El inversor inteligente

Benjamin Graham · Capítulo 2 de 48

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El inversor inteligente

Una nota sobre Benjamin Graham por Jason Zweig

Una nota sobre Benjamin Graham

por Jason Zweig

 

¿Quién era Benjamin Graham, y por qué debería usted prestar atención a

lo que dijo?

Graham no sólo fue uno de los mejores inversores que han existido jamás;

también fue el mejor pensador práctico sobre inversiones de toda la historia.

Antes de Graham, los gestores de patrimonio se comportaban de una forma

muy similar a la de los gremios medievales, guiados básicamente por la

superstición, las suposiciones y por rituales incomprensibles. La obra de

Graham Security Analysis fue el libro de texto que transformó este círculo

enmohecido en una profesión moderna[1].

Por su parte, El inversor inteligente fue el primer libro en el que se

describió, para los inversores individuales, el marco emocional y las

herramientas analíticas esenciales para el éxito financiero. Sigue siendo,

individualmente considerado, el mejor libro sobre inversión que se ha escrito

para el público general. El inversor inteligente fue el primer libro que leí

cuando empecé a trabajar para la revista Forbes como aprendiz de reportero

en 1987, y me sorprendió la certeza con la que Graham afirmaba que antes o

después todos los períodos alcistas de mercado acaban de mala manera. En

octubre de aquel año las acciones estadounidenses sufrieron su peor crisis en

una sola jornada de la historia, y me enganché a las teorías de Graham. (Hoy

en día, después del período exuberantemente alcista de finales de 1999 y de la

brutal recesión que comenzó a principios de 2000, las afirmaciones de El

inversor inteligente parecen más proféticas que nunca).

Graham adquirió sus conocimientos por las malas: vivió en primera

persona la angustia de la pérdida financiera y estudió durante décadas la

historia y la psicología de los mercados. Nació en Londres el 9 de mayo de

1894, con el nombre de Benjamin Grossbaum; su padre era comerciante de

platos y figuras de porcelana[2]. La familia se trasladó a Nueva York cuando

Ben tenía un año de edad. Al principio disfrutaron de un buen nivel de vida,

con doncella, cocinero y ama de llaves francesa en Upper Fifth Avenue, la

mejor zona de Nueva York. Sin embargo, el padre de Ben falleció en 1903, el

negocio de la porcelana tuvo problemas y la familia cayó rápidamente en la

pobreza. La madre de Ben convirtió su casa en una casa de huéspedes; después, se endeudó para hacer operaciones en el mercado de valores a

margen, y se arruinó con la crisis de 1907. Durante el resto de su vida, Ben

recordaría la humillación de tener que cobrar un cheque para su madre y oír al

cajero preguntando: «¿Tiene Dorothy Grossbaum crédito para cobrar cinco

dólares?».

Afortunadamente, Graham obtuvo una beca en Columbia, donde su

brillantez floreció plenamente. Se graduó en 1914, el segundo de su

promoción. Antes de que concluyese el último semestre de estudios de

Graham, tres departamentos, inglés, filosofía y matemáticas, le habían

solicitado que se uniese a su plantilla docente. Sólo tenía veinte años de edad.

Dejando a un lado el mundo académico, Graham decidió intentarlo en

Wall Street. Comenzó como administrativo en una firma de negociación de

bonos, después empezó a trabajar como analista, más tarde alcanzó el rango

de socio y poco después estaba dirigiendo su propia sociedad de inversión.

El apogeo y posterior caída de Internet no habrían sorprendido a Graham.

En abril de 1919 obtuvo un rendimiento del 250% en el primer día de

cotización de Savold Tyre, una nueva oferta en el floreciente sector de la

automoción; en octubre de ese año se reveló que la empresa era un fraude y

sus acciones no tenían ningún valor.

Graham se convirtió en un maestro de la investigación de las acciones con

un detalle microscópico, casi molecular. En 1925, escarbando entre los

complejos informes presentados por los oleoductos a la Comisión de

Comercio Interestatal de Estados Unidos, descubrió que Northern Pipe Line

Co., que en aquel momento cotizaba a 65 dólares por acción, tenía

obligaciones de gran calidad por un valor mínimo de 80 dólares por acción.

(Adquirió las acciones, no dejó de insistir a sus directivos para que

incrementasen los dividendos y acabó obteniendo 110 dólares por acción tres

años después).

A pesar de las horrorosas pérdidas de casi el 70% que se produjeron

durante la gran crisis de 1929 a 1932, Graham sobrevivió y prosperó en la

época posterior, buscando y seleccionando oportunidades y ocasiones entre

los restos del desastre del mercado alcista. En la actualidad no se conserva un

registro exacto de las primeras rentabilidades obtenidas por Graham, pero

desde 1936 hasta que se retiró en 1956, su Graham-Newman Corp. obtuvo

por lo menos un 14,7% anual, en comparación con el 12,2% obtenido por el

mercado de valores en su conjunto, lo que supone uno de los mejores

antecedentes a largo plazo de la historia de Wall Street[3].

¿Cómo lo consiguió Graham? Combinando su extraordinaria capacidad

intelectual con un profundo sentido común y una amplia experiencia, Graham

desarrolló sus principios básicos, que tienen por lo menos la misma validez en

la actualidad que la que tuvieron durante su vida:

 

Una acción no es un simple símbolo en una tabla de cotización o un

pulso electrónico; es una participación en la propiedad de un negocio

real, con un valor subyacente que no depende de la cotización de la

acción.

El mercado es un péndulo que oscila constantemente entre un

optimismo insostenible (que hace que las acciones sean demasiado

caras) y un pesimismo injustificado (que hace que sean demasiado

baratas). El inversor inteligente es un realista que vende a optimistas y

compra a pesimistas.

El valor futuro de todas las inversiones es una función de su precio

actual. Cuanto mayor sea el precio que se paga, menor será la

rentabilidad que se obtenga.

Por mucho cuidado que se ponga, el único riesgo que ningún inversor

puede eliminar por completo es el riesgo de equivocarse. Únicamente

si se insiste en lo que Graham denominó el «margen de seguridad», no

pagar nunca un precio excesivo, por interesante que pueda parecer una

inversión, se pueden minimizar las probabilidades de cometer un error.

El secreto del éxito financiero está dentro de la persona. Si se llega a

ser un pensador crítico que no acepta ningún «hecho» del mercado de

valores como artículo de fe, y si se invierte con una confianza

paciente, se podrá sacar un buen partido de manera sostenida, incluso

en los peores períodos bajistas del mercado. Desarrollando la

disciplina y el coraje personal es posible impedir que los cambios de

humor de las otras personas rijan el destino financiero personal. Al

final, el comportamiento que tienen las inversiones de una persona es

mucho menos importante que el comportamiento que tiene esa

persona.

 

El objetivo de esta edición revisada de El inversor inteligente consiste en

aplicar las ideas de Graham a los mercados financieros actuales a la vez que

se deja su texto absolutamente intacto (con la excepción de notas aclaratorias

a pie de página[4]). Después de cada uno de los capítulos de Graham,

encontrará un nuevo comentario. En estas guías para el lector he añadido

ejemplos recientes que deberían poner de manifiesto lo relevantes, y lo

liberadores, que siguen siendo en la actualidad los principios de Graham.

Envidio la emoción y la experiencia formativa de que van a disfrutar

leyendo la obra maestra de Graham por primera vez, o incluso por tercera o

cuarta vez. Como todos los clásicos, cambia nuestra forma de apreciar el

mundo y se renueva cada vez, educándonos. Es una obra que mejora cada vez

que se lee. Teniendo a Graham como guía, es seguro que llegará usted a ser

un inversor mucho más inteligente.