El inversor inteligente

Benjamin Graham · Capítulo 1 de 48

Páginas del PDF

El inversor inteligente

Prefacio a la cuarta edición, por Warren E. Buffett

Prefacio a la cuarta edición,

por Warren E. Buffett

 

Leí la primera edición de este libro a principios de 1950, cuando tenía

diecinueve años. En aquel momento pensé que era, con gran diferencia, el

mejor libro sobre inversión que se había escrito en toda la historia. Sigo

pensando lo mismo.

Para invertir con éxito durante toda la vida no es necesario un coeficiente

intelectual estratosférico, un conocimiento empresarial extraordinario ni

información privilegiada. Lo que hace falta es una infraestructura intelectual

que permita adoptar decisiones y la capacidad de evitar que las emociones

deterioren esa infraestructura. Este libro establece de manera precisa y clara la

infraestructura que hace falta. A usted le corresponde aportar la disciplina

emocional.

Si sigue los principios de comportamiento y de negocio que propone

Graham, y si presta especial atención a los valiosísimos consejos contenidos

en los capítulos 8 y 20, sus inversiones no rendirán frutos decepcionantes.

(Eso tiene más mérito de lo que pueda creer usted). El que consiga resultados

extraordinarios o no dependerá del esfuerzo y el intelecto que aplique a sus

inversiones, así como de las oscilaciones provocadas por la irracionalidad del

mercado que se produzcan durante su carrera de inversión. Cuanto más

irracional sea el comportamiento del mercado, más oportunidades tendrá el

inversor que se comporte de manera profesional. Siga las indicaciones de

Graham y se beneficiará de la irracionalidad, en lugar de ser víctima de ella.

Para mí, Ben Graham fue mucho más que un autor o un profesor. Él

influyó en mi vida mucho más que cualquier otra persona, salvo mi padre.

Poco después del fallecimiento de Ben en 1976, escribí el siguiente obituario

breve sobre él en el Financial Analysts Journal. A medida que avancen en la

lectura del libro, creo que percibirán alguno de los rasgos que menciono en

este homenaje.

 

BENJAMIN GRAHAM.

1894 – 1976.

Hace varios años Ben Graham, que en aquella época tenía casi 80 años de edad, manifestó a un

amigo la idea de que esperaba hacer todos los días «algo alocado, algo creativo y algo generoso».

La inclusión de ese primer objetivo caprichoso reflejaba su gran habilidad para expresar las ideas

de una manera en la que no tienen cabida la exageración, el afán de dar lecciones o el engreimiento.

Aunque sus ideas tenían un gran potencial, su forma de expresarlas era indefectiblemente amable.

A los lectores de esta revista no les hace falta que me explaye sobre los logros que obtuvo desde el

punto de vista de la creatividad. Es muy frecuente que el fundador de una disciplina vea eclipsado su

trabajo por el de sus sucesores en un plazo relativamente breve. Sin embargo, cuarenta años después de

la publicación del libro que aportó estructura y razonamiento lógico a una actividad desordenada y

confusa, resulta difícil destacar posibles candidatos incluso para el puesto de segundo clasificado en el

terreno del análisis de valores. En un terreno en el que buena parte de las teorías parecen insensateces

pocas semanas o meses después de su publicación, los principios de Ben han conservado su firmeza y

sensatez, y su valor frecuentemente ha aumentado y se ha podido comprender mejor tras las tormentas

financieras que han echado por tierra otras estructuras intelectuales más endebles. Su consejo de

sensatez aportó incesantes recompensas a sus seguidores, incluso a aquellos que contaban con

capacidades naturales inferiores a las de los profesionales mejor dotados que fracasaron al seguir a

quienes abogaban por la brillantez o la moda.

Un aspecto muy destacable del dominio ejercido por Ben en su terreno profesional fue que

consiguió ejercer dicho dominio sin por ello tener que reducir su campo de actividad intelectual, ni

concentrar todo su esfuerzo en un único objetivo. Al contrario, su dominio fue más bien un producto

secundario de un intelecto cuya amplitud prácticamente escapaba a cualquier intento de definición.

Indiscutiblemente, nunca he conocido a ninguna persona que tuviese una mente de semejante calibre.

Memoria prácticamente absoluta, fascinación incesante por el nuevo conocimiento y una asombrosa

capacidad para reformular ese nuevo conocimiento de una manera que permitiese aplicarlo a problemas

aparentemente inconexos; ésos son los rasgos que hacían que entrar en contacto con su pensamiento, en

cualquier terreno, fuese una delicia.

No obstante, su tercer imperativo, la generosidad, fue el terreno en el que tuvo más éxito que en

ningún otro. Para mí Ben era mi profesor, mi empresario y mi amigo. En cada una de esas facetas, al

igual que con todos sus estudiantes, empleados y amigos, hizo gala de una generosidad absoluta, sin fin,

sin llevar la cuenta, en el terreno de las ideas, el tiempo y el espíritu. Cuando hacía falta claridad de

pensamiento, no había mejor sitio al que acudir. Cuando se necesitaba asesoramiento o una palabra de

ánimo, Ben siempre estaba allí.

Walter Lippmann habló en una ocasión de los hombres que plantan árboles bajo los cuales se

sientan otros hombres. Ben Graham era uno de esos hombres.

 

Reimpresión de Financial Analysts Journal, noviembre–diciembre de 1976.