El inversor inteligente

Benjamin Graham · Capítulo 45 de 48

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El inversor inteligente

Epílogo

 

Conocemos muy bien a dos socios que pasaron buena parte de su vida

gestionando sus propios fondos, y los de otras personas, en Wall Street.

Alguna experiencia difícil les enseñó que era mejor estar seguro y actuar con

prudencia que tratar de ganar todo el dinero del mundo. Llegaron a elaborar

un enfoque relativamente exclusivo sobre las operaciones con valores, que

combinaba unas buenas posibilidades de conseguir beneficio con un sólido

valor. Evitaron cualquier cosa que pareciese excesivamente cara y actuaron

con gran rapidez para desprenderse de las acciones que habían ascendido

hasta niveles que consideraban que ya no eran atractivos. Sus carteras estaban

siempre bien diversificadas, con más de 100 acciones diferentes en ellas. De

esta forma, consiguieron resultados bastante buenos durante muchos años de

altibajos en el mercado general; consiguieron una media de aproximadamente

el 20% anual sobre los varios millones de capital cuya gestión habían

aceptado, y sus clientes quedaron satisfechos con los resultados[1].

El año de la primera edición de este libro se ofreció la oportunidad al

fondo de estos socios de adquirir una participación del 50% en una empresa

en crecimiento. Por algún motivo, la industria en la que participaba esa

empresa no atraía a Wall Street en aquel momento y la operación había sido

rechazada por unas cuantas agencias importantes. Sin embargo, nuestros dos

socios quedaron impresionados por las posibilidades que ofrecía la empresa;

el elemento decisivo para ellos era que el precio era moderado en relación con

los beneficios actuales y el valor del activo. Los socios decidieron seguir

adelante con la adquisición, que en términos monetarios representaba

aproximadamente una quinta parte del patrimonio de su fondo. Se

identificaron muy estrechamente con su nueva participación empresarial, que

prosperó[2].

De hecho, consiguió unos resultados tan positivos que la cotización de sus

acciones alcanzó un nivel de 200 veces o más el precio pagado por la

participación del 50%. La subida de cotización superó con mucho el

crecimiento real de los beneficios, y prácticamente desde el principio la

cotización dio la impresión de que era demasiado elevada si se evaluaba de

conformidad con los propios criterios de inversión de los socios. Sin embargo, como consideraban que la empresa era una especie de «empresa familiar»

mantuvieron una participación sustancial en las acciones, a pesar de la

espectacular subida del precio. Un gran número de los partícipes de sus

fondos hicieron lo mismo, y llegaron a hacerse millonarios gracias a sus

carteras en esta única empresa, más las filiales que se constituyeron

posteriormente[3].

Paradójicamente, el conjunto de beneficios derivado de esta única

decisión de inversión superó con mucho la suma acumulada de todas las

demás decisiones de inversión adoptadas durante 20 años de operaciones muy

variadas en los campos de actividad en los que estaban especializados los

socios, período durante el cual realizaron grandes investigaciones,

prolongadas sesiones de reflexión y adoptaron innumerables decisiones

individuales.

¿Hay alguna lección que deba extraer el inversor inteligente de esta

historia sobre el valor? Una lección obvia es que existen muchas formas de

ganar y conservar dinero en Wall Street. Otra lección, no tan obvia, es que

una racha de suerte, o una decisión extraordinariamente inteligente, ¿quién es

capaz de diferenciar la una de la otra?, puede representar más que una vida de

esfuerzos incesantes[4]. Sin embargo, más allá de la suerte, o de la decisión

crucial, tiene que haber unos antecedentes de preparación y de capacidad

disciplinada. Es necesario tener un fundamento suficiente y gozar de fama

adecuada para que estas oportunidades llamen a la puerta. Hace falta tener los

medios, la capacidad de juicio y el coraje para aprovecharlas.

Por supuesto, no podemos prometer una experiencia igual de espectacular

a todos los inversores que sean en todo momento prudentes y que estén en

todo momento alerta a lo largo de los años. No vamos a concluir con el

eslogan de J. J. Raskob del que nos reímos al principio: «Todo el mundo

puede ser rico». Sin embargo, en la escena financiera abundan las

posibilidades interesantes, y el inversor inteligente y emprendedor debería ser

capaz de encontrar disfrute y beneficio en este circo de tres pistas. La

emoción está garantizada.