El inversor inteligente

Benjamin Graham · Capítulo 33 de 48

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El inversor inteligente

Capítulo 15. Selección de acciones para el inversor emprendedor

Capítulo 15

 

Selección de acciones para el inversor emprendedor

 

En el capítulo anterior nos hemos ocupado de la selección de acciones

ordinarias en términos de amplios grupos de valores susceptibles de elección,

a partir de los cuales el inversor defensivo puede configurar cualquier lista

que tanto a él, como a su asesor, le resulte atractiva, siempre y cuando se

consiga una adecuada diversificación. En esa selección, nuestro principal

punto de interés se ha centrado básicamente en las exclusiones, y hemos

aconsejado, por una parte, que se eviten todas las acciones que puedan

reconocerse como de calidad deficiente y, por la otra, también hemos

recomendado que se eviten las acciones de máxima calidad si su cotización es

tan elevada que genera un considerable riesgo especulativo. En este capítulo,

destinado al inversor emprendedor, tendremos que analizar las posibilidades y

los medios para realizar selecciones individuales que tengan probabilidades

de resultar más rentables que una media en términos generales.

¿Cuáles son las probabilidades de tener éxito en esta misión? No seríamos

completamente francos, por emplear un eufemismo, si no expresásemos desde

el principio algunas graves reservas sobre esta cuestión. A primera vista, los

argumentos en favor del éxito en la selección parecen manifiestos. Conseguir

unos resultados medios, es decir, el equivalente al rendimiento del DJIA, no

debería exigir ningún tipo de habilidad especial. Todo lo que hace falta es una

cartera idéntica, o similar, a esas 30 empresas destacadas. Por lo tanto, es

prácticamente seguro que actuando con una mínima destreza, por moderada

que ésta quiera ser, extraída del estudio, de la experiencia o de una habilidad

innata, tendría que ser posible obtener unos resultados sustancialmente

mejores que los del DJIA.

Sin embargo, hay considerables e impresionantes datos que demuestran

que, en la práctica, eso resulta muy difícil de hacer, aunque la capacitación y

el conocimiento de las personas que traten de hacerlo sean del máximo nivel.

La demostración empírica se encuentra en el historial de las numerosas

sociedades de inversión, gestoras de «fondos», que llevan muchos años en

funcionamiento. La mayor parte de esas gestoras de fondos son lo suficientemente grandes como para haber obtenido los servicios de los

mejores analistas financieros o de valores presentes en el mercado, junto con

la colaboración de todos los demás integrantes de un adecuado departamento

de investigación. Sus gastos de funcionamiento, cuando se reparten entre

todos su amplio capital, alcanzan en promedio medio punto porcentual al año,

o menos, sobre dicho capital. Estos costes no son desdeñables en sí mismos,

pero si los comparamos con el rendimiento general anual de

aproximadamente el 15% ofrecido por las acciones ordinarias, en términos

generales, en la década 1951–1960, e incluso con el 6% de rendimiento del

periodo 1961-1970, no nos parece que sean unos grandes costes. Una pequeña

dosis de capacidad de selección mejor que la media debería haber superado

con creces ese hándicap de coste y haber aportado unos resultados netos

superiores para los inversores en el fondo.

Tomados en conjunto, sin embargo, los fondos integrados sólo por

acciones fueron incapaces durante un prolongado período de años de obtener

una rentabilidad impositiva como la mostrada por las medias del

Standard & Poor’s 500 o por el mercado en conjunto. Esta conclusión ha

quedado contrastada con varios estudios exhaustivos. Por citar el último de

los que hemos examinado, que abarcaba el período 1960–1968[1]:

 

De estos resultados parece desprenderse el dato de que carteras aleatorias de acciones

cotizadas en la NYSE con inversiones iguales en cada una de las acciones obtuvieron, en

promedio, mejores resultados a lo largo del período que los fondos de inversión de la misma

categoría de riesgo. Las diferencias fueron de una entidad sustancial en el caso de las carteras

con riesgos bajo y medio (3,7% y 2,5%, respectivamente, por año), aunque bastante reducida

en el caso de las carteras con un elevado nivel de riesgo (0,2% por año[2]).

 

Como señalábamos en el capítulo 9, estas cifras comparativas no

invalidan en modo alguno la utilidad de los fondos de inversión como

institución financiera. Porque lo cierto es que ponen a disposición de todos los

miembros del público inversor la posibilidad de obtener unos resultados que

se aproximan a la media con los recursos que destinan a acciones ordinarias.

Por diversos motivos, la mayor parte de los miembros del público que

destinan su dinero a acciones ordinarias elegidas personalmente por ellos no

consiguen unos resultados tan positivos. Sin embargo, para el observador

objetivo la incapacidad demostrada por los fondos para superar el resultado de

una media general es una indicación bastante concluyente de que dicho logro,

lejos de ser sencillo, es de hecho extraordinariamente difícil.

¿A qué se debe que lo sea? Se nos ocurren dos explicaciones diferentes,

que pueden ser parcialmente aplicables cada una de ellas. La primera es la posibilidad de que el mercado de valores realmente refleje en los precios

actuales no sólo todos los datos importantes sobre los resultados presentes y

pasados de las empresas, sino también todas aquellas expectativas que se

puedan formular razonablemente sobre su futuro. Si esto es así, los diferentes

movimientos del mercado que tengan lugar posteriormente, y tales

movimientos suelen ser frecuentemente extremos, deberían ser el resultado de

nuevos acontecimientos y probabilidades que no podían haber sido previstos

de manera fiable. Esto haría que las cotizaciones fuesen esencialmente

fortuitas y aleatorias. En la medida en que esta hipótesis sea cierta, el trabajo

del analista de valores, por inteligente y exhaustivo que sea, será ineficaz en

lo sustancial, porque en esencia está tratando de predecir lo imprevisible.

La propia multiplicación en el número de analistas de valores puede haber

ejercido una importante influencia en la generación de ese resultado. Con los

cientos, o incluso miles, de expertos que estudian los factores de valor en los

que se basan las acciones ordinarias importantes, sería lo más natural esperar

que su precio actual reflejase de una manera bastante exacta el consenso de

las opiniones informadas sobre su valor. Los que las prefiriesen a otras

acciones lo harían por motivos de parcialidad personal u optimismo que

podrían resultar ciertos o erróneos con la misma probabilidad.

Frecuentemente hemos pensado en la analogía entre el trabajo realizado

por cientos de analistas de valores en Wall Street y las actuaciones de los

jugadores maestros en los torneos de bridge duplicado. Los primeros tratan de

elegir los valores «que tienen más probabilidades de tener éxito»; los últimos

de conseguir la máxima puntuación en cada mano que se juega. Cualquiera de

estos dos objetivos está únicamente al alcance de unos pocos. En la medida en

que todos los jugadores de bridge tengan aproximadamente el mismo nivel de

experiencia, será más probable que los ganadores vengan determinados por

«rachas» de diferente tipo, y no por una capacitación superior. En Wall Street

el proceso de igualación se ve favorecido por el espíritu de camaradería,

algunos dirían masonería, que existe en la profesión, en virtud del cual las

ideas y descubrimientos se comparten de manera bastante abierta en

diferentes reuniones de diferente tipo. Es algo parecido a lo que ocurriría si,

en la analogía establecida con el torneo de bridge, los diversos expertos

mirasen las jugadas de los demás por encima del hombro y comentasen cada

mano a medida que se estuviese jugando.

La segunda posibilidad es de una naturaleza muy diferente. Es posible que

muchos de los analistas de valores estén lastrados por un defecto en su

enfoque básico del problema de selección de acciones. Tratan de localizar los sectores con mejores perspectivas de crecimiento, y las empresas de esos

sectores que tienen los mejores equipos directivos y que cuentan con otras

ventajas. La inferencia es que comprarán acciones de esos sectores y de esas

empresas sea cual sea el precio, y evitarán los sectores menos prometedores y

las empresas menos prometedoras por baja que sea la cotización de sus

acciones. Éste sería el único procedimiento correcto si fuese posible dar por

descontado que los beneficios de las buenas empresas van a crecer a un rápido

ritmo de manera indefinida en el futuro, porque en teoría su valor sería

infinito. Si las empresas menos prometedoras estuviesen condenadas a la

extinción, sin posibilidad de salvamento, los analistas acertarían al considerar

que no eran atractivas a ningún precio.

La realidad respecto de nuestras entidades empresariales es muy diferente.

El número de empresas que han sido capaces de mostrar una elevada tasa de

crecimiento ininterrumpido durante períodos prolongados de tiempo es

extraordinariamente reducido. También son remarcablemente pocas, además,

las empresas de mayores dimensiones que acaban sufriendo una extinción

absoluta. En la mayor parte de los casos, su historia está llena de vicisitudes,

de altibajos, de cambios en su situación relativa. Algunas de estas empresas

han experimentado variaciones «de la pobreza a la riqueza y vuelta otra vez a

la pobreza» de manera casi cíclica —término que solía utilizarse

habitualmente para explicar la evolución del sector siderúrgico— mientras

que en otras los cambios más espectaculares se han identificado con el

deterioro o la mejora de la capacidad de los equipos directivos[3].

¿En qué se puede aplicar el análisis anterior al inversor emprendedor que

querría realizar selecciones individuales de acciones que consigan unos

resultados superiores? En primer lugar, sugeriría que está abordando un

cometido difícil y tal vez inviable. Los lectores de este libro, por inteligentes

que sean y por grandes conocimientos que tengan, difícilmente podrán esperar

hacer un mejor trabajo de selección de cartera que los principales analistas del

país. Sin embargo, si pudiese decirse que un segmento relativamente grande

del mercado de valores suele estar frecuentemente discriminado, o

directamente pasado por alto en las elecciones ordinarias de los analistas,

entonces el inversor inteligente sí podría estar en condiciones de beneficiarse

de las minusvaloraciones derivadas de ese hecho.

Sin embargo, para lograrlo, deberá seguir unos métodos específicos que

no gocen de aceptación generalizada en Wall Street, puesto que los que sí que

cuentan con esa aceptación no producen, aparentemente, los resultados que a

todo el mundo le gustaría obtener. Sería bastante extraño que, teniendo en cuenta la inmensa cantidad de capacidad intelectual dedicada

profesionalmente al mercado de valores, pudiese haber métodos que sean

sensatos y relativamente poco populares. Sin embargo, nuestra propia carrera

y reputación se han basado en el aprovechamiento de éste relativamente

improbable hecho[4].

 

Un resumen de los métodos Graham-Newman

 

Para concretar la última afirmación, sería interesante ofrecer una breve

exposición de los tipos de operaciones a los que nos hemos dedicado durante

los 30 años de vida de la Graham-Newman Corporation, entre 1926 y 1956[5].

Estas operaciones se clasificaban en nuestros registros de la siguiente manera:

 

Arbitrajes: La adquisición de un valor y la venta simultánea de uno o más

valores diferentes por los que debía ser intercambiado en virtud de un plan de

reorganización, fusión o similar.

Liquidaciones: La compra de acciones que iban a recibir uno o más pagos

en efectivo como liquidación del activo de la empresa.

Las operaciones de estos dos tipos eran seleccionadas con arreglo a los

criterios gemelos de (a) un rendimiento anual calculado del 20% o más, y (b)

nuestra valoración de que las probabilidades de un buen resultado eran de, por

lo menos, cuatro de cinco.

Coberturas relacionadas: Este tipo de operaciones consiste en la compra

de obligaciones convertibles o de acciones preferentes convertibles, y la venta

simultánea de la acción ordinaria por la cual se podían canjear. La posición se

establecía cerca del punto de paridad, es decir, con una pequeña pérdida

máxima en caso de que el título preferente tuviese que acabar convirtiéndose

y la operación se liquidase de esa manera. Sin embargo, se obtenía un

beneficio si la acción ordinaria caía considerablemente más que los títulos

convertibles, y la posición quedaba liquidada en el mercado.

Acciones de activo circulante neto (o de ocasión): La idea, en este caso,

era adquirir el mayor número de acciones posible, cada una de ellas a un coste

que fuese inferior a su valor contable desde el punto de vista exclusivamente

de su activo circulante neto, es decir, atribuyendo un valor igual a cero a los

inmuebles y demás activos. Nuestras adquisiciones se realizaban

habitualmente a dos tercios o menos de dicho valor del activo reducido. La

mayor parte de los años conseguíamos una enorme diversificación en este tipo

de operaciones, acciones de por lo menos 100 empresas diferentes.

Deberíamos añadir que de vez en cuando llevábamos a cabo alguna

adquisición a gran escala del tipo de control, pero tales operaciones no son

relevantes para la exposición que nos ocupa.

Supervisábamos estrechamente los resultados obtenidos por cada tipo de

operación. Como consecuencia de este seguimiento abandonamos dos campos

generales, que descubrimos que no habían conseguido resultados

satisfactorios generales. El primero fue la adquisición de acciones

aparentemente atractivas, atendiendo a nuestro análisis general, que no era

posible obtener a un precio inferior al valor de su capital de explotación

considerado de manera aislada. La segunda zona de actividad de la que nos

alejamos fueron las operaciones de cobertura «no relacionada», en las que el

valor adquirido no era canjeable por las acciones ordinarias vendidas. (Ese

tipo de operaciones se corresponden, a grandes rasgos, con las que ha

comenzado a realizar recientemente el nuevo grupo de «fondos de inversión

alternativa» en el terreno de las sociedades de inversión[6]. En los dos casos,

el estudio de los resultados que habíamos obtenido durante un período de diez

o más años nos llevó a la conclusión de que los beneficios no eran

suficientemente fiables, y las operaciones no disfrutaban del nivel de

seguridad suficiente para «no provocar quebraderos de cabeza», de modo que

consideramos que no estaba justificado que siguiésemos realizándolas.

Por lo tanto, a partir de 1939 nuestras operaciones se limitaron a

situaciones «que se liquidaban a sí mismas», coberturas relacionadas,

ocasiones de capital de explotación, y unas cuantas operaciones de control.

Cada una de estas clases de operaciones nos ofrecieron unos resultados

consistentemente satisfactorios desde aquel momento, con la característica

especial de que la cobertura relacionada nos proporcionaba unos jugosos

beneficios en los períodos de evolución a la baja del mercado cuando nuestros

«valores minusvalorados» no conseguían unos resultados tan positivos.

Tenemos dudas sobre la conveniencia de recetar nuestra propia dieta a un

gran número de inversores inteligentes. Evidentemente, las técnicas

profesionales que hemos seguido no son adecuadas para el inversor defensivo,

que por definición es un aficionado. En cuanto al inversor agresivo, es posible

que únicamente una pequeña minoría de este grupo tenga el tipo de

temperamento necesario para limitarse de forma tan draconiana a una parte

tan relativamente reducida del mundo de los valores. La mayor parte de los

profesionales de mentalidad dinámica preferirán adentrarse en canales más

amplios. Su terreno de caza natural sería todo el campo de los valores que tuviesen la impresión de (a) que no estaban indudablemente sobrevalorados a

juzgar con arreglo a medidas conservadoras y (b) que pareciesen

decididamente más atractivos, a causa de sus perspectivas, de los resultados

cosechados en el pasado, o de ambas cosas, que la acción ordinaria promedio.

Para llevar a cabo tales elecciones sería interesante que aplicase las diversas

pruebas de calidad y justificación de la cotización que hemos propuesto para

el inversor defensivo, y que las aplicase siguiendo las mismas líneas. No

obstante, este tipo de inversor debería ser menos inflexible, permitiéndose que

una considerable ventaja en un factor compensase un pequeño inconveniente

en otro. Por ejemplo, podría no excluir a una empresa que hubiese cosechado

un déficit en un año como 1970, si los grandes beneficios medios y otros

atributos importantes hacían que la acción pareciese barata. El inversor

emprendedor puede limitar sus elecciones a sectores y empresas respecto de

las cuales tenga una opinión optimista, pero tenemos que recomendar

encarecidamente que no acceda a pagar un precio elevado por una acción (en

relación con los beneficios y el activo) basándose en dicho entusiasmo. Si

aplica nuestra filosofía en este terreno tendrá muchas más probabilidades de

ser comprador de empresas cíclicas importantes, como las siderúrgicas, tal

vez, cuando la situación dominante sea desfavorable, las perspectivas a corto

plazo sean malas y la baja cotización refleje plenamente el pesimismo

imperante[7].

 

Empresas de segundo nivel

 

Las siguientes candidatas en orden para su examen y posible selección

serían las empresas de segundo nivel que estén causando en la actualidad una

buena impresión, que tengan un satisfactorio historial en el pasado pero que

aparentemente no resulten atractivas para el público en general. Serían las

empresas como ELTRA y Emhart a sus precios de cierre en 1970. (Véase el

anterior capítulo 13). Hay diferentes formas de localizar a este tipo de

empresas. Trataremos de exponer un método novedoso y de dar una

explicación razonablemente detallada de uno de tales ejercicios de selección

de acciones. Tenemos un doble objetivo. A muchos de nuestros lectores les

resultará muy valioso, en términos prácticos, el método que vamos a seguir;

alternativamente cabe la posibilidad de que este método les sugiera otros

equivalentes que se puedan probar. Además de eso, es posible que las

operaciones que vamos a realizar sean útiles para llegar a comprender la

realidad del mundo de las acciones ordinarias, y para presentar al lector uno de los libritos más fascinantes y valiosos que existen. Es la Stock Guide (Guía

de Acciones) de Standard & Poor’s, que se publica mensualmente y se pone a

disposición del público mediante suscripción anual. Además, muchas

agencias de bolsa distribuyen la guía entre sus clientes (previa solicitud).

La mayor parte de la Guía se dedica a facilitar, en aproximadamente 230

páginas, información estadística condensada sobre las acciones de más de

4500 empresas. Entre ellas están todas las acciones cotizadas en las diversas

bolsas, que rondarán las 3000, junto con unas 1500 acciones no cotizadas. La

mayor parte de los datos necesarios para realizar un primer análisis, e incluso

un segundo análisis, de una empresa determinada aparece en este compendio.

(Desde nuestro punto de vista, el único dato importante que se echa en falta es

el valor neto del activo, o valor contable, por acción, que se puede encontrar

en las publicaciones más voluminosas de Standard & Poor’s y en otros

lugares).

El inversor al que le guste juguetear con las cifras de la contabilidad de las

empresas se encontrará en el paraíso con esta Guía. Puede abrir cualquier

página y tendrá ante sus ojos un panorama condensado de los esplendores y

las miserias del mercado de valores, con las cotizaciones máximas y mínimas

históricas desde épocas tan lejanas como 1936, en los casos en los que

proceda. Descubrir empresas que han multiplicado su cotización por 2000

desde el casi invisible punto mínimo hasta el majestuoso punto máximo. (En

el caso de la prestigiosa IBM, el crecimiento supuso multiplicarse «sólo» por

333 durante ese período). El inversor descubrirá a una empresa (que en el

fondo no es tan excepcional) cuyas acciones subieron desde 0,375 hasta 68, y

después volvieron a caer a 3.[8] En la columna de historial de dividendos,

descubrirá un pago de dividendos que se remonta a 1791, abonado por el

Industrial National Bank of Rhode Island (que recientemente consideró

adecuado el cambio de su ancestral razón social[9]). Si examina en la Guía el

cierre del ejercicio 1969 descubrirá que Penn Central Co. (en su condición de

sucesora del Pennsylvania Railroad) ha pagado dividendos

ininterrumpidamente desde 1848; desgraciadamente, estaba condenada a la

quiebra pocos meses después. Descubrirá una empresa que cotizaba a sólo

dos veces sus últimos beneficios declarados, y otra que lo hacía a 99 veces[10].

En la mayor parte de los casos, le resultará difícil discernir la línea de

actividad fijándose únicamente en la razón social de la empresa; por cada U.

S. Steel (acero de Estados Unidos) habrá tres con razones sociales como ITI

Corp (productos de bollería), o Santa Fe Industries (principalmente el gran

ferrocarril). Podrá regocijarse con una extraordinaria variedad de historias de cotizaciones, dividendos y beneficios, situación financiera, configuración de

capitalización, y sepa Dios cuantas cosas más. Conservadurismo retrógrado,

empresas sin rasgos llamativos corrientes y molientes, las más peculiares

combinaciones de «líneas de actividad principales», todo tipo de artilugios y

triquiñuelas de Wall Street… todo puede encontrarse en esta Guía, a la espera

de ser hojeada, o estudiada con un objetivo serio.

Las Guías ofrecen en columnas separadas los rendimientos por dividendo

y los PER actuales, basados en las cifras de los 12 meses más recientes,

siempre que resulte aplicable. Este último epígrafe es el que nos pondrá en

marcha en nuestro ejercicio de selección de acciones ordinarias.

 

Criba de la Guía de Acciones

 

Supongamos que buscamos una indicación sencilla a primera vista de que

una acción es barata. La primera pista de este tipo que se nos ocurre es una

cotización baja en relación a los beneficios recientemente obtenidos.

Elaboramos una lista preliminar de acciones que estén a la venta por un

múltiplo de nueve o menos a finales de 1970. Este dato lo facilita

convenientemente la última columna de las páginas pares. Para contar con

una muestra ilustrativa tomaremos las 20 primeras acciones con tales

multiplicadores reducidos; comienzan con la sexta acción de la lista,

Aberdeen Mfg. Co., que cerró el ejercicio a 10,25, o 9 veces su beneficio

declarado de 1,25 dólares por acción durante los 12 meses concluidos en

septiembre de 1970. La vigésima de tales acciones es la de American Maize

Products, cuyas acciones cerraron a 9,5, también con un multiplicador de 9.

Es posible que el grupo hubiese parecido mediocre, ya que 10 de las

acciones incluidas en él cotizaban por debajo de los 10 dólares por acción.

(Este hecho realmente no tiene importancia; probablemente, aunque no

necesariamente, debería poner en guardia a los inversores defensivos frente a

una lista de esas características, pero la inferencia en el caso de los inversores

emprendedores podría ser favorable en conjunto[11]). Antes de llevar a cabo

un escrutinio adicional, calcularemos ciertas cifras. Nuestra lista está

compuesta aproximadamente por una de cada 10 de las primeras 200 acciones

que hemos analizado. Atendiendo a ese criterio, la Guía debería facilitar, por

ejemplo, 450 acciones que se vendiesen a múltiplos inferiores a 10. Éste sería

un número importante de candidatas para llevar a cabo una selección

adicional.

Por lo tanto, apliquemos a nuestra lista algunos criterios adicionales,

bastante similares a los que hemos sugerido para el inversor defensivo, pero

no tan estrictos. Sugerimos los siguientes:

 

1. Situación financiera: (a) Activo circulante de por lo menos 1,5 veces el

pasivo circulante, y (b) deuda no superior al 110% del activo

circulante neto (en el caso de empresas industriales).

2. Estabilidad del beneficio: ausencia de déficit en los cinco últimos años

cubiertos en la Guía de Acciones.

3. Historial de dividendos: algún dividendo actual.

4. Crecimiento del beneficio: beneficios en el último año superiores a los

de 1966.

5. Cotización: menos de 120% del activo tangible neto.

 

FIGURA 15.1

 

Una cartera modelo de acciones industriales con bajo multiplicador

(Las quince primeras emisiones de la Guía de Acciones de 31 de diciembre de 1971 que cumplen los

seis requisitos).

 

a s. c. = sin clasificar.

b Después de ajustar el efecto del desdoblamiento de acciones.

 

Las cifras de beneficio recogidas en la Guía correspondían por lo general

al período concluido a 30 de septiembre de 1970, y por lo tanto no incluían lo que podría haber sido un trimestre malo al final de dicho ejercicio. Sin

embargo, el inversor inteligente no puede pedir la luna; por lo menos, no

puede pedirla para empezar. También hay que tener en cuenta que no hemos

establecido un límite inferior al tamaño de la empresa. Las empresas

pequeñas pueden ofrecer suficiente seguridad, siempre que se compren de

forma cuidadosa y en forma de grupo.

Después de aplicar los cinco criterios adicionales a nuestra lista de 20

candidatas, su número se reduce a únicamente cinco. Sigamos nuestra

búsqueda hasta que las primeras 450 acciones de la Guía nos hayan

proporcionado una pequeña «cartera» de 15 acciones que cumplan nuestros

seis requisitos. (Se recogen en la tabla 15.1, junto con algunos datos

relevantes). El grupo, por supuesto, únicamente se presenta a efectos

ilustrativos, y no debería haber sido elegido, necesariamente, por nuestro

inversor investigador.

El hecho es que el usuario de nuestro método habría tenido una capacidad

de elegir mucho mayor. Si nuestro método de criba se hubiese aplicado a las

4500 empresas de la Guía de Acciones, y si la proporción aplicable a la

primera décima parte de la lista se hubiese mantenido hasta el final,

habríamos acabado con unas 150 empresas que cumpliesen nuestros seis

criterios de selección. Entonces el inversor inteligente podría haber seguido su

capacidad de juicio, o su parcialidad y prejuicio, para realizar una tercera

selección de, por ejemplo, una de cada cinco de esta lista amplia.

El material de la Guía también recoge las «Clasificaciones de beneficios y

dividendos», que se basan en la estabilidad y en el crecimiento de estos

factores durante los ocho últimos años. (Por lo tanto, la atracción ejercida por

la cotización no entra en estos cálculos). Hemos incluido las calificaciones de

S&P en nuestra tabla 15.1. Diez de las 15 acciones tienen una calificación B+

(= media) y una de ellas (American Maize) recibe la calificación «elevada» de

A. Si nuestro inversor emprendedor quisiese añadir un séptimo criterio

mecánico a su elección, considerando únicamente las acciones calificadas por

Standard & Poor’s como medias o mejores en calidad, seguiría teniendo

aproximadamente 100 acciones de ese tipo para poder elegir. Cabría decir que

un grupo de acciones de calidad por lo menos media que también superase los

criterios de situación financiera, que se pudiese comprar a un multiplicador

bajo del beneficio actual y por debajo del valor del activo, debería ofrecer

buenas promesas de resultados satisfactorios de la inversión.

 

Un criterio único para elegir acciones ordinarias

Un lector inquisitivo bien podría preguntarse si la elección de una cartera

mejor que la media podría realizarse de una forma más sencilla de la que

acabamos de esquematizar. ¿Se podría emplear un único criterio aceptable

para conseguir una buena ventaja, como por ejemplo un PER bajo, o una

elevada rentabilidad por dividendo, o un gran valor del activo? Los dos

métodos de este tipo que hemos descubierto que en el pasado han dado, de

manera consistente, unos resultados aceptablemente positivos han sido: (a) la

adquisición de acciones con multiplicadores bajos de empresas importantes

(como las del índice DJIA) y (b) la elección de un grupo diversificado de

acciones que cotizan por debajo del valor del activo neto actual (o valor del

capital de explotación). Ya hemos señalado que el criterio del multiplicador

bajo aplicado al DJIA a finales de 1968 obtuvo unos malos resultados, si los

resultados se miden en función de la evolución hasta mediados de 1971. Los

resultados de las adquisiciones de acciones ordinarias a precios inferiores al

valor del capital de explotación no tienen un estigma negativo de ese tipo; el

inconveniente en este caso ha sido la progresiva desaparición de ese tipo de

oportunidades durante la mayor parte de la última década.

¿Qué podemos decir sobre otros criterios en los que basar la selección? A

la hora de redactar este libro hemos llevado a cabo una serie de

«experimentos» basados cada uno de ellos en un criterio único bastante claro.

Los datos utilizados se podrían encontrar fácilmente en la Guía de Acciones

de Standard & Poor’s. En todos los casos se partió de la hipótesis de que se

había comprado una cartera con acciones de 30 empresas a los precios de

cierre de 1968, y después se reevaluó esa cartera a 30 de junio de 1971. Los

criterios independientes aplicados fueron los siguientes, que se emplearon con

elecciones por lo demás aleatorias: (1) Un multiplicador bajo del beneficio

reciente (sin limitarse a las acciones incluidas en el DJIA). (2) Una elevada

rentabilidad por dividendo. (3) Un historial muy prolongado de pago de

dividendos. (4) Un gran volumen de la empresa, medido en función del

número de acciones en circulación. (5) Una sólida posición financiera. (6) Un

precio bajo, expresado en dólares por acción. (7) Una cotización reducida en

relación con el anterior máximo de cotización. (8) Una calificación de elevada

calidad otorgada por Standard & Poor’s.

Se debe tener en cuenta que la Guía de Acciones tiene por lo menos una

columna relacionada con cada uno de los criterios anteriormente

mencionados. Esto es indicativo de que el editor considera que cada uno de

esos criterios es importante a la hora de analizar y seleccionar acciones ordinarias. (Como hemos señalado anteriormente, nos gustaría que se

añadiese otra cifra: el valor neto del activo por acción).

El hecho más importante que se puede extraer de nuestras diferentes

pruebas está relacionado con los resultados de las acciones compradas

aleatoriamente. Hemos comprobado estos resultados con tres carteras

compuestas por acciones de 30 empresas, configuradas cada una de ellas con

acciones que se encontraban en la primera línea de la Guía de Acciones del 31

de diciembre de 1968, y que también aparecían en el número del 31 de agosto

de 1971. Entre estas dos fechas el índice compuesto S&P prácticamente no

había experimentado modificación, y el DJIA había perdido

aproximadamente el 5%. Sin embargo, nuestras 90 acciones elegidas

aleatoriamente habían experimentado un retroceso medio del 22%, sin tener

en cuenta las 19 acciones que habían desaparecido de la Guía y que

probablemente habían sufrido unas pérdidas mayores. Estos resultados

comparativos reflejan indudablemente la tendencia que tienen las acciones de

empresas más pequeñas de inferior calidad a estar relativamente

sobrevaloradas en los períodos alcistas de mercado, y no sólo a sufrir

retrocesos más graves que los de las empresas más sólidas en las siguientes

recesiones de mercado, sino también su tendencia a demorar su plena

recuperación, en muchos casos de manera indefinida. La lección que debe

extraer el inversor inteligente es, por supuesto, que tiene que evitar las

acciones de empresas de segundo nivel a la hora de configurar una cartera,

salvo que, en el caso del inversor emprendedor, sean ocasiones

contrastadamente demostrables.

Los demás resultados obtenidos con nuestros estudios de cartera se

pueden resumir de la siguiente manera:

Únicamente tres de los grupos estudiados habían conseguido mejores

resultados que el índice compuesto S&P (y por lo tanto mejores que el DJIA),

y tales grupos son los siguientes: (1) Empresas industriales con la mayor

calificación de calidad (A+). Este grupo experimentó un aumento del 9,5% en

el período, en comparación con un retroceso del 2,4% del conjunto de

industriales de S&P, y del 5,6% del DJIA. (Sin embargo, las acciones de las

10 concesionarias de servicios y suministros públicos que tenían

calificación A+ experimentaron un retroceso del 18%, en comparación con un

declive del 14% del índice de concesionarias de servicios y suministros

públicos del S&P compuesto por 55 empresas). Merece la pena destacar que

las calificaciones del S&P consiguieron unos resultados muy buenos en esta

prueba única. En todos los casos las carteras basadas en una calificación superior consiguieron mejores resultados que las basadas en una calificación

inferior. (2) Las empresas que tenían más de 50 millones de acciones en

circulación no experimentaron variación en conjunto, en comparación con un

pequeño declive de los índices. (3) Llamativamente, las acciones que

cotizaban a un mayor precio por acción (por encima de 100) consiguieron una

leve subida compuesta (1%).

Entre las diferentes pruebas que realizamos, llevamos a cabo una basada

en el valor contable, cifra que no se facilita en la Guía de Acciones. En esta

prueba descubrimos, que en contra de nuestra filosofía de inversión, las

empresas que combinaban un gran tamaño con un importante elemento

integrante de fondo de comercio en su precio de mercado habían conseguido

muy buenos resultados en conjunto durante los dos años y medio de tenencia

de la cartera. (Con la expresión «componente de fondo de comercio» nos

referimos a la parte del precio que excede del valor contable[12]). Nuestra lista

de «gigantes con grandes fondos de comercio» contaba con acciones de 30

empresas, cada una de ellas con un componente de fondo de comercio de más

de 1000 millones de dólares, que representaba más de la mitad de su precio de

mercado. El valor total de mercado de estas partidas de fondo de comercio a

final de 1968 era de más de 120 000 millones de dólares. A pesar de estas

optimistas valoraciones de mercado, el grupo en conjunto experimentó un

avance de la cotización por acción del 15% entre diciembre de 1968 y agosto

de 1971, y se hizo merecedor del título de mejor entre las más de 20 listas

objeto de estudio.

Un hecho como éste no debe ser pasado por alto en una obra que se centre

en las políticas de inversión. Está claro que, en el peor de los casos, las

empresas que combinan las virtudes del gran tamaño, un excelente historial

pasado de beneficios, las expectativas del público de continuación del

crecimiento de beneficio en el futuro, y unos sólidos resultados de mercado

durante muchos años cuentan por lo menos con una considerable inercia.

Aunque la cotización pueda parecer excesiva a juzgar por nuestros criterios

cuantitativos, la inercia subyacente de mercado puede seguir impulsando la

cotización de estas acciones de manera más o menos indefinida.

(Naturalmente esta hipótesis no es aplicable a todas las acciones individuales

de esta categoría. Por ejemplo, el indiscutible líder del grupo del fondo de

comercio, IBM, experimentó una bajada de 315 a 304 en el período de 30

meses). Resulta difícil juzgar en qué medida la actuación de mercado superior

que se consiguió se debe a «verdaderas» ventajas de inversión, que podrían

considerarse objetivas, y en qué medida es atribuible a la popularidad disfrutada durante muchos años. No hay duda de que los dos factores son

importantes en este terreno. Claramente, tanto los resultados a largo plazo

como la reciente actuación de mercado de los gigantes con grandes fondos de

comercio los hace recomendables para una cartera diversificada de acciones

ordinarias. Nuestra propia preferencia, sin embargo, sigue correspondiendo a

otros tipos que muestran una combinación de factores de inversión favorables,

incluido un valor de los activos que sea por lo menos dos tercios del precio de

mercado.

Las pruebas en las que se utilizaron otros criterios indican en general que

las listas aleatorias basadas en un único factor favorable consiguieron mejores

resultados que las listas aleatorias elegidas por el factor opuesto: por ejemplo,

las acciones con un bajo multiplicador experimentaron un declive más

pequeño durante este período que las acciones con un elevado multiplicador,

y las empresas con un prolongado historial de pago de dividendos perdieron

menos que aquellas que no pagaban dividendo a finales de 1968. En esta

medida, los resultados ratifican nuestra recomendación de que las acciones

elegidas cumplan una combinación de criterios cuantitativos o tangibles.

Por último, deberíamos comentar algo sobre los muy deficientes

resultados cosechados por nuestras listas en conjunto en comparación con el

historial de cotización del índice compuesto S&P. Este último está ponderado

en función del tamaño de cada empresa, mientras que nuestras pruebas se

basan en la adquisición de una acción de cada empresa. Evidentemente, la

mayor importancia atribuida a las empresas de gran tamaño por parte del

método empleado por S&P tuvo una gran importancia en los resultados, y

vuelve a destacar una vez más su mayor estabilidad de precio en comparación

con las empresas corrientes y molientes.

 

Acciones de ocasión, o acciones de activo circulante neto

 

En las pruebas de las que hemos hablado anteriormente no hemos incluido

los resultados de comprar 30 acciones de 30 empresas a precios inferiores al

valor de su activo circulante neto. El motivo es que en el mejor de los casos

sólo se habría encontrado un puñado de acciones de ese tipo en la Guía de

Acciones a finales de 1968. Sin embargo, la situación cambió con el declive

de 1970, y en los puntos de cotización mínima de ese ejercicio habría sido

posible adquirir un considerable número de acciones ordinarias por debajo del

valor de su capital de explotación. Siempre ha parecido, y de hecho sigue

pareciendo, ridículamente sencillo afirmar que si es posible adquirir un grupo diversificado de acciones ordinarias a un precio inferior al simple valor

aplicable del activo circulante neto, después de deducir todo el exigible

previo, y contabilizando a valor cero los activos fijos y de otra naturaleza, los

resultados tendrían que ser bastante satisfactorios. Lo han sido, en nuestra

experiencia, durante más de 30 años, por ejemplo entre 1923 y 1957, excluido

el período realmente difícil de 1930–1932.

 

TABLA 15.2

 

Acciones de empresas destacadas que se venden a la par o por debajo del valor del activo

circulante neto en 1970

 

¿Tiene este método alguna relevancia a principios de 1971? Nuestra

respuesta sería un «sí» con ciertas condiciones. Un rápido repaso de la Guía

de Acciones permitiría descubrir acciones de unas 50 o más empresas que

aparentemente se podían comprar por un valor igual o inferior al de su activo

circulante neto. Como cabría esperar, buena parte de estas empresas habían

tenido unos resultados deficientes en el difícil ejercicio de 1970. Si

eliminamos a las que habían declarado una pérdida neta en el último período

de 12 meses, seguiríamos teniendo una lista suficientemente grande para

configurar una tabla diversificada.

Hemos incluido en la tabla 15.2 algunos datos sobre cinco acciones que

cotizaban por debajo del valor de su capital de explotación a su cotización

mínima de 1970[13]. Esto da que pensar sobre la naturaleza de las

fluctuaciones de la cotización de las acciones. ¿Cómo es posible que

empresas sólidamente establecidas, cuyas marcas son conocidas en los

hogares de todo el país, estén valoradas por cantidades tan bajas, en un

momento en el que otras empresas (por supuesto, con un mejor crecimiento

del beneficio) se vendían por miles de millones de dólares más de lo que aparecía en su balance? Por volver a mencionar los «viejos tiempos» una vez

más, la idea del fondo de comercio como elemento de valor intangible

normalmente estaba relacionada con una «marca comercial». Nombres como

Lady Pepperell en el mercado de las sábanas, Jantzen en el de los trajes de

baño y Parker en el de las plumas estilográficas deberían ser considerados

activos de gran valor. Sin embargo, si al mercado «no le gusta una empresa»

no sólo las marcas comerciales reconocidas, sino también los solares, los

edificios, la maquinaria y cualquier otra cosa que se le ocurra, podrán

contabilizarse por un valor cercano a cero en sus patrones de medición. Pascal

dijo en una ocasión que «el corazón tiene motivos que la mente no

comprende[14]». En donde pone «corazón» léase «Wall Street».

Hay otro contraste que nos viene a la mente. Cuando la situación es

satisfactoria y las nuevas acciones se venden con facilidad, aparecen ofertas

iniciales que no tienen ninguna calidad. Este tipo de ofertas encuentran

comprador rápidamente; sus precios se disparan entusiásticamente después de

su colocación en bolsa hasta niveles en relación con el activo y con los

beneficios que deberían avergonzar a IBM, Xerox y Polaroid. Wall Street

acepta estas locuras sin pestañear, sin que nadie haga ningún esfuerzo claro

para imponer la cordura antes del inevitable colapso de las cotizaciones. (La

Comisión del Mercado de Valores no puede hacer mucho más que insistir en

que se publique información, que el público especulador acoge con un

desinterés rayando en el desprecio, o anunciar investigaciones y aplicar

medidas sancionadoras, normalmente leves, de diverso tipo después de que la

letra de la ley haya sido manifiestamente infringida). Cuando muchas de estas

minúsculas, aunque enormemente infladas, empresas desaparecen de la vista,

o están a punto de hacerlo, todo se acepta de manera filosófica como «parte

del juego». Todo el mundo se compromete a no volver a caer en estas

extravagancias inexcusables, hasta la próxima vez.

Gracias por la clase, dirá el amable lector. Sin embargo ¿qué pasa con

aquellas «acciones de ocasión» de las que hablaba? ¿Se puede ganar dinero

realmente con ellas, sin incurrir en graves riesgos? Sí, por supuesto, siempre y

cuando sea usted capaz de encontrar un número suficiente de ellas para crear

un grupo diversificado, y siempre y cuando no pierda la paciencia si no suben

de valor poco después de que las compre usted. En ciertas ocasiones la

paciencia necesaria podrá parecer digna del Santo Job. En nuestra edición

anterior nos arriesgamos a ofrecer un único ejemplo que era actual en el

momento en el que escribíamos. Se trataba de Burton-Dixie Corp., cuyas

acciones cotizaban a 20, en comparación con un valor del activo neto de 30, y un valor contable de aproximadamente 50. Los beneficios derivados de tal

adquisición no podrían haberse obtenido inmediatamente. Sin embargo, en

agosto de 1967, se ofreció a todos los accionistas 53,75 por sus acciones, una

cifra aproximadamente equivalente al valor contable. Un tenedor paciente,

que hubiese comprado las acciones en marzo de 1964 a 20, habría obtenido

un beneficio del 165% en tres años y medio, una tasa de rentabilidad anual

simple del 47%. La mayor parte de las acciones de ocasión, en nuestra

experiencia, no han necesitado tanto tiempo para arrojar buenos beneficios, ni

tampoco han obtenido una tasa de beneficio tan elevada. Una situación más o

menos parecida, vigente en el momento en el que redactamos la presente

edición, es la correspondiente a la exposición que realizamos anteriormente

acerca de National Presto Industries, en la página 190.

 

Situaciones especiales o «rescates»

 

Ocupémonos brevemente de esta cuestión, puesto que en teoría se puede

incluir en el programa de operaciones del inversor emprendedor. Ya se ha

comentado anteriormente. Ahora ofreceremos algunos ejemplos de este tipo,

y haremos algunas indicaciones adicionales sobre lo que estas oportunidades

ofrecen al inversor abierto de mente y alerta.

Tres de tales situaciones que, entre otras, estaban vigentes a principios de

1971, se pueden resumir de la siguiente manera:

 

Situación 1. Adquisición de Kayser-Roth por parte de Borden’s. En enero

de 1971, Borden Inc. anunció un plan para tomar el control de Kayser-Roth

(«prendas de vestir variadas») ofreciendo 1,33 acciones de su capital por cada

acción de Kayser-Roth. Al día siguiente, sin que se hubiese suspendido la

cotización, Borden cerró a 26 y Kayser-Roth a 28. Si un «operador» hubiese

comprado 300 acciones de Kayser-Roth y vendido 400 de Borden a esos

precios, y si la operación se hubiese consumado posteriormente en los

términos anunciados, habría obtenido un beneficio de aproximadamente el

24% sobre el coste de las acciones, menos las comisiones y algunos otros

gastos. Suponiendo que la operación se hubiese materializado en seis meses,

su beneficio final podría haber rondado aproximadamente el 40% de tasa

anual.

Situación 2. En noviembre de 1970 National Biscuit Co. se ofreció a

tomar el control de Aurora Plastics Co. por 11 dólares en metálico. La acción

cotizaba aproximadamente a 8,5; cerró el mes a 9 y siguieron cotizando a ese nivel hasta final de año. En este caso el beneficio bruto declarado era

aproximadamente el 25%, expuesto al riesgo de no consumación y al

elemento temporal.

Situación 3. Universal-Marion Co., que había suspendido sus operaciones

empresariales, solicitó a sus accionistas que confirmasen la disolución de la

empresa. El interventor declaró que las acciones ordinarias de la empresa

tenían un valor contable de aproximadamente 28,5 dólares por acción, una

parte del cual en forma de metálico. La acción cerró 1970 a 21,5, lo que era

indicativo de la existencia de un posible beneficio bruto en estos valores, si se

alcanzaba el valor contable en la liquidación, de más del 30%.

 

Si se pudiese contar con ejecutar operaciones de este tipo, realizadas de

forma diversificada para repartir los riesgos, que rindiesen por ejemplo el

20% o más en beneficio anual, indudablemente serían más que simplemente

interesantes. Como este libro no se ocupa de las «situaciones especiales», no

nos adentraremos en los detalles de esta línea de negocio, porque realmente

eso es lo que es. Limitémonos a señalar los acontecimientos contradictorios

que se han producido en este terreno en los últimos años. Por una parte, el

número de operaciones entre las que se puede elegir ha aumentado

descomunalmente, en comparación con la situación que se daba, por ejemplo,

hace diez años. Es una consecuencia de lo que podría denominarse la manía

de las grandes empresas de diversificar su actividad a través de diferentes

tipos de adquisición, etc… En 1970 el número de «anuncios de fusión»

alcanzó los 5000, lo que supuso un descenso respecto de los 6000 del año

1969. Los valores monetarios totales generados por estas operaciones

ascendieron a muchos muchos miles de millones de dólares. Puede que

únicamente una pequeña fracción de los 5000 anuncios pudiesen haber

ofrecido una oportunidad nítida de compra de acciones por parte de un

especialista en situaciones especiales, pero esa fracción seguiría siendo lo

suficientemente grande como para mantenerlo ocupado estudiando,

seleccionando y decidiendo.

La otra cara de la moneda es la creciente proporción de fusiones que se

anuncian y que no llegan a consumarse. En tales casos, por supuesto, el

beneficio que se pretendía alcanzar no se materializa, y es muy probable que

se vea sustituido por una pérdida más o menos seria. Los motivos de la falta

de culminación son numerosos, incluida la intervención de las autoridades

encargadas de supervisar la competencia, la oposición de los accionistas, las

modificaciones de la «situación de mercado», los descubrimientos negativos derivados de los estudios adicionales, la incapacidad de llegar a un acuerdo

sobre los detalles, y algunas otras. El truco en estos casos, por supuesto,

consiste en contar con la capacidad de juicio, reforzada por la experiencia,

para elegir los acuerdos que ofrezcan más probabilidades de prosperar, y

también aquellos que, en caso de que fracasen, tengan el menor potencial de

provocar serias pérdidas[15].

 

Comentarios adicionales sobre los ejemplos anteriores

 

Kayser-Roth. Los consejeros de esta empresa ya habían rechazado (en

enero de 1971) la propuesta de Borden cuando se escribió este capítulo. Si la

operación se hubiese desmontado inmediatamente, la pérdida total,

comisiones incluidas, habría sido de aproximadamente el 12% del coste de las

acciones de Kayser-Roth.

Aurora Plastics. A causa de los malos resultados de la empresa en 1970,

se renegociaron las condiciones de la absorción y el precio se redujo a 10,5.

Las acciones se abonaron a finales de mayo. La tasa anual de rendimiento

obtenida fue de aproximadamente el 25%.

Universal-Marion. Esta empresa realizó rápidamente un reparto inicial en

metálico y acciones por un valor aproximado de 7 dólares por acción,

reduciendo la inversión a aproximadamente 14,5. No obstante, el precio de

mercado se redujo posteriormente hasta 13, arrojando dudas sobre el resultado

en última instancia de la liquidación.

 

Suponiendo que los tres ejemplos mencionados sean relativamente

representativos de las oportunidades de «rescate o arbitraje» en todo el año

1971, está claro que estas operaciones no eran atractivas si se realizaban de

manera aleatoria. Esta especialidad se ha convertido, más que nunca en el

pasado, en un terreno para profesionales que tengan la experiencia y

capacidad de juicio necesaria.

Se produjo un interesante acontecimiento colateral sobre nuestro ejemplo

de Kayser-Roth. A finales de 1971 el precio quedó por debajo de los 20,

mientras que Borden cotizaba a 25, lo que equivalía a que Kayser-Roth lo

hiciese a 33, en virtud de los términos de la oferta de canje. Aparentemente, o

los consejeros habían cometido un grave error al rechazar la oportunidad, o

las acciones de Kayser-Roth estaban tremendamente infravaloradas en el

mercado. Una cuestión digna de ser examinada por algún analista de valores.