El inversor inteligente

Benjamin Graham · Capítulo 31 de 48

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El inversor inteligente

Capítulo 14. Selección de acciones para el inversor defensivo

Capítulo 14

 

Selección de acciones para el inversor defensivo

 

Ha llegado el momento de centrarnos en algunas aplicaciones más

generales de las técnicas del análisis de valores. Como ya hemos descrito en

términos generales las políticas de inversión recomendadas para nuestras dos

categorías de inversores[1], nos parece lógico indicar de qué manera entra en

escena el análisis de valores para poner en práctica estas políticas. El inversor

defensivo que siga estas sugerencias únicamente adquirirá obligaciones de

máxima categoría junto con una lista diversificada de las principales acciones

ordinarias. Tiene que asegurarse de que el precio al que compra estas últimas

no es injustificadamente elevado, en función de los criterios aplicables.

A la hora de configurar esta lista diversificada puede elegir entre dos

métodos, la cartera de tipo DJIA y la cartera cuantitativamente contrastada.

En el primer caso, adquiere una muestra verdaderamente transversal de

acciones destacadas, en las que habrá algunas empresas de crecimiento

especialmente favorecidas, cuyas acciones cotizarán a múltiplos

especialmente elevados, y también algunas empresas menos populares y

menos costosas. Esto se podría llevar a cabo, de una manera más fácil, tal vez,

comprando las mismas cantidades de las acciones de las 30 empresas

incluidas en el Dow Jones Industrial Average (DJIA). Diez acciones de cada

una de ellas, al nivel 900 de la media, costarían en conjunto aproximadamente

16 000 dólares[2]. Atendiendo a los resultados del pasado, el inversor podría

esperar aproximadamente los mismos resultados en el futuro si comprase

acciones de varios fondos de inversión representativos[3].

Su segunda opción consistiría en aplicar una serie de criterios a todas y

cada una de sus compras, para asegurarse de que obtiene: (1) un mínimo de

calidad en cuanto al rendimiento pasado y la situación financiera actual de la

empresa, y también (2) un mínimo de cantidad en términos de beneficio y

activo por dólar de cotización. Al final del capítulo anterior enumerábamos

siete de estos criterios de calidad y cantidad que sugerimos para la selección

de acciones ordinarias específicas. Vamos a describirlos en orden.

 

1. Tamaño adecuado de la empresa

Todas nuestras cifras mínimas deben ser arbitrarias y sobre todo en

lo tocante al tamaño exigido. Nuestra idea consiste en excluir a las

pequeñas empresas que pueden quedar sometidas a más vicisitudes que

la media sobre todo en el terreno industrial. (Frecuentemente, estas

empresas ofrecen buenas posibilidades, pero no las consideramos

adecuadas a las necesidades del inversor defensivo). Empleemos

cantidades exactas, un mínimo de 100 millones de dólares de ventas

anuales en el caso de una empresa industrial y no menos de 50

millones de dólares de activo total en el caso de una concesionaria de

servicios y suministros públicos.

 

2. Un estado financiero suficientemente sólido

 

En el caso de las empresas industriales, el activo circulante debería

ser por lo menos el doble que el pasivo circulante, lo que se denomina

ratio circulante dos a uno. Además, la deuda a largo plazo no debería

ser mayor que el activo circulante neto (o «capital de explotación»).

En el caso de las concesionarias de servicios y suministros públicos la

deuda no debería ser superior al doble del capital social (valor

contable).

 

3. Estabilidad del beneficio

 

Haber obtenido un cierto beneficio atribuible al capital ordinario en

cada uno de los diez últimos ejercicios.

 

4. Historial de dividendos

 

Haber llevado a cabo pagos de dividendos de manera

ininterrumpida por lo menos durante los 20 últimos ejercicios.

 

5. Crecimiento del beneficio

 

Haber conseguido un incremento mínimo de un tercio, por lo

menos, en el beneficio por acción durante los tres últimos años,

empleando para el cálculo las medias a tres años del principio y del

final del período sometido a análisis.

6. PER moderado

 

La cotización actual no debería ser un múltiplo de más de 15 veces

el beneficio medio correspondiente a los tres últimos ejercicios.

 

7. Ratio moderado de precio a activos

 

El precio actual no debería ser un múltiplo de más de 1,5 veces el

valor contable que se haya declarado en la última memoria. No

obstante, un multiplicador del beneficio inferior a 15 podría justificar

que se aplicase un multiplicador proporcionalmente mayor al activo.

Como regla básica de fácil aplicación sugerimos que el producto del

multiplicador por el ratio de precio a valor contable no debería exceder

de 22,5. (Esta cifra corresponde a 15 veces los beneficios y 1,5 veces

el valor contable. De acuerdo con ella, superaría la prueba una acción

que se vendiese a 9 veces los beneficios y 2,5 veces el valor del activo,

etc.).

 

COMENTARIOS GENERALES: Estos requisitos están configurados

especialmente para atender a las necesidades y el temperamento de los

inversores defensivos. Eliminarán a la inmensa mayoría de las acciones

ordinarias como candidatas a la cartera, de dos formas opuestas. Por una parte

excluirán a las empresas que (1) sean demasiado pequeñas, (2) se encuentren

en condiciones financieras relativamente insatisfactorias, (3) tengan una lacra

de déficit en su historial a diez años, y (4) no tengan un prolongado historial

de abono continuo de dividendos. De estas pruebas, las más difíciles de

superar en las actuales condiciones financieras son las de fortaleza financiera.

Un considerable número de nuestras empresas más grandes y antiguamente

sólidamente asentadas han experimentado un debilitamiento de su activo

circulante o han sobredimensionado su endeudamiento, o ambas cosas, en los

últimos años.

Nuestros dos últimos criterios son excluyentes en direcciones opuestas, al

exigir más ingresos y más activos por dólar de cotización de lo que

proporcionarán las acciones más populares. Éste no es, ni de lejos, el criterio

habitual de los analistas financieros; de hecho, la mayoría de ellos insistirán

en que los inversores conservadores también deben estar dispuestos a pagar

precios generosos por acciones de empresas selectas. Anteriormente ya hemos

expuesto nuestra opinión contraria a esas tesis; se basa, principalmente, en la

ausencia de un adecuado factor de seguridad cuando una parte demasiado grande del precio tiene que depender de unos beneficios en constante

crecimiento en el futuro. El lector tendrá que decidir esta importante cuestión

por sí mismo, después de ponderar los argumentos de las dos tendencias.

No obstante, hemos optado por incluir un modesto requisito de

crecimiento durante la última década. Sin ese crecimiento, la empresa típica

mostraría un retroceso, por lo menos en términos de beneficio por dólar de

capital invertido. No hay ningún motivo para que el inversor defensivo

incluya ese tipo de empresas, aunque si el precio es suficientemente bajo,

podrían cumplir los requisitos para ser consideradas oportunidades de

ocasión.

La cifra máxima sugerida de quince veces los beneficios bien podría

acabar generando una cartera típica con un multiplicador promedio de, por

ejemplo, entre 12 y 13 veces. Hay que tener en cuenta que en febrero de

1972 American Tel. & Tel. cotizaba a 11 veces sus beneficios trienales (y

corrientes) y Standard Oil of California a menos de 10 veces sus últimos

beneficios. Nuestra recomendación básica es que la cartera de acciones,

cuando se adquiera, tenga un ratio de beneficio a precio, el inverso del PER,

por lo menos tan elevado como el tipo aplicable de las obligaciones de

máxima categoría. Esto significaría un PER no superior a 13,3 en

comparación con un rendimiento de una obligación AA de 7,5%.[4]

 

Aplicación de nuestros criterios al DJIA a finales de 1970

 

Todos los criterios que hemos sugerido eran superados por las acciones

incluidas en el DJIA a finales de 1970, aunque dos de ellas lo hacían rozando

el listón. A continuación ofrecemos un estudio basado en el precio de cierre

de 1970 y las cifras correspondientes. (Los datos básicos de cada una de las

empresas se muestran en las tablas 14.1 y 14.2).

 

TABLA 14.1

 

Datos básicos sobre 30 acciones del Dow Jones Industrial Average a 30 de septiembre de 1971

a Ajustado para descontar el efecto de los dividendos de acciones y los desdoblamientos de acciones.

1. El tamaño es más que considerable en todos los casos.

2. El estado financiero es adecuado en el conjunto, aunque no en el caso

de todas y cada una de las empresas[5].

3. Todas las empresas han pagado algún tipo de dividendo desde por lo

menos 1940. Cinco de los historiales de dividendos se remontan al

siglo pasado.

4. El beneficio conjunto ha sido bastante estable en la última década.

Ninguna de las empresas ha declarado un déficit durante el próspero

período 1961–1969, pero Chrysler arrojó un pequeño déficit en 1970.

5. El crecimiento total, comparando las medias a tres años distanciadas

una década, fue del 77%, o aproximadamente el 6% por año. Sin

embargo, cinco de las empresas no obtuvieron un crecimiento de un

tercio.

6. El ratio de precio a fin de año a beneficio medio trienal fue de 839 a

55,5 dólares, o 15 a 1, precisamente el límite superior que sugeríamos.

7. El ratio de precio a valor neto del activo fue de 839 a 562, también

dentro del límite que sugeríamos de 1,5 a 1.

 

No obstante, si quisiéramos aplicar los mismos siete criterios a cada una

de las empresas individuales, descubriríamos que únicamente cinco de ellas

satisfacen todos nuestros requisitos. Esas cinco serían las siguientes:

American Can, American Tel. & Tel., Anaconda, Swift y Woolworth. Los

totales de estas cinco empresas aparecen en la tabla 14.3. Naturalmente,

ofrecen unos resultados estadísticos muy superiores a los del DJIA en

conjunto, salvo en lo relativo a la tasa de crecimiento obtenido en el pasado[6].

Nuestra aplicación de criterios específicos a este grupo selecto de

acciones de empresas industriales indica que el número de empresas que

superen todos y cada uno de nuestros criterios será un porcentaje

relativamente reducido de la totalidad de acciones cotizadas de empresas

industriales. Nos aventuramos a lanzar la hipótesis de que a finales de 1970 se

podrían haber encontrado 100 acciones de este tipo en la Stock Guide de

Standard & Poor’s, lo que es más o menos suficiente para ofrecer al inversor

una gama satisfactoria para realizar su selección personal[7].

 

La «solución» de las concesionarias de servicios y suministros públicos

 

Si entrásemos en el terreno de las acciones de concesionarias de servicios

y suministros públicos, nos encontraríamos con una situación mucho más

acogedora para el inversor[8]. En este terreno la inmensa mayoría de acciones

parecen estar fabricadas a troquel, a juzgar por su historial de rendimiento y

sus ratios de precio, para ajustarse a las necesidades del inversor defensivo,

tal y como nosotros las concebimos. En las pruebas a las que sometemos las

acciones de concesionarias de servicios públicos excluimos uno de nuestros

criterios, el ratio de activo circulante a pasivo circulante. En este sector el

factor de capital de explotación se cubre por sí solo, en el marco de la

financiación continua del crecimiento mediante la colocación de obligaciones

y acciones. Sí que exigimos una adecuada proporción de recursos propios a

recursos ajenos[9].

En la tabla 14.4 presentamos un resumen de las 15 acciones incluidas en

la media de concesionarias de servicios y suministros públicos del Dow Jones. A efectos comparativos, la tabla 14.5 ofrece una imagen similar de una

selección aleatoria de otras 15 concesionarias tomada del listado de cotización

de la NYSE.

 

A principios de 1972 el inversor defensivo podría haber tenido una amplia

selección de acciones ordinarias de concesionarias de servicios públicos, y

todas ellas habrían superado nuestros requisitos tanto de rendimiento como de

precio. Estas empresas le hubiesen ofrecido todo lo que podía exigir de unas

inversiones en acciones ordinarias elegidas de manera sencilla. En

comparación con las empresas industriales destacadas que tienen representación en el DJIA, ofrecían un historial de crecimiento en el pasado

casi igual de positivo, en combinación con unas menores fluctuaciones de las

cifras anuales, ambas cosas con un menor precio en relación tanto a los

beneficios como a los activos. La rentabilidad por dividendo era

sustancialmente mayor. La situación que disfrutan las concesionarias de

servicios y suministros públicos en su condición de monopolios intervenidos

supone más una ventaja que una desventaja para el inversor conservador.

Según la normativa vigente, tienen derecho a cobrar unas tarifas que sean lo

suficientemente remuneradoras para atraer el capital que necesitan en su

expansión continua, y esto entraña que tales tarifas tienen que compensar

adecuadamente los costes sometidos a inflación. Aunque el proceso de

reglamentación frecuentemente ha sido farragoso y tal vez dilatorio, no ha

impedido que las concesionarias consigan una buena rentabilidad sobre su

capital invertido, cada vez mayor, a lo largo de muchas décadas.

Para el inversor defensivo, el principal atractivo de las acciones de

concesionarias de servicios y suministros públicos en esta ocasión debería ser

el hecho de que están disponibles a un precio moderado en relación con su

valor contable. Esto significa que el inversor se puede desentender de las

consideraciones del mercado de valores, si lo desea, y considerarse

principalmente propietario de una parte de una empresa bien asentada y con

unos satisfactorios beneficios. La cotización de mercado siempre estará a su

disposición para que la aproveche en momentos propicios, ya sea para realizar

compras cuando las cotizaciones sean inusualmente bajas, o para llevar a cabo

ventas cuando parezcan definitivamente sobrevaloradas.

TABLA 14.6

 

Evolución de las cotizaciones y el PER de diversas medias del S & P 500, 1948–1970

 

a Cotizaciones al cierre del año.

 

El historial de mercado de los índices de concesionarias de servicios y

suministros públicos, que se condensa en la tabla 14.6, junto con los de otros

grupos, indica que ha habido abundantes posibilidades de conseguir beneficio

en estas inversiones en el pasado. Aunque su subida no ha sido de la misma

cuantía que la experimentada por el índice industrial, las concesionarias

individuales han hecho gala de una mayor estabilidad en la cotización en la

mayor parte de los períodos, en comparación con los demás grupos[10].

Resulta llamativo observar en esta tabla que los PER de las empresas

industriales y de las concesionarias de servicios y suministros públicos han

intercambiado sus posiciones durante las dos últimas décadas. Estos cambios

de posiciones tendrán más sentido para el inversor activo que para el inversor

pasivo. No obstante, sugieren que hasta las carteras defensivas deben

cambiarse de vez en cuando, sobre todo si los valores adquiridos

experimentan una subida aparentemente excesiva y se pueden sustituir por

valores que tengan una cotización mucho más razonable. Por desgracia, será

necesario pagar los impuestos por plusvalías, lo que para el inversor típico

será como saldar cuentas con el diablo. Nuestra vieja aliada, la experiencia,

nos dice que en este terreno es mejor vender y pagar el impuesto que no

vender y arrepentirse después.

 

Invertir en acciones de empresas financieras

Hay una considerable diversidad de empresas que podrían incluirse en el

epígrafe de «empresas financieras». Entre ellas estarían los bancos, las

compañías de seguros, las cajas de ahorro, las pequeñas entidades de

préstamo, las sociedades hipotecarias y las «sociedades de inversión» (por

ejemplo, los fondos de inversión[11]). Una característica de todas estas

empresas es que tienen una parte relativamente reducida de su activo en

forma de cosas materiales, como activo fijo y existencias de mercancías, y por

otra parte casi todas ellas tienen obligaciones a corto plazo muy superiores a

su capital en acciones. La cuestión de la solidez financiera es, por lo tanto,

más relevante en esta categoría de empresas que en el caso de la típica

empresa manufacturera o comercial. A su vez, esto ha dado lugar a diferentes

formas de reglamentación y supervisión, que tenían como objetivo, y que por

lo general han tenido como resultado, ofrecer garantías contra prácticas

financieras insensatas.

En términos generales, las acciones de las empresas financieras han

producido resultados de inversión similares a las de otros tipos de empresas.

La tabla 14.7 muestra las variaciones de cotización entre 1948 y 1970 de seis

grupos representados en los índices de cotización de acciones de

Standard & Poor’s. La media de 1941–1943 se equipara a 10, el nivel básico.

Las cifras de cierre de ejercicio de 1970 oscilaban entre 44,3 en el caso de los

nueve bancos de Nueva York y 218 en el caso de las once compañías de

seguros de vida. Durante los intervalos intermedios se produjeron

considerables variaciones en los respectivos movimientos de las cotizaciones.

Por ejemplo, las acciones del banco New York City tuvieron unos resultados

bastante positivos entre 1958–1968; en contraste, el espectacular grupo de

compañías de seguro de vida perdió terreno entre 1963 y 1968. Estos

movimientos desiguales se encuentran en muchos, tal vez en la mayoría, de

los diferentes grupos sectoriales representados en los índices de

Standard & Poor’s.

 

TABLA 14.7

 

Variaciones relativas de la cotización de las acciones de diversos tipos de empresas financieras

entre 1948 y 1970

a Cifras de cierre de ejercicio de los índices de cotizaciones de acciones de Standard & Poor’s.

 

Promedio de 1941–1943 = 10.

 

No podemos hacer indicaciones muy útiles aplicables a esta amplia área

de inversión, salvo aconsejar que se apliquen los mismos criterios aritméticos

del precio en relación con los beneficios y el valor contable a la selección de

empresas de este grupo, tal y como hemos sugerido para las inversiones en los

campos industriales y de concesionarias de servicios y suministros públicos.

 

Valores de ferrocarriles

 

La historia de los ferrocarriles es muy diferente a la de las concesionarias

de los servicios y suministros públicos. Las transportistas han sufrido graves

problemas como consecuencia de la combinación de una intensa competencia

y una estricta reglamentación. (Su problema de costes laborales también ha

sido difícil, pero este tipo de problemas no se limita únicamente a los

ferrocarriles). Los automóviles, los autobuses y las líneas aéreas les han

robado la mayoría de su negocio de pasajeros, y lo que les ha quedado ha sido

la porción menos rentable; los camiones se han apoderado de una buena parte

del tráfico de carga. Más de la mitad del tendido de ferrocarriles del país ha

estado en quiebra (o en «administración concursal») en diversas ocasiones

durante los 50 últimos años.

Sin embargo, este medio siglo no ha sido todo de cuesta abajo para estas

empresas de transporte ferroviario. Ha habido períodos de prosperidad para

este sector, en especial en los años de la guerra. Algunas de las líneas de ferrocarriles consiguieron mantener su capacidad de generación de beneficios

y sus dividendos a pesar de las dificultades generales.

El índice Standard & Poor’s creció varias veces desde el punto mínimo de

1942 hasta el máximo de 1968, y no se quedó muy por debajo del porcentaje

de subida experimentado por el índice de concesionarias públicas. La quiebra

del Penn Central Transportation Co., el ferrocarril más importante de Estados

Unidos, en 1970 conmocionó al mundo financiero. Hacía solamente uno y dos

años las acciones del ferrocarril habían alcanzado la cotización más elevada

de su prolongada historia, y había venido pagando dividendos de manera

continuada desde hacía más de 120 años. (En la página 452 exponemos un

breve análisis de lo ocurrido con este ferrocarril, para ilustrar de qué manera

un estudiante competente podría haber detectado la aparición y crecimiento

de puntos débiles en la imagen de la empresa y podría haber recomendado la

venta de sus valores). El nivel de mercado de las acciones de los ferrocarriles,

en conjunto, se vio seriamente afectado por ese desastre financiero.

Por lo general no es sensato hacer recomendaciones generalizadas

respecto de categorías completas de valores, y por el mismo motivo tampoco

lo es emitir condenas generalizadas. El historial de la cotización de las

acciones de los ferrocarriles que se recoge en la tabla 14.6 muestra que el

grupo, en conjunto, ha ofrecido frecuentemente oportunidades de conseguir

grandes beneficios. (Sin embargo, en nuestra opinión, los grandes

crecimientos, en sí mismos, no solían estar garantizados). Limitemos nuestra

sugerencia a lo siguiente: no hay ningún motivo convincente para que el

inversor tenga en cartera acciones de ferrocarriles; antes de comprar

cualquiera de tales acciones, debería asegurarse de que está consiguiendo

tanto valor a cambio de su dinero que sería poco razonable buscar otra cosa

en otro sector[12].

 

Selectividad para el inversor defensivo

 

A todos los inversores les gustaría que su lista de inversiones fuese mejor

o más prometedora que la media. Por lo tanto, el lector se preguntará si, en el

caso de que consiga los servicios de un asesor o un analista de valores

competente, no debería poder dar por descontado que esos profesionales le

van a facilitar un conjunto de inversión de una categoría realmente superior a

la media. «Después de todo», podría decir, «las reglas que acaba de

esquematizar son bastante sencillas y fáciles de seguir. Un analista con mucha

formación debería ser capaz de utilizar toda su habilidad y todo su conocimiento técnico para mejorar sustancialmente algo tan básico como el

listado del Dow Jones. De lo contrario, ¿para qué sirven todas esas

estadísticas, cálculos y valoraciones dogmáticas?».

Supongamos, a modo de prueba práctica, que hubiésemos pedido a cien

analistas de valores que eligiesen las cinco «mejores» acciones del Dow Jones

Average que se pudiesen comprar a finales de 1970. Pocos de ellos habrían

coincidido con selecciones idénticas y muchas de las listas habrían sido

absolutamente diferentes a las otras.

Esto no es tan sorprendente como puede parecer a primera vista. El

motivo subyacente es que la cotización actual de cada acción destacada refleja

con bastante exactitud los factores más importantes de su historial financiero,

más la opinión general sobre sus perspectivas futuras. Por lo tanto, la opinión

de cualquier analista de que una acción es mejor candidata a la compra que el

resto debe basarse en gran medida en sus propias predisposiciones y

expectativas personales, o en el hecho de que conceda más importancia a un

conjunto de factores que a otro en su trabajo de evaluación. Si todos los

analistas coincidiesen en que las acciones de una empresa concreta eran

mejores que todas las demás, la cotización de esa acción subiría rápidamente

hasta un nivel que contrarrestaría y anularía todas sus ventajas anteriores[13].

Nuestra afirmación de que la cotización vigente refleja tanto los hechos

conocidos como las expectativas futuras pretendía destacar los dos criterios

en los que se basan las valoraciones de mercado. En correspondencia con

estos dos tipos de elementos de valor, hay dos métodos esencialmente

diferentes de realizar el análisis de valores. Por supuesto, todos los analistas

competentes miran hacia el futuro, en vez de centrar su mirada en el pasado, y

son conscientes de que su trabajo es bueno o malo en función de lo que vaya a

pasar, y no en función de lo que ya ha pasado. No obstante, el propio futuro

puede ser abordado de dos formas diferentes, que podrían denominarse la

forma de la [14] predicción (o proyección) y la forma de la protección.

Los que hacen hincapié en la predicción se esforzarán por tratar de

anticipar con bastante exactitud lo que la empresa va a conseguir en los años

venideros, en especial, si los beneficios arrojarán un crecimiento pronunciado

y sostenido. Estas conclusiones se pueden basar en un estudio muy cuidadoso

de factores como la oferta y la demanda en el sector, el volumen, el precio y

los costes, o, alternativamente, se pueden extraer de una proyección

relativamente simplona que se limite a trasladar la línea de crecimiento

pasado hacia el futuro. Si estas autoridades en la materia están convencidas de

que las perspectivas a un plazo relativamente largo son inusualmente favorables, prácticamente siempre recomendarán comprar la acción sin

prestar mucha atención al nivel al cual se esté vendiendo en la actualidad. Ésa

fue, por ejemplo, la actitud general respecto de las acciones de empresas de

transporte aéreo, una actitud que persistió durante muchos años a pesar de los

decepcionantemente malos resultados que se cosecharon en la mayoría de los

casos después de 1946. En la introducción hemos comentado la disparidad

existente entre los relativamente sólidos resultados de la cotización de las

acciones y el relativamente decepcionante historial de beneficios de este

sector.

Por el contrario, los que destacan la protección siempre se interesan

especialmente por la cotización de la acción en el momento en el que se está

realizando el estudio. Su principal esfuerzo consiste en asegurarse de que

existe un sustancial margen de valor presente indicado sobre la cotización de

mercado, margen que permitiría absorber los acontecimientos desfavorables

en el futuro. En términos generales, por lo tanto, a estos analistas no les hace

falta mostrarse entusiastas respecto de las perspectivas a largo plazo de la

empresa, sino que se conforman con mostrarse relativamente confiados en

que la empresa va a salir adelante.

El primer método, el predictivo, también podría haberse llamado método

cualitativo, ya que se basa especialmente en las perspectivas, el equipo

directivo y otros factores no susceptibles de medición, aunque

extraordinariamente importantes, que entrarían en el epígrafe de calidad. El

segundo, el protectivo, podría llamarse método cuantitativo o estadístico, ya

que hace hincapié en las relaciones susceptibles de medición entre el precio

de venta y los beneficios, los activos, los dividendos y demás.

Incidentalmente, el método cuantitativo es realmente una extensión, hacia el

terreno de las acciones ordinarias, de la teoría que el análisis de valores ha

descubierto que es adecuada para seleccionar obligaciones y acciones

preferentes para inversión.

En nuestra actitud personal y nuestro trabajo profesional siempre nos

hemos comprometido con el método cuantitativo. Desde el principio hemos

querido asegurarnos de que conseguíamos un amplio valor por nuestro dinero

en términos concretos y contrastables. No estábamos dispuestos a aceptar las

perspectivas y promesas del futuro como retribución por la falta de un valor

suficiente en la mano en el momento actual. Ésta no ha sido la opinión

imperante, ni mucho menos, entre las principales autoridades de la teoría de la

inversión; de hecho, la mayoría de ellos estaría dispuesta a suscribir la teoría

de que las perspectivas, la calidad de la gestión, otros aspectos intangibles y el «factor humano» son mucho más importantes que las indicaciones

proporcionadas por cualquier estudio de los resultados del pasado, el balance

y otras cifras frías.

Por lo tanto, esta cuestión de elegir las «mejores» acciones es

esencialmente muy controvertida. Nuestro consejo para el inversor defensivo

es que no se meta en este terreno. Que se interese más por la diversificación

que por la selección individual. Incidentalmente, la idea universalmente

aceptada de la diversificación es, por lo menos parcialmente, la negación de

las ambiciosas pretensiones de la selectividad. Si fuese posible elegir las

mejores acciones sin margen de error, la diversificación sólo nos serviría para

salir perdiendo. Sin embargo, dentro de los límites de las cuatro reglas más

generales para la selección de acciones ordinarias que sugerimos para el

inversor defensivo (en las páginas 135-136), hay margen para ejercer una

considerable libertad de preferencia. En el peor de los casos, el hecho de

ceder ante estas preferencias no debería resultar nocivo; en el resto de los

casos, tal vez añada algo valioso a los resultados. Con la creciente

importancia que están adquiriendo los avances tecnológicos en los resultados

a largo plazo de las empresas, el inversor no puede dejar esta cuestión al

margen de sus cálculos. En este terreno, al igual que en cualquier otro, debe

tratar de encontrar un equilibrio entre el desinterés y el exceso de celo.