El inversor inteligente
Capítulo 19. Accionistas y equipos directivos: Política de dividendos
Accionistas y equipos directivos: Política de dividendos
Desde 1934 siempre hemos defendido en nuestros escritos la necesidad de
una actitud más inteligente y dinámica de los accionistas hacia los directivos
de sus empresas. Les hemos pedido que adopten una actitud más generosa
hacia los que estén realizando un buen trabajo, de manera demostrable. Les
hemos pedido que exijan explicaciones claras y satisfactorias cuando los
resultados parezcan ser peores de los que deberían ser, y que apoyen los
movimientos para mejorar o retiren de sus cargos a los directivos claramente
improductivos. Los accionistas tienen todos los motivos justificables para
hacer preguntas sobre la competencia de la dirección cuando lo resultados (1)
sean insatisfactorios por sí mismos, (2) sean peores que los obtenidos por
otras empresas que aparentemente estén en una situación similar, y (3) hayan
tenido como consecuencia una cotización de mercado insatisfactoria que se
prolongue mucho tiempo.
En los últimos 36 años no se ha logrado prácticamente nada a través de la
actuación inteligente por parte del gran conjunto de accionistas. Un defensor
de una causa sensato, si es que existe tal cosa, debería interpretar esto como
una señal de que ha estado malgastando su tiempo, y de que sería mejor que
abandonase su lucha. En realidad, nuestra causa no se ha perdido; ha sido
rescatada por el surgimiento de una figura que tiene su origen en el exterior
de la empresa, conocida como absorción u OPA[1]. Decíamos en el capítulo 8
que unos malos equipos directivos dan lugar a unas deficientes cotizaciones
de mercado. Cuanto peores son las cotizaciones de mercado, a su vez, más
llaman la atención de empresas que están interesadas en diversificar su
explotación, y en la actualidad son innumerables las empresas de este tipo.
Muchísimas de tales adquisiciones se han logrado mediante acuerdos con la
dirección existente, y en los demás casos la operación ha tenido éxito gracias
a la acumulación de las acciones existentes en el mercado y mediante la
presentación de ofertas que puenteaban a los que ejercían el control. El precio
de oferta normalmente ha estado dentro de la banda de lo que valdría la
empresa si contase con un equipo directivo razonablemente competente. Por lo tanto, en muchos casos, el accionista pasivo ha tenido que ser rescatado por
las acciones de personas «ajenas a la empresa» que en ocasiones pueden ser
individuos o grupos emprendedores que actúan por su cuenta.
Podría decirse, a modo de regla, que con muy pocas excepciones los
malos equipos directivos no son modificados por la actuación del colectivo de
los «pequeños accionistas», sino únicamente por el ejercicio del control por
parte de una persona individual o de un grupo compacto. Esto está ocurriendo
con la suficiente frecuencia en la actualidad como para que los equipos
directivos, incluido el consejo de administración, de la típica empresa
cotizada con accionariado muy repartido, sean conscientes de que si los
resultados de explotación y la concomitante cotización de mercado son muy
insatisfactorios es posible que la empresa acabe siendo objetivo de una oferta
pública de adquisición que acabe prosperando. En consecuencia, es posible
que los consejos de administración se muestren más activos que en el pasado
a la hora de desempeñar su función esencial, que consiste en asegurarse de
que la empresa cuenta con un equipo competente de alta dirección. En los
últimos años se han visto muchos más cambios de presidentes que en el
pasado.
No todas las empresas que han tenido resultados insatisfactorios se han
visto beneficiadas por estas novedades. Además, el cambio normalmente
suele tener lugar después de un prolongado período de malos resultados
durante el que nadie adopta ninguna medida correctiva, y, además, para que
ese cambio llegue a materializarse suele ser necesario que exista un número
suficiente de accionistas decepcionados que se desprendan de sus acciones a
precios reducidos y que de ese modo hagan posible que personas ajenas a la
empresa pero con suficiente espíritu emprendedor y energía adquieran una
participación de control en su capital. Sin embargo, la idea de que el colectivo
de pequeños accionistas pueda ayudarse a sí mismo apoyando medidas para
mejorar la dirección y las políticas de dirección ha resultado ser demasiado
quijotesca para que siga mereciendo espacio adicional en este libro. Los
accionistas individuales que tienen el coraje suficiente para dejar que su
presencia se note en las juntas generales de accionistas, lo que por lo general
da lugar a una intervención absolutamente infructuosa, no necesitarán nuestro
consejo sobre las cuestiones que tienen que plantear a los equipos directivos.
En el caso de los demás, el consejo seguramente caerá en oídos sordos. De
todas formas, cerraremos esta sección con el ruego encarecido de que los
accionistas consideren con la mente abierta y con toda la atención que merece
la documentación para la delegación de voto que les envíen otros accionistas que quieran remediar una situación de gestión manifiestamente insatisfactoria
en la empresa.
Accionistas y política de dividendo
En el pasado, la política de dividendo era una cuestión de debate
relativamente frecuente entre los pequeños accionistas, o los «accionistas
minoritarios», y los equipos directivos de las empresas. Por lo general, estos
accionistas estaban interesados en que se implantase una política de dividendo
más liberal, mientras que los directivos solían ser partidarios de retener los
beneficios en la empresa, para «reforzarla». Los directivos pedían a los
accionistas que sacrificasen sus intereses presentes por el bien de la empresa y
por sus propios beneficios a largo plazo. Sin embargo, en los últimos años la
actitud mostrada por los inversores hacia los dividendos ha sufrido un cambio
gradual, pero significativo. El argumento principal al que se alude en la
actualidad para defender el pago de dividendos reducidos, en vez de liberales,
no es que la empresa «necesite» el dinero, sino, al contrario, que puede
utilizarlo en beneficio directo e inmediato de los accionistas reteniendo los
fondos para llevar a cabo una expansión rentable. Hace años normalmente
eran las empresas débiles las que se veían más o menos obligadas a retener
sus beneficios, en lugar de desembolsar la proporción habitual en aquella
época, de entre el 60% y el 75% de tales beneficios en forma de dividendo.
Esa retención casi siempre se traducía en un efecto negativo para la cotización
de mercado de las acciones. Hoy en día es bastante probable que una empresa
sólida y en crecimiento que mantenga deliberadamente en un nivel reducido
los dividendos que paga cuente con la aprobación tanto de inversores como de
especuladores[2].
Siempre han existido sólidos argumentos teóricos para justificar la
reinversión de los beneficios en la empresa, en los casos en los que era
posible dar por descontado, con cierta seguridad, que esa retención iba a
generar un sustancial incremento de los beneficios. Sin embargo, también
había varios argumentos plausibles en sentido contrario, como los siguientes:
los beneficios «pertenecen» a los accionistas, y éstos tienen derecho a que se
les entreguen, siempre que se respeten los límites de una gestión prudente;
muchos de los accionistas necesitan sus ingresos por dividendos para poder
vivir; los beneficios que reciben los accionistas en forma de dividendos son
«dinero de verdad» mientras que los que se retienen en la empresa pueden
convertirse posteriormente en valores tangibles para los accionistas… o no. Estos argumentos que iban en contra de las tesis favorables a la retención eran
tan convincentes que, a la hora de la verdad, el mercado de valores
tradicionalmente había mostrado una persistente predisposición a favor de las
empresas que pagaban unos dividendos liberales, y en contra de las empresas
que no pagaban dividendo o que pagaban unos dividendos relativamente
reducidos[3].
En los 20 últimos años, la teoría de la «reinversión rentable» ha ganado
terreno de manera firme. Cuanto mejores eran los resultados históricos de
crecimiento de la empresa, más dispuestos estaban los inversores y los
especuladores a aceptar la aplicación de una política de pago de dividendo
reducido. Estas nociones han llegado a arraigar hasta un punto tal que, en
muchos casos, la tasa de dividendo desembolsada por las empresas favoritas
del mercado que tienen un gran crecimiento, o incluso la ausencia de
cualquier tipo de dividendo, no ha tenido prácticamente ningún efecto en la
cotización alcanzada por sus acciones[4].
Un llamativo ejemplo de este hecho se aprecia en la historia de Texas
Instruments, Incorporated. La cotización de sus acciones ordinarias subió
desde 5 en 1953 hasta 256 en 1960, mientras que los beneficios aumentaban
de 43 centavos por acción a 3,91 dólares por acción, sin que se desembolsase
ningún tipo de dividendo. (En 1962 se empezó a pagar un dividendo en
efectivo, pero para ese año los beneficios se habían reducido a 2,14 dólares y
la cotización había sufrido un espectacular retroceso hasta un punto mínimo
de 49).
Otro ejemplo extremo lo ofrece Superior Oil. En 1948 la empresa declaró
unos beneficios de 35,26 dólares por acción, desembolsó 3 dólares de
dividendo y cotizó hasta a 235. En 1953 el dividendo se redujo a 1 dólar, pero
la cotización máxima fue de 660. En 1957 no pagó ningún dividendo en
absoluto y alcanzó una cotización de 2000. Las acciones de esta inusual
empresa retrocedieron posteriormente hasta 795 en 1962, cuando obtuvo
49,50 dólares de beneficio y desembolsó 7,50 dólares en forma de
dividendo[5].
La opinión de los inversores dista mucho de estar asentada en esta
cuestión de la política de dividendo de empresas en crecimiento. Las
opiniones enfrentadas quedan ilustradas perfectamente en los ejemplos de dos
de las más grandes empresas de Estados Unidos: American
Telephone & Telegraph e International Business Machines. American
Tel. & Tel. estuvo considerada como una empresa con grandes posibilidades
de crecimiento, como queda de manifiesto en el hecho de que en 1961 cotizase a 25 veces los beneficios de ese año. No obstante, la política de
dividendo en efectivo de la empresa ha sido en todo momento un elemento de
reflexión importante tanto para inversores como para especuladores, puesto
que su cotización reaccionaba activamente incluso ante meros rumores de un
inminente aumento del tipo de dividendo. Por otra parte, se prestaba
comparativamente poca atención al dividendo en efectivo desembolsado por
IBM, que en 1960 únicamente rindió el 0,5% de la cotización máxima de ese
año, y el 1,5% a cierre de 1970. (Sin embargo, en ambos casos, los
desdoblamientos de acciones han operado como poderosa influencia en el
mercado).
La valoración realizada por el mercado sobre la política de dividendo en
efectivo parece que está evolucionando en la siguiente dirección: cuando el
interés no se coloca principalmente en el crecimiento, la acción se califica
como «valor generador de renta» y el tipo de dividendo mantiene su
tradicional importancia como uno de los elementos esenciales a la hora de
determinar la cotización de mercado. En el otro extremo, las acciones
claramente reconocidas como pertenecientes a la categoría de rápido
crecimiento se valorarán principalmente en términos del tipo de crecimiento
previsto durante, por ejemplo, la siguiente década, y el dividendo en efectivo
quedará más o menos al margen de los cálculos.
Aunque la afirmación que acabamos de hacer puede describir
adecuadamente la tendencia actual, no es en modo alguno una guía
claramente delimitada de la situación que se da respecto de todas las acciones
ordinarias, y puede que no lo sea ni siquiera de la situación imperante en la
mayoría. Por una parte, hay muchas empresas que ocupan un puesto
intermedio entre las empresas de crecimiento y las empresas que no tienen
crecimiento. Es difícil afirmar cuánta importancia se debería atribuir al factor
de crecimiento en tales casos, y la opinión del mercado puede cambiar
radicalmente de un año a otro. En segundo lugar, parece que existe algún
elemento paradójico sobre el hecho de que se exija a las empresas que tienen
un menor crecimiento que actúen de forma más liberal con su dividendo en
efectivo. Normalmente, éstas suelen ser las empresas menos prósperas, y en el
pasado cuanto más próspera era la empresa, mayor era la expectativa de que
realizase desembolsos más liberales y de mayor cuantía.
Opinamos que los accionistas deberían exigir a sus equipos directivos una
tasa de desembolso de beneficio normal, del orden de, por ejemplo, dos
tercios, o alternativamente una demostración más allá de toda duda razonable
de que los beneficios reinvertidos han generado un satisfactorio incremento de los beneficios por acción. Este requisito de realización de una
demostración podría ser superado sin grandes problemas por las empresas de
crecimiento claramente reconocidas como tales. Sin embargo, en muchos
otros casos, la tasa de pago de dividendo reducida normalmente da lugar a
una cotización de mercado media que está por debajo del valor justo, y en
estos casos los accionistas tienen todos los motivos para investigar la
situación y probablemente para quejarse.
Con frecuencia se han impuesto políticas cicateras con el beneficio en las
empresas cuya posición financiera era relativamente débil, y que necesitaban
la mayoría o todos sus beneficios (más las cantidades imputadas como
depreciación) para pagar las deudas y para mejorar el estado del capital de
explotación. En tales casos no hay mucho que los accionistas puedan decir,
salvo, tal vez, expresar sus críticas a la dirección por permitir que la empresa
llegue a estar en una posición financiera tan insatisfactoria. No obstante, los
dividendos, en ocasiones, son retenidos por empresas relativamente poco
prósperas con el objetivo declarado de expandir su actividad. Tenemos la
impresión de que esa política es ilógica en su mero planteamiento, y que
debería exigirse una explicación exhaustiva y una defensa convincente antes
de que los accionistas la aceptasen. A juzgar por la trayectoria que han
seguido en el pasado, no hay ningún motivo que a primera vista resulte
aceptable para explicar que los propietarios vayan a beneficiarse de
operaciones de expansión emprendidas con su dinero por parte de una
empresa que ha hecho gala de unos resultados mediocres y que sigue bajo la
dirección de su antiguo equipo directivo.
Dividendos en acciones y desdoblamientos de acciones
Es importante que los inversores comprendan la diferencia esencial entre
un dividendo en acciones (en sentido estricto) y un desdoblamiento de
acciones. Esta última operación representa una refundición de la estructura de
capital, en un caso habitual por ejemplo, mediante la emisión de dos o tres
acciones a cambio de una. Las nuevas acciones no tienen ninguna relación
con la reinversión de beneficios concretos de un período concreto del pasado.
El objetivo que se persigue consiste en conseguir una cotización de mercado
inferior para las acciones individuales, supuestamente porque tal cotización
inferior resultará más aceptable tanto para los viejos como para los nuevos
accionistas. Es posible que el desdoblamiento de acciones se lleve a cabo
mediante lo que técnicamente se denomina dividendo en acciones, que entraña la transferencia de cantidades de las cuentas de beneficios retenidos o
reservas voluntarias a la cuenta de capital; o en otros casos se puede realizar
por una modificación del valor nominal que no afecte a los beneficios
retenidos o reservas voluntarias[6].
Lo que nosotros denominaríamos dividendo en acciones en sentido
estricto es aquel que se abona a los accionistas con el objetivo de ofrecerles
una prueba tangible o una representación de los beneficios específicos que
han sido reinvertidos en la empresa a cuenta de los resultados de un período
de tiempo relativamente breve del pasado, por ejemplo, como máximo los dos
años precedentes. En la actualidad, la práctica establecida consiste en valorar
dicho dividendo en acciones al valor aproximado en el momento de
declaración, y transferir un importe igual a dicho valor de las reservas
voluntarias o beneficios retenidos a la cuenta de capital. De esta manera, el
importe del dividendo en acciones típico suele ser relativamente reducido, en
la mayor parte de los casos no superior al 5%. En esencia, un dividendo en
acciones de este tipo tiene el mismo efecto general que el pago de una
cantidad equivalente en metálico con cargo a beneficios, cuando va
acompañada por la venta a los accionistas de acciones adicionales por un
valor total similar. Sin embargo, el pago de dividendos directamente en
acciones tiene una importante ventaja fiscal respecto del por lo demás
equivalente lote de dividendo en metálico con derechos de suscripción de
acciones, que es la práctica casi normativa de las concesionarias de servicios
y suministros públicos.
La Bolsa de Nueva York ha establecido la cifra del 25% como divisoria
práctica entre los desdoblamientos de acciones y los dividendos en acciones.
Los del 25% o más no deben ir necesariamente acompañados por la
transferencia de su valor de mercado y de las reservas voluntarias de los
beneficios retenidos a la cuenta de capital, etc[7]. Algunas empresas, en
especial los bancos, todavía continúan utilizando la vieja práctica de declarar
cualquier tipo de dividendo en acciones que quieran, por ejemplo uno del
10%, no relacionado con los beneficios recientes, y estos casos siguen
generando una indeseable confusión en el mundo financiero.
Llevamos mucho tiempo defendiendo una política sistemática y
claramente enunciada aplicable al pago de dividendos en metálico y en
acciones. En virtud de dicha política, los dividendos en acciones se pagarían
periódicamente para capitalizar la totalidad o una parte de los beneficios
reinvertidos en la empresa. Esta política, que cubriría el 100% de los beneficios reinvertidos, es la que han seguido empresas como Purex,
Government Employees Insurance y tal vez algunas otras[8].
Aparentemente, los dividendos en acciones de todo tipo provocan la
desaprobación de la mayor parte de los teóricos que escriben sobre esta
materia. Insisten en que no son nada más que trocitos de papel, que no
aportan a los accionistas nada que no tuviesen antes y que generan unos
gastos y unas incomodidades absolutamente innecesarios[9]. Por nuestra parte,
consideramos que ésta es una opinión absolutamente doctrinaria, que no tiene
en cuenta las realidades prácticas y psicológicas de la inversión. Ciertamente,
un dividendo en acciones periódico, digamos del 5%, únicamente cambia la
«forma» de la inversión de los propietarios. El propietario ahora tendrá 105
acciones en vez de 100; pero sin el dividendo en acciones, las 100 acciones
originales representarían la misma participación en la propiedad que ahora
representan sus 105 acciones. No obstante, este cambio de forma es, en la
práctica, realmente trascendente y aporta valor al accionista. Si desease
liquidar su participación en los beneficios reinvertidos, podría hacerlo
vendiendo el nuevo certificado que se le ha remitido, en lugar de tener que
reducir su cartera original. Podría seguir recibiendo la misma tasa de
dividendo en metálico sobre 105 acciones que anteriormente recibía sobre sus
100 acciones; no sería en absoluto tan probable que se produjese una subida
del 5% en la tasa de dividendo en metálico si no se hubiese producido el
desembolso del dividendo en acciones[10].
Las ventajas de una política periódica de pago de dividendo en acciones
quedan más claras cuando se comparan con la práctica habitual de las
concesionarias de servicios y suministros públicos de pagar unos dividendos
en metálico muy liberales y después retomar buena parte de ese dinero de los
accionistas vendiéndoles acciones adicionales (a través de derechos de
suscripción[11]). Como ya hemos mencionado anteriormente, los accionistas
se encontrarían exactamente en la misma posición si recibiesen los dividendos
en acciones en vez de la popular combinación de dividendos en efectivo
seguidos por las suscripciones de acciones, con la salvedad de que se
ahorrarían el impuesto sobre la renta que en el otro caso tienen que pagar por
los dividendos en metálico. Los que quisieran o necesitasen los máximos
ingresos en efectivo anuales, sin acciones adicionales, podrían obtener ese
resultado vendiendo las acciones recibidas como dividendo, de la misma
forma en que venden sus derechos de suscripción siguiendo la mecánica
actual.
El importe agregado de impuestos sobre la renta que se ahorraría
sustituyendo la práctica actual de dividendos en metálico más derechos de
suscripción por dividendos en acciones es enorme. Recomendamos que las
concesionarias de servicios y suministros públicos den el paso de cambiar su
política, a pesar del efecto negativo que tendría sobre la Hacienda de Estados
Unidos, porque estamos convencidos de que es absolutamente injusto
imponer un segundo impuesto sobre la renta (en esta ocasión de naturaleza
personal) sobre beneficios que no son realmente percibidos por los
accionistas, puesto que las empresas vuelven a recuperar ese dinero a través
de la venta de acciones[12].
Las empresas eficaces no dejan de modernizar sus instalaciones, sus
productos, sus técnicas contables, sus programas de formación de directivos,
sus relaciones con los empleados. Ya va siendo hora de que piensen en
modernizar sus principales prácticas financieras, entre las cuales una de las
más trascendentes es su política de dividendos.