El inversor inteligente
Comentario al capítulo 6
Los golpes que fallas son los que te agotan.
Angelo Dundee, entrenador de boxeo
Para el inversor agresivo, lo mismo que para el inversor defensivo, lo que
no se hace tiene tanta repercusión sobre el éxito como lo que sí se hace. En
este capítulo, Graham enumera lo que en su opinión no deben hacer los
inversores agresivos. A continuación ofrecemos una lista actualizada.
¿La escoria de la tierra?
Las obligaciones de alto rendimiento, a las que Graham denomina de
«segunda categoría» o de «categoría inferior» y que en la actualidad se
denominan «bonos basura», son objeto de una valoración claramente negativa
por parte de Graham. En su día, era demasiado costoso y laborioso para el
inversor individual diversificar los riesgos de impago[1]. (Para descubrir hasta
qué punto puede ser nocivo el impago, y de qué forma tan descuidada pueden
llegar a caer en uno de ellos hasta los inversores más «sofisticados» que se
dedican profesionalmente a la inversión en obligaciones, vea el recuadro de la
página 168). En la actualidad, no obstante, hay más de 130 fondos de
inversión especializados en bonos basura. Estos fondos compran basura a
carretadas; tienen docenas de obligaciones diferentes. Eso mitiga las quejas de
Graham acerca de la dificultad que.
Un mar de lágrimas para las obligaciones de WorldCom
Comprar una obligación únicamente por su rendimiento es cómo casarse
únicamente por el sexo. Si lo que nos atrajo en un primer momento se agota, acabaremos preguntándonos: «¿Qué más hay?». Cuando la respuesta sea «Nada», tanto los cónyuges como los obligacionistas acabarán con el corazón destrozado.
El 9 de mayo del año 2001, WorldCom Inc. colocó la mayor oferta de obligaciones
de la historia empresarial de Estados Unidos, por valor de 11 900 millones de dólares. Entre los que se sintieron atraídos por las rentabilidades de hasta el 8,3%, como moscas a la miel, estuvieron las siguientes instituciones: California Public
Employees’ Retirement System, que es uno de los mayores fondos de pensiones del mundo; Retirement Systems of Alabama, cuyos gestores posteriormente explicaron que «los mayores rendimientos» les resultaron «muy atractivos en el momento en el que adquirimos las obligaciones»; y Strong Corporate Bond Fund, cuyo gestor conjunto estaba tan orgulloso del cuantioso interés generado por las obligaciones de WorldCom que llegó a decir «estamos percibiendo unos ingresos adicionales más que suficientes
para compensar el riesgo en el que incurrimos[2]».
No obstante, habría bastado un vistazo de 30 segundos al folleto de las obligaciones
de WorldCom para darse cuenta de que estas obligaciones no tenían nada que ofrecer salvo su rendimiento, y tenían todo que perder. En dos de los cinco años anteriores, los resultados antes de impuestos de WorldCom (los beneficios obtenidos por la empresa antes de pagar la cantidad adeudada a la Agencia Tributaria) fueron insuficientes para cubrir sus cargas fijas (el coste del pago de intereses a los titulares de obligaciones) por la impresionante cifra de 4100 millones de dólares. WorldCom únicamente podía cubrir los pagos relacionados con esas obligaciones endeudándose más con los bancos. Además, con esta nueva dosis monstruosa de obligaciones, WorldCom estaba
engordando sus costes por intereses en otros 900 millones de dólares al año[3]. Al igual que Don Creosote en la película El sentido de la vida de Monty Python, WorldCom se estaba llenando hasta el punto de llegar a reventar.
Ningún rendimiento por intereses podría llegar nunca a ser lo suficientemente
cuantioso para compensar a un inversor por arriesgarse a ese tipo de explosión. Las obligaciones del WorldCom generaron unos cuantiosos rendimientos de hasta el 8% durante unos pocos meses. Después, como habría predicho Graham, la rentabilidad dejó súbitamente de ofrecer cobijo:
WorldCom solicitó la declaración de quiebra en julio de 2002. WorldCom reconoció en agosto de 2002 que había inflado las declaraciones de
beneficios en más de 7000 millones de dólares[4]. Las obligaciones de WorldCom se impagaron cuando la empresa no pudo seguir cubriendo sus cargos por intereses; las obligaciones perdieron más del 80% de su valor original.
Desde 1978 se ha alcanzado una media anual del 4,4% del mercado de
bonos basura que se han impagado, pero incluso después de esos impagos, los
bonos basura han seguido produciendo un rendimiento anualizado del 10,5%,
en comparación con el 8,6% de las obligaciones del Tesoro de Estados
Unidos a diez años[5]. Por desgracia, la mayor parte de los fondos de bonos
basura cobran elevadas comisiones y consiguen unos resultados
insatisfactorios a la hora de proteger el importe principal original de su
inversión. Los fondos de bonos basura pueden ser adecuados si está usted
jubilado, desea conseguir unos ingresos mensuales adicionales que
complementen su pensión y puede tolerar grandes bajadas temporales de
valor. Si trabaja en un banco u otro tipo de empresa financiera, una gran
subida de los tipos de interés podría limitar su ascenso o incluso plantear
amenazas a la seguridad de su empleo, por lo que un fondo de bonos basura,
que suele tener mejores resultados que los otros fondos de renta fija cuando suben los tipos de interés, podría ser un instrumento adecuado como
contrapeso en su plan de jubilación. El fondo de bonos basura, no obstante, no
deja de ser una pequeña alternativa, y no una obligación, para el inversor
inteligente.
La cartera de inversión de vodka y burrito
Graham consideraba que las obligaciones extranjeras no eran una apuesta
mejor que los bonos basura[6]. En la actualidad, no obstante, hay ciertas
obligaciones extranjeras que pueden tener cierto atractivo para los inversores
que sean capaces de soportar mucho riesgo. Hay aproximadamente una
docena de fondos de inversión especializados en obligaciones emitidas en
países con economías de mercado emergente (lo que antiguamente se
denominaba «países del tercer mundo») como Brasil, México, Nigeria, Rusia
y Venezuela. Ningún inversor en su sano juicio destinaría más del 10% del
total de la cartera de obligaciones a unos instrumentos tan «picantes» como
éstos. Sin embargo, los fondos de inversión en obligaciones de mercados
emergentes raramente evolucionan en sincronía con el mercado de valores de
Estados Unidos, por lo que son una de las escasas inversiones que tienen
pocas probabilidades de descender simplemente porque el Dow vaya a la
baja. Esto puede aportar una pequeña dosis de consuelo en su cartera justo en
el momento en el que más lo necesite[7].
Morir como mueren los operadores
Como hemos visto en el capítulo 1, las operaciones intradía, en las que las
acciones se tienen en cartera durante períodos de pocas horas, son una de las
mejores armas que se han inventado para cometer el suicidio financiero. Tal
vez algunas de sus operaciones ganen dinero, la mayoría de ellas perderán
dinero, pero su intermediario ganará con todas ellas.
Su propia ansia por comprar o vender una acción acabará reduciendo los
resultados que obtenga. Una persona que está desesperada por comprar una
acción puede acabar ofreciendo 10 centavos más que la cotización más
reciente de la acción antes de que los vendedores estén dispuestos a
desprenderse de ésta. Ese coste adicional, llamado «impacto de mercado»
nunca aparece en su cuenta de corretaje, pero es real. Si está demasiado
ansioso por comprar 1000 acciones de una empresa e impulsa su precio al
alza sólo en 5 centavos, acaba de costarse a usted mismo 50 dólares, que pueden ser invisibles, pero que son muy reales. Por otra parte, cuando los
inversores presas del pánico están frenéticos por vender una acción y se
desprenden de ella por un precio inferior a su más reciente cotización, el
impacto de mercado vuelve a golpear.
Los costes de realizar operaciones intradía desgastan los rendimientos
como las pasadas de papel de lija. Comprar o vender una acción de una
pequeña empresa que esté en el candelero puede costar entre el 2% y el 4% (o
lo que es lo mismo, entre el 4% y el 8% para una transacción de compra y
venta de «ida y vuelta[8]»). Si se colocan 1000 dólares en una acción, los
costes de operación podrían consumir aproximadamente 40 dólares antes
incluso de empezar. Cuando se vendan las acciones, podría ser necesario
desembolsar otro 4% en gastos de operación.
Ah, es verdad, todavía queda algo más. Cuando se hacen operaciones en
vez de inversiones, las ganancias a largo plazo (gravadas al tipo máximo de
ganancias de capital del 20%) se convierten en renta ordinaria (gravada a un
tipo máximo del 38,6%).
Si se suma todo eso, el operador necesita ganar por lo menos el 10%
simplemente para alcanzar el umbral de rentabilidad en cada una de sus
operaciones de compra y venta de acciones[9]. Cualquiera puede conseguirlo
una vez, por mera suerte. Conseguirlo con la suficiente frecuencia para
justificar la atención obsesiva que requiere, junto con los infernales niveles de
estrés que genera, es absolutamente imposible.
Miles de personas lo han intentado, y la evidencia es clara: cuantas más
operaciones se hacen, menos valor se conserva.
Los profesores de finanzas Brad Barber y Terrance Odean de la
Universidad de California examinaron los historiales de operaciones de más
de 66 000 clientes de una importante firma de intermediación financiera de
coste económico. Desde 1991 hasta 1996 estos clientes realizaron más de
1 900 000 operaciones. Antes de que los costes de operación desgastasen sus
rendimientos, las personas integradas en el estudio habían conseguido unos
resultados mejores que el mercado en un promedio de por lo menos medio
punto porcentual al año. Después de tener en cuenta los costes de operación,
los más activos de estos operadores, los que movían más del 20% de sus
carteras de acciones al mes, pasaron de obtener mejores resultados que el
mercado a tener unos decepcionante resultados de 6,4 puntos porcentuales por
debajo del mercado. Los inversores más pacientes, no obstante, los que
realizaban operaciones con un minúsculo 0,2% de sus carteras totales en un
mes típico, consiguieron tener mejores resultados que el mercado, incluso después de tener en cuenta sus costes de operación. En lugar de entregar una
gran parte de sus ganancias a sus intermediarios y a Hacienda, consiguieron
quedarse con casi todo[10]. Si desea observar estos resultados, vea la figura
6.1.
La lección está clara: no haga lo que sea, quédese quieto. Ya va siendo
hora de que todo el mundo reconozca que el término «inversor a largo plazo»
es una redundancia. El inversor a largo plazo es el único tipo de inversor que
existe. Una persona que no puede quedarse con las acciones durante más de
unos cuantos meses cada vez está condenado a acabar como vencido, no
como vencedor.
No por mucho madrugar…
Entre las toxinas del enriquecimiento rápido que envenenaron las mentes
del público inversor en la década de 1990, una de las más letales fue la idea
de que era posible enriquecerse participando en las ofertas públicas iniciales.
Una oferta pública inicial es la venta por primera vez de acciones de una
sociedad al público en general. A primera vista, invertir en una oferta pública
inicial parece una idea fantástica; después de todo, si alguien hubiese
comprado 100 acciones de Microsoft cuando salió a bolsa el 13 de marzo de
1986, su inversión de 2100 dólares habría alcanzado los 720 000 dólares a
principios de 2003[11]. Los profesores de finanzas Jay Ritter y William
Schwert han demostrado que si usted hubiese repartido un total de únicamente
1000 dólares en todas las ofertas públicas iniciales en enero de 1960, a su
precio de oferta inicial, y las hubiese vendido a final de dicho mes, y hubiese
vuelto a invertir de nuevo en cada hornada de ofertas públicas iniciales de
cada mes sucesivo, su cartera de inversor habría tenido un valor de más de
533 000 quintillones:
En números, esa cifra se escribiría así:
533 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000.
FIGURA 6.1
Cuanto más corres, más rezagado te quedas
Los investigadores Brad Barber y Terrance Odean hicieron una clasificación con miles de operadores,
a los que dividieron en cinco categorías, atendiendo a la frecuencia con la que rotaban sus
participaciones. Aquellos que operaban menos (a la izquierda) conservaban la mayor parte de sus
ganancias. Sin embargo, los operadores impacientes e hiperactivos hacían ricos a sus agentes, pero no
se enriquecían ellos. (Las barras del extremo derecho muestran un fondo de índice de mercado a
efectos comparativos).
Fuente: Profesores Brad Barber, Universidad de California en Davis, y Terrance Odean, Universidad de
California en Berkeley.
Por desgracia, por cada oferta pública inicial como la de Microsoft que
resulta ser un gran éxito, hay miles de fracasos. Los psicólogos Daniel
Kahnerman y Amos Tversky han demostrado que cuando los seres humanos
calculan las probabilidades o la frecuencia de un suceso, la valoración no se
basa en la frecuencia con la que realmente ocurrió el suceso, sino en lo
notables que son los ejemplos ocurridos en el pasado. Todos queremos
comprar «el siguiente Microsoft», precisamente porque sabemos que no
compramos el primer Microsoft. Sin embargo, todos pasamos
convenientemente por alto el hecho de que la mayoría de las otras ofertas
públicas iniciales fueron inversiones horrorosas. Únicamente podría haber
ganado esos 533 000 quintillones de dólares si no hubiese pasado por alto
nunca ni uno solo de esos raros triunfos del mercado de las ofertas públicas
iniciales, y eso prácticamente es algo imposible. Por último, la mayor parte de
los altos rendimientos de las ofertas públicas iniciales son obtenidos por miembros de un club privado exclusivo, los grandes bancos de inversión y
sociedades de inversión que consiguen las acciones al precio inicial (o «de
suscripción»), antes de que las acciones comiencen a cotizar en público. Las
mayores subidas suelen producirse con un número de acciones tan reducido
que ni siquiera los grandes inversores pueden conseguir una acción;
simplemente, no hay suficientes acciones en circulación.
Si, al igual que prácticamente cualquier otro inversor, usted únicamente
puede conseguir acceso a las ofertas públicas iniciales después de que sus
acciones se hayan disparado por el precio exclusivo inicial, sus resultados
serán espantosos. De 1980 a 2001, si hubiese comprado las acciones de una
oferta pública inicial típica a su primer precio de cierre de cotización al
público y las hubiese conservado durante tres años, habría tenido unos
resultados peores que el mercado en más de 23 puntos porcentuales al año[12].
Es posible que no haya ninguna acción que personifique mejor el sueño de
enriquecerse con las ofertas públicas iniciales que la de VA Linux. «LNUX,
LA PRÓXIMA MSFT» se vanagloriaba uno de los primeros propietarios;
«COMPRE AHORA Y JUBÍLESE DENTRO DE CINCO AÑOS[13]». El 9
de diciembre de 1999 la acción salió a bolsa a un precio de oferta pública
inicial de 30 dólares. La demanda de las acciones era tan febril que cuando el
NASDAQ abrió aquella mañana, ninguno de los propietarios iniciales de VA
Linux se desprendió de ninguna de las acciones hasta que el precio alcanzó
los 299 dólares. La acción alcanzó un máximo de 320 dólares y cerró el día a
239,25 dólares, lo que supone una ganancia del 697,5% en un único día. No
obstante, esos beneficios únicamente fueron disfrutados por un puñado de
operadores institucionales; los inversores individuales se quedaron
prácticamente al margen por completo.
Más importante es el hecho de que adquirir las acciones en una oferta
pública inicial es mala idea porque infringe flagrantemente una de las reglas
más importantes planteadas por Graham: con independencia del número de
personas que quieran comprar una acción, únicamente se deben comprar
acciones si esa compra ofrece una forma económica de llegar a ser propietario
de una empresa deseable. A su precio máximo de su primer día de cotización,
los inversores estaban valorando las acciones de VA Linux por un total de
12 700 millones de dólares. ¿Cuál era el valor de la empresa que había
emitido las acciones? VA Linux tenía menos de cinco años y había
conseguido unas ventas acumuladas totales de 44 millones de dólares de su
software y servicios, aunque había perdido 25 millones de dólares en el
proceso. Los resultados fiscales del último trimestre indicaban que VA Linux había conseguido ventas por valor de 15 millones de dólares, aunque había
incurrido en pérdidas por valor de 10 millones de dólares para conseguir esas
ventas. Esta empresa, por lo tanto, perdía prácticamente 70 centavos de cada
dólar que entraba en sus arcas. El déficit acumulado de VA Linux (el importe
en el cual los gastos totales habían sido mayores que sus ingresos) ascendía a
30 millones de dólares.
Si VA Linux hubiese sido una empresa no cotizada que perteneciese a su
vecino, y un día su vecino se hubiese asomado sobre la valla y le hubiera
preguntado que cuánto estaría dispuesto a pagar por esta pequeña empresa
con graves problemas para quitársela de las manos, ¿usted le habría
respondido: «Bueno, 12 700 millones de dólares me parece una cifra
acertada»? ¿O más bien habría sonreído educadamente, se habría dado la
vuelta hacia la barbacoa y se habría preguntado qué rayos había estado
fumando su vecino? Basándose exclusivamente en su propia valoración, a
ninguno de nosotros se nos ocurriría en nuestra vida pagar casi 13 000
millones de dólares por una máquina de perder dinero que ya tenía un agujero
negro de 30 millones de dólares.
Sin embargo, cuando se trata de operaciones públicas en vez de privadas,
cuando la valoración se convierte en un concurso de popularidad, el precio de
las acciones parece más importante que el valor de la empresa a la que
representan. Siempre y cuando haya otra persona que esté dispuesta a pagar
más de lo que ha pagado usted por la acción, ¿qué importancia tiene lo que
pueda valer la empresa?
El siguiente gráfico muestra la importancia que puede tener.
FIGURA 6.2
La Leyenda de VA Linux
Fuentes: VA Linux Systems Inc.; www.morningstar.com.
Después de subir como un cohete el primer día de negociación, VA Linux
se desplomó como un ladrillo. El 9 de diciembre de 2002, tres años después
del día en el que la acción se cotizase a 239,50 dólares, la cotización de VA
Linux cerró a 1,19 dólares por acción.
Ponderando objetivamente los datos, el inversor inteligente debería llegar
a la conclusión de que este tipo de operaciones deberían denominarse, en
lugar de oferta pública inicial: «oferta pública para idiotas», «ofrezco precios
insensatos», o también «oportunidad para imbéciles».