El inversor inteligente

Benjamin Graham · Capítulo 44 de 48

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El inversor inteligente

Comentario al capítulo 20

 

Si no nos anticipamos a los imprevistos, si no esperamos lo

inesperado en un universo de infinitas posibilidades, estamos a

merced de cualquiera y de cualquier cosa que no pueda ser

etiquetada, programada o clasificada.

 

Agente Fox Mulder, Expediente X.

 

Para empezar, no pierda

 

¿Qué es el riesgo?

Las respuestas serán diferentes dependiendo de a quién, y cuándo, le

formule la pregunta. En 1999 el riesgo no significaba perder dinero;

significaba ganar menos dinero que otra persona. Lo que les daba miedo a las

personas era tropezarse con alguien en una barbacoa y descubrir que esa

persona se estaba haciendo más rica más rápidamente haciendo operaciones

intradía con empresas punto com aún más deprisa que ellas. Después,

súbitamente, en el año 2003 riesgo pasó a significar que el mercado de

valores siguiese cayendo hasta acabar con cualquier traza de riqueza que

todavía le quedase.

Aunque su significado pueda parecer tan volátil y fluctuante como los

propios mercados financieros, el riesgo tiene atributos profundos y

permanentes. Las personas que hacen las mayores apuestas y consiguen las

mayores ganancias durante los períodos alcistas de mercado son casi siempre

las mismas que sufren las peores pérdidas en los períodos bajistas de mercado

que inevitablemente siguen a los primeros. (Tener «razón» hace que los

especuladores estén cada vez más dispuestos a asumir una mayor cantidad de

riesgo, a medida que su confianza se va desbordando). Y después de haber

perdido grandes cantidades de dinero, se hace necesario apostar aún más para

volver al lugar de partida, como ocurre con los jugadores de casino o de

hipódromo que se lo juegan al todo o nada después de cada apuesta fallida.

Salvo que tenga una suerte extraordinaria, ésa es una receta para el desastre.

No es sorprendente que cuando se le pidió que resumiese todo lo que había aprendido durante su prolongada carrera sobre la forma de hacerse rico, el

legendario financiero J. K. Klingenstein, de Wertheim & Co., respondiese

sencillamente: «No perder[1]». El siguiente gráfico muestra lo que quería

decir.

 

FIGURA 20.1

 

El coste de las pérdidas

 

Imagínese que encuentra una acción que usted cree que puede crecer al 10% anual aunque el mercado

únicamente crezca un 5% anualmente. Lamentablemente, siente usted tal entusiasmo que paga un

precio demasiado elevado, y la acción pierde el 50% de su valor el primer año. Aunque la acción

posteriormente generase el doble del rendimiento del mercado, usted necesitará más de 16 años para

sobrepasar al mercado, simplemente porque pagó demasiado, y perdió demasiado, al principio.

 

Perder algo de dinero es parte inevitable de las actividades de inversión, y

no hay nada que se pueda hacer para evitarlo. Sin embargo, para ser un

inversor inteligente es necesario asumir la responsabilidad de asegurarse que

nunca se pierda la mayoría o la totalidad de su dinero. La diosa hindú de la

fortuna, Lakshmi, suele aparecer representada de pie, de puntillas, preparada

para salir corriendo en cuanto se parpadee. Para mantenerla simbólicamente

en su sitio, algunos de los devotos de Lakshmi atan su estatua con tiras de

tejido o clavan sus pies al suelo. Para el inversor inteligente, el «margen de

seguridad» de Graham desempeña una función similar: al negarse a pagar demasiado por una inversión, se reducen al mínimo las probabilidades de que

su patrimonio desaparezca o se destruya súbitamente.

Piense en este ejemplo: durante los cuatro trimestres que concluyeron en

diciembre de 1999, JDS Uniphase Corp., la empresa de fibra óptica, generó

673 millones de dólares en ventas netas, con las que sufrió una pérdida de 313

millones de dólares. Sus activos tangibles ascendían a 1500 millones de

dólares. Sin embargo, el 7 de marzo de 2000, las acciones de JDS Uniphase

alcanzaron los 153 dólares por acción, lo que arrojaba para la empresa un

valor total de mercado de aproximadamente 143 000 millones de dólares[2].

En aquel preciso momento, al igual que la mayoría de las acciones de

empresas de la «Nueva Era» se vino abajo. Cualquiera que hubiese comprado

acciones aquel día y las hubiera mantenido hasta finales del año 2002 tuvo

que hacer frente a las perspectivas indicadas en la figura 20.2.

 

FIGURA 20.2

 

Alcanzar el umbral de rentabilidad es muy difícil

 

Si hubiese adquirido acciones de JDS Uniphase a su precio máximo de 153,421 dólares el 7 de marzo

de 2000, y todavía las conservase a finales de 2002 (cuando cerró a 2,47 dólares), ¿cuánto tiempo

tardaría en volver a alcanzar el precio de compra a diversos tipos medios anuales de rendimiento?

 

Incluso con una sólida tasa de rendimiento anual del 10%, se necesitarían

más de 43 años para volver a recuperar el nivel en el que se compró esta

acción sobrevalorada.

El riesgo no está en nuestras acciones, sino en nosotros

 

El riesgo existe en otra dimensión: dentro de usted. Si sobreestima todo lo

que sabe realmente sobre las inversiones, o sobreestima su capacidad para

superar un desplome temporal de los precios, no importa cuál sea la

composición de su cartera o cuál sea la evolución del mercado. En última

instancia, el riesgo financiero no reside en los tipos de inversión que tenga en

cartera, sino en el tipo de inversor que sea usted. Si quiere saber de verdad

qué es el riesgo, vaya al baño más cercano y asómese al espejo. Eso es el

riesgo, lo que le mira desde el otro lado del espejo.

Cuando se mire en el espejo, ¿qué debería buscar? El psicólogo ganador

del premio Nobel, Daniel Kahneman, explica dos factores que caracterizan a

las buenas decisiones:

 

«Confianza bien calibrada» (¿entiendo esta inversión tan bien como a

mí me parece?).

«Sufrimiento bien anticipado» (¿cómo reaccionaré si mi análisis

resulta ser erróneo?).

 

Para averiguar si su confianza está o no bien calibrada, mire en el espejo y

pregúntese: ¿Qué probabilidades hay de que mi análisis sea correcto? Piense

cuidadosamente en estas cuestiones:

 

¿Qué experiencia tengo? ¿Qué tal lo he hecho en el pasado cuando me

he enfrentado a situaciones similares?

¿Cuál es el historial de otras personas que han tratado de hacer esto en

el pasado[3]?

Cuando yo compro, hay otra persona que vende. ¿Hasta qué punto es

probable que yo sepa algo que esta otra persona (o empresa) no sepa?

Cuando yo vendo, hay otra persona que compra. ¿Hasta qué punto es

probable que yo sepa algo que esta otra persona (o empresa) no sepa?

¿He calculado cuánto tiene que subir esta inversión para que recupere

mi dinero después de pagar impuestos y los costes de operación?

 

A continuación, mire en el espejo para averiguar si es usted el tipo de

persona que es capaz de anticipar correctamente su sufrimiento. Comience

por preguntarse: «¿Comprendo plenamente las consecuencias que tendría el

hecho de que mi análisis fuese erróneo?». Responda a esa pregunta teniendo

en cuenta estas cuestiones:

Si acierto, podría ganar mucho dinero. Sin embargo, ¿qué pasa si me

equivoco? Atendiendo a los resultados históricos de inversiones

similares, ¿cuánto podría llegar a perder?

¿Tengo otras inversiones que me ayuden a capear la situación si esta

decisión acaba siendo errónea? ¿Tengo acciones, obligaciones o

fondos con un historial contrastado de subida cuando este tipo de

inversión evoluciona a la baja? ¿Estoy arriesgando una cantidad

exagerada de mi capital con esta nueva inversión?

Cuando me digo: «Tienes una elevada tolerancia hacia el riesgo»,

¿cómo he llegado a saberlo? ¿He perdido alguna vez mucho dinero con

una inversión? ¿Cómo me sentí? ¿Compré más, o liquidé mi posición?

¿Me estoy basando únicamente en mi fuerza de voluntad para decidir

que no voy a ceder al pánico en el peor momento? ¿O he controlado

mi comportamiento anticipadamente mediante la diversificación,

mediante la firma de un contrato de inversión, y mediante la técnica

del promedio de coste monetario?

 

Debería recordar siempre, en las palabras del psicólogo Paul Slovic, que

«el riesgo es una combinación de dosis iguales de dos ingredientes:

probabilidades y consecuencias[4]». Antes de invertir, debería asegurarse de

que ha evaluado de manera realista su probabilidad de acertar y la forma en

que va a reaccionar a las consecuencias de haberse equivocado.

 

La apuesta de Pascal

 

El filósofo de inversión Peter Bernstein resume todo esto de otra manera.

Se remonta a Blaise Pascal, el gran matemático y teólogo francés

(1623-1662), que creó un experimento de reflexión según el cual un agnóstico

debía apostar sobre si Dios existía o no. Lo que debe poner en juego esta

persona para realizar la apuesta es su conducta en la vida; el premio definitivo

de la apuesta es el destino de su alma después de la muerte. En esta apuesta,

afirma Pascal, «la razón no puede decidir» la probabilidad de la existencia de

Dios. Dios existe o no existe, y únicamente la fe, que no la razón, puede dar

respuesta a esa pregunta. Sin embargo, mientras que las probabilidades en la

apuesta de Pascal son las mismas que cuando se arroja una moneda al aire, las

consecuencias son absolutamente claras e indiscutiblemente ciertas. Como

explica Bernstein:

 

Supongamos que actúa usted como si Dios existe y usted vive de manera virtuosa, en

abstinencia, cuando en realidad no hay Dios. Habrá renunciado a algunas cosas buenas de la Epílogo

vida, pero también habrá tenido recompensas. Por el contrario, supongamos que actúa usted

como si Dios no existiese y vive una vida de pecado, egoísmo y lujuria cuando en realidad

Dios existe. Es posible que se haya divertido y que haya tenido grandes emociones a lo largo

de la relativamente breve duración de su vida, pero cuando el día del juicio final llegue, estará

usted metido en un tremendo aprieto[5].

 

Bernstein llega a la siguiente conclusión: «A la hora de adoptar decisiones

en condiciones de incertidumbre, las consecuencias deben dominar a las

probabilidades. Nunca sabemos lo que va a pasar en el futuro». Por lo tanto,

al igual que le ha recordado Graham en todos los capítulos de este libro, el

inversor inteligente debe centrarse no sólo en conseguir que el análisis sea

correcto. También debe asegurarse frente a las pérdidas si su análisis resulta

ser erróneo, cosa que ocurrirá de vez en cuando incluso con los mejores

análisis. La probabilidad de cometer por lo menos un error en algún momento

de su vida de inversión es prácticamente del 100%, y esas probabilidades

están absolutamente fuera de su control. No obstante, usted sí que tiene

control sobre las consecuencias que tendría su equivocación. Muchos

«inversores» pusieron prácticamente todo su dinero en las acciones de las

empresas punto com en 1999; un estudio realizado online entre 1338

estadounidenses por la revista Money descubrió que prácticamente una

décima parte de ellos tenía, como mínimo, el 85% de su dinero invertido en

acciones de empresas de Internet. Al desentenderse de la recomendación de

Graham de contar con un margen de seguridad, estas personas apostaron por

la opción errónea de la apuesta de Pascal. Ante la certeza de que conocían las

probabilidades de acertar, no hicieron nada para protegerse frente a las

consecuencias de equivocarse.

Simplemente con mantener su cartera constantemente diversificada, y

negarse a arrojar su dinero a las últimas y alocadas modas que hayan captado

el interés del Sr. Mercado, podrá asegurar que las consecuencias de sus

errores nunca serán catastróficas. Sea lo que sea lo que el Sr. Mercado le

proponga, siempre podrá decir, con una tranquila confianza, «Esto también

pasará».