El inversor inteligente
Epílogo
Conocemos muy bien a dos socios que pasaron buena parte de su vida
gestionando sus propios fondos, y los de otras personas, en Wall Street.
Alguna experiencia difícil les enseñó que era mejor estar seguro y actuar con
prudencia que tratar de ganar todo el dinero del mundo. Llegaron a elaborar
un enfoque relativamente exclusivo sobre las operaciones con valores, que
combinaba unas buenas posibilidades de conseguir beneficio con un sólido
valor. Evitaron cualquier cosa que pareciese excesivamente cara y actuaron
con gran rapidez para desprenderse de las acciones que habían ascendido
hasta niveles que consideraban que ya no eran atractivos. Sus carteras estaban
siempre bien diversificadas, con más de 100 acciones diferentes en ellas. De
esta forma, consiguieron resultados bastante buenos durante muchos años de
altibajos en el mercado general; consiguieron una media de aproximadamente
el 20% anual sobre los varios millones de capital cuya gestión habían
aceptado, y sus clientes quedaron satisfechos con los resultados[1].
El año de la primera edición de este libro se ofreció la oportunidad al
fondo de estos socios de adquirir una participación del 50% en una empresa
en crecimiento. Por algún motivo, la industria en la que participaba esa
empresa no atraía a Wall Street en aquel momento y la operación había sido
rechazada por unas cuantas agencias importantes. Sin embargo, nuestros dos
socios quedaron impresionados por las posibilidades que ofrecía la empresa;
el elemento decisivo para ellos era que el precio era moderado en relación con
los beneficios actuales y el valor del activo. Los socios decidieron seguir
adelante con la adquisición, que en términos monetarios representaba
aproximadamente una quinta parte del patrimonio de su fondo. Se
identificaron muy estrechamente con su nueva participación empresarial, que
prosperó[2].
De hecho, consiguió unos resultados tan positivos que la cotización de sus
acciones alcanzó un nivel de 200 veces o más el precio pagado por la
participación del 50%. La subida de cotización superó con mucho el
crecimiento real de los beneficios, y prácticamente desde el principio la
cotización dio la impresión de que era demasiado elevada si se evaluaba de
conformidad con los propios criterios de inversión de los socios. Sin embargo, como consideraban que la empresa era una especie de «empresa familiar»
mantuvieron una participación sustancial en las acciones, a pesar de la
espectacular subida del precio. Un gran número de los partícipes de sus
fondos hicieron lo mismo, y llegaron a hacerse millonarios gracias a sus
carteras en esta única empresa, más las filiales que se constituyeron
posteriormente[3].
Paradójicamente, el conjunto de beneficios derivado de esta única
decisión de inversión superó con mucho la suma acumulada de todas las
demás decisiones de inversión adoptadas durante 20 años de operaciones muy
variadas en los campos de actividad en los que estaban especializados los
socios, período durante el cual realizaron grandes investigaciones,
prolongadas sesiones de reflexión y adoptaron innumerables decisiones
individuales.
¿Hay alguna lección que deba extraer el inversor inteligente de esta
historia sobre el valor? Una lección obvia es que existen muchas formas de
ganar y conservar dinero en Wall Street. Otra lección, no tan obvia, es que
una racha de suerte, o una decisión extraordinariamente inteligente, ¿quién es
capaz de diferenciar la una de la otra?, puede representar más que una vida de
esfuerzos incesantes[4]. Sin embargo, más allá de la suerte, o de la decisión
crucial, tiene que haber unos antecedentes de preparación y de capacidad
disciplinada. Es necesario tener un fundamento suficiente y gozar de fama
adecuada para que estas oportunidades llamen a la puerta. Hace falta tener los
medios, la capacidad de juicio y el coraje para aprovecharlas.
Por supuesto, no podemos prometer una experiencia igual de espectacular
a todos los inversores que sean en todo momento prudentes y que estén en
todo momento alerta a lo largo de los años. No vamos a concluir con el
eslogan de J. J. Raskob del que nos reímos al principio: «Todo el mundo
puede ser rico». Sin embargo, en la escena financiera abundan las
posibilidades interesantes, y el inversor inteligente y emprendedor debería ser
capaz de encontrar disfrute y beneficio en este circo de tres pistas. La
emoción está garantizada.