Tratado sobre los vampiros
Capítulo 9
Historia de un vampiro, sacada de las Cartas judías, carta
137
HE AQUÍ LO QUE SE LEE en la nueva edición de 1738 de las Cartas judías, carta 137.
Acaba de tener lugar en el territorio de Hungría un suceso de vampirismo, que está debidamente atestiguado por dos oficiales del tribunal de Belgrado, que estuvieron en el lugar de los hechos, y por un oficial de las tropas del emperador en Gradisch, que fue testigo ocular de los procedimientos.
A principios de septiembre murió en el pueblo de Kisilova, a tres leguas de Gradisch, un anciano de sesenta y dos años de edad, etc. Tres días después de haber sido enterrado, se apareció durante la noche a su hijo, y le pidió de comer; habiéndole servido éste, comió y desapareció. Al día siguiente el hijo contó a los vecinos lo que había sucedido. Esa noche no apareció; pero a la noche siguiente se hizo ver de nuevo, y de nuevo pidió de comer. No se sabe si su hijo le dio o no, pero se encontró a éste al día siguiente muerto en el lecho; el mismo día, cinco o seis personas cayeron súbitamente enfermas en el pueblo, y murieron uno detrás de otro pocos días después.
El oficial o baile del lugar, informado de lo que había sucedido, envió una relación al tribunal de Belgrado, que envió al pueblo dos de sus oficiales, acompañados de un verdugo, para examinar este asunto. El oficial imperial, del que tenemos esta relación, se trasladó desde Gradisch para ser testigo de un hecho del que tan a menudo había oído hablar.
Se abrieron las tumbas de todos los que habían muerto en las seis últimas semanas; cuando se llegó a la del anciano, lo encontraron con los ojos abiertos, la color bermeja, la respiración natural, aunque inmóvil, como muerto; de lo que se concluyó que era un vampiro señalado. El verdugo le atravesó el corazón con una estaca. Se hizo una hoguera, y redujeron el cadáver en cenizas. No se encontró ninguna marca de vampirismo ni en el cadáver del hijo, ni en los de los otros.
Gracias a Dios, nosotros no somos precisamente crédulos. Confesamos que todas las luces de la física con que podamos iluminar este hecho no nos descubren ninguna de sus causas. Sin embargo, no podemos rehusarnos a creer verídico un hecho atestiguado jurídicamente y por gentes de probidad. Copiaremos aquí lo que ha sucedido en 1732, y que insertamos entonces en el Espigador, n° XVIII.