIO: Era una empresa demasiado pequeña para cotizar en bolsa.
La acción se vendió, y se compró, atendiendo a los resultados de un buen
ejercicio; antes de ese ejercicio los resultados habían sido irrisorios. No había
nada en la naturaleza de ésta extraordinariamente competitiva empresa para
asegurar la estabilidad en el futuro. Al precio elevado alcanzado poco después
de la salida a bolsa, el insensato público estaba pagando mucho más por cada
dólar de beneficios y de activos que por la mayor parte de nuestras mejores y
grandes empresas. Es justo reconocer que se trata de un ejemplo extremo,
pero dista mucho de ser único; los casos de sobrevaloraciones de menor
entidad, aunque también inexcusables, se cuentan por cientos.
Acontecimientos posteriores 1965 – 1970
En 1965 entraron nuevos intereses en la empresa. La unidad de negocio de
mantenimiento de edificios, que no era rentable, fue vendida, y la empresa se
lanzó a un proyecto completamente diferente: la fabricación de aparatos
electrónicos. El nombre se cambió por el de Haydon Switch and Instrument
Co. Los resultados sobre los beneficios no han sido impresionantes. En los
cinco años que van de 1965 a 1969 la empresa obtuvo unos beneficios medios
de únicamente 8 centavos por acción del «viejo capital», habiendo percibido 34 centavos en el mejor año, 1967. No obstante, siguiendo un estilo
verdaderamente moderno, la empresa llevó a cabo un desdoblamiento de las
acciones 2 por 1 en 1968. La cotización de mercado también siguió la norma
de Wall Street. Pasó de 0,875 en 1964 al equivalente de 16,5 en 1968
(después del desdoblamiento). La cotización en la actualidad supera el récord
establecido en los entusiastas días de 1961. En esta ocasión, la
sobrevaloración ha sido mucho peor que en la anterior. La acción cotiza en la
actualidad a 52 veces los beneficios de su único año bueno, y a unas 200
veces los beneficios medios. Además, la sociedad volvió a declarar un déficit
en el mismo año en el que se alcanzaba su cotización máxima. Al año
siguiente, 1969, el precio comprador cayó hasta 1 dólar.
PREGUNTAS: ¿Sabían los idiotas que pagaron más de 8 dólares por esta
acción en 1968 algo sobre el historial anterior de la empresa, su historial de
beneficios quinquenal, el valor de sus activos (que por cierto era muy
pequeño)? ¿Sabían todo lo que estaban recibiendo por su dinero o, por mejor
decir, lo poco que estaban recibiendo por su dinero? ¿Les importaba? ¿Tiene
alguien en Wall Street algún tipo de responsabilidad por la periódica
repetición de las operaciones especulativas descerebradas, asombrosamente
generalizadas e inevitablemente catastróficas que se suelen llevar a la práctica
con estos tipos de vehículos?
6. Contabilidad tributaria de la adquisición por parte de NVF de
acciones de Sharon Steel
1. NVF adquirió el 88% del capital de Sharon en 1969, pagando por cada
acción 70 dólares en obligaciones al 5% de NVF, con vencimiento en
1994, y con warrants para adquirir 1,5 acciones de NVF a un precio de
22 dólares por acción. El valor inicial de mercado de las obligaciones
aparentemente únicamente fue del 43% del par, mientras que los
warrants cotizaron a 10 dólares por cada acción de NVF afectada. Esto
significó que los accionistas de Sharon únicamente recibían 30 dólares
de valor en obligaciones, y 15 dólares de valor en warrants por cada
acción que entregaban, un total de 45 dólares por acción.
(Aproximadamente éste era el precio medio de las acciones de Sharon
durante el año 1968, y también fue su cotización al cierre de ese
ejercicio). El valor nominal de Sharon era de 60 dólares por acción. La
diferencia entre este valor nominal y el valor de mercado de las
acciones de Sharon representaba aproximadamente 21 millones de
dólares sobre las 1 415 000 acciones de Sharon que se adquirieron.
2. El tratamiento contable estaba diseñado para conseguir tres objetivos:
(a) Dar a la emisión de las obligaciones el tratamiento que habría
correspondido a una «venta» de tales obligaciones a 43, con lo que se
ofrecía a la empresa una deducción de los resultados en concepto de
amortización por el gran descuento sufrido por las obligaciones por
importe de 54 millones de dólares. (De hecho, se estaría cobrando
aproximadamente el 15% de interés anual sobre los «ingresos» de la
emisión de obligaciones por importe de 99 millones de dólares). (b)
Compensar esta carga por descuento de las obligaciones con un
«beneficio» aproximadamente igual consistente en un abono a la
cuenta de resultados de una décima parte de la diferencia entre el
precio de coste de 45 de las acciones de Sharon y su valor contable de
60. (Esto correspondería, a la inversa, a la práctica exigida de imputar
a los resultados de cada año una parte del precio pagado por las
adquisiciones por encima del valor contable de los activos adquiridos).
(c) El atractivo de este método radicaría en que la empresa podría
ahorrar inicialmente unos 900 000 dólares al año, o lo que es lo
mismo, 1 dólar por acción en el impuesto sobre la renta por estos dos
asientos anuales, puesto que la amortización del descuento de las
obligaciones podría deducirse de los resultados imponibles, pero la
amortización del «excedente de capital respecto del coste» no tenía
que ser obligatoriamente incluida en los resultados sujetos a
tributación.
3. Este tratamiento contable queda reflejado tanto en la cuenta
consolidada de pérdidas y ganancias como en el balance consolidado
de NVF correspondiente al ejercicio 1969, y en las versiones proforma
de 1968. Como una buena parte del coste de las acciones de Sharon
iban a recibir el tratamiento que les correspondería al haber sido
pagadas mediante warrants era necesario mostrar el valor inicial de
mercado de los warrants como parte integrante de la cifra de capital de
las acciones ordinarias. Por lo tanto, en este caso, a diferencia de
cualquier otro del cual tengamos conocimiento, se asignó un valor
sustancial a los warrants en el balance, literalmente más de 22
millones de dólares (aunque, ciertamente, sólo se reflejó en una nota
explicativa).
7. Las empresas tecnológicas como inversiones Agradecimientos de Jason Zweig
En los boletines informativos de Standard & Poor’s de mediados de 1971
aparecían enumeradas aproximadamente 200 empresas cuyos nombres
comenzaban por Compu-, Data-, Electro-, Scien-, Techno-.
Aproximadamente la mitad de tales empresas estaban encuadradas en alguna
zona del sector informático. Todas ellas cotizaban en el mercado o habían
presentado su solicitud para ser admitidas a cotización y poder vender su
capital al público.
Un total de 46 de estas empresas aparecían en la Guía de Acciones de
S&P de septiembre de 1971. De estas empresas, 26 declaraban déficits,
únicamente seis habían conseguido unos beneficios superiores a 1 dólar por
acción, y solamente cinco de ellas pagaban dividendo.
En el número de diciembre de 1968 de la Guía de Acciones habían
aparecido 45 empresas con unos nombres tecnológicos similares. Siguiendo
los acontecimientos posteriores acaecidos a las empresas enumeradas en esta
lista, tal y como aparecen reflejados en la Guía de septiembre de 1971,
encontramos las siguientes evoluciones:
COMENTARIO: Es prácticamente seguro que las muchísimas empresas
tecnológicas que no estaban incluidas en la Guía de 1968 habrán tenido un
historial posterior aún peor que el de aquellas que sí estaban incluidas;
además, es un hecho también incuestionable que las 12 empresas que han
desaparecido de la lista tuvieron unos resultados peores que aquellas que han
permanecido. Los espantosos resultados que exhiben estas muestras son, sin
duda, razonablemente indicativos de la calidad y del historial de precios de
todo el grupo de acciones «tecnológicas». El fantástico éxito de IBM y de
unas cuantas empresas más estaba condenado a producir una multitud de
ofertas públicas iniciales en su terreno, para las cuales estaba prácticamente
garantizado un futuro plagado de enormes pérdidas.