El inversor inteligente

Benjamin Graham · Capítulo 5 de 48

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El inversor inteligente

Capítulo 1. Inversión en contraposición a especulación: Resultados que puede esperar el inversor inteligente

Capítulo 1

 

Inversión en contraposición a especulación: Resultados

que puede esperar el inversor inteligente

 

Este capítulo mostrará un esquema de las opiniones que se van a exponer

durante el resto del libro. En particular, queríamos exponer desde el principio

nuestro concepto de política de cartera adecuada para un inversor individual,

no profesional.

 

Inversión en contraposición a especulación

 

¿Qué queremos decir cuando empleamos el término «inversor»? A lo

largo del libro el término se empleará en contraposición al término

«especulador». Ya en 1934, en nuestro libro de texto [1] Security Analysis,

tratamos de formular con precisión la diferencia que existe entre los dos, de la

siguiente manera: «Una operación de inversión es aquella que, después de

realizar un análisis exhaustivo, promete la seguridad del principal y un

adecuado rendimiento. Las operaciones que no satisfacen estos requisitos son

especulativas».

Aunque nos hemos aferrado tenazmente a esta definición a lo largo de los

38 años siguientes, merece la pena destacar los cambios radicales que se han

producido en el uso del término «inversor» durante este período. Después del

gran declive del mercado que tuvo lugar entre 1929 y 1932 en Estados Unidos

todas las acciones ordinarias se consideraban, de manera generalizada,

especulativas por su propia naturaleza. (Una importante autoridad declaró, sin

matizaciones, que únicamente las obligaciones podían ser comparadas con

objetivos de inversión[2]). De modo que en aquella época tuvimos que

defender nuestra definición frente a la alegación de que ofrecía un ámbito

demasiado amplio al concepto de inversión.

En la actualidad nuestra preocupación es exactamente la contraria.

Tenemos que evitar que nuestros lectores acepten el uso ordinario que aplica

el término «inversor» a todos y cada uno de los que se encuentran presentes

en el mercado de valores. En nuestra última edición citábamos el siguiente titular de un artículo de portada del principal periódico financiero de Estados

Unidos, publicado en junio de 1962:

 

Los pequeños inversores adoptan una postura bajista: venden en descubierto lotes

incompletos.

 

En octubre de 1970 el mismo periódico publicaba un artículo editorial en

el que se criticaba a los que denominaba «inversores imprudentes», que en

esta ocasión se afanaban en el lado comprador.

Estas citas ilustran suficientemente la confusión que ha dominado durante

muchos años en el uso de las palabras inversión y especulación. Piense en la

definición de inversión que hemos propuesto anteriormente, y compárela con

la venta de unas cuantas acciones por parte de un miembro inexperto del

público, que ni siquiera es propietario de lo que está vendiendo, y que tiene

una convicción, que en gran medida es puramente emocional, de que va a

poder recomprarlas a un precio muy inferior. (No es improcedente señalar que

cuando apareció el artículo de 1962, el mercado ya había experimentado un

declive de importancia sustancial, y estaba a punto de experimentar un

repunte de aún mayor entidad. Era probablemente uno de los peores

momentos posibles para vender en descubierto). En un sentido más general, la

expresión utilizada en el segundo caso de «inversores imprudentes» podría ser

considerada como una contradicción en los términos digna de carcajada, algo

así como «avaros manirrotos», si esta utilización improcedente de las palabras

no fuese tan nociva.

El periódico empleaba la palabra «inversor» en estos casos porque en el

despreocupado lenguaje de Wall Street, todo aquel que compra o vende un

valor se convierte en un inversor, con independencia de lo que compre, o de

cuál sea su objetivo, o el precio que paga, o de que lo haga al contado o a

margen. Compare esta situación con la actitud que mostraba el público hacia

las acciones en 1948, cuando más del 90% de los encuestados se declaraban

contrarios a la compra de acciones[3]. Aproximadamente la mitad afirmaba

que su motivo era que «no era seguro, que creía que la bolsa era un juego de

azar», y aproximadamente la otra mitad afirmaba que el motivo era que «no

estaba familiarizado con ese tipo de operaciones[4]». Es realmente paradójico

(aunque en modo alguno sorprendente) que las compras de acciones de todo

tipo fuesen consideradas de manera bastante generalizada como

extraordinariamente especulativas o arriesgadas justo en el momento en el

que esos instrumentos se vendían en las condiciones más atractivas, y en el

que estaban a punto de experimentar la mayor subida de cotización que han tenido en toda la historia; a la inversa, el propio hecho de que hubiesen subido

hasta niveles que eran indudablemente peligrosos a juzgar por la experiencia

pasada las convirtió, en un momento posterior, en «inversiones», y a todo el

público que compraba acciones, en «inversores».

La distinción entre inversión y especulación con acciones ordinarias

siempre ha sido útil, y el hecho de que esa distinción esté desapareciendo es

un motivo de preocupación. Frecuentemente hemos afirmado que Wall Street,

como institución, haría bien si recuperara esa distinción y si la expusiese

explícitamente en sus relaciones con el público. De lo contrario, las bolsas de

valores podrían ser acusadas algún día de ser las causantes de las pérdidas

extraordinariamente especulativas, con el argumento de que quienes las

habían sufrido no fueron suficientemente advertidos contra ellas.

Paradójicamente, una vez más, buena parte de los recientes problemas de

imagen financiera de algunas agencias de valores parece provenir de la

inclusión de acciones especulativas en sus propios fondos de capital.

Confiamos en que el lector de este libro llegue a adquirir una idea

razonablemente clara de los riesgos inherentes a las operaciones realizadas

con acciones, riesgos que son inseparables de las oportunidades de obtener

beneficios que ofrecen, y que deben ser tenidos en cuenta, tanto los unos

como las otras, en los cálculos realizados por el inversor.

Lo que acabamos de decir indica que es posible que ya no exista la

posibilidad de crear una cartera compuesta por acciones ordinarias

representativas seleccionadas con arreglo a una política de inversión

absolutamente pura, en el sentido de que siempre se puede esperar adquirirlas

a un precio que no entrañe ningún tipo de riesgo de pérdida de mercado o de

«cotización» de entidad suficientemente grande para que pueda resultar

inquietante. En la mayor parte de los períodos el inversor deberá reconocer la

existencia de un factor especulativo en su cartera de valores. Es

responsabilidad suya asegurarse de que ese elemento queda confinado a unos

límites estrictos, y también es responsabilidad suya estar preparado financiera

y psicológicamente para sufrir resultados negativos cuya duración puede ser

breve o prolongada.

Se deberían añadir dos párrafos sobre la especulación con valores por sí

misma, en contraposición al elemento especulativo que en la actualidad es

inherente a la mayor parte de acciones representativas. La especulación sin

matices no es ni ilegal, ni inmoral ni (para la mayor parte de las personas) un

método de engordar la cartera. Al margen de eso, un cierto nivel de

especulación es a la vez necesario e inevitable, porque en muchas situaciones que afectan a las acciones existen sustanciales posibilidades tanto de obtener

beneficios como pérdidas, y los riesgos de dichas circunstancias deben ser

asumidos por alguna persona[5]. Hay especulación inteligente, de la misma

manera que hay inversión inteligente. No obstante, hay muchas formas de

conseguir que la especulación no sea inteligente. De entre ellas las más

destacadas son: (1) especular en la errónea creencia de que lo que se está

haciendo en realidad es invertir; (2) especular de manera seria en vez de

hacerlo como mero pasatiempo, si se carece de los adecuados conocimientos

y capacidades para hacerlo; y (3) arriesgar en operaciones especulativas más

dinero del que se puede permitir perder.

De acuerdo con nuestra concepción conservadora, todos los no

profesionales que operen [6] a margen deberían reconocer que están

especulando ipso facto, y es obligación de su corredor advertirles de que lo

están haciendo. Además, cualquier persona que compre un valor de lo que

han dado en denominarse acciones «recalentadas», o que haga cualquier tipo

de operación que en esencia sea similar a ésa, está especulando o haciendo

una apuesta. La especulación siempre es fascinante, y puede ser muy divertida

siempre y cuando sus resultados sean favorables. Si quiere probar suerte,

separe una porción, cuanto más pequeña mejor, de su patrimonio, colóquela

en una cuenta separada y destínela a este fin. No añada nunca más dinero a

esta cuenta simplemente porque el mercado ha evolucionado al alza y los

beneficios son copiosos. (En realidad, ése será, precisamente, el momento de

empezar a pensar en la posibilidad de retirar dinero del fondo especulativo).

No mezcle nunca sus operaciones especulativas y sus operaciones de

inversión en la misma cuenta, ni en ninguna parte de su proceso de reflexión.

 

Resultados que puede esperar el inversor defensivo

 

Ya hemos afirmado que el inversor defensivo es aquel que está

principalmente interesado en la seguridad y en no tener que molestarse mucho

en la gestión de sus inversiones. En general, ¿qué vía de actuación debería

seguir, y qué rendimientos podría esperar en «condiciones medias normales»,

si es que existen realmente tales condiciones? Para responder a estas

preguntas deberemos tener en cuenta en primer lugar lo que escribimos sobre

esta cuestión hace siete años, después, los cambios sustanciales que se han

producido desde entonces en los factores subyacentes que rigen el

rendimiento que puede esperar el inversor y, por último, lo que debería hacer y lo que debería esperar en las circunstancias vigentes a día de hoy (principios

de 1972).

 

1. Qué dijimos hace seis años

 

Recomendamos que el inversor dividiese su cartera entre obligaciones de

primera categoría y acciones ordinarias de primer orden; que la proporción

destinada a obligaciones nunca fuese inferior al 25% ni superior al 75%, por

lo que la cifra destinada a acciones tenía que ser necesariamente la

complementaria; que su opción más sencilla consistiría en mantener una

proporción 50-50 entre las dos alternativas, introduciendo ajustes para

restaurar la igualdad cuando la evolución del mercado la hubiese

desequilibrado en un 5% aproximadamente. Como política alternativa podría

optar por reducir el componente de acciones al 25% «si tenía la impresión de

que el mercado había alcanzado un nivel peligrosamente elevado» y, por el

contrario, que podía incrementarla hacia el máximo del 75% «si tenía la

impresión de que el declive en la cotización de las acciones estaba haciendo

que éstas fuesen cada vez más atractivas».

En 1965 el inversor podía obtener aproximadamente el 4,5% de

rendimiento con las obligaciones de primera categoría sujetas a tributación y

el 3,25% con unas buenas obligaciones exentas de tributación. La rentabilidad

por dividendo de las principales acciones (con el índice DJIA en un nivel del

892) ascendía únicamente al 3,2%. Este hecho, en combinación con algunos

otros, recomendaba una postura cauta. Dejábamos entender que «en niveles

normales de mercado» el inversor debería ser capaz de obtener una

rentabilidad por dividendo inicial de entre el 3,5% y el 4,5% por sus

adquisiciones de acciones, a la que debería añadir un incremento firme de

valor subyacente (y en el «precio de mercado normal») de una cesta de

acciones representativas aproximadamente del mismo importe, lo que

arrojaría un rendimiento combinado por dividendos y revalorización de

aproximadamente el 7,5% al año. La división en partes iguales entre

obligaciones y acciones arrojaría una rentabilidad de aproximadamente el 6%

antes de impuestos. Añadimos que el componente de acciones debería

incorporar un sustancial nivel de protección frente a la pérdida de capacidad

de compra provocada por la inflación a gran escala.

Se debe destacar que los cálculos anteriores señalaban unas expectativas

de un tipo de revalorización del mercado de valores muy inferior al que se

había obtenido entre 1949 y 1964. Esa tasa de crecimiento había alcanzado un promedio bastante superior al 10% en lo tocante al conjunto de acciones

cotizadas y, por lo general, se consideraba que era una especie de garantía de

resultados igualmente satisfactorios respecto de lo que cabía esperar en el

futuro. Pocas personas estaban dispuestas a considerar seriamente la

posibilidad de que ese elevado tipo de revalorización en el pasado significase

realmente que la cotización de las acciones estaba «en un nivel demasiado

elevado en la actualidad» y, por lo tanto, que «los maravillosos resultados

obtenidos desde 1949 no fuesen un augurio de muy buenos resultados, sino

por el contrario de malos resultados, para el futuro[7]».

 

2. Qué ha ocurrido desde 1964

 

El principal cambio desde 1964 ha sido el incremento de los tipos de

interés ofrecidos por las obligaciones de primera categoría, que han alcanzado

unos niveles máximos en términos históricos, aunque desde entonces se ha

producido una considerable recuperación desde los precios inferiores de 1970.

El rendimiento que se puede obtener con las buenas emisiones empresariales

ronda en la actualidad el 7,5%, y aún más en comparación con el 4,5% de

1964. Mientras tanto, la rentabilidad por dividendo de las acciones de tipo

DJIA experimentaron un razonable incremento también durante el declive del

mercado de 1969-70, pero en el momento en el que escribimos (con el «Dow»

a 900) es inferior al 3,5% en comparación con el 3,2% de finales de 1964. El

cambio en los tipos de interés vigentes provocó un declive máximo de

aproximadamente el 38% en el precio de mercado de las obligaciones a medio

plazo (digamos 20 años) durante este período.

Estos acontecimientos tienen un aspecto paradójico. En 1964 realizamos

una prolongada exposición sobre la posibilidad de que el precio de las

acciones pudiese ser demasiado elevado y estar sujeto a un severo declive en

última instancia; no obstante, no consideramos específicamente la posibilidad

de que lo mismo pudiese pasar con el precio de las obligaciones de primera

categoría. (Tampoco lo hizo nadie de quien tengamos noticia). Lo que sí

hicimos fue advertir (en la página 90) de que «una obligación a largo plazo

puede experimentar grandes variaciones de precio en respuesta a los cambios

de los tipos de interés». A la luz de lo que ha ocurrido desde entonces,

creemos que esta advertencia, con sus correspondientes ejemplos, fue

insuficientemente destacada. Porque el hecho es que si el inversor hubiese

tenido una cantidad concreta en el DJIA a su precio de cierre de 874 en 1964,

habría obtenido un pequeño beneficio sobre dicha cantidad a finales de 1971; incluso en el nivel inferior (631) de 1970 la pérdida declarada habría sido

inferior que la que se muestra en las obligaciones a largo plazo de buena

categoría. Por otra parte, si hubiese limitado sus inversiones en obligaciones a

bonos de ahorro de Estados Unidos, emisiones empresariales a corto plazo o

cuentas de ahorro, no habría experimentado pérdida en el valor de mercado de

su principal a lo largo del período y habría disfrutado de un mejor

rendimiento por renta que el ofrecido por las buenas acciones. Por lo tanto,

resultó que los auténticos «equivalentes a efectivo» acabaron siendo mejores

inversiones en 1964 que las acciones ordinarias, a pesar de la experiencia de

inflación que, en teoría, debería haber favorecido a las acciones en relación

con el efectivo. La reducción en el valor del principal cotizado de las

obligaciones a largo plazo de buena categoría fue consecuencia de los

acontecimientos que tuvieron lugar en el mercado de dinero, una zona de

difícil comprensión, que normalmente no influye mucho en la política de

inversión de los particulares.

Ésta es otra más de la innumerable serie de experiencias que se han

producido a lo largo del tiempo y que han demostrado que el futuro de los

precios de los valores nunca puede darse por sabido por adelantado[8].

Prácticamente siempre las obligaciones han fluctuado mucho menos en precio

que las acciones y, por lo general, los inversores siempre han podido adquirir

buenas obligaciones con cualquier tipo de vencimiento sin tener que

preocuparse sobre las variaciones que pudiese experimentar su valor de

mercado. Esta regla general ha sufrido unas cuantas excepciones, y el período

siguiente a 1964 resultó ser una de ellas. Volveremos a hablar sobre las

modificaciones de los precios de las obligaciones en un capítulo posterior.

 

3. Expectativas y política a finales de 1971 y principios de 1972

 

Hacia finales de 1971 era posible obtener un interés sujeto a tributación

del 8% con obligaciones empresariales a medio plazo de buena calidad, y del

5,7% exento de tributación con unas buenas obligaciones estatales o

municipales. En el terreno del más corto plazo, el inversor podía obtener

aproximadamente el 6% en emisiones de la Administración estadounidense

reembolsables en un plazo de cinco años. En este último caso, el comprador

no tenía que preocuparse de una posible pérdida de valor de mercado, puesto

que estaba seguro del íntegro reembolso, incluido el 6% de rendimiento por

intereses, al final de un período de tenencia relativamente breve. El DJIA al recurrente nivel de precios de 900 imperante en 1971 únicamente rinde el

3,5%.

Partamos de la hipótesis de que en la actualidad, al igual que en el pasado,

la decisión de política básica que se debe adoptar es la forma de repartir los

fondos entre obligaciones de gran categoría (o lo que se denomina también

«equivalente a efectivo») y las principales acciones de tipo DJIA. ¿Qué vía

debería seguir el inversor en las condiciones actuales, si no tenemos ningún

motivo sólido para predecir ni un movimiento sustancial al alza ni un

movimiento sustancial a la baja durante un cierto período en el futuro? En

primer lugar, hemos de destacar que si no se producen cambios adversos

serios, el inversor defensivo debería estar en condiciones de contar con el

actual rendimiento por dividendo del 3,5% respecto de su inversión en

acciones y también en una apreciación anual media de aproximadamente el

4%. Como explicaremos posteriormente, esta apreciación se basa

esencialmente en la reinversión por diversas empresas de un importe anual

correspondiente con cargo a los beneficios no distribuidos. Haciendo los

cálculos con criterios antes del pago de impuestos, el rendimiento combinado

de estas acciones alcanzaría, por lo tanto, una media de aproximadamente el

7,5%, algo menos que el interés ofrecido por las obligaciones de primera

categoría[9]. Haciéndolos con criterios después de impuestos el rendimiento

medio de las acciones oscilaría en torno al 5,3%.[10] Esta cifra sería

aproximadamente igual a la que se puede obtener en la actualidad con unas

buenas obligaciones a medio plazo exentas de tributación.

Estas expectativas resultan mucho menos favorables para las acciones en

comparación con las obligaciones de lo que eran en nuestro análisis de 1964.

(Esa conclusión es consecuencia inevitable del hecho esencial de que las

rentabilidades de las obligaciones han aumentado mucho más que las

rentabilidades de las acciones desde 1964). Nunca debemos perder de vista el

hecho de que los pagos de intereses y principal de las obligaciones de buena

calidad están mucho mejor protegidos y, por lo tanto, son más seguros que los

dividendos y las revalorizaciones de las acciones. En consecuencia, estamos

obligados a llegar a la conclusión de que en la actualidad, aproximándonos al

final de 1971, las inversiones en obligaciones parecen claramente preferibles

a las inversiones en acciones. Si pudiéramos estar seguros de que esta

conclusión es correcta, tendríamos que aconsejar al inversor defensivo que

pusiese todo su dinero en obligaciones y nada de su dinero en acciones

ordinarias hasta que la actual relación de rentabilidades cambiase

sustancialmente a favor de las acciones.

La cuestión es que, por supuesto, no podemos estar seguros de que las

obligaciones vayan a seguir siendo mejor que las acciones a partir de los

niveles actuales. El lector pensará inmediatamente en el factor de la inflación

como uno de los principales argumentos para sostener lo contrario. En el

siguiente capítulo afirmaremos que nuestra considerable experiencia con la

inflación en Estados Unidos a lo largo de este siglo no apoyaría la elección de

acciones a costa de las obligaciones con los actuales diferenciales de

rendimiento. No obstante, siempre existe la posibilidad, aunque nosotros la

consideramos remota, de una aceleración en la inflación, que de una o de otra

forma acabase haciendo que los valores de capital fuesen preferibles a las

obligaciones pagaderas o rescatables por un importe fijo de dinero[11]. Existe

la posibilidad alternativa, que también consideramos extraordinariamente

improbable, de que las empresas estadounidenses lleguen a conseguir un nivel

tal de beneficios, sin que se produzca una aceleración de la inflación, que se

justifique un gran aumento de los valores de las acciones en los años

venideros. Por último, también existe la posibilidad más probable de que

vayamos a ser testigos de otro gran aumento especulativo en el valor de

mercado que no tenga una justificación real en los valores subyacentes.

Cualquiera de estas razones, y tal vez otras que no se nos han ocurrido,

podrían hacer que el inversor lamentase tener una concentración del 100% en

obligaciones, incluso a sus niveles de rendimiento más favorables.

Por lo tanto, después de esta abreviada exposición de las principales

consideraciones, volveremos a enunciar la misma política de compromiso

básico para los inversores defensivos: es decir, que en todo momento tengan

una parte sustancial de sus fondos en carteras de tipo obligación y una parte

significativa también en acciones. Sigue siendo cierto que pueden optar entre

mantener un reparto sencillo a partes iguales entre los dos componentes o una

proporción diferente en función de su valoración, que varíe entre el mínimo

del 25% y el máximo del 75% de cualquiera de las dos. Ofreceremos nuestra

opinión más detallada sobre estas políticas alternativas en un capítulo

posterior.

Teniendo en cuenta que en el momento presente el rendimiento global que

cabe esperar de las acciones ordinarias es prácticamente el mismo que el de

las obligaciones, el rendimiento actualmente previsible (incluida la

revalorización de las acciones) por parte del inversor experimentaría poca

variación con independencia de la forma en que éste repartiese sus fondos

entre los dos componentes. Tal y como se ha calculado anteriormente, el

rendimiento agregado de ambas partes debería rondar el 7,8% antes de impuestos o el 5,5% con arreglo a criterios de rendimiento exento de

tributación (o haciendo los cálculos después del pago de impuestos). Un

rendimiento de esta magnitud es apreciablemente superior al que habría

obtenido a largo plazo el inversor conservador típico durante la mayor parte

del pasado. Es posible que no parezca atractivo en relación con el 14%,

aproximadamente, de rendimiento exhibido por las acciones durante los 20

años de evolución predominantemente alcista de mercado que siguieron a

1949. No obstante, debería recordarse que entre 1949 y 1969 el precio del

DJIA se había multiplicado por más de cinco, mientras que sus ganancias y

dividendos se habían multiplicado por dos, aproximadamente. Por lo tanto, la

mayor parte de los impresionantes resultados de mercado de ese período se

basaban en una modificación de las actitudes de los inversionistas y los

especuladores, más que en el incremento de valor subyacente de las empresas.

En ese sentido, podría afirmarse que se trataba de un crecimiento

autoinducido por sugestión.

Al hablar sobre la cartera de acciones del inversor defensivo hemos

limitado nuestros comentarios exclusivamente a emisiones de máxima

categoría del tipo que se incluyen en los 30 títulos integrados en el Dow Jones

Industrial Average. Lo hemos hecho únicamente por comodidad, y no para

dar a entender que solamente esas 30 emisiones son adecuadas para dicho tipo

de inversor. De hecho, hay muchas otras empresas de una calidad equivalente

o superior a la media de la cesta del Dow Jones; entre ellas se podrían

mencionar numerosas empresas concesionarias de servicios públicos (que

disponen de una media Dow Jones independiente para representarlas[12]). No

obstante, la principal cuestión que se quiere destacar es que los resultados

generales del inversor defensivo no serán, con toda probabilidad,

radicalmente diferentes de una lista diversificada representativa a otra o, por

decirlo más exactamente, que ni dicho inversor ni sus asesores serán capaces

de predecir con certeza cuáles son las diferencias que acabarán produciéndose

en la práctica en última instancia. Es cierto que se supone que el arte de la

inversión hábil radica especialmente en la selección de aquellos valores que

vayan a dar mejores resultados que el mercado en general. Por motivos que

expondremos en otro momento, somos escépticos respecto a la capacidad que

tengan en general los inversores defensivos de conseguir resultados mejores

que la media, lo que, si nos paramos a reflexionar, supondría en realidad tener

que superar sus propios rendimientos generales[13]. (Nuestro escepticismo se

hace extensivo a la gestión de los grandes fondos por parte de expertos).

Permítanos ilustrar nuestra afirmación con un ejemplo que en primera

instancia puede dar la impresión de que demuestra exactamente lo contrario.

Entre diciembre de 1960 y diciembre de 1970 el DJIA pasó de 616 a 839, lo

que supone un incremento del 36%. No obstante, en el mismo período el

índice ponderado de Standard & Poor’s, mucho mayor, compuesto por 500

acciones pasó de 58,11 a 92,15, lo que supone un incremento del 58%.

Evidentemente, el segundo grupo habría resultado ser una «compra» mejor

que el primero. Pero ¿quién habría estado dispuesto a predecir en 1960 que lo

que parecía un lote variado de todo tipo de acciones ordinarias iba a conseguir

unos resultados nítidamente mejores que los «treinta tiranos» aristocráticos

del Dow? Todo esto demuestra, insistimos una vez más, que en muy raras

ocasiones se pueden hacer predicciones fiables sobre las variaciones de los

precios, en términos absolutos o relativos.

Repetiremos aquí, sin disculparnos por ello, porque se trata de una

advertencia en la que nunca se insiste lo suficiente, que el inversor no puede

tener esperanzas de conseguir resultados mejores que la media mediante la

adquisición de nuevas ofertas, o de acciones «recalentadas» de cualquier tipo,

expresiones con las que nos referimos a aquellas que están recomendadas para

conseguir un rápido beneficio[14]. En realidad es casi absolutamente seguro

que a la larga ocurrirá exactamente lo contrario. El inversor defensivo debe

limitarse a las acciones de empresas importantes que tengan un prolongado

historial de explotación rentable y que se encuentren en una sólida situación

financiera. (Cualquier analista de valores que se merezca su salario será capaz

de elaborar una lista con tales empresas). Los inversores agresivos pueden

adquirir otros tipos de acciones, pero tales acciones deberían cotizar en

condiciones definitivamente atractivas, tal y como quedan establecidas

después de un análisis inteligente.

Para concluir esta sección, permítasenos mencionar brevemente tres

conceptos complementarios o prácticas que puede seguir el inversor

defensivo. La primera es la adquisición de acciones de fondos de inversión

bien establecidos como alternativa a la creación de su propia cartera de

acciones. También podría recurrir a uno de los «fondos de inversión común»,

o «fondos combinados» gestionados por empresas de inversión y bancos en

muchos estados; alternativamente, si cuenta con cantidades sustanciales,

puede utilizar los servicios de una firma de asesoramiento de inversión

reconocida. De esta manera obtendrá una administración profesional de su

programa de inversión que seguirá las líneas ordinarias. El tercer concepto es

el método de «promediar el coste en unidades monetarias», que significa simplemente que quien emplea este método invierte en acciones el mismo

número de unidades monetarias cada mes o cada trimestre. De esta forma

adquiere más acciones cuando el mercado está en un punto bajo que las que

adquiere cuando está en un punto elevado, y lo más probable es que a la larga

obtenga un precio general satisfactorio para toda su cartera. En términos

estrictos, este método es una aplicación de un método más general conocido

como «inversión mediante fórmula». Este segundo concepto ya ha sido

mencionado cuando sugerimos que el inversor puede modificar sus carteras

de acciones entre un mínimo del 25% y el máximo del 75%, en relación

inversa a la evolución del mercado. Estas ideas son valiosas para el inversor

defensivo, y se expondrán con mayor amplitud en capítulos posteriores[15].

 

Resultados que puede esperar el inversor agresivo

 

Nuestro comprador de acciones emprendedor, por supuesto, deseará y

esperará obtener unos resultados generales mejores que su colega defensivo o

pasivo. En cualquier caso, lo primero que tiene que hacer es asegurarse de que

sus resultados no sean peores. No resulta muy complicado dedicar una gran

dosis de energía, estudio y capacidad innata a las operaciones en el mercado

de valores y acabar sufriendo pérdidas en vez de disfrutando beneficios. Estas

virtudes, si se canalizan en la dirección equivocada, se transforman, a la hora

de la verdad, en hándicaps. Por lo tanto, es absolutamente esencial que el

inversor emprendedor empiece por adquirir una clara conciencia de las líneas

de actuación que le van a ofrecer unas razonables oportunidades de éxito, y de

aquellas que no lo van a hacer.

En primer lugar analizaremos varios de los comportamientos que los

inversores especuladores han seguido generalmente para obtener resultados

mejores que la media. Entre ellos están los siguientes:

 

1. Operar siguiendo al mercado. Esto supone por lo general comprar

acciones cuando el mercado evoluciona al alza y venderlas después de

que haya alcanzado el punto de inflexión y esté evolucionando a la

baja. Las acciones elegidas estarán, con toda probabilidad entre las que

se hayan estado «comportando» mejor que la media del mercado. Un

pequeño número de profesionales suelen concentrarse en la venta en

descubierto. Con esta técnica venderán acciones de las que no son

propietarios, sino prestatarios, préstamo que se habrá materializado

siguiendo los mecanismos de las bolsas de valores. Su objetivo

consiste en extraer un beneficio de un posterior descenso en la

cotización de tales acciones, mediante su recompra a un precio inferior

a aquél por el que las vendieron. (Como indica nuestra cita tomada del

Wall Street Journal de la página 34, incluso los «pequeños inversores»

por inadecuado que sea el término, en ocasiones, y a pesar de su

inexperiencia, prueban su suerte con la venta en descubierto).

2. Selectividad a corto plazo. Esto significa comprar acciones de

empresas que declaran, o que está previsto que declaren, un aumento

de beneficios, o de empresas respecto de las cuales se prevé algún otro

tipo de acontecimiento favorable.

3. Selectividad a largo plazo. En este terreno normalmente se hace

hincapié en los excelentes resultados de crecimiento en el pasado, que

se considera probable que se mantengan en el futuro. En algunos

casos, además, el «inversor» puede elegir empresas que todavía no

hayan arrojado resultados impresionantes, pero que se espera que

demuestren una elevada capacidad de beneficio en un momento

posterior. (Tales empresas suelen pertenecer frecuentemente al área

tecnológica, por ejemplo, ordenadores, medicamentos, electrónica, y

frecuentemente suelen estar desarrollando nuevos procesos o

productos que se consideran especialmente prometedores).

 

Ya hemos expresado anteriormente una opinión negativa acerca de las

probabilidades generales que tiene el inversor de alcanzar el éxito en estas

áreas de actividad. Hemos excluido la primera técnica, tanto por motivos

teóricos como por motivos realistas, del campo de la inversión. Hacer

operaciones siguiendo al mercado no es un método «que, tras un análisis

exhaustivo, ofrezca seguridad del principal y un rendimiento satisfactorio».

Volveremos a hablar sobre las operaciones de compraventa rápida de valores

en el mercado en un capítulo posterior[16].

En su esfuerzo por elegir las acciones más prometedoras ya sea a corto o

largo plazo, el inversor se enfrenta a obstáculos de dos tipos, el primero

derivado de la falibilidad humana y el segundo de la naturaleza de su

competición. Puede equivocarse en sus estimaciones sobre el futuro; o incluso

aunque acierte, es posible que el precio de mercado actual ya refleje

plenamente lo que el inversor está anticipando. En el área de la selectividad a

corto plazo, los resultados del año en curso de una empresa suelen estar, por

lo general, descontados por el mercado de valores, que ya los conocerá; los

resultados del año siguiente, en la medida en que sean previsibles, ya habrán

sido cuidadosamente tenidos en cuenta. Por lo tanto, el inversor que elige

emisiones basándose principalmente en los resultados superiores obtenidos en

el año en curso, o en lo que se le dice que puede esperar para el año próximo, tiene muchas probabilidades de encontrarse con que muchos otros han hecho

lo mismo que él, por el mismo motivo.

Al elegir acciones por sus perspectivas a largo plazo, el inversor se

enfrenta a unos obstáculos básicamente idénticos. La posibilidad de un error

manifiesto en la predicción, que ilustramos con nuestro ejemplo de las líneas

aéreas de la página 20, es indudablemente mayor que cuando tiene que

abordar los beneficios a más corto plazo. Como los expertos suelen

equivocarse cuando realizan tales previsiones, teóricamente es posible que un

inversor extraiga grandes beneficios si hace predicciones correctas en un

momento en el que el mercado en conjunto está haciendo predicciones

incorrectas. No obstante, eso únicamente ocurre en la teoría. ¿Cuántos

inversores emprendedores pueden dar por supuesto que tienen la capacidad

intelectual o los dones proféticos para superar a los analistas profesionales en

su juego favorito de estimar los beneficios futuros a largo plazo?

Por lo tanto, todo ello nos conduce a la siguiente conclusión, tan lógica

como desconcertante: para disfrutar de una probabilidad razonable de obtener

unos resultados continuados mejores que la media, el inversor debe seguir

unas políticas que sean (1) inherentemente sensatas, firmes y prometedoras, y

(2) que no gocen de popularidad en el mercado de valores.

¿Hay algún tipo de política de ese estilo que tenga el inversor

emprendedor a su disposición? Una vez más, la teoría nos indica que la

respuesta debería ser sí; hay motivos generales para pensar que la respuesta

debería ser afirmativa también en la práctica. Todo el mundo sabe que las

variaciones especulativas de las acciones tienen recorridos demasiado

prolongados en ambas direcciones, con frecuencia en el mercado general y

con certeza, por lo menos, en un número limitado de los valores individuales.

Además, es posible que una acción concreta esté minusvalorada por falta de

interés o por un prejuicio popular injustificado. Podríamos llegar más lejos y

afirmar que en una proporción asombrosamente grande de las operaciones

realizadas con acciones ordinarias, los que las realizan no parece que sean

capaces de distinguir, por utilizar términos que no puedan ser considerados

groseros, una parte de su anatomía de otra. En este libro mostraremos

numerosos ejemplos de discrepancias (pasadas) entre precio y valor. Por lo

tanto, da la impresión de que cualquier persona inteligente, que tenga una

buena capacidad numérica, debería darse todo un festín en el mercado de

valores, aprovechándose de la inconsciencia de otras personas. Eso parece,

pero por algún motivo a la hora de la verdad las cosas no son tan sencillas.

Comprar una acción pasada por alto y, por lo tanto, minusvalorada para obtener beneficios suele ser una experiencia que requiere mucho tiempo y que

pone a prueba la paciencia del inversor. Vender en descubierto una emisión

excesivamente popular y, por lo tanto, sobrevalorada tiene muchas

probabilidades de acabar siendo una prueba no sólo del coraje y la capacidad

de resistencia de la persona, sino también de la profundidad de sus

bolsillos[17]. El principio es sensato, su aplicación con buenos resultados no es

imposible, pero es evidentemente un arte que no resulta fácil dominar.

También hay un grupo bastante amplio de «situaciones especiales», que a

lo largo de varios años puede darse por supuesto que aportarán una jugosa

rentabilidad anual del 20% o más, con un mínimo de riesgo general para

aquellos que sepan manejarse en este terreno. Entre esas situaciones están el

arbitraje entre valores, los pagos o indemnizaciones en caso de liquidación o

las coberturas protegidas de ciertos tipos. El caso más típico es el de una

fusión o adquisición prevista que ofrezca un valor sustancialmente superior

para ciertas acciones que la cotización de dichas acciones en la fecha del

anuncio. El número de este tipo de operaciones ha aumentado en gran medida

en los últimos años, y esto debería haber dado lugar a un período

extraordinariamente rentable para los expertos. Sin embargo, con la

multiplicación de anuncios de fusiones vino una multiplicación de los

obstáculos a las fusiones y de operaciones que no culminaron con éxito; de

este modo, se sufrieron unas cuantas pérdidas individuales en un tipo de

operaciones que hasta entonces habían sido fiables. También es posible que el

tipo de beneficio general disminuyese al enfrentarse a demasiada

competencia[18].

La reducción de la rentabilidad de estas situaciones especiales parece ser

una manifestación de una especie de proceso autodestructivo, similar a la ley

del rendimiento decreciente, que se ha ido desarrollando a lo largo de la vida

de este libro. En 1949 pudimos presentar un estudio de las fluctuaciones del

mercado de valores durante los 75 años anteriores que ratificaba una fórmula,

basada en los beneficios y en los tipos de interés vigentes, para determinar un

nivel para comprar el DJIA por debajo de su valor «central» o «intrínseco», y

para vender por encima de dicho valor. Era una aplicación de la máxima que

regía el comportamiento de los Rothschild: «Comprar barato y vender

caro[19]». Además, tenía la ventaja de funcionar directamente en contra de la

máxima asentada y perniciosa del mercado de valores de que las acciones

debían comprarse porque habían evolucionado al alza y venderse porque

habían evolucionado a la baja. Por desgracia, después de 1949, esta fórmula

dejó de funcionar. Una segunda ilustración la ofrece la famosa «Teoría Dow» de los movimientos del mercado de valores, si se comparan sus espléndidos

resultados declarados para el período que va de 1897 a 1933 y sus resultados

mucho más cuestionables desde 1934.

Un tercer y último ejemplo de las oportunidades de oro que recientemente

no están disponibles es el siguiente: una buena parte de nuestras operaciones

en el mercado de valores habían estado concentradas en la adquisición de

títulos de ocasión que se identificaban fácilmente como tales por el hecho de

que se vendían por debajo de su proporción en el valor de los activos

circulantes netos (capital y de explotación), sin contar la cuenta de

instalaciones y otros activos, y después de deducir todo el pasivo. Estaba

claro que esas acciones se vendían a un precio muy inferior al valor que

tendría la empresa como entidad no cotizada. Ningún propietario ni accionista

mayoritario pensaría en vender sus propiedades por una cifra tan

ridículamente reducida. Sorprendentemente, tales anomalías no eran difíciles

de encontrar. En 1957 se publicó una lista que mostraba prácticamente 200

emisiones de este tipo que estaban disponibles en el mercado. De diversas

maneras prácticamente todos estos títulos de oportunidad resultaron ser

rentables y el resultado anual medio fue mucho más remunerativo que la

mayor parte de las otras inversiones. Sin embargo, este tipo de emisiones

también desapareció prácticamente por completo del mercado de valores a lo

largo de la siguiente década, y con su desaparición, también se esfumó una

zona fiable para realizar hábiles y acertadas operaciones por parte del inversor

emprendedor. No obstante, con los precios mínimos de 1970 volvieron a

aparecer un número considerable de estos títulos que cotizaban «por debajo

del capital circulante» y a pesar de la fuerte recuperación del mercado, seguía

habiendo bastantes de ellos al final del ejercicio como para constituir una

cartera íntegra.

El inversor emprendedor, en las condiciones actuales, sigue teniendo

varias posibilidades de obtener unos resultados mejores que la media. La

enorme lista de valores negociables tiene que incluir un número razonable que

se pueda identificar como minusvalorados en función de unos criterios

lógicos y razonablemente fiables. Estas emisiones deberían rendir unos

resultados más satisfactorios, en promedio, que los del DJIA o cualquier cesta

representativa similar. En nuestra opinión, la búsqueda de este tipo de

emisiones no merecería la pena salvo que el inversor tuviese esperanzas de

añadir, por ejemplo, el 5% antes de impuestos al rendimiento anual medio de

la parte correspondiente a las acciones de su cartera. Trataremos de exponer uno o más de tales métodos de selección de acciones para que los utilice el

inversor activo.