El inversor inteligente
Capítulo 12. Cosas que se deben tener en cuenta respecto de los beneficios por acción
Capítulo 12
Cosas que se deben tener en cuenta respecto de los
beneficios por acción
Este capítulo comenzará con dos consejos dirigidos al inversor que
inevitablemente tienen unas consecuencias contradictorias. El primero es: no
se tome en serio los beneficios de un único año. El segundo es: si presta
atención a los beneficios a corto plazo, trate de localizar trampas para
incautos en las cifras por acción. Si nuestra primera advertencia fuese
respetada estrictamente, la segunda sería innecesaria. Sin embargo, es mucho
esperar que la mayoría de los accionistas puedan basar todas sus decisiones
sobre sus acciones en el historial a largo plazo y en las perspectivas a largo
plazo. Las cifras trimestrales, y en especial las cifras anuales, reciben una
gran atención en los círculos financieros, y esta atención difícilmente puede
dejar de influir en el pensamiento del inversor. Es posible que necesite cierta
formación en este terreno, porque está repleto de posibilidades engañosas.
En el momento de redactar este capítulo aparece en el Wall Street Journal
el informe de beneficios de Aluminum Company of America (ALCOA)
correspondiente al ejercicio 1970. Las primeras cifras que aparecen son las
siguientes:
La diminuta letra a que aparece en el superíndice se explica en una nota al
pie; hace referencia al «beneficio básico», o beneficio antes de dilución, antes
de imputar cargas especiales. Hay mucho más material en las notas a pie de
página; de hecho, las notas ocupan el doble de espacio que las propias cifras
básicas.
Únicamente en relación con el trimestre de diciembre, los «beneficios por
acción» que se declaran ascienden a 1,58 dólares en 1970, en comparación
con 1,56 dólares en 1969.
El inversor o especulador que esté interesado en las acciones de ALCOA,
al leer esas cifras, podría decirse: «No está nada mal. Pensaba que 1970 había sido un año de recesión para el sector del aluminio. Sin embargo, el cuarto
trimestre muestra una ganancia respecto de lo que ocurrió en 1969, con unos
beneficios del orden de 6,32 dólares al año. Veamos. La acción cotiza a 62.
¡Caramba! Es menos de diez veces los beneficios. Así las cosas, parece
bastante barata, en comparación con las 16 veces los beneficios de
International Nickel, etc., etc…».
En relación con el cuarto trimestre únicamente se facilitaban dos cifras:
Sin embargo, si nuestro amigo inversor-especulador se hubiese molestado
en leer todo lo que pone en las notas a pie de página, habría descubierto que
en vez de una única cifra de beneficios por acción correspondiente al año
1970 en realidad había cuatro, literalmente:
¿Qué significan todas esas diferentes cifras adicionales de beneficio?
¿Qué beneficio es el verdadero del ejercicio y del trimestre finalizado en
diciembre? Si el beneficio que se debe tener en cuenta respecto de este último
período es de 70 centavos, el resultado neto después de cargas especiales, la
tasa anual de beneficio sería de 2,80 dólares, en vez de los 6,32 dólares, y la
cotización de 62 supondría «multiplicar por 22 los beneficios», en vez del
múltiplo de 10 con el que empezamos.
Parte de la cuestión de los «verdaderos beneficios» de ALCOA se puede
responder de manera bastante sencilla. La reducción de 5,20 dólares a 5,01
dólares, para tener en cuenta los efectos de la «dilución» es claramente
necesaria. ALCOA tiene un gran número de obligaciones convertibles en
acciones ordinarias; para calcular la «capacidad de generación de beneficios»
de las acciones ordinarias, a partir de los resultados de 1970, se debe suponer
que el derecho de conversión será ejercitado en el caso de que a los tenedores
de obligaciones les resulte rentable hacerlo. El importe, en el caso de
ALCOA, es relativamente reducido, y no merece en realidad un comentario
detallado. Sin embargo, en otros casos tener en cuenta los derechos de
conversión, y la existencia de derechos de suscripción de acciones, puede
reducir el beneficio aparente a la mitad o menos. Presentaremos ejemplos de un factor de dilución realmente significativo posteriormente (página 439).
(Los servicios informativos financieros no siempre actúan de manera
uniforme a la hora de deducir el factor de dilución en sus informes y
análisis[1]).
Centrémonos ahora en la cuestión de las «cargas especiales». Esta cifra,
que ascendía a 18 800 000 dólares, o lo que es lo mismo 88 centavos por
acción, deducida en el cuarto trimestre, no es intrascendente. ¿Se debe pasar
por alto por completo, o se debe contabilizar íntegramente como reducción
del beneficio, o se debe reconocer parcialmente y pasar por alto parcialmente?
El inversor que estuviese alerta también podría preguntarse ¿cómo es posible
que se produjese una epidemia virtual de este tipo de amortizaciones y
cancelaciones contables especiales que aparecieron en las memorias de tantas
empresas al cierre de 1970 y no en los ejercicios anteriores? ¿Es posible que
hubiese unos cuantos maquilladores hábiles aplicando sus finas artes sobre las
cuentas, por supuesto, siempre dentro de los límites de lo permisible[2]? Si
realizamos un examen detenido, podemos descubrir que tales pérdidas,
imputadas y canceladas antes de que realmente se produjesen, se pueden
hacer desaparecer, por así decir, sin que se produzcan efectos desagradables
en el «beneficio básico» tanto pasado como futuro. En algunos casos
extremos pueden llegar a estar disponibles para conseguir que ulteriores cifras
de beneficio parezcan casi el doble de lo que en realidad son, gracias a la
utilización más o menos malabar de los efectos compensatorios fiscales
generados.
Al analizar las cargas especiales de ALCOA, lo primero que hay que
determinar es cómo se producen. Las notas a pie de página son
suficientemente específicas. Las deducciones tienen cuatro orígenes, a saber:
1. La estimación del equipo directivo de los costes previstos de cierre de
la división de productos manufacturados.
2. Lo mismo respecto del cierre de las plantas de ALCOA Castings Co.
3. Lo mismo respecto de las pérdidas sufridas en el cierre progresivo de
ALCOA Credit Co.
4. Además, los costes estimados en 5,3 millones de dólares asociados con
la culminación del contrato de unos «paneles divisorios».
Todas estas partidas están relacionadas con futuros costes y pérdidas. Es
fácil afirmar que no forman parte de los «resultados de explotación
ordinarios» de 1970, pero entonces, ¿dónde hay que encuadrar esos
resultados? ¿Son tan «extraordinarios y no recurrentes» que no se pueden imputar a ningún ejercicio ni epígrafe? Una empresa de tan grandes
dimensiones como ALCOA, con un volumen de facturación que asciende a
1500 millones de dólares al año, debe tener muchísimas divisiones,
departamentos, filiales y similares. ¿No será más normal que extraordinario
que una o más de esas entidades resulte no ser rentable y sea necesario
cerrarla? Lo mismo cabe decir de cuestiones del estilo del «contrato de
construcción de paneles divisorios». Piense en lo que sucedería si cuando una
empresa sufriese una pérdida en cualquier área de su actividad, tuviese la
brillante idea de cancelarlo, imputándolo en forma de «partida especial», o no
recurrente, y de esa forma pudiese declarar un «beneficio básico» por acción
que únicamente incluyese los contratos y operaciones rentables. La
contabilidad sería como el reloj de sol del rey Eduardo VII, que únicamente
marcaba las «horas de sol[3]».
El lector debería detectar dos aspectos ingeniosos del procedimiento de
ALCOA que hemos estado exponiendo. El primero es que al anticipar las
pérdidas futuras, la empresa soslaya la necesidad de imputar las pérdidas en
cuestión a un año concreto. No corresponden a 1970, porque no se produjeron
en la práctica en ese ejercicio. Y no se mostrarán en el año en el que se
produzcan en la práctica, porque ya habrán sido provisionadas. Espléndida
maniobra, pero ¿no podría decirse que es un poco engañosa?
La nota al pie introducida por ALCOA no dice nada sobre la futura
bonificación fiscal derivada de estas pérdidas. (La mayor parte de las
declaraciones de este tipo indican específicamente que únicamente se ha
deducido el «efecto después de impuestos»). Si la cifra de ALCOA representa
las pérdidas futuras antes del correspondiente crédito fiscal, entonces no sólo
se verán los futuros beneficios libres del peso de estas cargas (en el momento
en el que realmente se incurra en ellas), sino que además se verán
incrementados por un crédito tributario de aproximadamente el 50% de su
importe. Es difícil creer que la contabilidad se pueda gestionar de esta
manera. Sin embargo, es un hecho que algunas empresas que han sufrido
grandes pérdidas en el pasado han podido declarar beneficios futuros sin tener
que imputar los impuestos ordinarios contra tales beneficios, de una forma
que puede hacer que esos beneficios parezcan realmente interesantes, a pesar
de que, paradójicamente, se basen en desgracias sufridas en el pasado. (Las
compensaciones fiscales derivadas de las pérdidas de años anteriores se
contabilizan actualmente por separado como «partidas especiales», pero se
contabilizarán en la estadística futura como partes de la cifra de «resultado
neto». Sin embargo, una reserva que se cree en la actualidad para pérdidas futuras, si es después de deducir el crédito tributario esperado, no debería
crear una adición de este tipo al resultado neto de los ejercicios posteriores).
El otro rasgo ingenioso es el uso por parte de ALCOA, junto con muchas
otras empresas, del cierre del ejercicio de 1970 para realizar ciertas
cancelaciones contables especiales. El mercado de valores sufrió lo que
aparentemente fue una escabechina en el primer semestre de 1970. Todo el
mundo esperaba unos resultados relativamente deficientes para la mayor parte
de las empresas en ese ejercicio. Wall Street esperaba ahora mejores
resultados para 1971, 1972, etcétera. Qué mejor, entonces, que imputar todas
las cargas posibles al año de resultados deficientes, que ya había sido
mentalmente dado por perdido y que prácticamente había caído en el abismo
del pasado, despejando el camino para unas cifras fantásticamente engordadas
en los próximos años. Tal vez se trate de una buena práctica contable, una
buena política de negocio y bueno para las relaciones entre la dirección y los
accionistas. Sin embargo, nosotros albergamos serias dudas al respecto.
La combinación de unas operaciones generalmente (¿o deberíamos decir
groseramente?) diversificadas junto con el impulso de hacer limpieza que
sintieron las empresas a finales de 1970 ha dado lugar a algunas
desconcertantes notas a pie de página en las memorias anuales. Es posible que
el lector se quede maravillado ante la siguiente explicación facilitada por una
sociedad que cotizaba en la NYSE (cuyo nombre no revelaremos) acerca de
sus «partidas especiales» que totalizaban 2 357 000 dólares, o lo que es lo
mismo, aproximadamente un tercio de los beneficios antes de las
cancelaciones contables: «Están compuestas por una provisión para el cierre
de las operaciones de Spalding United Kingdom; provisión para los gastos de
reorganización de una división; coste de venta de una pequeña empresa de
fabricación de pañales y biberones, enajenación de una participación
minoritaria en una línea de arrendamiento de automóviles en España y
liquidación de una organización de botas de esquí[4]».
Hace años las empresas sólidas solían organizar «reservas de
contingencia» con cargo a los beneficios de los buenos años para absorber
algunos de los efectos negativos de los futuros años de crisis. El concepto
subyacente era el de equilibrar los beneficios declarados, más o menos, y
mejorar el factor de estabilidad en el historial de la empresa. Un motivo digno
de encomio, aparentemente; sin embargo, los contables, de manera
justificada, se oponían a esta práctica puesto que falseaba los verdaderos
beneficios. Insistían en que se presentasen los resultados de cada ejercicio tal
y como se habían producido, buenos o malos, y que los accionistas y los analistas tuviesen la ocasión de hacer los promedios o las ecualizaciones, por
sí mismos. En la actualidad hemos llegado a ser testigos del fenómeno
contrario, en el cual todo el mundo imputa el mayor número de partidas
posibles contra el malhadado año 1970, con el objetivo de comenzar 1971 con
una hoja no sólo en blanco, sino especialmente preparada para mostrar
agradables cifras en los años venideros.
Ha llegado el momento de volver a nuestra primera pregunta. ¿Cuáles
fueron, entonces, los verdaderos beneficios obtenidos por ALCOA en 1970?
La respuesta exacta sería la siguiente: los 5,01 dólares por acción, después de
«dilución», menos la parte de los 82 centavos de «cargas especiales» que
justificadamente pudiese ser atribuida a los acontecimientos acaecidos en
1970. Sin embargo, no sabemos qué parte es ésa, y por lo tanto no podemos
declarar con exactitud los verdaderos beneficios de ese ejercicio. El equipo
directivo o los auditores deberían haber manifestado su opinión razonada
sobre esta cuestión, pero no lo hicieron. Además, la dirección y los auditores
deberían haber estipulado que se dedujese el saldo de estas cargas de los
beneficios ordinarios de un número adecuado de años futuros, por ejemplo,
no más de cinco. Evidentemente, tampoco estarán por la labor de hacerlo,
puesto que ya han imputado convenientemente toda la cifra como una carga
especial imputable a 1970.
Cuanto más seriamente se tomen los inversores las cifras de beneficio por
acción tal y como se publiquen, más necesario será que estén en guardia
frente a los factores de contabilidad de uno o de otro tipo que puedan hacer
imposible una comparación válida de las cifras de diferentes ejercicios o de
diferentes empresas. Hemos mencionado tres de esos posibles factores: el uso
de las cargas especiales, que pueden no quedar nunca reflejadas en el
beneficio por acción, la reducción de la deducción normal en el impuesto
sobre beneficios a causa de pérdidas sufridas en el pasado, y el acto de
dilución implícito en la existencia de cantidades sustanciales de valores
convertibles o de derechos de suscripción de acciones[5]. Un cuarto elemento
que ha tenido un efecto importante en los beneficios declarados en el pasado
es el método elegido para realizar la amortización, principalmente la elección
entre el método de amortización «lineal» y el método «acelerado» de
amortización. Nos vamos a abstener de dar detalles en este momento. Sin
embargo, a modo de ejemplo de lo que está sucediendo en el momento en el
que estamos redactando este libro, mencionemos la memoria del ejercicio
1970 de Trane Co. Esta empresa mostró un incremento de prácticamente el
20% en el beneficio por acción respecto del ejercicio de 1969, 3,29 dólares en comparación con 2,76 dólares, pero la mitad de ese incremento fue
consecuencia de su vuelta al antiguo método lineal de amortización, que
resulta menos gravoso sobre el beneficio que el método acelerado que había
empleado el año anterior. (La empresa seguirá aplicando el método acelerado
a efectos fiscales, con lo que diferirá los pagos del impuesto sobre la renta
correspondiente a la diferencia). Otro factor más, que resulta importante en
ciertas ocasiones, es la opción entre imputar el coste de la investigación y el
desarrollo en el ejercicio en el que se incurre o amortizarlo a lo largo de una
serie de años. Por último, mencionemos la posibilidad de optar entre el
método FIFO (primero en entrar, primero en salir) y LIFO (último en entrar,
primero en salir) para calcular el valor de los inventarios[6].
Una indicación evidente en este sentido debería ser que los inversores no
tendrían que prestar ninguna atención a estas variables de contabilidad si los
importes afectados fuesen relativamente reducidos. Sin embargo, siendo
como es Wall Street, es necesario tomarse en serio hasta las partidas que son
relativamente intrascendentes en sí mismas. Dos días antes de que apareciese
la memoria de ALCOA en el Wall Street Journal, el periódico había
publicado una detallada exposición sobre los estados correspondientes de
Dow Chemical. Finalizaba con la indicación de que «muchos analistas»
estaban preocupados por el hecho de que Dow hubiese incluido una partida de
21 centavos en los beneficios ordinarios de 1969, en lugar de tratar esa partida
como si fuese un «ingreso extraordinario». ¿Cuál era el problema?
Evidentemente, que las evaluaciones de Dow Chemical, que en conjunto
afectaban a muchos millones de dólares, parecían depender de cuál fuese
exactamente el incremento porcentual conseguido en 1969 respecto de 1968;
en este caso, el 9% o el 4,5%. Esto nos parece bastante absurdo; es muy poco
probable que las pequeñas diferencias relacionadas con los resultados de un
ejercicio puedan influir de modo significativo en los beneficios medios o en el
crecimiento del futuro, y en una valoración conservadora y realista de la
empresa.
En contraposición, pensemos en otro estado contable que también se
publicó en enero de 1971. En este caso hablamos de la memoria anual de
1970 de Northwest Industries Inc[7]. La empresa estaba pensando en realizar
una cancelación contable, en forma de carga especial, de un importe mínimo
de 264 millones de dólares, operación que pensaba realizar de un plumazo.
De esa cifra, 200 millones de dólares correspondían a la pérdida que debía
asumirse como consecuencia de la venta del ferrocarril que pensaba realizar a
sus empleados, y el resto era una cancelación contable de una reciente adquisición de acciones. Estas cifras habrían arrojado una pérdida de
aproximadamente 35 dólares por acción ordinaria antes de compensaciones
por dilución, o lo que es lo mismo, del doble de su precio actual de mercado.
Se trataba de una transacción realmente significativa. Si la operación sigue
adelante, y si no se modifican las normas tributarias, esta pérdida
contabilizada en 1970 permitirá que Northwest Industries materialice
aproximadamente 400 millones de dólares de beneficios futuros (en un plazo
de cinco años) con sus otras actividades diversificadas sin tener que pagar
impuestos sobre la renta por tales beneficios[8]. ¿Cuál será entonces el
verdadero beneficio de esta empresa; debería calcularse teniendo en cuenta o
sin tener en cuenta el prácticamente 50% de impuestos sobre la renta que no
tendrá que pagar en realidad? En nuestra opinión, el método adecuado de
cálculo consistiría en calcular en primer lugar la citada capacidad de
generación de beneficios sobre la base de que estuviese sujeta a toda su
responsabilidad fiscal, y extraer una idea en términos generales sobre el valor
de las acciones de la empresa que estuviese basada en dicha estimación. A
esta cifra se debería incorporar algún tipo de bonificación que representase el
valor por acción de la importante, aunque temporal, exención tributaria de que
va a disfrutar la empresa. (También sería necesario introducir algunos ajustes
para el caso de que se produjese una dilución a gran escala. De hecho, las
acciones preferentes convertibles y los derechos de suscripción podrían llegar
a duplicar con creces el número de acciones ordinarias en circulación si tales
derechos se ejercitan).
Es posible que todo esto resulte aburrido y confuso para nuestros lectores,
pero forma parte de nuestra historia. La contabilidad de las grandes empresas
suele estar llena de trucos; el análisis de valores puede ser complicado; las
valoraciones de las acciones sólo son realmente fiables en casos
excepcionales[9]. Para la mayor parte de los inversores, probablemente lo
mejor sería que se asegurasen de que están consiguiendo un buen valor por el
precio que pagan, y que no profundizasen más en esta cuestión.
Utilización del beneficio medio
Antiguamente los analistas y los inversores prestaban una considerable
atención al beneficio medio durante un período de tiempo relativamente
prolongado del pasado, normalmente entre siete y diez años. Esta «cifra
promedio[10]» era útil para equilibrar los frecuentes altibajos de los ciclos
empresariales, y se pensaba que ofrecía una idea de la capacidad de generación de beneficios de la empresa mejor que los resultados del último
año considerados en solitario. Una ventaja importante de este proceso de
cálculo de promedios es que resolvía el problema de lo que había que hacer
con casi todas las cargas y créditos especiales. Se debían incluir en los
beneficios medios. Porque es indudable que la mayor parte de esas pérdidas y
ganancias forman parte de la historia de la actividad de la empresa. Si lo
hiciésemos en el caso de ALCOA, el beneficio medio del periodo 1961–1970
(diez años) ascendería a 3,62 dólares, y en el caso de los siete años que van de
1964 a 1970 a 4,62 dólares por acción. Si tales cifras se emplean en
conjunción con las calificaciones de crecimiento y estabilidad de los
beneficios durante el citado período, podrían ofrecer una imagen realmente
informativa sobre el rendimiento que ha conseguido en el pasado la empresa.
Cálculo de la tasa de crecimiento en el pasado
Es de vital importancia que el factor de crecimiento del historial de la
empresa se tenga adecuadamente en cuenta. Cuando se ha experimentado un
gran crecimiento, los beneficios recientes estarán muy por encima de la media
a siete o diez años, y el analista puede considerar que estas cifras a largo
plazo son irrelevantes. No siempre tiene que ser así necesariamente. Es
posible informar de los beneficios tanto en forma de promedio como en lo
relativo a la cifra más reciente. Sugerimos que la propia tasa de crecimiento
se calcule comparando la media de los tres últimos años con la cifra
correspondiente de diez años antes. (En los casos en los que exista un
problema de «cargas o créditos especiales», podría ponerse en práctica algún
tipo de solución de compromiso). Examine el siguiente cálculo relativo al
crecimiento de ALCOA en comparación con el de Sears Roebuck y el grupo
del DJIA en conjunto.
Comentario: Estas cifras podrían dar lugar a un prolongado debate.
Probablemente, muestran con la misma veracidad que cualesquiera otras,
calculadas después de complejas operaciones matemáticas, el crecimiento real
del beneficio durante el prolongado período que va de 1958 a 1970 (tabla
12.1). Sin embargo, ¿hasta qué punto es relevante esta cifra, que por lo
general se considera esencial para calcular el valor de las acciones ordinarias,
en el caso de ALCOA? Su tasa de crecimiento en el pasado fue excelente, de
hecho un poco mejor que la de la aclamada Sears Roebuck, y muy superior a
la del índice compuesto DJIA. Sin embargo, la cotización de mercado a principios de 1971, aparentemente, no tenía en cuenta este extraordinario
resultado. ALCOA cotizaba a sólo 11,5 veces su reciente media trienal,
mientras que Sears cotizaba a 27 veces, y el propio DJIA lo hacía a más de 15
veces. ¿Cómo se había llegado a esta situación? Evidentemente, Wall Street
se mostraba bastante pesimista acerca de la futura evolución del beneficio de
ALCOA, en comparación con los resultados que la empresa había obtenido en
el pasado. Sorprendentemente, la cotización máxima de ALCOA se había
alcanzado en 1959. En aquel año, había cotizado a 116, lo que suponía
multiplicar por 45 su beneficio. (Hay que comparar esa cifra con la cotización
máxima ajustada en 1959 de 25,5 en el caso de Sears Roebuck, lo que suponía
multiplicar por 20 su beneficio de la época). Aun cuando el beneficio de
ALCOA obtuvo un excelente crecimiento con posterioridad, es evidente que
en el caso de esta empresa las posibilidades futuras habían sido
sobrevaloradas en extremo por el mercado. Cerró el ejercicio de 1970
exactamente a la mitad de cotización que el máximo alcanzado en 1959,
mientras que Sears triplicaba la cotización y el DJIA subía prácticamente el
30%.
TABLA 12.1
a Se deducen tres quintos de las cargas especiales por importe de 82 centavos imputadas en 1970.
Debería indicarse que el beneficio de ALCOA sobre los recursos de
capital[11] había sido sólo medio o inferior, y que éste puede haber sido el
factor decisivo. Los elevados multiplicadores únicamente se mantienen en el
mercado de valores si la empresa conserva una rentabilidad mejor que la
media.
Apliquemos en este momento a ALCOA la sugerencia que habíamos
hecho en el capítulo anterior sobre un «proceso de valoración con dos
partes[12]». Dicho método podría haber producido un «valor de rendimiento
pasado» en el caso de ALCOA del 10% del DJIA, es decir, de 84 dólares por
acción respecto del precio de cierre de 840 correspondiente al DJIA en 1970. Con estos criterios, las acciones habrían parecido bastante atractivas a su
cotización de 57,25.
¿En qué medida debería el analista experto haber ajustado a la baja el
«valor de rendimiento pasado» para deducir el efecto de los acontecimientos
negativos que apreciase en el futuro? Francamente, no tenemos ni idea.
Supongamos que tuviese motivos para considerar que el beneficio de 1971
llegaría a reducirse hasta 2,50 dólares por acción, un gran recorte respecto de
la cifra de 1970, en comparación con la previsión de crecimiento del DJIA. Es
muy probable que el mercado de valores se tomase muy en serio estos
deficientes resultados, pero ¿realmente llegaría a valorar a la antiguamente
poderosa Aluminum Company of America como empresa relativamente no
rentable, cuyo valor fuese inferior al de los activos tangibles existentes detrás
de las acciones[13]? (En 1971 la cotización se redujo desde un máximo de 70
en mayo a un mínimo de 36 en diciembre, respecto del valor contable de 55).
ALCOA es indudablemente una empresa industrial representativa de
enorme tamaño, pero creemos que su historial de precio y beneficio es más
infrecuente, e incluso contradictorio, que el de la mayor parte de las otras
grandes empresas. Sin embargo, este ejemplo ofrece respaldo, en cierta
medida, a las dudas que hemos expresado en el último capítulo respecto de la
fiabilidad del procedimiento de valoración cuando dicho procedimiento se
aplica a la típica empresa industrial.