El inversor inteligente
Comentario al capítulo 16
Lo que tú siembras no revive, si antes no muere.
I. Corintios, XV: 36
El fanatismo del converso
Aunque las obligaciones convertibles se llaman «obligaciones», se
comportan como acciones, funcionan como opciones y están envueltas en
oscuridad.
Si es usted propietario de una obligación convertible, también tiene una
opción: puede conservar la obligación y seguir obteniendo intereses sobre
ella, o puede canjearla por una acción ordinaria de la sociedad que la haya
emitido con arreglo a una razón predeterminada. (Una opción ofrece a su
propietario el derecho a comprar o vender otro valor a un precio determinado
dentro de un período de tiempo especificado). Como son canjeables por
acciones, las obligaciones convertibles pagan unos tipos de interés inferiores a
los de la mayor parte de las obligaciones que podrían compararse con ellas.
Por otra parte, si la cotización de las acciones de la empresa se dispara, la
obligación convertible canjeable por dicha acción tendrá unos resultados
mucho mejores que la obligación convencional. (Por el contrario, la típica
obligación convertible, como abona un tipo de interés menor, tendrá peores
resultados en un mercado de obligaciones en declive[1]).
Desde 1957 hasta 2002, según Ibbotson Associates, las obligaciones
convertibles obtuvieron una rentabilidad media anual del 8,3%, únicamente
dos puntos porcentuales por debajo de la rentabilidad total de las acciones,
pero con unos precios más firmes y unas pérdidas menos marcadas[2].
Mayores ingresos, menor riesgo que las acciones: no es sorprendente que los
vendedores de Wall Street insistiesen tan frecuentemente en que las
obligaciones convertibles eran «lo mejor de los dos mundos». Sin embargo, el
inversor inteligente no tardará en darse cuenta de que las convertibles ofrecen
menos ingresos y más riesgo que la mayor parte de las demás obligaciones.
Por lo tanto, aplicando la misma lógica, y con igual justicia, podrían ser denominadas «lo peor de ambos mundos». La forma en que usted las utilice
determinará en cuál de los dos bandos acabará encuadrándose.
En realidad, las obligaciones convertibles funcionan más como acciones
que como obligaciones. La rentabilidad de las convertibles tiene una
correlación de aproximadamente el 83% respecto del índice de acciones
Standard & Poor’s 500, pero únicamente del 30% respecto del rendimiento de
los bonos u obligaciones del Tesoro. Por lo tanto, las «convertibles» dicen
arre cuando la mayor parte de las obligaciones dicen so. Para los inversores
conservadores que tienen la mayor parte de sus activos en obligaciones, la
incorporación de un lote diversificado de convertibles es una forma sensata de
tratar de conseguir una rentabilidad similar a la de las acciones sin tener que
dar el osado paso de invertir directamente en acciones. En cierta manera,
podría decirse que las obligaciones convertibles son «acciones para gallinas».
Como señala el experto en convertibles F. Barry Nelson, de Advent
Capital Management, este mercado de aproximadamente 200 000 millones de
dólares ha florecido desde la época de Graham. La mayor parte de las
convertibles en la actualidad tienen una vigencia a medio plazo, en la banda
de los 7 a los 10 años; aproximadamente la mitad tienen categoría de
inversión; y muchas de ellas disfrutan ahora de una cierta protección frente al
rescate (una especie de seguro contra el rescate anticipado). Todos estos
factores hacen que sean menos arriesgadas de lo que solían ser en el
pasado[3].
Es costoso hacer operaciones con pequeños lotes de obligaciones
convertibles, y la diversificación no es factible salvo que se disponga de
bastante más de 100 000 dólares para invertir exclusivamente en este sector.
Afortunadamente, el inversor inteligente actual dispone del cómodo recurso
de comprar un fondo de obligaciones convertibles de bajo coste. Fidelity y
Vanguard ofrecen fondos de inversión con unos gastos anuales bastante
inferiores al 1%, y, por otra parte, también hay varios fondos cerrados que
están disponibles a un coste razonable (y, en ocasiones, a descuentos respecto
del valor del activo neto[4]).
En Wall Street la artificiosidad encaminada a resultar atractiva y la
complejidad van de la mano, y las obligaciones convertibles no son una
excepción. Entre las nuevas variedades hay una maraña de valores con
acrónimos indescifrables, como LYONS, ELKS, EYES, PERCS, MIPS,
CHIPS y YEELDS. Estos intrincados valores limitan sus pérdidas
potenciales, pero también limitan los potenciales beneficios, y con frecuencia
le obligan a convertir el valor en acciones ordinarias en una fecha predeterminada. Al igual que la mayor parte de las inversiones que tienen el
objetivo de ofrecer garantías frente a las pérdidas (véase el recuadro de la
página 450), estos instrumentos acaban generando más inconvenientes que
ventajas. Es mejor aislarse frente a las pérdidas absteniéndose de comprar uno
de estos instrumentos con endiablados acrónimos y diversificar de manera
inteligente su cartera entre metálico, obligaciones y acciones estadounidenses
y extranjeras.
Descubriendo las opciones de compra cubiertas
A medida que la recesión se adueñaba del mercado en el año 2003, salió a la
superficie una vieja moda: emitir opciones de compra cubiertas. (Una reciente búsqueda del término «emisión de opciones de compra cubiertas» arrojó más de 2600 incidencias). ¿Qué son las opciones de compra cubiertas, y cómo funcionan? Imagine que compra 100 acciones de Ixnay Corp. a 95 dólares cada una. Después vende (o emite) una opción de compra sobre sus acciones. A cambio, usted recibe una cantidad en efectivo denominada «prima de opción». (Supongamos que esa prima asciende a 10 dólares por acción). El comprador de la opción, por su parte, tiene el derecho contractual a adquirir sus acciones de Ixnay a un precio acordado entre ustedes, por ejemplo, 100 dólares. Usted conserva sus acciones mientras se mantengan por debajo de 100 dólares, y ganará la substancial prima de 1000 dólares, que servirá para atenuar el impacto en caso de que las acciones de Ixnay sufran una pérdida.
Menos riesgo, más ingresos… ¿qué tiene de malo?
Imaginemos ahora que las acciones de Ixnay experimentan una subida de la noche a
la mañana y que su cotización se dispara hasta 110 dólares. El comprador de su opción ejercitará sus derechos, y se llevará sus acciones por 100 dólares cada una. Usted seguirá disfrutando de sus 1000 dólares de prima, pero él se queda con sus acciones de
Ixnay, y cuanto más suban las acciones, peor se sentirá usted[5].
Como el potencial de ganancia de una acción es ilimitado, mientras que ninguna
pérdida puede superar el 100%, la única persona que se enriquecerá con este tipo de estrategia es su corredor de bolsa. Puede poner un suelo bajo sus pérdidas, pero también habrá colocado un techo sobre sus ganancias. En el caso de los inversores individuales, cubrir el riesgo de pérdida nunca compensa el hecho de tener que renunciar a la mayor parte del potencial de ganancia.