El inversor inteligente
Capítulo 6. Política de cartera para el inversor emprendedor: Método negativo
Capítulo 6
Política de cartera para el inversor emprendedor:
Método negativo
El inversor «agresivo» debería comenzar desde el mismo punto de partida
que el inversor defensivo, es decir, con una distribución de sus fondos entre
obligaciones de primera categoría y acciones ordinarias de primera categoría
adquiridas a precios razonables[1]. Debe estar dispuesto a adentrarse en otros
tipos de compromisos con valores, pero en todos los casos necesitará una
argumentación bien razonada que justifique la incursión. La exposición de
esta cuestión de manera ordenada entraña dificultades, porque no hay un
único modelo, ni un modelo ideal de organización de las operaciones
agresivas. El campo de elección es amplio; la selección debería depender no
sólo de la competencia y la preparación del individuo, sino también, y de
manera igualmente justificada, de sus intereses y preferencias.
Las generalizaciones que más útiles pueden resultar al inversor
emprendedor son de índole negativa. Que se mantenga al margen de las
acciones preferentes de primera categoría, y las deje para las personas
jurídicas. Que también se mantenga alejado de las obligaciones y acciones
preferentes de categoría inferior, salvo que puedan adquirirse a precio de
oportunidad, lo que normalmente significa un precio que esté por lo menos el
30% bajo par en el caso de emisiones con elevados cupones, y a precios muy
inferiores en el caso de emisiones con cupones menores[2]. Tendrá que dejar
que sean otros los que compren emisiones de obligaciones de Estados
extranjeros, aunque el rendimiento sea atractivo. También tendrá que actuar
con gran prevención ante todo tipo de nuevas emisiones, incluidas las
obligaciones convertibles y las acciones preferentes convertibles que puedan
parecer tentadoras y las acciones ordinarias con excelentes ganancias
limitadas al pasado reciente.
En lo relativo a las inversiones en obligaciones ordinarias, el inversor
agresivo haría bien si siguiese la pauta de actuación que se ha sugerido para
su congénere defensivo, y limitase su elección a las emisiones sujetas a
tributación de primer orden, de las cuales es posible en la actualidad elegir valores que rinden aproximadamente el 7,25%, y las obligaciones exentas de
tributación de buena calidad, que pueden ofrecer unos rendimientos de hasta
el 5,30% en el caso de instrumentos con vencimientos a más largo plazo[3].
Acciones preferentes y obligaciones de segunda categoría
Teniendo en cuenta que a finales de 1971 es posible encontrar
obligaciones empresariales de primera categoría que ofrecen un rendimiento
del 7,25% o incluso más, no tendría mucho sentido comprar emisiones de
segunda categoría simplemente por el mayor rendimiento que ofrecen. De
hecho, las sociedades con una posición de solvencia relativamente deficiente
han descubierto que les ha resultado prácticamente imposible colocar
«obligaciones simples» (es decir, no convertibles) entre el público en los dos
últimos años. Por lo tanto, su financiación con recursos ajenos ha tenido que
realizarse a través de la emisión de obligaciones convertibles (o lo que es lo
mismo, obligaciones unidas a un warrant) que están en una categoría
diferente. Se desprende que prácticamente todas las obligaciones no
convertibles de categoría inferior corresponden a emisiones más antiguas que
se están vendiendo con un gran descuento. Por lo tanto, ofrecen la posibilidad
de disfrutar de una substancial ganancia en valor del principal si se dan
condiciones favorables en el futuro, para lo que sería necesario que se
combinasen la mejora de la calificación de solvencia de la sociedad, por una
parte, y una reducción de los tipos de interés generales, por otra parte.
No obstante, incluso en la cuestión de los descuentos de precio y la
concomitante oportunidad de conseguir beneficios gracias al principal, las
obligaciones de segunda categoría compiten con mejores instrumentos.
Algunas de las obligaciones firmemente arraigadas con tipos de cupón «a la
antigua usanza» (2,5% a 4%) se vendían aproximadamente por 50 centavos
por dólar nominal en 1970. Se pueden mencionar los siguientes ejemplos:
American Telephone & Telegraph 2,625%, con vencimiento en 1986,
cotizaba a 51; Atchison Topeka & Santa Fe RR 4%,con vencimiento en 1995,
cotizaba a 51; McGraw-Hill 3,875%, con vencimiento en 1992, cotizaba a
50,5.
Por lo tanto, en las condiciones imperantes a finales de 1971, los
inversores emprendedores pueden obtener de obligaciones de buena categoría
que se venden con grandes descuentos todo lo que deberían desear
razonablemente tanto desde el punto de vista de la rentabilidad como de las
posibilidades de revalorización.
A lo largo de este libro nos referimos a la posibilidad de que cualquier
situación de mercado bien definida y prolongada que se haya dado en el
pasado se pueda volver a repetir en el futuro. Por lo tanto, deberíamos tener
en cuenta qué políticas deberían elegir los inversores agresivos en el terreno
de las obligaciones, si los precios y los rendimientos de las emisiones de
mejor categoría volviesen a la situación que anteriormente se consideraba
normal. Por este motivo volveremos a reimprimir las observaciones que sobre
esta cuestión realizamos en la edición de 1965, cuando las obligaciones de
mejor categoría rendían únicamente el 4,5%.
En este momento deberíamos hacer alguna indicación sobre las emisiones
de segunda categoría que se pueden encontrar con facilidad, y que arrojan
rentabilidades de hasta el 8% o más. La principal diferencia entre las
obligaciones de primera categoría y las de segunda categoría suele darse en el
número de veces que los gastos por intereses están cubiertos por los
beneficios. Por ejemplo: a principios de 1964 las obligaciones remunerables
con cargo a ingresos de Chicago, Milwaukee, St Paul and Pacific, al 5%, que
cotizaban a 68, arrojaban un rendimiento del 7,35%. Sin embargo, los gastos
totales por intereses de la autopista, antes de impuestos de sociedades,
únicamente se cubrieron 1,5 veces en 1963, en comparación con nuestros
requisitos de que estén cubiertos 5 veces en el caso de una emisión de
ferrocarril bien protegida[4].
Muchos inversores adquieren títulos de este tipo porque «necesitan renta»
y no pueden conformarse con la rentabilidad más escasa ofrecida por las
emisiones de mejor categoría. La experiencia indica claramente que es poco
sensato comprar una obligación o una acción preferente que carece de una
adecuada seguridad simplemente porque su rendimiento es atractivo[5]. (En
este caso la palabra «simplemente» quiere decir que la emisión no está
cotizando con un gran descuento y, por lo tanto, no ofrece la oportunidad de
obtener una substancial ganancia gracias al valor del principal). Cuando estos
títulos se adquieren a precio íntegro, es decir, no muchos puntos por debajo
del 100[6], hay muchas probabilidades de que en algún momento futuro el
tenedor tenga que sufrir unas cotizaciones muy inferiores. Cuando llega una
mala racha, ya sea de actividad de la empresa o de mercado, las emisiones de
este tipo suelen ser muy dadas a sufrir grandes caídas; frecuentemente se
suspenden los pagos de intereses o dividendos, o por lo menos se ven en
peligro, y en muchas ocasiones se producen marcadas caídas de los precios
aun cuando los resultados de explotación no sean tan malos.
Como ilustración específica de esta característica de los títulos senior de
segunda calidad resumamos el comportamiento seguido por la cotización de
un grupo de diez obligaciones remunerables con ingresos de empresas de
ferrocarril en 1946-1947. El grupo está compuesto por todas aquellas que
cotizaron a 96 o más en 1946, con precios máximos que de media alcanzaron
102,5. Al año siguiente el grupo había registrado unos precios mínimos que
en promedio alcanzaban únicamente el 68, lo que supone una pérdida de un
tercio de valor de mercado en un período de tiempo muy reducido.
Sorprendentemente, los ferrocarriles del país estaban consiguiendo en 1947
unas ganancias muy superiores a las obtenidas en 1946; por lo tanto, la
drástica reducción de la cotización fue en contra de la situación en la que se
encontraba la actividad de estas empresas y fue en realidad un reflejo del
ambiente de liquidación que imperaba en el mercado general. No obstante, se
debe señalar que la caída de valor de estas obligaciones remunerables con
ingresos fue proporcionalmente mayor que la de las acciones ordinarias de la
lista industrial del Dow Jones (aproximadamente el 23%). Evidentemente, el
comprador de este tipo de obligaciones a un coste superior a 100 no podría
haber contado con participar en cualquier ulterior crecimiento en el mercado
de valores. El único rasgo atractivo era el rendimiento por intereses, que de
media alcanzaba el 4,25% (en comparación con el 2,50% de las obligaciones
de primera categoría, lo que supone una ventaja de 1,75% en ingresos
anuales). No obstante, lo que se produjo a continuación puso de manifiesto
con demasiada rapidez y de manera absolutamente explícita que, a cambio de
la pequeña ventaja en renta anual, el comprador de estas obligaciones de
segunda categoría se estaba arriesgando a sufrir la pérdida de una parte
sustancial de su principal.
El ejemplo anterior nos permite exponer lo que opinamos sobre la falacia
popular que suele recibir la denominación de «inversión para empresarios».
Esto supone la adquisición de un título que muestre un rendimiento mayor
que el que se puede obtener con una emisión de primera categoría y que
entrañe un riesgo concomitantemente superior. Es un mal negocio aceptar la
posibilidad reconocida de sufrir una pérdida de principal a cambio de un mero
1 o 2% de renta anual adicional. Si está dispuesto a asumir ciertos riesgos,
debería estar seguro de que puede conseguir un beneficio realmente
importante con el valor del principal en caso de que todo salga bien. Por lo
tanto, una obligación de segunda categoría con un interés del 5,5 o del 6%
que se venda a la par es prácticamente siempre una mala adquisición. Esos mismos títulos a 70 podrían resultar más adecuados, y si tiene paciencia
probablemente podrá adquirirlos a ese nivel.
Las obligaciones de segunda categoría y las acciones preferentes tienen
dos atributos contradictorios que el inversor inteligente debe tener claramente
presentes. Prácticamente todas sufren graves retrocesos cuando la situación
del mercado es negativa. Por otra parte, una gran parte de ellas recuperan su
posición cuando vuelven las condiciones favorables, y éstas, en última
instancia, «acaban saliendo bien». Esto es cierto incluso en el caso de las
acciones preferentes (cuando se trata de obligaciones con derecho a acumular
los dividendos no desembolsados) que no han pagado dividendos durante
muchos años. Hubo un número de títulos de ese tipo a principios de la década
de 1940, como consecuencia del período de gran depresión de la década de
1930. Durante el período de crecimiento explosivo de la postguerra,
1945-1947, muchas de estas grandes acumulaciones fueron pagadas en
metálico o con nuevos títulos, y en muchos casos también se atendió al pago
del principal. Como resultado, las personas que unos cuantos años antes
habían comprado estos títulos desfavorecidos a precios muy bajos obtuvieron
grandes beneficios[7].
Bien podría darse el caso de que, en términos contables generales, los
mayores rendimientos que se pueden obtener con las emisiones senior de
segunda categoría hayan compensado las pérdidas de principal que eran
irrecuperables. En otras palabras, un inversor que haya comprado todos esos
títulos a sus precios ofrecidos podría haber tenido unos resultados similares, a
largo plazo, a los de una persona que se hubiese limitado a títulos de primera
categoría; tampoco puede descartarse que sus resultados hubiesen sido aún
mejores[8].
No obstante, a efectos prácticos, esta cuestión es básicamente irrelevante.
Sea cual sea el resultado, el comprador de títulos de segunda categoría que
haya pagado el precio íntegro estará preocupado e incómodo cuando la
cotización de los títulos se venga abajo. Además, no podrá adquirir un
número suficiente de títulos que le permita garantizarse un resultado «medio»,
y tampoco estará en condiciones de reservar una parte de sus mayores
ingresos para compensar o «amortizar» las pérdidas de principal que acaben
siendo permanentes. Por último, es una mera cuestión de sentido común
abstenerse de comprar títulos a una cotización de más o menos 100 si la
experiencia histórica indica que se pueden comprar probablemente a 70 o
menos en el siguiente período de debilidad que atraviese el mercado. Obligaciones de países extranjeros
Todos los inversores que tengan un poco de experiencia, por pequeña que
ésta sea, saben que las obligaciones extranjeras, en conjunto, se han granjeado
fama de ser un mal instrumento de inversión desde 1914. Esto era inevitable,
si se tiene en cuenta que desde esa época ha habido dos guerras mundiales y
una depresión mundial en el ínterin de una profundidad nunca conocida. Sin
embargo, cada pocos años las condiciones de mercado son suficientemente
favorables para hacer posible la venta de algunos nuevos instrumentos
extranjeros a un precio cercano a la par. Este fenómeno es muy revelador de
la forma de pensar de la mente del inversor medio, y no sólo en el campo de
las obligaciones.
No tenemos ningún motivo concreto para preocuparnos por los futuros
resultados que acumulen las obligaciones extranjeras bien consideradas, como
por ejemplo las de Australia o Noruega. Sin embargo, lo que sí sabemos es
que en caso de que, o cuando, aparezcan problemas, el propietario de
obligaciones extranjeras no tendrá ningún medio legal, ni de otro tipo, de
hacer valer sus derechos. Quienes compraron obligaciones de la República de
Cuba al 4,5% a una cotización de hasta 117 en 1953 tuvieron que sufrir el
impago de sus intereses y después tuvieron que venderlas a cotizaciones tan
bajas como 20 centavos por dólar en 1963. La lista de obligaciones de la bolsa
de Nueva York de aquel año también incluía obligaciones del Congo Belga al
5,25% que cotizaban a 36, obligaciones de Grecia al 7% que cotizaban a 30, y
diferentes emisiones de obligaciones de Polonia con cotizaciones que
llegaban hasta un mínimo de 7. ¿Cuántos lectores tienen alguna idea sobre las
repetidas vicisitudes de las obligaciones al 8% de Checoslovaquia desde que
se ofrecieron por primera vez en Estados Unidos en 1922 a 96,5? Su
cotización subió a 112 en 1928, se redujo a 67,75 en 1932, se recuperó hasta
110 en 1936, se vino abajo a 6 en 1939, se recuperó (increíblemente) a 117 en
1946, se desplomó rápidamente a 35 en 1948 y se ha vendido a cotizaciones
tan bajas como 8 en 1970.
Hace años se formuló una especie de argumentación que justificaba la
adquisición de obligaciones extranjeras en Estados Unidos basada en el
motivo de que una nación acreedora tan rica como la nuestra está moralmente
obligada a prestar dinero al extranjero. El tiempo, ese elemento indispensable
para poder saborear fría la venganza, ha traído a Estados Unidos su propio
problema peliagudo de balanza de pagos, parte del cual es atribuible a la
adquisición a gran escala de obligaciones extranjeras por parte de los
inversores estadounidenses que trataban de conseguir una pequeña ventaja de rendimiento. Durante muchos años del pasado hemos puesto en tela de juicio
la supuesta atracción de tales inversiones desde el punto de vista del
comprador; tal vez deberíamos añadir en la actualidad que este último no sólo
se haría un favor a sí mismo, sino también a su país, si dejase pasar estas
oportunidades.
Las salidas a bolsa en general
Podría parecer desaconsejable tratar de formular cualquier tipo de
afirmación general sobre las salidas a bolsa en conjunto, puesto que cubren la
más amplia gama posible de calidad y de atracción. Ciertamente, habrá
excepciones a cualquier regla que pueda sugerirse. Nuestra única
recomendación es que todos los inversores deberían mostrarse muy cautos
ante las ofertas públicas iniciales, lo que significa, simplemente, que tales
ofertas deben ser objeto de un cuidadoso examen y de pruebas
extraordinariamente severas antes de decidir que interesa su adquisición.
Hay dos motivos para esta doble precaución. El primero es que las ofertas
públicas iniciales cuentan con el respaldo de especiales dotes de venta por
parte del vendedor, y exigen, por lo tanto, un especial nivel de resistencia a la
compra[9]. El segundo es que la mayor parte de estas salidas a bolsa tienen
lugar en «condiciones favorables de mercado», lo que significa condiciones
favorables para el vendedor y, por lo tanto, menos favorables para el
comprador[10].
El efecto de estas consideraciones va siendo cada vez más importante a
medida que descendemos por la escala, comenzando con las obligaciones de
máxima calidad, pasando por los títulos senior de segunda categoría, hasta
que llegamos a la colocación de acciones ordinarias en la parte inferior de la
escala jerárquica. En el pasado se han financiado cuantiosas cantidades
mediante una técnica que consistía en reembolsar las obligaciones existentes a
su precio de rescate, sustituyéndolas después por nuevas emisiones que
abonaban un cupón inferior. La mayor parte de esta actividad se llevaba a
cabo en la categoría de las obligaciones de máxima calidad y de acciones
preferentes. Los compradores solían ser, principalmente, grandes instituciones
financieras, sobradamente cualificadas para proteger sus intereses. Por lo
tanto, los precios de estas ofertas estaban cuidadosamente determinados para
cubrir el precio de salida de emisiones comparables, y la destreza de los
vendedores influía poco en el resultado. A medida que los tipos de interés se
iban reduciendo más y más, los compradores acababan pagando un precio excesivamente elevado por estas emisiones, y buena parte de ellas acabaron
sufriendo grandes declives en el mercado. Éste es uno de los rasgos
característicos de la tendencia a colocar nuevas emisiones cuando las
condiciones son más favorables para el emisor; no obstante, en el caso de las
emisiones de títulos de primera categoría, las consecuencias negativas para el
comprador serán desagradables, pero no llegarán a ser graves.
La situación resulta ser algo diferente cuando estudiamos las acciones
preferentes y las obligaciones de menor categoría que se vendieron durante
los períodos 1945-1946 y 1960-1961. En estos casos, el efecto del esfuerzo de
venta es más aparente, porque la mayor parte de estos títulos se colocaron
probablemente entre inversores individuales e inexpertos. Un rasgo
característico de estas ofertas es que no ofrecían una imagen adecuada si se
juzgaban con arreglo al resultado de las empresas estudiado durante un
número suficiente de años. Su apariencia era de suficiente seguridad, en la
mayor parte de los casos, siempre y cuando se pudiese dar por supuesto que
los recientes beneficios se iban a poder mantener sin serios contratiempos.
Los bancos de inversión que colocaron estas emisiones probablemente
aceptaron esta hipótesis, y sus vendedores tuvieron pocas dificultades para
persuadirse a sí mismos y a sus clientes de que tal iba a ser el caso. No
obstante, fue una forma poco sensata de abordar una operación de inversión,
que probablemente acabó resultando muy costosa.
Los períodos alcistas de mercado normalmente se caracterizan por el
hecho de que un gran número de sociedades no cotizadas deciden salir a bolsa
con acciones cotizadas. Esto fue lo que sucedió en 1945-46, y nuevamente a
partir de 1960. El proceso posteriormente alcanzó proporciones
extraordinarias, hasta que concluyó con un cierre catastrófico en mayo de
1962. Después del tradicional período de «enfriamiento y recuperación» que
duró varios años, toda la tragicomedia volvió a repetirse, paso por paso, en
1967-1969[11].
Nuevas ofertas de acciones ordinarias
A continuación se reproducen unos cuantos párrafos, sin ninguna
modificación, tomados de la edición de 1959, con unos comentarios añadidos:
La financiación mediante acciones ordinarias adopta dos formas diferentes. En el caso de
sociedades que ya están admitidas a cotización, se ofrecen acciones adicionales en un número
proporcional a sus carteras, a los accionistas existentes. El precio de suscripción se establece
por debajo del actual precio de mercado, y los derechos para suscribir acciones tienen un
valor monetario inicial[12]. La venta de nuevas acciones prácticamente siempre está suscrita
por uno o más bancos de inversión, aunque existe la esperanza y la expectativa general de que
la totalidad de las nuevas acciones sean suscritas mediante el ejercicio de los derechos de
suscripción. Por lo tanto, la venta de acciones ordinarias adicionales de sociedades admitidas
a cotización por lo general no requiere un esfuerzo activo de venta por parte de las firmas que
distribuyen estos títulos.
El segundo tipo es la colocación pública de acciones ordinarias de lo que hasta ese
momento eran sociedades cuyas acciones no cotizaban en bolsa. La mayor parte de estas
acciones se venden por cuenta de los titulares de las participaciones de control, con el
objetivo de poder allegar fondos en una situación favorable de mercado y diversificar sus
propias finanzas. (Cuando se captan nuevas cantidades de dinero para la actividad de la
empresa, frecuentemente, ese dinero se obtiene por medio de la venta de acciones preferentes,
como se ha indicado anteriormente).
Esta actividad sigue un patrón bien definido, que por la propia naturaleza de los mercados
de valores debe generar muchas pérdidas y decepciones al público en general. Los peligros
surgen como consecuencia del carácter de las empresas que obtienen financiación por estos
medios y de las condiciones de mercado que hacen posible la financiación.
En la primera parte del siglo (XX) una gran proporción de las principales sociedades
estadounidenses fueron admitidas a cotización en bolsa. A medida que pasó el tiempo, el
número de empresas de primer orden que cotizaban fue disminuyendo firmemente; por lo
tanto, las colocaciones en bolsa se han concentrado a medida que pasaba el tiempo cada vez
más en empresas relativamente pequeñas. Por una desgraciada correlación, durante ese
mismo período, el público interesado en comprar acciones ha ido adquiriendo una arraigada
preferencia por empresas importantes y, simultáneamente, ha adquirido prejuicios contra las
empresas pequeñas. Este prejuicio, como muchos otros, tiende a debilitarse a medida que se
asientan las tendencias alcistas en el mercado; los grandes y rápidos beneficios obtenidos por
el conjunto de acciones ordinarias son suficientes para atenuar la facultad crítica del público,
a la vez que potencian su instinto comprador. Durante estos períodos, además, no suele
resultar difícil identificar una serie de empresas cotizadas que disfrutan de excelentes
resultados, aunque buena parte de estas empresas no tendrían un historial tan impresionante si
los resultados que se analizan se remontasen, por ejemplo, a diez años o más.
Cuando estos factores se combinan surgen las siguientes consecuencias: en algún
momento en medio de un período alcista de mercado aparecen las primeras colocaciones
iniciales en bolsa. Sus precios se establecen en niveles relativamente atractivos y los
compradores de estas primeras colocaciones obtienen beneficios considerables. A medida que
prosigue la subida del mercado, esta forma de financiación se hace cada vez más frecuente; la
calidad de las sociedades que van saliendo a bolsa se deteriora cada vez más; los precios que
se solicitan y que se obtienen se aproximan mucho a niveles exorbitantes. Una señal bastante
fiable de que se aproxima el final de un período alcista es el hecho de que las acciones
ordinarias recién colocadas de sociedades pequeñas y desconocidas flotan en el mercado a
niveles algo superiores al imperante para muchas empresas de medianas dimensiones con un
prolongado historial de mercado. (Debería añadirse que muy poca de esta actividad de
financiación mediante acciones ordinarias suele ser llevada a cabo por bancos de inversión de
gran tamaño y de buena reputación[13]).
La insensatez del público y la disposición de las organizaciones vendedoras a vender todo
aquello que se pueda vender obteniendo beneficio únicamente pueden tener un resultado: el
colapso del precio. En muchos casos, estas ofertas iniciales pierden el 75% o más de su
precio de oferta. La situación se agrava por el anteriormente mencionado hecho de que, en
última instancia, el público tiene una aversión real a ese tipo precisamente de pequeñas
emisiones que tan ansiosamente adquieren en los momentos de despreocupación. Muchas de
estas emisiones caen, proporcionalmente, tan por debajo de su verdadero valor como
anteriormente se vendían por encima de él.
Un requisito elemental del inversor inteligente es la capacidad de resistirse a las argucias
de los vendedores que les ofrecen títulos de ofertas públicas iniciales durante etapas alcistas
del mercado. Aunque se puedan encontrar una o dos de estas ofertas que puedan superar
exigentes pruebas de calidad y valor, probablemente es una mala política participar en este
tipo de actividad. Por supuesto, el vendedor señalará que muchas de estas nuevas ofertas han
disfrutado de importantes subidas de mercado, incluidas algunas alzas espectaculares en el
día en el que salen a bolsa. No obstante, todo ello forma parte de la atmósfera especulativa.
Es dinero fácil. Tendrá mucha suerte si acaba perdiendo sólo el doble del dinero que sea
capaz de ganar inicialmente con estas operaciones.
Algunas de estas colocaciones pueden acabar siendo excelentes compras, unos cuantos
años después, cuando nadie las quiera y se puedan obtener por una pequeña fracción de su
verdadero valor.
En la edición de 1965 continuamos nuestra exposición sobre esta materia
de la siguiente forma:
Aunque los aspectos más generales del comportamiento del mercado de valores desde
1949 no se han prestado muy bien a un análisis basado en una prolongada experiencia, la
evolución de las colocaciones de nuevas acciones en el mercado ha seguido exactamente el
curso que cabía esperar en función de la historia. Es dudoso que en el pasado se hayan
realizado tantas ofertas iniciales, de una calidad tan baja, y con unas caídas de precio tan
extremas como las que se están produciendo en 1960-1962[14]. La capacidad del mercado de
valores, en su conjunto, para desentenderse rápidamente de ese desastre es, indiscutiblemente,
un fenómeno extraordinario, que nos hace retomar los recuerdos largo tiempo enterrados de
la similar invulnerabilidad que mostró ante el colapso inmobiliario que sufrió Florida en
1925.
¿Debe producirse una recaída en la locura de las ofertas públicas iniciales antes de que el
actual período alcista de mercado alcance su cierre definitivo? ¿Quién lo sabe? No obstante,
lo que sí sabemos es que un inversor inteligente no se olvidará de lo que ha ocurrido en 1962
y dejará que sean otros los que disfruten del siguiente lote de rápidos beneficios en esta área y
que sean otros, en consecuencia, los que sufran las posteriores pérdidas desastrosas.
En la edición de 1965, tras estos párrafos mencionábamos «Un horrible
ejemplo», literalmente, la venta de acciones de Aetna Maintenance Co. a 9
dólares en noviembre de 1961. Siguiendo un comportamiento típico, las
acciones subieron rápidamente hasta 15 dólares; al año siguiente cayeron a
2,375 y en 1964 a 0,875. La historia posterior de esta empresa entra dentro de
lo extraordinario, e ilustra alguna de las extrañas metamorfosis que han tenido
lugar en el mundo de las empresas, grandes y pequeñas, de Estados Unidos en
los últimos años. El lector curioso encontrará la historia, antigua y moderna,
de esta empresa en el apéndice 5.
No resulta en absoluto difícil ofrecer ejemplos aún más espantosos
tomados de la versión más reciente de «la misma vieja historia de siempre»,
que cubren los años 1967-1970. Nada más adecuado para nuestros objetivos
que exponer el caso de AAA Enterprises, que resultaba ser la primera
sociedad que aparecía recogida en la Stock Guide de Standard & Poor’s. Las acciones se vendieron al público a 14 dólares en 1968, subieron rápidamente a
28, pero a principios de 1971 cotizaban a unos abismales 25 centavos.
(Incluso esa cotización representa una brutal sobrevaloración de la empresa,
puesto que acababa de iniciar un proceso de quiebra en una situación
lamentable). Hay tanto que aprender, y hay tantas advertencias que deben ser
tenidas en cuenta, en la historia de esta colocación que le hemos reservado un
tratamiento detallado posteriormente, en el capítulo 17.