El inversor inteligente

Benjamin Graham · Capítulo 14 de 48

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El inversor inteligente

Comentario al capítulo 5

 

La felicidad humana no es producto tanto de grandes golpes de buena

suerte que rara vez ocurren, sino de las pequeñas ventajas que tienen

lugar todos los días.

 

Benjamin Franklin

 

La mejor defensa es un buen ataque

 

Después de la sarracina que se ha producido en el mercado de valores en

los últimos años, ¿por qué iba a querer ningún inversor defensivo poner un

solo euro en acciones?

En primer lugar, recuerde la insistencia de Graham en que el grado hasta

el cual se debe ser defensivo depende menos de la tolerancia hacia el riesgo

que del deseo de dedicar tiempo y dinero a su cartera. Si se aborda de la

manera adecuada, invertir en acciones es tan sencillo como dejar el dinero en

obligaciones y en metálico. (Como veremos en el capítulo 9, se puede

comprar un fondo referenciado a un índice del mercado de valores sin más

esfuerzo que el que se necesita para vestirse por la mañana).

Como consecuencia del período bajista de mercado que comenzó en el

año 2000, es comprensible que se sienta escaldado y, a su vez, que ese

sentimiento le lleve a determinar que no va a volver a comprar otra acción en

su vida. Como dice el refrán, «el gato escaldado del agua fría huye». Como la

crisis de 20 002 002 fue tan terrible, muchos inversores consideran en la

actualidad que las acciones son instrumentos extraordinariamente arriesgados;

sin embargo, paradójicamente, el propio hecho de entrar en crisis ha

eliminado buena parte del riesgo del mercado de valores. Antes era agua

hirviendo, pero ahora es agua a temperatura ambiente.

Enfocada desde un punto de vista lógico, la decisión sobre poseer o no

poseer acciones en la actualidad no tiene nada que ver con la cantidad de

dinero que se haya perdido con las acciones hace unos pocos años. Cuando

las acciones tienen un precio suficientemente razonable para generar

crecimiento en el futuro, conviene tener acciones, con independencia de las pérdidas que puedan haber ocasionado en los últimos años. Esto es aún más

cierto cuando los rendimientos de las obligaciones son bajos y, por tanto,

reducen la rentabilidad futura de las inversiones en renta fija.

Como hemos visto en el capítulo 3, las acciones estaban (a principios del

año 2003) sólo levemente sobrevaloradas a juzgar por criterios históricos.

Mientras tanto, a sus precios recientes, las obligaciones ofrecen una

rentabilidad tan reducida que el inversor que las compra por su supuesta

seguridad es como el fumador que cree que puede protegerse frente al cáncer

de pulmón fumando solo cigarrillos con bajo contenido en alquitrán. Por muy

defensivo que se sea como inversor, en el sentido de escasa participación que

da Graham a ese término, o en el sentido contemporáneo de escaso riesgo, los

valores actuales significan que debe tener por lo menos parte de su dinero en

acciones.

Afortunadamente, nunca ha sido tan sencillo para un inversor defensivo

comprar acciones. Una cartera en piloto automático permanente, que ponga a

trabajar sin esfuerzo un poco de su dinero todos los meses en inversiones

predeterminadas, puede evitarle la necesidad de tener que dedicar una gran

parte de su vida a seleccionar acciones.

 

¿Debe comprar lo que conoce?

 

En primer lugar examinemos una cosa de la que el inversor defensivo

siempre se tiene que proteger: la creencia de que se pueden elegir acciones sin

hacer ningún tipo de trabajo de preparación. En la década de 1980 y

principios de la década de 1990, uno de los eslóganes de inversión más

populares era «compra lo que conoces». Peter Lynch, que dirigió Fidelity

Magellan de 1977 hasta 1990, período en el que consiguió el mejor historial

obtenido nunca por un fondo de inversión, fue el defensor más carismático de

esa propuesta. Lynch afirmaba que los inversores aficionados tenían una

ventaja que los inversores profesionales habían olvidado cómo utilizar: «El

poder del conocimiento ordinario». Si se descubre un gran restaurante nuevo,

un buen coche, una pasta de dientes o unos vaqueros, o si se da cuenta de que

en el aparcamiento de una empresa cercana siempre hay automóviles, o que

en la sede central de una empresa se sigue trabajando a altas horas de la

madrugada, se tendrá una percepción personal sobre esas acciones que el

analista profesional o el gestor de cartera nunca podría percibir. En palabras

de Lynch, «a lo largo de toda una vida de comprar coches o cámaras se

adquiere un sentido para determinar lo que es bueno y lo que es malo, lo que se vende y lo que no se vende… y lo más importante es que usted lo sabe

antes de que lo sepa Wall Street[1]».

La regla de Lynch, «puede conseguir mejores resultados que los expertos

si utiliza su ventaja invirtiendo en empresas o sectores que ya conozca», no es

absolutamente desacertada, y miles de inversores se han beneficiado con su

puesta en práctica a lo largo de los años. No obstante, la regla de Lynch

únicamente puede funcionar si también respeta su corolario: «Encontrar una

empresa prometedora es sólo la primera parte. A continuación hay que hacer

la investigación». En su beneficio, hay que destacar que Lynch insiste en que

nadie debería invertir nunca en una empresa, por fantásticos que sean sus

productos o por saturado que esté su aparcamiento, sin estudiar sus estados

financieros y sin estimar el valor de su actividad.

Por desgracia, la mayor parte de los compradores de acciones no han

hecho ningún caso a esa parte de su recomendación.

Barbra Streisand, la diva de los operadores intradía, es un buen ejemplo

de la forma en la que la gente ha aplicado incorrectamente las

recomendaciones de Lynch. En 1990 parloteaba: «Todo el mundo va a

Starbucks todos los días, así que he comprado acciones de Starbucks». No

obstante la protagonista de la película musical Funny Girl se olvidó de que

por mucho que te gusten esos cafés con leche largos, sigue siendo necesario

analizar los estados financieros de Starbucks y asegurarse de que la empresa

no está más sobrevalorada incluso que los cafés. Muchísimos compradores de

acciones cometieron el mismo error aumentando sus carteras de acciones de

Amazon.com porque les encantaba su sitio web, o comprando acciones de e*

Trade porque era el intermediario online que utilizaban.

Los «expertos» también atribuyeron valor a esa idea. En una entrevista

televisada por la CNN a finales de 1999, preguntaron directamente al gestor

de cartera Kevin Landis, de Firsthand Funds, lo siguiente: «¿Cómo lo hace?

¿Por qué yo no puedo hacerlo?». (Desde 1995 hasta finales de 1999, el fondo

Firsthand Technology Value había producido un asombroso 58,2% de

beneficios anualizados medios). «En realidad, tú también puedes hacerlo»,

contestó alegremente Landis. «Lo único que tienes que hacer es centrarte en

las cosas que conoces, mantener un estrecho contacto con una industria y

hablar con las personas que trabajan en esa industria todos los días[2]».

La perversión más dolorosa de la regla de Lynch se produjo en los planes

de jubilación de empresa. Si se supone que «tienes que comprar lo que

conoces», ¿qué inversión puede ser mejor para el plan de jubilación que las

acciones de tu propia empresa? Después de todo trabajas en ella; ¿no quiere decir eso que sabes más acerca de la empresa de lo que podría llegar a saber

nunca cualquier analista ajeno a ella? Por desgracia, los empleados de Enron,

Global Crossing y WorldCom, muchos de los cuales habían puesto

prácticamente la totalidad de sus activos de jubilación en las acciones de su

propia empresa, para acabar sin nada, descubrieron que las personas de dentro

de la empresa frecuentemente solo poseen la ilusión del conocimiento, y no el

verdadero conocimiento.

Un equipo de psicólogos dirigido por Baruch Fischhoff, de la Canergie

Mellon University, han documentado un hecho perturbador: familiarizarse

más con una materia no reduce significativamente la tendencia que tienen las

personas a exagerar lo mucho que realmente saben acerca de esa cuestión[3].

Éste es el motivo por el que «invertir en lo que se conoce» puede ser

extraordinariamente peligroso; cuanto más sabemos al principio, menos

probabilidades existen de que examinemos detalladamente la acción en busca

de sus puntos débiles. Esta perniciosa forma de manifestación del exceso de

confianza se denomina técnicamente «predisposición hacia el origen», o

hábito de apegarse a lo que nos resulta familiar:

 

Los inversores individuales tienen tres veces más acciones de su

compañía telefónica local que de todas las demás compañías

telefónicas en conjunto.

El fondo de inversión típico suele estar compuesto por acciones de

empresas cuyas sedes centrales están 200 kilómetros más cerca de la

oficina principal del fondo de lo que está la media de las empresas

estadounidenses.

Los titulares de cuentas de inversión para jubilación mantienen entre el

25 y el 30% de sus activos para la jubilación en acciones de su propia

empresa[4].

 

En pocas palabras, la familiaridad genera complacencia. En los reportajes

informativos de la televisión, ¿no es siempre el vecino, o uno de los mejores

amigos o el padre del delincuente el que dice con una voz de incredulidad

«era una persona muy agradable»? Eso se debe a que siempre que estamos

demasiado cerca de una persona o de una cosa, damos por ciertas nuestras

creencias, en lugar de cuestionarlas como hacemos cuando guardan relación

con algo que nos resulta más distante. Cuanto más familiar resulta una acción,

más probable es que acabe convirtiendo al inversor defensivo en un inversor

perezoso que cree que no tiene que analizar las acciones. No permita que esto

le pase a usted.

¿Se las puede apañar solo?

 

Afortunadamente, para el inversor defensivo que esté dispuesto a hacer las

tareas necesarias para crear una cartera de acciones, ésta es la Edad de Oro:

nunca antes en la historia financiera había sido tan cómodo y barato ser

propietario de acciones[5].

 

Hágalo usted mismo. A través de intermediarios online especializados

como www.sharebuilder.com, www.foliofn.com y www.buyandhold.com

puede comprar acciones automáticamente aunque tenga muy poco dinero en

metálico disponible. Estos sitios web cobran unas cantidades muy reducidas,

en ocasiones de sólo 4 dólares por cada compra periódica de cualquiera de los

miles de acciones de Estados Unidos que tienen disponibles. Puede invertir

todas las semanas o todos los meses, reinvertir los dividendos e incluso

incrementar la cantidad que destina a acciones a través de retiradas

electrónicas de fondos de su cuenta bancaria o mediante el depósito directo de

su nómina. Sharebuilder cobra más por vender que por comprar,

recordándole, como si le diesen un pequeño golpecito en la nariz con un

periódico enrollado, que vender rápidamente es un pecado capital de la

inversión, mientras que FolioFN ofrece un excelente instrumento de

seguimiento tributario.

A diferencia de lo que ocurría con los intermediarios tradicionales o los

fondos de inversión que no le abrirían la puerta por menos de 2000 o 3000

dólares, estas firmas online no tienen requisitos de saldos mínimos y están

adaptadas a la medida de los inversores novatos que quieren poner sus

carteras de inversión en vías de desarrollo en piloto automático. Por supuesto,

una comisión por transacción de 4 dólares se lleva un monstruoso 8% de una

inversión mensual de 50 dólares, pero si ése es todo el dinero del que puede

prescindir, estos sitios de microinversión son prácticamente el único lugar en

el que puede construir una cartera diversificada.

También puede comprar acciones individuales directamente a la sociedad

que las emita. En 1994, la Comisión del Mercado de Valores estadounidense

suavizó las limitaciones que tiempo atrás había impuesto a la venta directa de

acciones al público. Cientos de sociedades reaccionaron creando programas

basados en Internet que permitían a los inversores comprar acciones sin tener

que recurrir a un intermediario. Algunas fuentes de información online útiles

sobre la adquisición directa de acciones son www.dripcentral.com,

www.netstockdirect.com (una filial de Sharebuilder) y www.stockpower.com.

Cabe la posibilidad de que tenga que pagar algunas pequeñas comisiones, que tal vez superen los 25 dólares al año. En cualquier caso, los programas de

adquisiciones directas de acciones suelen ser, por regla general, más baratos

que los intermediarios.

Tenga en cuenta, no obstante, que comprar acciones en pequeños bloques

durante años puede provocar grandes quebraderos de cabeza tributarios. Si no

está dispuesto a llevar un registro permanente y exhaustivamente detallado de

sus adquisiciones, no las haga. Por último, no invierta únicamente en una

acción, ni siquiera en un reducido número de acciones diferentes. Si no está

dispuesto a repartir sus apuestas, no debería apostar en absoluto. La

indicación que daba Graham que recomendaba poseer acciones de entre 10 y

30 empresas sigue siendo un buen punto de partida para los inversores que

deseen seleccionar sus propias acciones, pero estos inversores además deben

asegurarse de que no están excesivamente expuestos a un único sector[6]. (Si

desea más información sobre la forma de seleccionar las acciones

individuales que van a componer su cartera, lea las páginas 135-136 y los

capítulos 11, 14 y 15).

Si después de configurar una cartera de inversión en piloto automático

online de este estilo descubre que hace operaciones más de dos veces al año, o

que pasa más de una o dos horas al mes, en total, dedicándose a sus

inversiones, es que algo ha ido espantosamente mal. No permita que la

facilidad de uso y la sensación de inmediatez de Internet le seduzcan y le

hagan convertirse en un especulador. Un inversor defensivo participa, y gana,

la carrera quedándose quieto.

 

Conseguir ayuda. El inversor defensivo también puede adquirir acciones a

través de un intermediario de precios económicos, un planificador financiero

o una agencia de bolsa de servicios integrales. En el caso de que opte por un

intermediario económico, tendrá usted que hacer la mayor parte de la

selección de valores por sí mismo; las orientaciones que ofrecía Graham le

ayudarán a crear una cartera básica que requiera unas mínimas labores de

mantenimiento y que ofrezca las máximas probabilidades de obtener unos

resultados firmes. Por otra parte, si no puede dedicar el tiempo, o reunir el

interés para hacerlo por usted mismo, no hay ningún motivo para

avergonzarse de contratar a otra persona para que elija las acciones o los

fondos de inversión para usted. En cualquier caso, hay una responsabilidad

que no debe delegar nunca. Usted, y nadie más que usted, debe investigar y

averiguar (antes de entregar su dinero) si el asesor es digno de confianza y cobra unos honorarios razonables. (Si desea más indicaciones, lea el capítulo

10).

 

Subcontrate . Los fondos de inversión son la mejor manera de que el

inversor defensivo aproveche las ventajas de ser propietario de acciones sin

los inconvenientes de tener que velar por su propia cartera. Con un precio

relativamente reducido, se puede obtener un elevado nivel de diversificación

y de comodidad, dejando que sea un profesional el que elija y vigile las

acciones en su nombre. En su versión más brillante, es decir en las carteras

indexadas, los fondos de inversión no requieren prácticamente ningún tipo de

supervisión o mantenimiento. Los fondos referenciados a un índice son una

especie de inversión que tiene muy pocas probabilidades de provocar

cualquier tipo de sufrimiento o sorpresa, incluso aunque nos olvidásemos de

ellos durante 20 años. Son el sueño del inversor defensivo hecho realidad. Si

desea información más detallada, lea el capítulo 9.

 

Allanar el camino

 

En la evolución cotidiana de los mercados financieros, que dan tirones,

sufren crisis, suben y bajan de un día a otro, el inversor defensivo puede

asumir el control del caos. La renuncia a mostrarse activo, la renuncia a

cualquier supuesta capacidad de predecir el futuro, pueden llegar a ser su

arma más eficaz. Al poner todas las decisiones de inversión en piloto

automático, se elimina cualquier autoengaño que pudiese hacerle creer que

sabe cuál va a ser la evolución que sigan las acciones, y se elimina la

capacidad que tiene el mercado de enojar a las personas por desquiciada que

sea su recuperación.

Como indica Graham, la técnica del «promedio de coste monetario» le

permite destinar una cantidad fija de dinero a la inversión en intervalos

periódicos. Todas las semanas, meses o trimestres se compran las acciones,

con independencia de que los mercados hayan subido, bajado o se hayan

mostrado estables. Cualquier fondo de inversión o firma de intermediación

puede transferir de forma automática y segura el dinero electrónicamente en

su nombre, por lo que nunca tendrá que molestarse en firmar un cheque ni

tendrá que sentir la punzada consciente del pago. En esencia, ojos que no ven,

corazón que no siente.

La forma más adecuada de poner en práctica la técnica del promedio de

coste monetario consiste en crear una cartera de fondos referenciados a índices, que posean todas las acciones u obligaciones que merezca la pena

tener. De esta manera, no sólo se renuncia al juego de adivinación de la

evolución que va a seguir el mercado, sino también a la tarea de tratar de

identificar qué sectores del mercado, y qué acciones u obligaciones dentro de

esos sectores, van a conseguir los mejores resultados.

Supongamos que puede apartar 500 dólares al mes. Contratando tres tipos

de fondos referenciados a diferentes índices y aplicando la técnica del

promedio de coste monetario, destinando 300 dólares a un fondo que tenga la

totalidad del mercado de acciones estadounidenses, 100 dólares a otro fondo

que tenga acciones extranjeras y 100 dólares a un fondo que tenga

obligaciones de Estados Unidos, se garantiza que será propietario de

prácticamente todas las inversiones del planeta que merezca la pena tener[7].

Todos los meses, como un reloj, compra más. Si el mercado ha caído, el

importe predeterminado le permite comprar más acciones que el mes anterior.

Si el mercado ha subido, el dinero predeterminado le permitirá comprar

menos acciones. Al colocar su cartera en piloto automático permanente de

esta manera, consigue evitar el riesgo de destinar más dinero al mercado justo

en el momento en el que parece más atractivo (y en realidad es más peligroso)

o negarse a seguir invirtiendo después de una crisis de mercado que haya

hecho que las inversiones sean realmente económicas (aunque aparentemente

sean más «arriesgadas»).

Según Ibbotson Associates, la importante firma de investigación

financiera, si hubiese invertido 12 000 dólares en un índice referenciado al

Standard & Poor’s 500 a principios de 1929, diez años después sólo le

quedarían 7223 dólares. No obstante, si hubiese comenzado con unos escasos

100 dólares y simplemente hubiese ido invirtiendo otros 100 dólares todos los

meses, para agosto de 1939 su dinero habría alcanzado los 15 571 dólares.

Ése es el poder de las compras disciplinadas, incluso en medio de la gran

depresión y con el peor período bajista de mercado de toda la historia[8].

La figura 5.1 ilustra la magia del método del promedio de coste monetario

en un período bajista de mercado más reciente.

Lo mejor de todo, es que después de haber creado una cartera en piloto

automático permanente con fondos de índices en su núcleo, podrá responder a

todas las preguntas sobre el mercado con la respuesta más contundente que un

inversor defensivo puede ofrecer: «Ni lo sé, ni me importa». Si alguien

pregunta si las obligaciones van a conseguir mejores resultados que las

acciones, limítese a responder «ni lo sé, ni me importa»; después de todo, está

comprando automáticamente las dos. ¿Tendrán mejores resultados las acciones de las empresas de asistencia sanitaria que las acciones de las

empresas de alta tecnología? «Ni lo sé, ni me importa». Es usted propietario

permanente de ambas. ¿Cuál será el próximo Microsoft? «Ni lo sé, ni me

importa», siempre y cuando sea lo suficientemente grande para pertenecer a la

cartera, su fondo de índices lo tendrá, y usted aprovechará los frutos.

¿Tendrán mejores resultados las acciones extranjeras que las acciones de

Estados Unidos? «Ni lo sé, ni me importa»; si lo tienen, aprovechará el

beneficio, si no lo tienen, podrá comprar más a precios más bajos.

 

FIGURA 5.1

 

Un grano no hace granero…

 

Desde finales de 1999 hasta finales de 2002, la media del S & P 500 estuvo en caída libre. No obstante,

si hubiese operado una cuenta de fondo de inversión con una inversión mínima de 3000 dólares y

hubiese añadido 100 dólares todos los meses, su desembolso total, por importe de 6600 dólares, habría

perdido el 30,2%, substancialmente menos que el desplome del 41,3% sufrido por el mercado. Aún

mejor, su compra ininterrumpida a precios más bajos le habría ofrecido la base para disfrutar de una

explosiva recuperación cuando el mercado rebotase.

 

Fuente: The Vanguard Group.

 

Al permitirle decir «ni lo sé, ni me importa», la cartera en piloto

automático permanente le libera de la sensación de que tiene que predecir lo

que están a punto de hacer los mercados financieros, y de la ilusión de que todo el mundo puede hacerlo. Ser consciente de lo poco que se puede hacer

respecto al futuro, en combinación con la aceptación de la ignorancia, será el

arma más poderosa que tenga a su alcance el inversor defensivo.