El inversor inteligente
Comentario al capítulo 8
La felicidad de quienes ansían la popularidad depende de los demás;
la felicidad de los que persiguen el placer fluctúa con estados de
ánimo que no pueden controlar; sin embargo, la felicidad de los sabios
surge de sus propios actos libres.
Marco Aurelio
Dr. Jekyll y Sr. Mercado
La mayor parte de las ocasiones el mercado determina los precios de la
mayoría de las acciones con una destacable brillantez. Millones de
compradores y de vendedores regateando precios son capaces de conseguir
unas valoraciones empresariales destacablemente exactas, en promedio. Sin
embargo, en ocasiones, no se consigue un precio ajustado; ocasionalmente, el
resultado es un precio tremendamente desajustado. En tales ocasiones, es
necesario comprender la imagen del Sr. Mercado que ofrecía Graham, que
probablemente es la mejor imagen que se ha elaborado en toda la historia para
explicar por qué en algunas ocasiones el precio de las acciones llega a ser tan
injustificado[1]. El maníaco-depresivo Sr. Mercado no siempre determina los
precios de las acciones de la misma forma en que un tasador o un comprador
privado determinarían el valor de una empresa. Al contrario, cuando la
cotización de las acciones sube, está encantado de pagar un precio superior a
su valor objetivo; por otra parte, cuando la cotización baja, está desesperado
por desprenderse de las acciones por menos de su valor real.
¿Sigue estando por aquí el Sr. Mercado? ¿Sigue siendo bipolar? Por
supuesto que sí.
El 17 de marzo de 2000, las acciones de Inktomi Corp. alcanzaron un
nuevo máximo histórico de cotización, en 231,625 dólares. Desde que
comenzaron a cotizar en junio de 1998, las acciones de esta empresa de
software de búsqueda por Internet habían aumentado de valor
aproximadamente en un 1900%. En las pocas semanas que habían transcurrido desde diciembre de 1999, la cotización prácticamente se había
triplicado.
¿Qué estaba sucediendo en Inktomi, la empresa, para que Inktomi, las
acciones, fuesen tan valiosas? La respuesta parece evidente: un crecimiento
fenomenalmente rápido. En los tres meses concluidos en diciembre de 1999,
Inktomi había vendido productos y servicios por valor de 36 millones de
dólares, más de lo que había conseguido en todo el año que finalizó en
diciembre de 1998. Si Inktomi fuese capaz de sostener el ritmo de crecimiento
que había conseguido en los 12 meses anteriores durante un período de cinco
años más, sus ingresos se multiplicarían, y pasarían de 36 millones de dólares
por trimestre a 5000 millones de dólares al mes. Con tamañas perspectivas de
crecimiento, cuanto más rápidamente subía la acción, más lejos parecía que
sería capaz de llegar.
No obstante, en su irracional enamoramiento con las acciones de Inktomi,
el Sr. Mercado había pasado por alto una cuestión relacionada con su
actividad empresarial. La empresa perdía dinero, toneladas de dinero. Había
perdido 6 millones de dólares en el último trimestre, 24 millones de dólares
en los 12 meses anteriores a ese trimestre, y otros 24 millones de dólares en el
año anterior a esos 12 meses. Durante toda su vida empresarial, Inktomi no
había conseguido ni un centavo de beneficios. Sin embargo, el 17 de marzo de
2000, el Sr. Mercado había determinado un valor para esta minúscula empresa
que alcanzaba los 25 000 millones (sí, ha leído bien, nada más y nada menos
que 25 000 millones) de dólares.
Después, el Sr. Mercado cayó presa de una súbita depresión. El 30 de
septiembre de 2002, justo dos años y medio después de que alcanzasen los
231,625 dólares por acción, las acciones de Inktomi cerraron a 25 centavos, lo
que supuso un colapso desde un valor total de mercado máximo de 25 000
millones de dólares a un mínimo de 40 millones de dólares. ¿Se había agotado
el negocio de Inktomi? No en absoluto; durante los 12 meses anteriores, la
empresa había conseguido 113 millones de dólares en ingresos. ¿Qué había
cambiado entonces? Únicamente el humor del Sr. Mercado: a principios de
2000, los inversores estaban tan irrefrenablemente interesados por Internet,
que habían determinado un precio para las acciones de Inktomi que
representaba 250 veces los ingresos de la empresa. En la actualidad, estaban
dispuestos a pagar únicamente 0,35 veces sus ingresos. El Sr. Mercado se
había transformado pasando de Dr. Jekyll a Mr. Hyde, y se estaba asegurando
de que las acciones que le habían hecho quedar mal se las pagasen todas
juntas.
Sin embargo, el Sr. Mercado no tenía más justificación para emprender
este feroz ataque a medianoche que la que había tenido para mostrarse
insensatamente eufórico. El 23 de diciembre de 2002, Yahoo! Inc. anunció
que compraba Inktomi por 1,65 dólares por acción. Era aproximadamente
siete veces la cotización de Inktomi el 30 de septiembre. La historia acabará
indicando, probablemente, que Yahoo! hizo un brillante negocio. Cuando el
Sr. Mercado hace que las acciones sean tan baratas, no es raro que le quiten
de las manos empresas enteras[2].
Piense por sí mismo
¿Estaría dispuesto a permitir que un lunático oficialmente diagnosticado
como tal se presentase cinco veces a la semana para decirle que tendría que
sentirse usted exactamente igual que se siente él? ¿Estaría usted dispuesto a
mostrarse eufórico simplemente porque su visitante lo está, o desgraciado
simplemente porque su visitante cree que debería ser usted desgraciado?
Claro que no. Usted insistiría en que tiene derecho a asumir el control de su
vida emocional, basándose en sus experiencias y sus creencias. Sin embargo,
en lo que respecta a la vida financiera, millones de personas permiten que el
Sr. Mercado les diga cómo tienen que sentirse y qué tienen que hacer, a
despecho del dato incuestionable de que, en ocasiones, se comporta de una
forma más desquiciada que una jaula de grillos.
En 1999, cuando el Sr. Mercado se estremecía de satisfacción, los
empleados estadounidenses destinaban una media del 8,6% de sus salarios a
sus planes de jubilación. En el año 2002, después de que el Sr. Mercado
hubiese pasado tres años triturando acciones y llenando con ellas bolsas de
basura, la tasa de aportación media se había reducido casi una cuarta parte,
hasta sólo el 7%.[3] Cuanto más baratas eran las acciones, menos dispuesto
estaba todo el mundo a comprarlas, porque se limitaban a imitar al
Sr. Mercado, en lugar de pensar por sí mismos.
El inversor inteligente no debería desentenderse por completo del
Sr. Mercado. Al contrario, debería hacer negocios con él, pero únicamente en
la medida en que le interesase. La tarea del Sr. Mercado es la de facilitarle
precios; su tarea es la de decidir si le resulta interesante hacer algo respecto de
esos precios. No tiene usted que hacer operaciones con el mercado
simplemente porque éste le ruegue incesantemente que lo haga.
Si se niega a permitir que el Sr. Mercado rija su destino, dejará de ser su
señor y lo transformará en su siervo. Después de todo, cuando aparentemente
se dedica a destruir valor, lo que hace es crear valor en otras partes. En 1999,
el índice Wilshire 5000, la medida más amplia de los resultados de las
acciones estadounidenses, ganó el 23,8%, impulsado por las acciones de
tecnología y telecomunicaciones. Sin embargo, 3743 de las 7234 acciones del
índice Wilshire experimentaron una reducción de valor a pesar de que la
media había subido. Aunque las acciones de alta tecnología y
telecomunicaciones estuviesen más recalentadas que un trozo de pizza en un piso de universitarios, miles de acciones de la «vieja economía» se quedaron
heladas por el desinterés, y su cotización bajó cada vez más.
Las acciones de CMGI, una «incubadora» o sociedad de cartera de
pequeñas empresas emprendedoras de Internet, subieron un impresionante
939,9% en 1999. Mientras tanto, Berkshire Hathaway, la sociedad de cartera a
través de la cual el más brillante discípulo de Graham, Warren Buffett, tenía
acciones de percherones de la vieja economía como Coca-Cola, Gillette y
Washington Post Co., perdía un 24,9%.[4]
Sin embargo, en aquel momento, como en tantos otros, el mercado
experimentó un súbito cambio de humor. La figura 8.1 ofrece una muestra de
las acciones apestadas en 1999 que se convirtieron en las estrellas del período
que va de 2000 a 2002.
En cuanto a estas dos sociedades de cartera, CMGI pasó a perder el 96%
en el año 2000, otro 70,9% en el año 2001, y un 39,8% adicional en el año
2002, lo que supone una pérdida acumulada del 99,3%. Berkshire Hathaway
subió el 26,6% en 2000 y el 6,5% en 2001, posteriormente experimentó una
leve pérdida del 3,8% en 2002, lo que supone una ganancia acumulada del
30%.
¿Puede ganar a los profesionales en su propio juego?
Una de las ideas más penetrantes de Graham es la siguiente: «El inversor
que permita que otros le arrastren a las estampidas o que se preocupe
indebidamente por las retracciones injustificadas provocadas por el mercado
en sus carteras estará transformando perversamente su ventaja básica en una
desventaja esencial».
¿A qué se refiere Graham con las palabras «ventaja básica»? Lo que
quiere decir es que el inversor individual inteligente tiene plena libertad para
elegir si sigue o no sigue al Sr. Mercado. Usted puede permitirse el lujo de
pensar por sí mismo[5].
El gestor de cartera típico, sin embargo, no tiene más opción que seguir la
evolución del Sr. Mercado con todo detalle, comprando a precios elevados,
vendiendo a precios bajos, siguiendo de manera prácticamente irracional sus
pasos erráticos. A continuación exponemos algunos de los hándicaps con los
que los gestores de fondos de inversión y otros inversores profesionales tienen
que cargar:
Al tener que gestionar miles de millones de dólares, su actividad debe
centrarse en las acciones de las mayores empresas, las únicas que
pueden comprar en las cantidades multimillonarias que necesitan para
completar sus carteras. Por lo tanto, muchos fondos acaban siendo
propietarios del mismo número reducido de gigantes cuya cotización
está sobrevalorada.
Los inversores suelen arrojar más dinero a los fondos a medida que
sube la cotización de mercado. Los gestores tienen que emplear ese
nuevo dinero para comprar más acciones de las empresas que ya tenían
en cartera, con lo que impulsan su cotización hasta niveles aún más
peligrosos.
Si los inversores que han depositado dinero en los fondos quieren
retirar su dinero cuando el mercado pierde valor, los gestores pueden
verse obligados a vender acciones para poder atender a esas solicitudes
de fondos. De la misma forma que los fondos se ven obligados a
comprar acciones a precios sobrevalorados en los períodos alcistas de
mercado, se ven obligados a vender cuando las acciones se abaratan.
Muchos gestores de cartera consiguen bonificaciones si sus resultados
son mejores que los del mercado, por lo que se obsesionan en medir su
rentabilidad con respecto a referencias como el índice S&P 500. Si una
empresa se incorpora a un índice, cientos de fondos se lanzan
impulsivamente a comprar acciones de la empresa. (Si no lo hicieran, y
las acciones de esa empresa consiguiesen buenos resultados, los
gestores parecerían irresponsables; por otra parte, si adquieren las
acciones y éstas tienen unos resultados deficientes, nadie les culpa).
Es cada vez más habitual que se espere que los gestores de fondos
estén especializados. De la misma forma que en la medicina el médico
generalista ha dejado su lugar al pediatra especialista en alergias y al
otorrinolaringólogo geriátrico, en la actualidad los gestores de fondos
tienen que comprar únicamente acciones «de pequeñas empresas en
crecimiento», o únicamente acciones de «empresas con capitalización
media», o únicamente acciones «de grandes empresas combinadas[6]».
Si una empresa adquiere unas dimensiones demasiado grandes, o
demasiado pequeñas, o demasiado baratas, o si llega a ser un poquito
excesivamente cara, el fondo tendrá que desprenderse de las acciones,
aunque al gestor le encante la empresa.
Por lo tanto, no hay ningún motivo por el que no pueda usted tener unos
resultados tan satisfactorios como los de los profesionales. Lo que no podrá
hacer usted (a pesar de todos los presuntos expertos que le digan que sí
puede) es «ganar a los profesionales en su propio juego». Ni siquiera los profesionales pueden ganar en su propio juego. ¿Por qué iba a querer usted
jugar a ese juego, para empezar? Si sigue sus reglas, acabará perdiendo, ya
que al final acabará siendo un esclavo del Sr. Mercado, al igual que lo son los
profesionales.
Lo que debe hacer, al contrario, es caer en la cuenta de que invertir de
manera inteligente consiste en controlar lo que se puede controlar. No es
posible controlar si las acciones o los fondos que compra van a tener mejores
resultados que el mercado hoy, la semana que viene, el mes que viene, o este
año; a corto plazo, su rendimiento siempre será rehén del Sr. Mercado y de
sus caprichos. Sin embargo, lo que sí puede controlar usted es:
Los costes de intermediación, si hace operaciones con poca frecuencia,
de manera paciente, y de forma barata.
Sus costes de cartera, si se niega a comprar fondos de inversión que
tengan unos gastos anuales excesivos.
Sus expectativas, si actúa con realismo, y no se deja llevar por las
fantasías, a la hora de hacer previsiones sobre los resultados que puede
obtener[7].
Su riesgo, si decide qué parte de su patrimonio total queda expuesto a
los azares del mercado de valores, mediante la diversificación y
mediante los ajustes de la cartera.
Su factura tributaria, si conserva las acciones durante el período
necesario para reducir al máximo sus obligaciones tributarias,
atendiendo a la normativa fiscal que se encuentre vigente en cada
momento.
Y, en especial, su propio comportamiento.
Si presta atención a los programas financieros de televisión, o si lee a la
mayoría de los columnistas especializados en el mercado, acabará pensando
que la inversión es una especie de deporte, o de guerra, o de lucha para
sobrevivir en un entorno hostil. Sin embargo, la inversión no consiste en
ganar a otros siguiendo sus reglas del juego. Consiste en aprender a
controlarse en el juego que decida usted jugar. El desafío para el inversor
inteligente no consiste en encontrar las acciones que más vayan a subir o que
menos vayan a bajar, sino en no permitir que se convierta usted en su peor
enemigo, en impedir que acabe comprando a precios elevados simplemente
porque el Sr. Mercado le grite «¡A comprar!», y en no permitir que acabe
vendiendo a precios bajos simplemente porque el Sr. Mercado diga en un
momento determinado «¡A vender!».
Si su horizonte de inversión es a largo plazo, por lo menos 25 o 30 años,
únicamente hay un método adecuado que pueda seguir: compre todos los
meses, de manera automática, y en todas las demás ocasiones en las que
pueda prescindir de algo de dinero. La mejor opción para este tipo de carteras
vitalicias es un fondo que compre un índice completo de mercado. Venda
únicamente cuando necesite el dinero (si necesita un apoyo psicológico,
fotocopie y firme su «Contrato de propietario de inversiones», que encontrará
en la página 248).
Si quiere ser un inversor inteligente, también tiene que negarse a juzgar su
éxito financiero en comparación con lo que está consiguiendo una cuadrilla de
personas que son absolutamente desconocidas para usted. Usted no será ni un
penique más pobre si otra persona que vive en Denver, en Dallas o en
Durango consigue mejores resultados que el S&P 500 y usted no los
consigue. No hay ningún epitafio que diga «Ganó al mercado».
En una ocasión entrevisté a un grupo de jubilados de Boca Raton, una de
las comunidades de jubilados más ricos de Florida. Cuando pregunté a estas
personas, que en su mayoría tenían 70 años o más, si habían conseguido
mejores resultados que el mercado durante su vida como inversores, algunos
me contestaron que sí, y otros que no; y la mayoría no estaban seguros. Uno
de ellos me dijo: «¿Y qué más me da? Lo único que sé es que gracias a mis
inversiones he conseguido ganar suficiente dinero para acabar viviendo en
Boca».
¿Cabe una respuesta mejor? Después de todo, el objetivo de la inversión
no consiste en ganar más dinero que la media, sino en ganar suficiente dinero
para satisfacer sus propias necesidades. La mejor forma de medir el éxito de
su inversión no consiste en saber si está ganando al mercado, sino en saber si
ha elaborado un plan financiero y una disciplina de conducta que tenga
probabilidades de permitirle llegar adonde quiere llegar. En última instancia,
lo que importa no es cruzar la meta antes que el resto, sino asegurarse de que
uno llega a su meta[8].
Su dinero y su cerebro
Entonces, ¿por qué les resulta tan cautivador el Sr. Mercado a los
inversores? En la práctica, nuestro cerebro está programado para provocarnos
problemas a la hora de invertir; los seres humanos somos animales que
tratamos de identificar pautas de actuación. Los psicólogos han demostrado
que si se presenta una serie aleatoria a un grupo de personas, y se les dice que es imprevisible, insistirán, no obstante, en tratar de adivinar qué va a salir a
continuación. De la misma manera, «sabemos» que la siguiente tirada de
dados será un 7, que un jugador que lanza una falta va a marcar el gol, que los
siguientes números ganadores de la lotería primitiva van a ser,
incuestionablemente, 4-27-9-16-42-10, y que las acciones de esta pequeña
empresa se van a convertir en el siguiente Microsoft.
Unas recientes investigaciones revolucionarias de la ciencia neurológica
indican que nuestros cerebros están diseñados para percibir tendencias incluso
donde no las hay. Después de que un acontecimiento suceda dos o tres veces
seguidas, ciertas zonas de nuestro cerebro, de manera automática, anticipan
que va a suceder de nuevo. Si el acontecimiento se repite, un producto
químico natural denominado dopamina se libera, inundando el cerebro con
una leve euforia. De esta forma, si una acción sube unas cuantas veces, de
manera refleja esperará usted que siga subiendo, y su química cerebral se
modificará a medida que suba la acción, con lo que disfrutará usted de un
«subidón natural». En la práctica, se hará adicto a sus propias predicciones.
Sin embargo, cuando las acciones pierden valor, la pérdida financiera
pone en marcha otra parte del cerebro, encargada de procesar el temor y la
ansiedad, y que es responsable de la famosa respuesta de «luchar o salir
huyendo» habitual en todos los animales acorralados. De la misma forma que
no puede evitar que su corazón se acelere cuando salta una alarma de
incendio, de la misma forma que no puede evitar atemorizarse si una serpiente
de cascabel aparece en el sendero por el que da usted un paseo, no puede
evitar sentir miedo cuando la cotización de las acciones se desploma[9].
De hecho, los brillantes psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky
han demostrado que el temor a la pérdida financiera tiene una intensidad de
más del doble que el placer que se consigue con una ganancia equivalente.
Ganar 1000 dólares con una inversión es estupendo, pero perder 1000 dólares
provoca un sufrimiento emocional del doble de intensidad. Perder dinero
resulta tan doloroso, que muchas personas, aterrorizadas ante la perspectiva
de una pérdida aún más grave, se desprenden de sus inversiones
prácticamente cuando han tocado fondo, o se niegan a comprar más.
Noticias que le sirvan de algo
Las acciones se están desplomando, por lo que enciende la televisión para ver las
últimas noticias del mercado. Sin embargo, en vez de la CNBC o la CNN, imagine que puede sintonizar la Benjamin Graham Financial Network. En la BGFN, el sonido no refleja el famoso tañido de la campana al cierre del mercado; las imágenes no muestran a los corredores de un lado a otro del parqué en la bolsa, como si fuesen roedores
sobreexcitados. La BGFN tampoco muestra imágenes de archivo de inversores que suspiran con desesperación en las aceras cubiertas de nieve al ver las flechas rojas en los indicadores de cotización que recorren las marquesinas de Times Square.
Al contrario, la imagen que llena la pantalla de su televisión es la fachada de la
Bolsa de Nueva York, adornada con un enorme letrero en el que dice: «¡Ofertas! 50% de descuento». Como música de introducción, se puede escuchar a la Bachman-Turner Overdrive con su viejo clásico «Todavía no has visto nada». Después, el presentador anuncia alegremente «Las acciones han llegado a ser todavía más atractivas hoy, después de que el Dow descendiese otro 2,5% con un gran volumen de contratación, el cuarto día seguido que las acciones se abaratan. Los inversores del sector tecnológico han conseguido aún mejores resultados, puesto que las empresas líderes como Microsoft han perdido casi el 5% durante la jornada, gracias a lo cual ahora son todavía más económicas. Eso complementa las buenas noticias del año pasado, durante el cual las acciones redujeron su precio en casi el 50%, con lo que llegaron a unos niveles de oportunidad que no se veían desde hacía años. Algunos analistas destacados han hecho gala de optimismo, afirmando que los precios pueden reducirse aún más en las semanas y meses venideros». La emisión de noticias se interrumpe y entra en escena el estratega de mercado Ignatz Anderson de la firma de Wall Street Ketchum & Skinner, que afirma «Mi previsión es que las acciones perderán otro 15% antes de junio. Me muestro cautamente optimista acerca de que si todo va bien, las acciones podrían llegar a perder el 25%, e incluso más».
«Esperemos que Ignatz Anderson acierte», dice alegremente el presentador. «Una
reducción del precio de las acciones serían fabulosas noticias para cualquier inversor que tuviera un horizonte de inversión a muy largo plazo. Y ahora veamos lo que tiene que decirnos Wally Wood en nuestra previsión AccuWeather».
Esto permite explicar los motivos por los que nos obsesionamos con la
magnitud en términos absolutos de una caída de mercado y nos negamos a
ponerla en perspectiva. Por lo tanto, cuando un periodista se asoma a la
pequeña pantalla y proclama: «El mercado se desploma, el Dow pierde 100
puntos», la mayor parte de los espectadores se estremecen instintivamente.
Sin embargo, con el Dow a los niveles en los que se encuentra actualmente,
rondando los 8000, se trata de un descenso de un mero 1,2%. Piense en lo
ridículo que sería que un día en el que hubiese una temperatura de 40 grados
el hombre del tiempo dijese: «La temperatura se desploma; ha pasado de 40
grados a 39,5 grados». Eso también sería un descenso del 1,2%. Si no se
observan los cambios del mercado en términos porcentuales, es muy fácil caer
presa del pánico por pequeñas vibraciones. (Si tiene por delante décadas de
inversión, hay incluso una forma mejor de concebir las noticias financieras;
vea el recuadro de la página 244).
A finales de la década de 1990, muchas personas llegaron a tener la
impresión de que operaban en la oscuridad si no eran capaces de comprobar la
cotización de sus acciones varias veces al día. Sin embargo, tal y como dice
Graham, el inversor típico «estaría mejor si sus acciones no cotizasen en
absoluto, porque podría librarse de la angustia mental que le provocan los errores de juicio cometidos por otras personas». Si después de examinar el
valor de su cartera a la 1:24 de la tarde siente la imperiosa necesidad de
volver a examinarlo a la 1:37 de la tarde, debería hacerse tres preguntas:
¿He llamado a un agente inmobiliario para comprobar el precio de
mercado de mi casa a la 1:24 de la tarde? ¿Le he vuelto a llamar a la
1:37 de la tarde?
Si lo hubiese hecho, ¿habría cambiado el precio? Si hubiese cambiado,
¿me habría apresurado a vender mi casa?
Si no compruebo, o si ni siquiera sé cuál es el precio de mercado de mi
casa en cada minuto, ¿estoy impidiendo que su valor aumente a lo
largo del tiempo[10]?
Por supuesto, la única respuesta posible a estas preguntas es ¡claro que no!
Debería usted abordar su cartera de inversión desde la misma perspectiva. A
lo largo de un horizonte a 10, 20 o 30 años, los antojos diarios del
Sr. Mercado, sencillamente, no tienen importancia alguna. En cualquier caso,
para una persona que vaya a invertir durante los próximos años, la caída de
los precios de las acciones es una buena noticia, no una mala, puesto que
podrá comprar más por menos dinero. Cuanto más prolongada y más acusada
sea la caída, y cuanto mayor sea la constancia de sus compras durante esa
caída, más dinero acabará ganando al final, si se mantiene firme hasta el final.
En vez de temer al mercado cuando se encuentra en una etapa bajista, debería
darle la bienvenida de buen grado. El inversor inteligente debería sentirse
perfectamente cómodo siendo propietario de acciones o de fondos de
inversión aunque el mercado dejase de comunicarle los precios diarios
durante los 10 próximos años[11].
Paradójicamente, según explica el científico neurológico Antonio
Damasio, «ejercerá un control muy superior si cae en la cuenta de todo lo que
no puede controlar». Si es consciente de su tendencia biológica a comprar a
precios elevados y vender a precios bajos, reconocerá la necesidad de poner
en práctica la técnica del promedio de coste monetario, el ajuste del
equilibrio, y se dará cuenta de lo interesante que es firmar un contrato de
inversión. Si coloca la mayor parte de su cartera en piloto automático, será
capaz de superar su adicción a la predicción, centrarse en sus objetivos
financieros a largo plazo, y desentenderse de los cambios de humor del
Sr. Mercado.
Si el mercado le da castañas, haga marrón glacé
Aunque Graham nos indica que deberíamos comprar cuando el
Sr. Mercado grita «¡A vender!», hay una excepción que el inversor inteligente
tiene que comprender. Vender en un mercado a la baja puede ser interesante
si ello da lugar a ventajas fiscales. En Estados Unidos, el derecho tributario
permite compensar las pérdidas (cualquier reducción de valor que se
materialice vendiendo acciones) de hasta 3000 dólares de renta ordinaria[12].
Supongamos que compró 200 acciones de Coca-Cola en enero de 2000 por 60
dólares por acción, lo que supone una inversión total de 12 000 dólares. A
finales del año 2002, el valor de las acciones se había reducido a 44 dólares
por acción, lo que supone que su cartera valdría 8800 dólares, es decir, una
pérdida de 3200 dólares.
Podría usted haber hecho lo que hacen la mayoría de las personas:
quejarse por la pérdida, o esconderla debajo de la alfombra y actuar como si
no se hubiese producido. También podría haber asumido el control. Antes de
que concluyese el año 2002, podría haber vendido todas sus acciones de
Coca-Cola, materializando la pérdida de 3200 dólares. Posteriormente,
después de dejar pasar 31 días, para respetar la normativa tributaria, habría
vuelto a comprar las 200 acciones de Coca-Cola. Resultado: habría reducido
su renta imponible en 3000 dólares en 2002 y podría utilizar la pérdida de 200
dólares restante en el año 2003. Aún mejor, seguiría siendo propietario de
acciones de una empresa en la que confiaba, aunque ahora le habrían costado
un tercio menos de lo que había pagado la primera vez[13].
Si el Tío Sam subvenciona las pérdidas, puede ser interesante vender para
materializar las pérdidas. Si el Tío Sam quiere que el mercado parezca lógico
en comparación con él, ¿quiénes somos nosotros para quejarnos?
Contrato de propietario de inversiones
Yo, ……………………, por el presente declaro que soy un inversor que deseo acumular
riqueza durante un período futuro de muchos años.
Sé que habrá muchas ocasiones en las que sienta la tentación de invertir en acciones u
obligaciones porque hayan subido (o estén subiendo) de precio, y en otras ocasiones sentiré
la tentación de desprenderme de mis inversiones porque habrán bajado (o estarán bajando).
Por el presente declaro que me niego a que una manada de desconocidos adopten por
mí mis decisiones financieras. Adicionalmente, contraigo el solemne compromiso de no
invertir jamás porque el mercado de valores haya evolucionado al alza, y de que nunca
venderé porque haya bajado. Al contrario, invertiré una cantidad de ……………… al mes,
todos los meses, mediante un plan de inversión automático o mediante un «programa de
promedio de coste monetario», en los siguientes fondos de inversión o carteras
diversificadas:
………………… …………………………………………………
……………………………………………………………………
………………… …………………………………………………
También invertiré cantidades adicionales siempre que tenga la ocasión de prescindir de
dinero en efectivo (y pueda permitirme una pérdida de dinero a corto plazo).
Por el presente declaro que mantendré todas las inversiones de manera sostenida por lo
menos hasta la siguiente fecha (como mínimo 10 años después de la fecha de este contrato):
……………… Las únicas excepciones que se permiten en virtud de este contrato son una
súbita y acuciante necesidad de dinero en efectivo, como por ejemplo, una emergencia de
salud o la pérdida de trabajo, o un gasto planificado, como el pago de la entrada para una
casa o el coste de matrícula de una institución de enseñanza.
Con mi firma estampada al pie de este documento manifiesto mi intención no sólo de
respetar los términos y condiciones de este contrato, sino de volver a leer este documento
siempre que sienta la tentación de vender cualquiera de mis inversiones.
Este contrato únicamente es válido cuando esté firmado por lo menos por un testigo, y
debe ser conservado en un lugar seguro que resulte fácilmente accesible, para referencias
futuras.
Firmado: ……………………… Fecha: ………………
Testigos:
…………………………………………………
…………………………………………………