El inversor inteligente

Benjamin Graham · Capítulo 15 de 48

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El inversor inteligente

Capítulo 6. Política de cartera para el inversor emprendedor: Método negativo

Capítulo 6

 

Política de cartera para el inversor emprendedor:

Método negativo

 

El inversor «agresivo» debería comenzar desde el mismo punto de partida

que el inversor defensivo, es decir, con una distribución de sus fondos entre

obligaciones de primera categoría y acciones ordinarias de primera categoría

adquiridas a precios razonables[1]. Debe estar dispuesto a adentrarse en otros

tipos de compromisos con valores, pero en todos los casos necesitará una

argumentación bien razonada que justifique la incursión. La exposición de

esta cuestión de manera ordenada entraña dificultades, porque no hay un

único modelo, ni un modelo ideal de organización de las operaciones

agresivas. El campo de elección es amplio; la selección debería depender no

sólo de la competencia y la preparación del individuo, sino también, y de

manera igualmente justificada, de sus intereses y preferencias.

Las generalizaciones que más útiles pueden resultar al inversor

emprendedor son de índole negativa. Que se mantenga al margen de las

acciones preferentes de primera categoría, y las deje para las personas

jurídicas. Que también se mantenga alejado de las obligaciones y acciones

preferentes de categoría inferior, salvo que puedan adquirirse a precio de

oportunidad, lo que normalmente significa un precio que esté por lo menos el

30% bajo par en el caso de emisiones con elevados cupones, y a precios muy

inferiores en el caso de emisiones con cupones menores[2]. Tendrá que dejar

que sean otros los que compren emisiones de obligaciones de Estados

extranjeros, aunque el rendimiento sea atractivo. También tendrá que actuar

con gran prevención ante todo tipo de nuevas emisiones, incluidas las

obligaciones convertibles y las acciones preferentes convertibles que puedan

parecer tentadoras y las acciones ordinarias con excelentes ganancias

limitadas al pasado reciente.

En lo relativo a las inversiones en obligaciones ordinarias, el inversor

agresivo haría bien si siguiese la pauta de actuación que se ha sugerido para

su congénere defensivo, y limitase su elección a las emisiones sujetas a

tributación de primer orden, de las cuales es posible en la actualidad elegir valores que rinden aproximadamente el 7,25%, y las obligaciones exentas de

tributación de buena calidad, que pueden ofrecer unos rendimientos de hasta

el 5,30% en el caso de instrumentos con vencimientos a más largo plazo[3].

 

Acciones preferentes y obligaciones de segunda categoría

 

Teniendo en cuenta que a finales de 1971 es posible encontrar

obligaciones empresariales de primera categoría que ofrecen un rendimiento

del 7,25% o incluso más, no tendría mucho sentido comprar emisiones de

segunda categoría simplemente por el mayor rendimiento que ofrecen. De

hecho, las sociedades con una posición de solvencia relativamente deficiente

han descubierto que les ha resultado prácticamente imposible colocar

«obligaciones simples» (es decir, no convertibles) entre el público en los dos

últimos años. Por lo tanto, su financiación con recursos ajenos ha tenido que

realizarse a través de la emisión de obligaciones convertibles (o lo que es lo

mismo, obligaciones unidas a un warrant) que están en una categoría

diferente. Se desprende que prácticamente todas las obligaciones no

convertibles de categoría inferior corresponden a emisiones más antiguas que

se están vendiendo con un gran descuento. Por lo tanto, ofrecen la posibilidad

de disfrutar de una substancial ganancia en valor del principal si se dan

condiciones favorables en el futuro, para lo que sería necesario que se

combinasen la mejora de la calificación de solvencia de la sociedad, por una

parte, y una reducción de los tipos de interés generales, por otra parte.

No obstante, incluso en la cuestión de los descuentos de precio y la

concomitante oportunidad de conseguir beneficios gracias al principal, las

obligaciones de segunda categoría compiten con mejores instrumentos.

Algunas de las obligaciones firmemente arraigadas con tipos de cupón «a la

antigua usanza» (2,5% a 4%) se vendían aproximadamente por 50 centavos

por dólar nominal en 1970. Se pueden mencionar los siguientes ejemplos:

American Telephone & Telegraph 2,625%, con vencimiento en 1986,

cotizaba a 51; Atchison Topeka & Santa Fe RR 4%,con vencimiento en 1995,

cotizaba a 51; McGraw-Hill 3,875%, con vencimiento en 1992, cotizaba a

50,5.

Por lo tanto, en las condiciones imperantes a finales de 1971, los

inversores emprendedores pueden obtener de obligaciones de buena categoría

que se venden con grandes descuentos todo lo que deberían desear

razonablemente tanto desde el punto de vista de la rentabilidad como de las

posibilidades de revalorización.

A lo largo de este libro nos referimos a la posibilidad de que cualquier

situación de mercado bien definida y prolongada que se haya dado en el

pasado se pueda volver a repetir en el futuro. Por lo tanto, deberíamos tener

en cuenta qué políticas deberían elegir los inversores agresivos en el terreno

de las obligaciones, si los precios y los rendimientos de las emisiones de

mejor categoría volviesen a la situación que anteriormente se consideraba

normal. Por este motivo volveremos a reimprimir las observaciones que sobre

esta cuestión realizamos en la edición de 1965, cuando las obligaciones de

mejor categoría rendían únicamente el 4,5%.

En este momento deberíamos hacer alguna indicación sobre las emisiones

de segunda categoría que se pueden encontrar con facilidad, y que arrojan

rentabilidades de hasta el 8% o más. La principal diferencia entre las

obligaciones de primera categoría y las de segunda categoría suele darse en el

número de veces que los gastos por intereses están cubiertos por los

beneficios. Por ejemplo: a principios de 1964 las obligaciones remunerables

con cargo a ingresos de Chicago, Milwaukee, St Paul and Pacific, al 5%, que

cotizaban a 68, arrojaban un rendimiento del 7,35%. Sin embargo, los gastos

totales por intereses de la autopista, antes de impuestos de sociedades,

únicamente se cubrieron 1,5 veces en 1963, en comparación con nuestros

requisitos de que estén cubiertos 5 veces en el caso de una emisión de

ferrocarril bien protegida[4].

Muchos inversores adquieren títulos de este tipo porque «necesitan renta»

y no pueden conformarse con la rentabilidad más escasa ofrecida por las

emisiones de mejor categoría. La experiencia indica claramente que es poco

sensato comprar una obligación o una acción preferente que carece de una

adecuada seguridad simplemente porque su rendimiento es atractivo[5]. (En

este caso la palabra «simplemente» quiere decir que la emisión no está

cotizando con un gran descuento y, por lo tanto, no ofrece la oportunidad de

obtener una substancial ganancia gracias al valor del principal). Cuando estos

títulos se adquieren a precio íntegro, es decir, no muchos puntos por debajo

del 100[6], hay muchas probabilidades de que en algún momento futuro el

tenedor tenga que sufrir unas cotizaciones muy inferiores. Cuando llega una

mala racha, ya sea de actividad de la empresa o de mercado, las emisiones de

este tipo suelen ser muy dadas a sufrir grandes caídas; frecuentemente se

suspenden los pagos de intereses o dividendos, o por lo menos se ven en

peligro, y en muchas ocasiones se producen marcadas caídas de los precios

aun cuando los resultados de explotación no sean tan malos.

Como ilustración específica de esta característica de los títulos senior de

segunda calidad resumamos el comportamiento seguido por la cotización de

un grupo de diez obligaciones remunerables con ingresos de empresas de

ferrocarril en 1946-1947. El grupo está compuesto por todas aquellas que

cotizaron a 96 o más en 1946, con precios máximos que de media alcanzaron

102,5. Al año siguiente el grupo había registrado unos precios mínimos que

en promedio alcanzaban únicamente el 68, lo que supone una pérdida de un

tercio de valor de mercado en un período de tiempo muy reducido.

Sorprendentemente, los ferrocarriles del país estaban consiguiendo en 1947

unas ganancias muy superiores a las obtenidas en 1946; por lo tanto, la

drástica reducción de la cotización fue en contra de la situación en la que se

encontraba la actividad de estas empresas y fue en realidad un reflejo del

ambiente de liquidación que imperaba en el mercado general. No obstante, se

debe señalar que la caída de valor de estas obligaciones remunerables con

ingresos fue proporcionalmente mayor que la de las acciones ordinarias de la

lista industrial del Dow Jones (aproximadamente el 23%). Evidentemente, el

comprador de este tipo de obligaciones a un coste superior a 100 no podría

haber contado con participar en cualquier ulterior crecimiento en el mercado

de valores. El único rasgo atractivo era el rendimiento por intereses, que de

media alcanzaba el 4,25% (en comparación con el 2,50% de las obligaciones

de primera categoría, lo que supone una ventaja de 1,75% en ingresos

anuales). No obstante, lo que se produjo a continuación puso de manifiesto

con demasiada rapidez y de manera absolutamente explícita que, a cambio de

la pequeña ventaja en renta anual, el comprador de estas obligaciones de

segunda categoría se estaba arriesgando a sufrir la pérdida de una parte

sustancial de su principal.

El ejemplo anterior nos permite exponer lo que opinamos sobre la falacia

popular que suele recibir la denominación de «inversión para empresarios».

Esto supone la adquisición de un título que muestre un rendimiento mayor

que el que se puede obtener con una emisión de primera categoría y que

entrañe un riesgo concomitantemente superior. Es un mal negocio aceptar la

posibilidad reconocida de sufrir una pérdida de principal a cambio de un mero

1 o 2% de renta anual adicional. Si está dispuesto a asumir ciertos riesgos,

debería estar seguro de que puede conseguir un beneficio realmente

importante con el valor del principal en caso de que todo salga bien. Por lo

tanto, una obligación de segunda categoría con un interés del 5,5 o del 6%

que se venda a la par es prácticamente siempre una mala adquisición. Esos mismos títulos a 70 podrían resultar más adecuados, y si tiene paciencia

probablemente podrá adquirirlos a ese nivel.

Las obligaciones de segunda categoría y las acciones preferentes tienen

dos atributos contradictorios que el inversor inteligente debe tener claramente

presentes. Prácticamente todas sufren graves retrocesos cuando la situación

del mercado es negativa. Por otra parte, una gran parte de ellas recuperan su

posición cuando vuelven las condiciones favorables, y éstas, en última

instancia, «acaban saliendo bien». Esto es cierto incluso en el caso de las

acciones preferentes (cuando se trata de obligaciones con derecho a acumular

los dividendos no desembolsados) que no han pagado dividendos durante

muchos años. Hubo un número de títulos de ese tipo a principios de la década

de 1940, como consecuencia del período de gran depresión de la década de

1930. Durante el período de crecimiento explosivo de la postguerra,

1945-1947, muchas de estas grandes acumulaciones fueron pagadas en

metálico o con nuevos títulos, y en muchos casos también se atendió al pago

del principal. Como resultado, las personas que unos cuantos años antes

habían comprado estos títulos desfavorecidos a precios muy bajos obtuvieron

grandes beneficios[7].

Bien podría darse el caso de que, en términos contables generales, los

mayores rendimientos que se pueden obtener con las emisiones senior de

segunda categoría hayan compensado las pérdidas de principal que eran

irrecuperables. En otras palabras, un inversor que haya comprado todos esos

títulos a sus precios ofrecidos podría haber tenido unos resultados similares, a

largo plazo, a los de una persona que se hubiese limitado a títulos de primera

categoría; tampoco puede descartarse que sus resultados hubiesen sido aún

mejores[8].

No obstante, a efectos prácticos, esta cuestión es básicamente irrelevante.

Sea cual sea el resultado, el comprador de títulos de segunda categoría que

haya pagado el precio íntegro estará preocupado e incómodo cuando la

cotización de los títulos se venga abajo. Además, no podrá adquirir un

número suficiente de títulos que le permita garantizarse un resultado «medio»,

y tampoco estará en condiciones de reservar una parte de sus mayores

ingresos para compensar o «amortizar» las pérdidas de principal que acaben

siendo permanentes. Por último, es una mera cuestión de sentido común

abstenerse de comprar títulos a una cotización de más o menos 100 si la

experiencia histórica indica que se pueden comprar probablemente a 70 o

menos en el siguiente período de debilidad que atraviese el mercado. Obligaciones de países extranjeros

 

Todos los inversores que tengan un poco de experiencia, por pequeña que

ésta sea, saben que las obligaciones extranjeras, en conjunto, se han granjeado

fama de ser un mal instrumento de inversión desde 1914. Esto era inevitable,

si se tiene en cuenta que desde esa época ha habido dos guerras mundiales y

una depresión mundial en el ínterin de una profundidad nunca conocida. Sin

embargo, cada pocos años las condiciones de mercado son suficientemente

favorables para hacer posible la venta de algunos nuevos instrumentos

extranjeros a un precio cercano a la par. Este fenómeno es muy revelador de

la forma de pensar de la mente del inversor medio, y no sólo en el campo de

las obligaciones.

No tenemos ningún motivo concreto para preocuparnos por los futuros

resultados que acumulen las obligaciones extranjeras bien consideradas, como

por ejemplo las de Australia o Noruega. Sin embargo, lo que sí sabemos es

que en caso de que, o cuando, aparezcan problemas, el propietario de

obligaciones extranjeras no tendrá ningún medio legal, ni de otro tipo, de

hacer valer sus derechos. Quienes compraron obligaciones de la República de

Cuba al 4,5% a una cotización de hasta 117 en 1953 tuvieron que sufrir el

impago de sus intereses y después tuvieron que venderlas a cotizaciones tan

bajas como 20 centavos por dólar en 1963. La lista de obligaciones de la bolsa

de Nueva York de aquel año también incluía obligaciones del Congo Belga al

5,25% que cotizaban a 36, obligaciones de Grecia al 7% que cotizaban a 30, y

diferentes emisiones de obligaciones de Polonia con cotizaciones que

llegaban hasta un mínimo de 7. ¿Cuántos lectores tienen alguna idea sobre las

repetidas vicisitudes de las obligaciones al 8% de Checoslovaquia desde que

se ofrecieron por primera vez en Estados Unidos en 1922 a 96,5? Su

cotización subió a 112 en 1928, se redujo a 67,75 en 1932, se recuperó hasta

110 en 1936, se vino abajo a 6 en 1939, se recuperó (increíblemente) a 117 en

1946, se desplomó rápidamente a 35 en 1948 y se ha vendido a cotizaciones

tan bajas como 8 en 1970.

Hace años se formuló una especie de argumentación que justificaba la

adquisición de obligaciones extranjeras en Estados Unidos basada en el

motivo de que una nación acreedora tan rica como la nuestra está moralmente

obligada a prestar dinero al extranjero. El tiempo, ese elemento indispensable

para poder saborear fría la venganza, ha traído a Estados Unidos su propio

problema peliagudo de balanza de pagos, parte del cual es atribuible a la

adquisición a gran escala de obligaciones extranjeras por parte de los

inversores estadounidenses que trataban de conseguir una pequeña ventaja de rendimiento. Durante muchos años del pasado hemos puesto en tela de juicio

la supuesta atracción de tales inversiones desde el punto de vista del

comprador; tal vez deberíamos añadir en la actualidad que este último no sólo

se haría un favor a sí mismo, sino también a su país, si dejase pasar estas

oportunidades.

 

Las salidas a bolsa en general

 

Podría parecer desaconsejable tratar de formular cualquier tipo de

afirmación general sobre las salidas a bolsa en conjunto, puesto que cubren la

más amplia gama posible de calidad y de atracción. Ciertamente, habrá

excepciones a cualquier regla que pueda sugerirse. Nuestra única

recomendación es que todos los inversores deberían mostrarse muy cautos

ante las ofertas públicas iniciales, lo que significa, simplemente, que tales

ofertas deben ser objeto de un cuidadoso examen y de pruebas

extraordinariamente severas antes de decidir que interesa su adquisición.

Hay dos motivos para esta doble precaución. El primero es que las ofertas

públicas iniciales cuentan con el respaldo de especiales dotes de venta por

parte del vendedor, y exigen, por lo tanto, un especial nivel de resistencia a la

compra[9]. El segundo es que la mayor parte de estas salidas a bolsa tienen

lugar en «condiciones favorables de mercado», lo que significa condiciones

favorables para el vendedor y, por lo tanto, menos favorables para el

comprador[10].

El efecto de estas consideraciones va siendo cada vez más importante a

medida que descendemos por la escala, comenzando con las obligaciones de

máxima calidad, pasando por los títulos senior de segunda categoría, hasta

que llegamos a la colocación de acciones ordinarias en la parte inferior de la

escala jerárquica. En el pasado se han financiado cuantiosas cantidades

mediante una técnica que consistía en reembolsar las obligaciones existentes a

su precio de rescate, sustituyéndolas después por nuevas emisiones que

abonaban un cupón inferior. La mayor parte de esta actividad se llevaba a

cabo en la categoría de las obligaciones de máxima calidad y de acciones

preferentes. Los compradores solían ser, principalmente, grandes instituciones

financieras, sobradamente cualificadas para proteger sus intereses. Por lo

tanto, los precios de estas ofertas estaban cuidadosamente determinados para

cubrir el precio de salida de emisiones comparables, y la destreza de los

vendedores influía poco en el resultado. A medida que los tipos de interés se

iban reduciendo más y más, los compradores acababan pagando un precio excesivamente elevado por estas emisiones, y buena parte de ellas acabaron

sufriendo grandes declives en el mercado. Éste es uno de los rasgos

característicos de la tendencia a colocar nuevas emisiones cuando las

condiciones son más favorables para el emisor; no obstante, en el caso de las

emisiones de títulos de primera categoría, las consecuencias negativas para el

comprador serán desagradables, pero no llegarán a ser graves.

La situación resulta ser algo diferente cuando estudiamos las acciones

preferentes y las obligaciones de menor categoría que se vendieron durante

los períodos 1945-1946 y 1960-1961. En estos casos, el efecto del esfuerzo de

venta es más aparente, porque la mayor parte de estos títulos se colocaron

probablemente entre inversores individuales e inexpertos. Un rasgo

característico de estas ofertas es que no ofrecían una imagen adecuada si se

juzgaban con arreglo al resultado de las empresas estudiado durante un

número suficiente de años. Su apariencia era de suficiente seguridad, en la

mayor parte de los casos, siempre y cuando se pudiese dar por supuesto que

los recientes beneficios se iban a poder mantener sin serios contratiempos.

Los bancos de inversión que colocaron estas emisiones probablemente

aceptaron esta hipótesis, y sus vendedores tuvieron pocas dificultades para

persuadirse a sí mismos y a sus clientes de que tal iba a ser el caso. No

obstante, fue una forma poco sensata de abordar una operación de inversión,

que probablemente acabó resultando muy costosa.

Los períodos alcistas de mercado normalmente se caracterizan por el

hecho de que un gran número de sociedades no cotizadas deciden salir a bolsa

con acciones cotizadas. Esto fue lo que sucedió en 1945-46, y nuevamente a

partir de 1960. El proceso posteriormente alcanzó proporciones

extraordinarias, hasta que concluyó con un cierre catastrófico en mayo de

1962. Después del tradicional período de «enfriamiento y recuperación» que

duró varios años, toda la tragicomedia volvió a repetirse, paso por paso, en

1967-1969[11].

 

Nuevas ofertas de acciones ordinarias

 

A continuación se reproducen unos cuantos párrafos, sin ninguna

modificación, tomados de la edición de 1959, con unos comentarios añadidos:

 

La financiación mediante acciones ordinarias adopta dos formas diferentes. En el caso de

sociedades que ya están admitidas a cotización, se ofrecen acciones adicionales en un número

proporcional a sus carteras, a los accionistas existentes. El precio de suscripción se establece

por debajo del actual precio de mercado, y los derechos para suscribir acciones tienen un

valor monetario inicial[12]. La venta de nuevas acciones prácticamente siempre está suscrita

por uno o más bancos de inversión, aunque existe la esperanza y la expectativa general de que

la totalidad de las nuevas acciones sean suscritas mediante el ejercicio de los derechos de

suscripción. Por lo tanto, la venta de acciones ordinarias adicionales de sociedades admitidas

a cotización por lo general no requiere un esfuerzo activo de venta por parte de las firmas que

distribuyen estos títulos.

El segundo tipo es la colocación pública de acciones ordinarias de lo que hasta ese

momento eran sociedades cuyas acciones no cotizaban en bolsa. La mayor parte de estas

acciones se venden por cuenta de los titulares de las participaciones de control, con el

objetivo de poder allegar fondos en una situación favorable de mercado y diversificar sus

propias finanzas. (Cuando se captan nuevas cantidades de dinero para la actividad de la

empresa, frecuentemente, ese dinero se obtiene por medio de la venta de acciones preferentes,

como se ha indicado anteriormente).

Esta actividad sigue un patrón bien definido, que por la propia naturaleza de los mercados

de valores debe generar muchas pérdidas y decepciones al público en general. Los peligros

surgen como consecuencia del carácter de las empresas que obtienen financiación por estos

medios y de las condiciones de mercado que hacen posible la financiación.

En la primera parte del siglo (XX) una gran proporción de las principales sociedades

estadounidenses fueron admitidas a cotización en bolsa. A medida que pasó el tiempo, el

número de empresas de primer orden que cotizaban fue disminuyendo firmemente; por lo

tanto, las colocaciones en bolsa se han concentrado a medida que pasaba el tiempo cada vez

más en empresas relativamente pequeñas. Por una desgraciada correlación, durante ese

mismo período, el público interesado en comprar acciones ha ido adquiriendo una arraigada

preferencia por empresas importantes y, simultáneamente, ha adquirido prejuicios contra las

empresas pequeñas. Este prejuicio, como muchos otros, tiende a debilitarse a medida que se

asientan las tendencias alcistas en el mercado; los grandes y rápidos beneficios obtenidos por

el conjunto de acciones ordinarias son suficientes para atenuar la facultad crítica del público,

a la vez que potencian su instinto comprador. Durante estos períodos, además, no suele

resultar difícil identificar una serie de empresas cotizadas que disfrutan de excelentes

resultados, aunque buena parte de estas empresas no tendrían un historial tan impresionante si

los resultados que se analizan se remontasen, por ejemplo, a diez años o más.

Cuando estos factores se combinan surgen las siguientes consecuencias: en algún

momento en medio de un período alcista de mercado aparecen las primeras colocaciones

iniciales en bolsa. Sus precios se establecen en niveles relativamente atractivos y los

compradores de estas primeras colocaciones obtienen beneficios considerables. A medida que

prosigue la subida del mercado, esta forma de financiación se hace cada vez más frecuente; la

calidad de las sociedades que van saliendo a bolsa se deteriora cada vez más; los precios que

se solicitan y que se obtienen se aproximan mucho a niveles exorbitantes. Una señal bastante

fiable de que se aproxima el final de un período alcista es el hecho de que las acciones

ordinarias recién colocadas de sociedades pequeñas y desconocidas flotan en el mercado a

niveles algo superiores al imperante para muchas empresas de medianas dimensiones con un

prolongado historial de mercado. (Debería añadirse que muy poca de esta actividad de

financiación mediante acciones ordinarias suele ser llevada a cabo por bancos de inversión de

gran tamaño y de buena reputación[13]).

La insensatez del público y la disposición de las organizaciones vendedoras a vender todo

aquello que se pueda vender obteniendo beneficio únicamente pueden tener un resultado: el

colapso del precio. En muchos casos, estas ofertas iniciales pierden el 75% o más de su

precio de oferta. La situación se agrava por el anteriormente mencionado hecho de que, en

última instancia, el público tiene una aversión real a ese tipo precisamente de pequeñas

emisiones que tan ansiosamente adquieren en los momentos de despreocupación. Muchas de

estas emisiones caen, proporcionalmente, tan por debajo de su verdadero valor como

anteriormente se vendían por encima de él.

Un requisito elemental del inversor inteligente es la capacidad de resistirse a las argucias

de los vendedores que les ofrecen títulos de ofertas públicas iniciales durante etapas alcistas

del mercado. Aunque se puedan encontrar una o dos de estas ofertas que puedan superar

exigentes pruebas de calidad y valor, probablemente es una mala política participar en este

tipo de actividad. Por supuesto, el vendedor señalará que muchas de estas nuevas ofertas han

disfrutado de importantes subidas de mercado, incluidas algunas alzas espectaculares en el

día en el que salen a bolsa. No obstante, todo ello forma parte de la atmósfera especulativa.

Es dinero fácil. Tendrá mucha suerte si acaba perdiendo sólo el doble del dinero que sea

capaz de ganar inicialmente con estas operaciones.

Algunas de estas colocaciones pueden acabar siendo excelentes compras, unos cuantos

años después, cuando nadie las quiera y se puedan obtener por una pequeña fracción de su

verdadero valor.

 

En la edición de 1965 continuamos nuestra exposición sobre esta materia

de la siguiente forma:

 

Aunque los aspectos más generales del comportamiento del mercado de valores desde

1949 no se han prestado muy bien a un análisis basado en una prolongada experiencia, la

evolución de las colocaciones de nuevas acciones en el mercado ha seguido exactamente el

curso que cabía esperar en función de la historia. Es dudoso que en el pasado se hayan

realizado tantas ofertas iniciales, de una calidad tan baja, y con unas caídas de precio tan

extremas como las que se están produciendo en 1960-1962[14]. La capacidad del mercado de

valores, en su conjunto, para desentenderse rápidamente de ese desastre es, indiscutiblemente,

un fenómeno extraordinario, que nos hace retomar los recuerdos largo tiempo enterrados de

la similar invulnerabilidad que mostró ante el colapso inmobiliario que sufrió Florida en

1925.

¿Debe producirse una recaída en la locura de las ofertas públicas iniciales antes de que el

actual período alcista de mercado alcance su cierre definitivo? ¿Quién lo sabe? No obstante,

lo que sí sabemos es que un inversor inteligente no se olvidará de lo que ha ocurrido en 1962

y dejará que sean otros los que disfruten del siguiente lote de rápidos beneficios en esta área y

que sean otros, en consecuencia, los que sufran las posteriores pérdidas desastrosas.

 

En la edición de 1965, tras estos párrafos mencionábamos «Un horrible

ejemplo», literalmente, la venta de acciones de Aetna Maintenance Co. a 9

dólares en noviembre de 1961. Siguiendo un comportamiento típico, las

acciones subieron rápidamente hasta 15 dólares; al año siguiente cayeron a

2,375 y en 1964 a 0,875. La historia posterior de esta empresa entra dentro de

lo extraordinario, e ilustra alguna de las extrañas metamorfosis que han tenido

lugar en el mundo de las empresas, grandes y pequeñas, de Estados Unidos en

los últimos años. El lector curioso encontrará la historia, antigua y moderna,

de esta empresa en el apéndice 5.

No resulta en absoluto difícil ofrecer ejemplos aún más espantosos

tomados de la versión más reciente de «la misma vieja historia de siempre»,

que cubren los años 1967-1970. Nada más adecuado para nuestros objetivos

que exponer el caso de AAA Enterprises, que resultaba ser la primera

sociedad que aparecía recogida en la Stock Guide de Standard & Poor’s. Las acciones se vendieron al público a 14 dólares en 1968, subieron rápidamente a

28, pero a principios de 1971 cotizaban a unos abismales 25 centavos.

(Incluso esa cotización representa una brutal sobrevaloración de la empresa,

puesto que acababa de iniciar un proceso de quiebra en una situación

lamentable). Hay tanto que aprender, y hay tantas advertencias que deben ser

tenidas en cuenta, en la historia de esta colocación que le hemos reservado un

tratamiento detallado posteriormente, en el capítulo 17.