El inversor inteligente
Introducción. Qué se pretende conseguir con este libro
Introducción
Qué se pretende conseguir con este libro
El objetivo de este libro consiste en proporcionar, en una forma adecuada
para los legos en esta materia, orientación a la hora de adoptar y poner en
práctica una política de inversión. En términos relativos, se dirá poco sobre la
técnica de análisis de valores; se prestará atención principalmente a los
principios de inversión y a las actitudes de los inversores. No obstante,
facilitaremos unas cuantas comparaciones condensadas de valores
específicos, principalmente de parejas de valores colindantes en las
cotizaciones de la Bolsa de Nueva York (NYSE, New York Stock Exchange),
para aclarar de manera concreta los elementos más importantes que influyen
en las elecciones específicas de acciones ordinarias.
En cualquier caso, buena parte de nuestro espacio se dedicará a las pautas
históricas seguidas por los mercados financieros, y en algunos casos nos
remontaremos muchas décadas. Para invertir de manera inteligente en valores
es necesario estar dotado de un conocimiento adecuado del comportamiento
que han tenido en la práctica los diferentes tipos de obligaciones y de
acciones en circunstancias variables, de las cuales es muy probable que, por
lo menos algunas, vuelvan a darse en nuestra propia experiencia personal. No
hay afirmación más cierta ni más aplicable a los mercados de valores que la
famosa advertencia de Santayana: «Los que no recuerdan el pasado están
condenados a repetirlo».
Nuestro texto se dirige a los inversores, que es una figura claramente
diferente de los especuladores, y nuestra primera tarea será aclarar y destacar
estas diferencias, en la actualidad prácticamente olvidadas. Debemos afirmar
desde el principio que éste no es un libro sobre «cómo ganar un millón». No
hay formas seguras y fáciles de alcanzar la riqueza en los mercados de
valores, ni en ningún otro sitio. No estaría mal reforzar la afirmación que
acabamos de hacer con un poco de historia financiera, sobre todo si se tiene
en cuenta que se pueden extraer unas cuantas lecciones de dicha historia. En
el culminante año 1929, John J. Raskob, una prominente figura tanto en
Estados Unidos como en Wall Street, alabó las bondades del capitalismo en un artículo publicado en el Ladies Home Journal titulado Todo el mundo
debería ser rico[1]. Su tesis era que con ahorrar únicamente 15 dólares al mes
e invertirlos en buenas acciones ordinarias, reinvirtiendo los dividendos, se
podría obtener un patrimonio de 80 000 dólares en veinte años, habiendo
aportado únicamente 3600 dólares. Si el magnate de General Motors hubiese
tenido razón, habría sido ciertamente una forma muy fácil de llegar a ser rico.
¿Hasta qué punto acertó? Nuestro cálculo aproximado, que se basa en una
inversión en los treinta valores que componen el Dow Jones Industrial
Average (DJIA), indica que si se hubiese seguido la prescripción de Raskob
durante el período que va de 1929 a 1948, el patrimonio del inversor a
principios de 1949 habría ascendido a unos 8500 dólares. Es una cifra muy
alejada de la promesa del prohombre de 80 000 dólares, e indica la poca
confianza que se puede depositar en tales garantías y previsiones optimistas.
Sin embargo, y como comentario marginal, debemos destacar que la
rentabilidad realmente obtenida por esa operación a veinte años habría sido de
más del 8% compuesto anual, y eso teniendo en cuenta que el inversor habría
comenzado sus adquisiciones con el DJIA en un nivel de 300 y habría
acabado con una valoración basada en el nivel de cierre a 1948 de 177. Esta
marca podría considerarse un argumento convincente del principio de
adquisiciones periódicas mensuales y de acciones ordinarias sólidas durante
los buenos y los malos tiempos, un programa que se conoce como «promediar
el coste en unidades monetarias».
Como nuestro libro no se dirige a los especuladores, no está destinado a
los que operan en el mercado. La mayoría de estas personas se guían por
gráficos u otros medios principalmente mecanicistas para determinar los
momentos adecuados para comprar y vender. El único principio aplicable a
prácticamente todos estos denominados «métodos técnicos», es el de que se
debe comprar porque un valor o el mercado ha evolucionado al alza y se debe
vender porque ha descendido. Es exactamente lo contrario a cualquier
principio de negocio válido en cualquier otro terreno, y es absolutamente
improbable que pueda conducir al éxito duradero en el mercado de valores.
En nuestra propia experiencia y observación del mercado de valores, que
cubre más de 50 años, no hemos conocido a una sola persona que haya
ganado dinero de manera consistente o duradera aplicando ese principio de
«seguir al mercado». No tenemos ninguna duda a la hora de afirmar que este
método es tan falaz como popular. Ilustraremos la afirmación que acabamos
de hacer, aunque la siguiente exposición, por supuesto, no debe ser
considerada como prueba irrefutable de lo que decimos, con una breve exposición de la famosa teoría Dow para operar en el mercado de valores, que
expondremos posteriormente[2].
Desde su primera publicación en 1949, han ido apareciendo revisiones de
El inversor inteligente con intervalos de aproximadamente cinco años. En la
actualización de la presente edición tendremos que ocuparnos de una serie de
nuevos acontecimientos producidos desde el momento en que se redactó la
edición de 1965. Entre tales acontecimientos se pueden mencionar:
1. Una subida sin precedentes en el tipo de interés de las obligaciones de
buena calificación.
2. Una reducción de aproximadamente el 35% en el nivel de precios de
las principales acciones ordinarias, que concluyó en mayo de 1970. Se
trata de la mayor reducción porcentual en un período de treinta años.
(Innumerables emisiones de acciones de menor calidad sufrieron una
reducción mucho mayor).
3. Una persistente inflación de los precios mayoristas y al consumo, que
adquirió aún más impulso incluso en un momento de declive del
entorno empresarial general en 1970.
4. La rápida aparición y desarrollo de empresas de tipo «conglomerado»,
de operaciones de franquicia y de otras novedades conexas en el
mundo de los negocios y las finanzas. (Entre ellas se pueden
mencionar una serie de triquiñuelas como las operaciones con
instrumentos no admitidos a cotización[3], la proliferación de warrants
de opciones sobre valores, las denominaciones engañosas, el uso de
bancos extranjeros, etcétera[4]).
5. La quiebra del mayor ferrocarril de Estados Unidos, el excesivo
endeudamiento tanto a corto como a largo plazo de muchas empresas
que anteriormente habían contado con una sólida financiación, e
incluso el perturbador problema de solvencia entre las agencias de
valores[5].
6. La aparición de la moda del «alto rendimiento» en la gestión de los
fondos de inversión, incluso de algunos fondos de inversión
gestionados por bancos, con inquietantes resultados.
Estos fenómenos recibirán nuestro cuidadoso análisis, y algunos de ellos
exigirán que modifiquemos las conclusiones y algunas indicaciones
destacadas de nuestra anterior edición. Los principios subyacentes de la
inversión sensata no deben modificarse de una década a otra, pero la
aplicación de estos principios debe adaptarse a los principales cambios en el
entorno y los mecanismos financieros.
Esta última afirmación se puso a prueba durante la redacción de la
presente edición, cuyo primer borrador concluyó en enero de 1971. En aquel
momento el DJIA estaba experimentando una firme recuperación desde su
punto mínimo de 632, y estaba avanzando hacia el máximo que alcanzó en
1971, 951, con un entorno generalizado de optimismo. Cuando concluyó el
último borrador, en noviembre de 1971, el mercado estaba sumido en un
nuevo declive, que lo llevó al 797 y renovó la incertidumbre generalizada
sobre su futuro. No hemos permitido que estas fluctuaciones afecten a nuestra
actitud general sobre la política de inversión sensata, que no ha sufrido
modificaciones sustanciales desde la primera edición de este libro en 1949.
La profundidad de la retracción del mercado experimentada en 1969-1970
debería haber servido para despejar una ilusión que había ganado terreno
durante las dos décadas anteriores. Dicha ilusión afirmaba que se podían
comprar las principales acciones ordinarias en cualquier momento y a
cualquier precio, con la garantía no sólo de que en última instancia se
obtendrían beneficios, sino de que además cualquier pérdida que se pudiese
sufrir en el ínterin se recobraría rápidamente gracias a una renovada
recuperación del mercado hasta nuevos niveles elevados. Se trataba de una
situación demasiado ventajosa para que pudiese ser cierta. Al final el mercado
de valores ha «vuelto a la normalidad», en el sentido de que tanto los
especuladores como los inversionistas en valores deben estar dispuestos, de
nuevo, a experimentar sustanciales y tal vez prolongadas, reducciones, así
como incrementos, en el valor de sus carteras.
En el área de muchas acciones ordinarias de segundo y tercer orden, sobre
todo en el caso de empresas recientemente admitidas a cotización, el caos
provocado por la última quiebra del mercado fue catastrófico. No es que fuese
una novedad en sí mismo, dado que ya había ocurrido algo similar en
1961-1962, pero en el caso actual se ha producido un elemento novedoso en
el sentido de que algunos de los fondos de inversiones tenían grandes
compromisos en emisiones extraordinariamente especulativas y
evidentemente sobrevaloradas de este tipo. Es obvio que no sólo hay que
advertir al principiante de que aunque el entusiasmo pueda ser necesario para
conseguir grandes logros en otros lugares, en el mercado de valores conduce
de manera prácticamente segura al desastre.
La principal cuestión que debemos abordar surge del enorme aumento del
tipo de interés en las obligaciones de primera categoría. Desde finales de 1967
el inversor ha podido obtener mucho más del doble de renta de tales
obligaciones de lo que habría podido obtener de los dividendos de unas acciones representativamente equivalentes. A principios de 1972 la
rentabilidad de las obligaciones de mayor nivel era del 7,19%, en
comparación con un mero 2,76% en el caso de los valores industriales. (Estas
cifras deben compararse con el 4,40% y el 2,92%, respectivamente, de finales
de 1964). Resulta difícil caer en la cuenta de que cuando escribimos por
primera vez este libro en 1949 las cifras eran casi exactamente las contrarias:
las obligaciones rendían únicamente el 2,66% y las acciones rendían el
6,82%.[6] En las ediciones anteriores hemos urgido de manera constante a que
por lo menos el 25% de la cartera del inversor conservador estuviese invertido
en acciones, y en general nos hemos mostrado partidarios de un reparto a
partes iguales entre los dos tipos de instrumentos. En la actualidad debemos
plantearnos si la mayor ventaja actual del rendimiento de las obligaciones en
comparación con el rendimiento de las acciones podría llegar a justificar una
política de inversión exclusiva en obligaciones hasta que se vuelva a
establecer una relación más sensata, como esperamos que ocurra. Por
supuesto, la cuestión de la inflación continuada tendrá la máxima importancia
a la hora de llegar a una decisión en este terreno. Dedicaremos un capítulo a
esta exposición[7].
En el pasado hemos realizado una distinción básica entre los dos tipos de
inversores a los que se dirigía este libro: el «defensivo» y el «emprendedor».
El inversor defensivo (o pasivo) es el que centra principalmente su atención
en evitar errores o pérdidas serias. Su segundo objetivo consistirá en no tener
que realizar grandes esfuerzos o trámites y en quedar eximido de la necesidad
de adoptar decisiones frecuentes. El rasgo determinante del inversor
emprendedor (o activo, o dinámico) es su deseo de dedicar tiempo y esfuerzo
a la selección de un conjunto de valores que resulten a la vez sensatos, sólidos
y más atractivos que la media. A lo largo de muchas décadas un inversor
emprendedor de este tipo podría esperar que sus esfuerzos y capacidades
adicionales le reportasen una recompensa satisfactoria, en forma de un
promedio mejor que el obtenido por el inversor pasivo. Albergamos algunas
dudas sobre si se puede prometer una recompensa adicional realmente
sustancial al inversor activo en las circunstancias actuales. No obstante, cabe
la posibilidad de que el año que viene, o en los años venideros, la situación
llegue a ser diferente. Por lo tanto, seguiremos prestando atención a las
posibilidades ofrecidas por la inversión emprendedora, tal y como han
existido en los períodos anteriores y como pueden volver a existir en el
futuro.
Tradicionalmente ha imperado la opinión de que el arte de la inversión de
éxito radica en primer lugar en la elección de los sectores que tienen más
probabilidades de crecer en el futuro, y en la identificación de las empresas
más prometedoras dentro de esos sectores. Por ejemplo, los inversores
inteligentes, o sus asesores inteligentes, se habrán dado cuenta hace tiempo de
las grandes posibilidades de crecimiento del sector informático en conjunto, y
de IBM en particular. Lo mismo podría afirmarse de bastantes otros sectores
de crecimiento y empresas de crecimiento. De todas formas, esto no resulta
tan sencillo como parece retrospectivamente en todos los casos. Para dejar
clara esta cuestión desde el principio, permítanos introducir aquí un párrafo
que incorporamos por primera vez en la edición de 1949 de este libro:
Un inversor de ese tipo podría, por ejemplo, ser comprador de acciones de transporte
aéreo porque considerase que su futuro es aún más brillante que la tendencia que ya está
reflejada en el mercado en la actualidad. Para este tipo de inversor el valor de nuestro libro
radicará más en las advertencias contra las trampas ocultas en su método de inversión
favorito que en cualquier técnica positiva que le pueda ser de utilidad práctica a lo largo del
camino que ha elegido[8].
Esas trampas han resultado ser especialmente peligrosas en el sector
mencionado. Por supuesto, era fácil prever que el volumen de tráfico aéreo
crecería espectacularmente a lo largo de los años. A causa de este factor las
acciones de este sector se convirtieron en una de las opciones favoritas de los
fondos de inversión. No obstante, a pesar de la ampliación de los ingresos, a
un ritmo incluso superior al del sector informático, la combinación de
problemas tecnológicos y la excesiva ampliación de la capacidad provocó
fluctuaciones en las cifras de beneficio que incluso en algunos momentos
fueron desastrosas. En el año 1970, a pesar de que se alcanzó un nuevo nivel
máximo en las cifras de tráfico, las líneas aéreas sufrieron una pérdida de
aproximadamente 200 millones de dólares para sus accionistas. (También
arrojaron pérdidas en 1945 y en 1961). Los valores de estas acciones
volvieron a experimentar en 1969-1970 un declive mayor que el mercado
general. Los registros históricos indican que incluso los expertos con
dedicación exclusiva y substanciales salarios de los fondos de inversión se
equivocaron radicalmente a la hora de calibrar el futuro a un plazo
relativamente corto de un sector importante y nada esotérico.
Por otra parte, aunque los fondos de inversión tienen inversiones
sustanciales y obtienen beneficios sustanciales con IBM, la combinación de
su aparentemente elevado precio y la imposibilidad de estar absolutamente
seguro acerca de su tipo de crecimiento les impidieron destinar más de aproximadamente el 3% de sus fondos a esta empresa con magníficos
resultados. Por lo tanto, el efecto de esta excelente opción en sus resultados
generales no ha sido, en modo alguno, decisivo. Adicionalmente, muchas,
cuando no la mayoría, de sus inversiones en empresas del sector informático
diferentes de IBM han acabado siendo, aparentemente, muy poco o nada
rentables. De estos dos ejemplos generales se pueden extraer dos lecciones
para nuestros lectores:
1. Las perspectivas evidentes de crecimiento físico de un sector no se
traducen en beneficios evidentes para los inversionistas.
2. Los expertos no disponen de formas fiables de elegir y concentrar sus
inversiones en las empresas más prometedoras de los sectores más
prometedores.
El autor no ha seguido este método en su carrera financiera como gestor
de fondos de inversión, y no puede ofrecer ni asesoramiento específico ni
grandes ánimos a los que deseen probarlo.
¿Qué tratamos, entonces, de lograr con este libro? Nuestro principal
objetivo consistirá en orientar al lector para prevenirle frente a las áreas de
posibles errores sustanciales, y en desarrollar políticas con las que se sienta
cómodo. Hablaremos bastante sobre la psicología de los inversores, porque
indiscutiblemente el principal problema del inversor, e incluso su principal
enemigo, es muy probable que sea él mismo. («La culpa, querido inversor, no
está en nuestras estrellas, y no está en nuestras acciones, sino en nosotros
mismos…»). Esto ha resultado ser aún más cierto en las últimas décadas, a
medida que se hacía cada vez más necesario que los inversores conservadores
adquiriesen acciones ordinarias y por lo tanto se expusiesen, de manera
voluntaria o no tan voluntaria, a las emociones y las tentaciones del mercado
de valores. Mediante explicaciones, ejemplos y exhortaciones, esperamos
ayudar a nuestros lectores a establecer una actitud mental y emocional
adecuada para abordar sus decisiones de inversión. Hemos visto ganar y
conservar mucho más dinero a «personas comunes» que estaban
temperamentalmente bien dotadas para el proceso de inversión que a otras
personas que carecían de esta buena predisposición anímica, aunque tuviesen
un gran conocimiento de las finanzas, la contabilidad y la historia del
mercado de valores.
Adicionalmente, tenemos la esperanza de implantar en el lector la
tendencia a medir o cuantificar. Respecto de 99 de cada 100 emisiones
podríamos decir que a un precio determinado son suficientemente baratas para comprarlas, y a otro precio determinado serían tan costosas que deberían
ser vendidas. El hábito de relacionar lo que se paga con lo que se ofrece es un
rasgo valiosísimo a la hora de invertir. En un artículo publicado en una revista
destinada a mujeres hace muchos años aconsejamos a las lectoras que
comprasen sus acciones de la misma forma que compraban en la tienda de
ultramarinos, y no como compraban sus perfumes. Las pérdidas realmente
horrorosas de los últimos años (y de muchas otras ocasiones anteriores) se
sufrieron en emisiones de acciones en las que el comprador se olvidó de
realizar la pregunta esencial: «¿Cuánto cuesta?».
En junio de 1970 la pregunta «¿Cuánto cuesta?» podría haber sido
respondida con la cifra mágica de 9,40%: la rentabilidad que se podía obtener
en las nuevas ofertas de obligaciones de primera categoría de empresas
concesionarias de servicios públicos. En la actualidad esa cifra se ha reducido
a aproximadamente al 7,3%, pero incluso este rendimiento resulta
suficientemente tentador para plantearse la siguiente pregunta: «¿Para qué
molestarse en buscar cualquier otra respuesta?». No obstante, hay muchas
otras respuestas posibles, que deben ser cuidadosamente consideradas.
Además, tenemos que repetir que tanto nosotros como nuestros lectores
debemos estar preparados de antemano para la posibilidad de que se
produzcan unas condiciones radicalmente diferentes en el período que va, por
ejemplo, de 1973 a 1977.
Por lo tanto, expondremos de manera bastante detallada un programa
positivo para invertir en acciones ordinarias, parte del cual entrará dentro del
campo de interés de los dos tipos de inversores y parte del cual está destinado
principalmente al grupo emprendedor. Llamativamente, sugeriremos que uno
de nuestros requisitos esenciales en este terreno es que nuestros lectores se
limiten a emisiones que se vendan no muy por encima del valor de sus activos
materiales[9]. El motivo de este consejo aparentemente desfasado es de
naturaleza práctica y psicológica al mismo tiempo. La experiencia nos ha
demostrado que aunque hay numerosas empresas con un buen crecimiento
que valen varias veces lo que el valor de sus activos, el comprador de tales
acciones acaba quedando excesivamente expuesto a los caprichos y
fluctuaciones del mercado de valores. Por el contrario, el inversor que destina
sus fondos a acciones de, por ejemplo, empresas concesionarias de servicios y
suministros públicos cuya cotización implica que es posible comprar estas
empresas prácticamente por el valor de su activo neto siempre puede
considerarse propietario de una participación en unas empresas sólidas y en
expansión, adquiridas a un precio racional, con independencia de lo que el mercado de valores pueda decir en sentido contrario. Es muy probable que el
resultado obtenido en última instancia gracias a este tipo de política
conservadora acabe siendo mejor que el derivado de las emocionantes
incursiones en terrenos tan llenos de glamour como de peligro, llevadas a
cabo en función de las previsiones de crecimiento.
El arte de la inversión tiene una característica que por lo general no se
aprecia. Es posible que el inversor lego obtenga un resultado considerable,
aunque no sea espectacular, aplicando un mínimo esfuerzo y capacidad; sin
embargo, para mejorar este nivel fácilmente alcanzable es necesaria mucha
dedicación y mucho más que un ramalazo de sabiduría. Si simplemente está
tratando de aportar un poquito más de conocimiento e inteligencia a su
programa de inversiones, en vez de obtener unos resultados un poco mejores
de lo normal, podría acabar obteniendo peores resultados que si no hubiese
realizado ese pequeño esfuerzo.
Dado que cualquier persona puede igualar los resultados medios del
mercado, limitándose a comprar y conservar una cesta representativa de las
cotizaciones, podría parecer comparativamente sencillo mejorar la media; sin
embargo, es un hecho que la proporción de personas inteligentes que tratan de
lograr ese resultado y que fracasan es sorprendentemente grande. Incluso la
mayoría de los fondos de inversión, con todo su personal experto, no han
obtenido unos resultados tan brillantes a lo largo de los años como el mercado
general. En combinación con lo que acabamos de decir están los resultados de
las predicciones publicadas del mercado de valores elaboradas por las
agencias de bolsa, respecto de las cuales hay elocuentes pruebas de que sus
previsiones, basadas en complejos cálculos, han sido menos fiables que si las
hubiesen elaborado limitándose a lanzar una moneda al aire.
A la hora de escribir este libro hemos tratado de tener presente esta trampa
básica de la inversión. Se han destacado las virtudes de una política de cartera
sencilla, la adquisición de obligaciones de gran categoría en combinación con
una cartera diversificada de las principales acciones ordinarias, que cualquier
inversor puede poner en práctica con escasa colaboración de expertos. Las
incursiones más allá de este territorio seguro y firme se han presentado como
si estuviesen llenas de dificultades desafiantes, sobre todo en el área del
temperamento. Antes de lanzarse a una incursión de ese tipo, el inversor
debería estar seguro de sí mismo y de sus asesores, en especial a la hora de
determinar si tienen una clara concepción de las diferencias existentes entre la
inversión y la especulación y entre el precio de mercado y el valor
subyacente.
Un método sensato y racional de inversión, firmemente basado en el
principio del margen de seguridad, puede generar sustanciales beneficios. No
obstante, no se debe adoptar la decisión de tratar de obtener unos
rendimientos sustanciales, en vez de tratar de obtener los frutos garantizados
de la inversión defensiva, sin haberse sometido a un profundo examen de
conciencia personal.
Un último pensamiento en retrospectiva. Cuando el joven auditor empezó
a trabajar en Wall Street en junio de 1914 nadie tenía ni la más remota idea de
lo que nos esperaba en el siguiente medio siglo. (El mercado de valores ni
siquiera sospechaba que, en un plazo de dos meses, iba a estallar una guerra
mundial que acabaría cerrando la bolsa de valores de Nueva York). En el
momento presente, en 1972, Estados Unidos el país más rico y poderoso de la
tierra, aunque esté asolado por todo tipo de problemas importantes y aunque
su confianza sobre el futuro flaquee. Sin embargo, si limitamos nuestra
atención a la experiencia de inversión en Estados Unidos, se puede extraer
una cierta tranquilidad de ánimo del estudio de los resultados de los últimos
57 años. A través de todas las vicisitudes y problemas, tan perturbadoras
como imprevistas, no ha dejado de ser cierto que los principios de inversión
sólidos y sensatos han producido por lo general unos resultados sólidos y
sensatos. Hemos de actuar a partir de la hipótesis de que seguirán haciéndolo
en el futuro.
Nota al lector: Este libro no aborda en sí mismo la política financiera
general de ahorradores e inversionistas; se ocupa únicamente de la parte de
sus fondos que están dispuestos a destinar a valores comercializables (o
canjeables), es decir, a obligaciones y acciones. En consecuencia, no
abordaremos otros medios tan importantes como los depósitos de ahorro y los
depósitos a plazo fijo, las cuentas en cajas de ahorros, los seguros de vida, las
pensiones y las hipotecas inmobiliarias o las inversiones inmobiliarias. El
lector debe tener en cuenta que siempre que se encuentre con la palabra
«actualidad» o equivalente, en el texto, dicha expresión se referirá a finales de
1971 o principios de 1972.