Tratado sobre los vampiros
Capítulo 48
Los vampiros o revinientes ¿están verdaderamente
muertos?
LA OPINIÓN DE LOS QUE MANTIENEN que todo lo que se cuenta de los vampiros sea puro efecto de la imaginación, de la fascinación, o de esa enfermedad que los griegos llamaban frenesí o coribantisnio, y que pretendan explicar por ella todos los fenómenos del vampirismo, no nos convencerán jamás de que unas enfermedades cerebrales puedan llegar a producir efectos tan reales como los que hemos referido. Es imposible que, de repente, varias personas crean ver lo que no existe, y que, además, mueran en tan poco tiempo de una enfermedad de pura imaginación. Y ¿quién les ha revelado que un vampiro semejante esté íntegro en la tumba, que esté lleno de sangre, que viva de alguna manera después de la muerte? ¿No existirá ni un solo hombre de buen sentido en todo un pueblo, que esté exento de esta fantasía, o que se haya sobrepuesto a los efectos de la fascinación, de las simpatías y antipatías, y de la magia natural? Y, más todavía, ¿quién nos explicará clara y distintamente lo que estos términos signifiquen, y la manera en que se efectúen tan ocultas y misteriosas operaciones? Es pretender explicar una cosa oscura y dudosa por otra más incierta e incomprensible todavía.
Si estas personas no creen nada de lo que se cuenta de las apariciones, del retorno y de las acciones de los vampiros, pierden bien inútilmente su tiempo proponiendo sistemas y formando razonamientos para explicar lo que no existe sino en las trastornadas imaginaciones de ciertas personas llenas de prejuicios; pero, si todo lo que se cuenta, o, por los menos, una pequeña parte, es verdadero, sus sistemas y razonamientos no satisfarán fácilmente a espíritus que busquen pruebas de distinto valor que aquéllas.
Veamos, pues, si el sistema que pretende que los vampiros no estén verdaderamente muertos está bien fundado. Es cierto que la muerte consiste en la separación del alma y del cuerpo, y que ni el uno ni el otro perece ni es aniquilado por la muerte; que el alma es inmortal, y que el cuerpo privado del alma permanece todavía durante algún tiempo en su integridad, no corrompiéndose más que por partes, a veces en pocos días y otras veces en un espacio más amplio de tiempo; a veces, incluso, permanece sin corromperse durante varios años, y hasta durante varios siglos, bien por efecto de su buena constitución, como en el caso de Héctor y de
Alejandro Magno, que estuvieron varios días sin corromperse[149], o por medio del arte del embalsamamiento, o, en fin, debido a la calidad del terreno en que estén enterrados, que tenga la facultad de desecar radicalmente la humedad y los principios de la corrupción. No me detengo a probar todas estas cosas, que son suficientemente conocidas por otra parte.
A veces el cuerpo, sin haber muerto y, por tanto, sin que el alma racional lo haya abandonado, permanece sin embargo inmóvil como muerto, o por lo menos con un movimiento tan lento y una respiración tan débil que resulta casi imperceptible, como sucede en el síncope o cuando a uno le da un soponcio, y en ciertas enfermedades bastante comunes de las mujeres, y también en el éxtasis; como lo hemos señalado en el ejemplo de Pretextato, sacerdote de Cálame. También hemos referido más de un ejemplo de personas enterradas por habérselas dado por muertas; a ellos podemos
añadir el del abad Salin, prior de san Cristóbal[150] en Lorena, al cual, estando en el ataúd y a punto de ser enterrado, lo resucitó uno de sus amigos, que le hizo tragar un vaso de vino de Champaña.
Se cuentan diversos ejemplos de la misma naturaleza. Podemos ver[151] en las Causas célebres el de una muchacha que quedó encinta mientras sufría un largo
síncope o soponcio: ya hemos hablado de ello. Plinio cita[152] a un gran número de gentes a las que se dio por muertas y que, sin embargo, volvieron y todavía vivieron mucho tiempo después. Habla de un joven que, habiéndose dormido en una caverna, permaneció allí por espacio de cuarenta años sin despertarse. Nuestros
historiadores[153] hablan de los siete durmientes, que durmieron igualmente durante ciento cincuenta años, desde el año 253 después de J.C. hasta el 403. Se dice que el filósofo Epiménides durmió en una caverna durante cincuenta y siete años, o según otros, durante cuarenta y siete o solamente cuarenta años, pues los antiguos no se ponen de acuerdo sobre el número de años. Se asegura incluso que el filósofo era dueño de hacer que su alma se ausentase y volviese a voluntad.
Se cuenta lo mismo de Aristeas de Proconeso. Confieso desde luego que esto es fabuloso; pero no se puede contestar la verdad de otras varias historias de gentes que han vuelto en vida después de haber sido tenidas por muertas por espacio de 3, 4, 5, 6 y hasta 7 días. Plinio reconoce que hay diversos ejemplos de personas muertas que se han aparecido después de haber sido enterradas; pero no quiere hablar de ello, porque, nos dice, no refiere prodigios sino obras naturales: post sepulturam quoque visorum exempla sunt, nisi quod naturae opera, non prodigio sectamur. Nosotros creemos que Enoch y Elías están todavía vivos; algunos han creído que san Juan
Evangelista no estaba muerto[154], sino que vivía todavía en la tumba. Platón y san
Clemente de Alejandría[155] cuentan que el hijo de Zoroastro había resucitado doce
días después de la muerte, cuando llevaban su cuerpo a la pira. Flegonte dice[156] que un soldado sirio del ejército de Antíoco, al que habían matado en las Termópilas, se apareció en pleno día en el campamento de los romanos, donde habló a varias
personas; y Plutarco refiere[157] que un tal Tespesio que se había caído de un tejado resucitó al tercer día después de que hubo muerto por la caída.
San Pablo escribiendo a los corintios[158]: parece suponer que a veces el alma se transporta fuera del cuerpo para ir a donde está en espíritu; por ejemplo, dice que ha sido transportado hasta el tercer cielo, donde ha oído cosas inefables; pero añade que no sabe si ha sido en cuerpo o solamente en espíritu: sive in corpore, sive extra
corpus, nescio. Deris scit. Ya hemos citado a san Agustín [159], que habla de un sacerdote de Cálame llamado Pretextato, que, al oír la voz de unas personas que se lamentaban, se extasiaba de tal forma que no respiraba ni sentía nada más, y que, aunque lo hubiesen quemado o le hubiesen cortado las carnes, no se habría apercibido de ello; su alma estaba de tal modo ausente u ocupada en las lamentaciones que lo hacía insensible al dolor. En el soponcio, en el síncope, el alma deja de realizar las funciones ordinarias; sin embargo permanece en el cuerpo y continúa animándolo; pero no se apercibe de su propia acción.
Un párroco de la diócesis de Constanza llamado Bayer me escribe que en 1728, habiéndole sido concedido el curato de Rutheim, fue perturbado un mes después por un espectro o por un genio maligno con la forma de un campesino contrahecho, mal vestido y peor encarado, que despedía un hedor insoportable, el cual vino a llamar a su puerta de una manera insolente y, habiendo entrado en el hogar, le dijo que venía enviado de parte de un oficial de su obispo el príncipe de Constanza, que lo había encargado de cierta comisión que luego resultó completamente falsa. Pidió en seguida que le diesen de comer. Le sirvieron carne, pan y vino. Cogió la carne con las dos manos y la devoró con huesos y todo, diciendo: «Ved cómo me como la carne y los huesos. Haced vos lo mismo». Después tomó el vaso de vino y se lo bebió de un trago; en seguida pidió otra que se bebió de la misma forma. Después de lo cual se retiró sin decirle adiós al párroco; y, habiéndole preguntado su nombre la sirvienta que lo condujo a la puerta, le respondió: «He nacido en Rutsinge, y mi nombre es Jorge Raulin», lo que era falso. Al bajar la escalera dijo amenazando al párroco en alemán: «Te haré ver quién soy yo».
Ilustración para el serial Varney el vampiro (1845-1847).
Pasó el resto del día en el pueblo, dejándose ver por todo el mundo. Hacia medianoche volvió a la puerta del párroco, gritando tres veces con una voz terrible: «¡Señor Bayer!» y añadiendo: «¡Os enseñaré quién soy yo!». En efecto, durante tres años volvió todos los días hacia las cuatro de la tarde, y todas las noches hasta el amanecer.
Se aparecía bajo diversas formas, tanto bajo la figura de un perro de
aguas, como bajo la de un león o de otro terrible animal; tanto bajo la forma de un hombre, como bajo la de una mujer o de una muchacha, cuando el párroco estaba en la mesa o en la cama, incitándolo a la impudicia. A
veces armaba un estrépito en toda la casa, como si un tonelero estuviese poniendo aros a los toneles. Por momentos se hubiese dicho que quisiera hundir toda la casa por el enorme estruendo que provocaba. Para tener testigos de todo esto, el párroco hizo venir a menudo al mayordomo de la parroquia y a otras gentes del lugar que pudiesen dar testimonio. El espectro despedía por donde iba un hedor insoportable.
En fin, el párroco recurrió a los exorcismos; pero no produjeron ningún efecto. Y como ya casi desesperaba de poder librarse de sus vejaciones, le aconsejaron hacia finales del tercer año que se proveyese de una palma bendita el domingo de Ramos, y de una espada asimismo bendita para esta ocasión, y que se sirviese de ambas contra el espectro. Lo hizo una o dos veces, y desde ese momento no volvió a ser molestado. Esto está atestiguado por un religioso capuchino, testigo de la mayor parte de estas cosas, el 29 de agosto de 1749.
No garantizo todas las circunstancias. El lector sensato sacará las conclusiones que juzgue oportunas. Si son verdaderas, he aquí un verdadero reviniente que bebe, come, habla y da señales de su presencia durante tres años enteros, y sin ninguna muestra de respeto. Veamos ahora otro caso de un reviniente que no se manifestó sino por acciones.
Me escriben desde Constanza el 8 de agosto de 1748 que hacia finales del año 1746 se oyeron como unos suspiros que partían de un rincón de la imprenta del señor Lahart, uno de los consejeros de la dicha ciudad de Constanza. Los mozos de la imprenta no hicieron más que reír en un principio; pero ya en los primeros días de enero del año siguiente 1747 se escuchó más ruido que antes. Golpeaban con rudeza contra el muro hacia el mismo rincón en que al principio se habían oído los suspiros: e incluso los impresores llegaron a recibir bofetadas, y vieron cómo les tiraban los gorros por el suelo. Recurrieron a los capuchinos, que vinieron con los libros necesarios para exorcizar al espíritu. Acabado el exorcismo, se volvieron, y el ruido cesó durante tres días.
Al término de este plazo, el ruido empezó de nuevo más fuerte que antes; el espíritu arrojaba los caracteres de imprimir contra las ventanas. Hicieron venir de fuera de la ciudad a un famoso exorcista, que exorcizó al espíritu durante ocho días. Un día el espíritu dio una bofetada a un muchacho, y se vieron de nuevo los caracteres de imprimir arrojados contra los vidrios; no habiendo podido hacer nada el exorcista forastero con sus exorcismos, se volvió a su lugar de origen.
El espíritu continuó con sus tejemanejes, dando bofetadas a unos, arrojando piedras y demás a los otros, de manera que los cajistas se vieron obligados a abandonar ese rincón de la imprenta. Se colocaron en el medio de la habitación, pero no volvieron a hallar reposo.
En consecuencia, hicieron venir a otros exorcistas, uno de los cuales tenía un trozo de la verdadera cruz, que puso sobre la mesa. No por eso el espíritu dejó de inquietar como acostumbraba a los obreros de la imprenta, y de abofetear tan violentamente al hermano capuchino que acompañaba al exorcista que se vieron obligados los dos a retirarse a su convento. Vinieron otros que, habiendo mezclado arena y cenizas con agua, bendijeron el agua y la echaron por aspersión por toda la imprenta. Extendieron también la arena y la ceniza sobre el pavimento y, habiéndose provisto de espadas, todos los asistentes comenzaron a golpear con ellas en el aire a derecha e izquierda por toda la habitación para ver si así podían alcanzar al reviniente, y para comprobar si éste dejaba alguna huella de sus pies en la arena o en la ceniza que cubría el suelo. Al fin descubrieron que se había encaramado a lo alto del horno, en los ángulos del cual advirtieron huellas de sus pies y de sus manos impresas en la ceniza y en la arena bendecidas.
Por fin se consiguió desalojarlo de allí, y pronto advirtieron que se había deslizado bajo la mesa, y que había dejado marcas en el pavimento de sus pies y manos. La gran polvareda que por todos estos movimientos se había levantado en la tienda hizo que cada cual se dispersase y que tuviesen que cesar de perseguirlo. Pero habiendo arrancado el principal exorcista una tabla del ángulo en que se había escuchado el ruido al principio, encontró en un agujero del muro unas cuantas plumas, tres huesos envueltos en un trozo de tela sucio, unos pedazos de vidrio y una aguja de la cabeza. Encendieron un fuego que él bendijo, y al que hizo que arrojasen todo esto. Pero, apenas había regresado el religioso a su convento, cuando un mozo de la imprenta vino a decirle que la aguja había saltado hasta tres veces de las llamas, y que un muchacho que cada vez con unas tenazas había vuelto a poner la aguja al fuego había sido violentamente golpeado en la mejilla. Habiendo traído al convento de capuchinos los restos de lo que se había encontrado, lo quemaron sin ninguna dificultad. Pero el muchacho que los había traído vio una mujer completamente desnuda en la plaza pública, y se escucharon ése y los días siguientes como grandes gemidos en la plaza de Constanza.
Unos días después, las infestaciones volvieron a comenzar en la casa del impresor; el reviniente repartía bofetadas, arrojaba piedras y molestaba a los criados de diversas formas. El dueño de la casa, el señor Lahart, recibió una herida de consideración en la cabeza; dos muchachos que estaban acostados en la misma cama fueron arrojados al suelo; de manera que durante la noche abandonaron la casa por completo. Un día de domingo una sirvienta que llevaba ropas de la casa fue atacada a pedradas. Otra vez dos muchachos fueron arrojados abajo de una escalera.
Había en la ciudad de Constanza un verdugo que pasaba por brujo. El religioso que me escribió sospechaba que podía tener parte en todo el tejemaneje, y empezó a exhortar a los que velaban con él en la casa que pusiesen la confianza en Dios y que se afirmasen en la fe. Les dio a entender a medias palabras que el verdugo podía estar en el asunto. Pasaron así la noche en la casa, y a las diez de la noche uno de los compañeros del exorcista se arrojó a sus pies deshaciéndose en lágrimas y le descubrió que esa misma noche, él y un compañero, habían sido enviados a consultar a unos verdugos de Turgau, y esto por orden del impresor el señor Lahart, en la casa del cual sucedía todo este asunto.
El buen sacerdote se sorprendió extrañamente de la confesión, y declaró que no continuaría con el exorcismo si no le aseguraban que no habían hablado a los verdugos para que hiciesen cesar la infestación. Protestaron que no les habían hablado. El padre capuchino hizo que recogiesen todo lo que estaba en la casa ya envuelto y empaquetado y que lo llevaran al convento.
A la noche siguiente dos criados intentaron pasar la noche en la casa del impresor; pero fueron arrojados de las camas y obligados a irse a acostar a otra parte. Hicieron después venir a un campesino del pueblo de Ahnaustorf que pasaba por buen exorcista. Pasó la noche en la casa infestada, bebiendo, cantando y gritando. Pero recibió unos cuantos bastonazos y otras tantas bofetadas, de tal modo que se vio obligado a confesar que no podía hacer nada contra ese espíritu.
Se presentó luego la viuda de un verdugo para hacer los exorcismos; comenzó haciendo fumigaciones por toda la mansión para expulsar a los malos espíritus. Pero, antes de que las hubiese acabado, viendo que el dueño de la casa era golpeado en el rostro y en el cuerpo por el espíritu, se escapó de la casa sin reclamar su salario.
Llamaron después al párroco de Valburg, que tenía fama de hábil exorcista. Vino con otros cuatro sacerdotes seculares y continuó los exorcismos durante tres días sin ningún éxito. Al cabo de los cuales se volvió a su parroquia, imputando a la poca fe de los asistentes la inutilidad de sus plegarias.
Durante ese tiempo uno de los cuatro sacerdotes fue golpeado con un cuchillo, y después con un tenedor, pero sin que llegase a ser herido. El hijo del señor Lahart, dueño de la casa, recibió en la mandíbula un golpe de un cirio pascual, que sin embargo no le hizo ningún daño. No habiendo servido de nada todo esto, hicieron venir a los verdugos de la vecindad. Dos de los que fueron a buscar fueron golpeados a pedrada limpia. Otro sintió que le apretaban fuertemente el muslo; de suerte que estuvo dolorido durante bastante tiempo. Los verdugos recogieron con cuidado todo lo que encontraron envuelto en la casa, poniendo otras cosas en su lugar; pero el espíritu las cogía y las tiraba a la plaza pública. Después de esto los verdugos persuadieron al señor Lahart que volviese a entrar audazmente con su gente en la casa. Así lo hizo; pero la primera noche, cuando estaban cenando, uno de sus operarios llamado Salomón fue herido en el pie con gran efusión de sangre. Volvieron a enviar, en consecuencia, a buscar al verdugo, que pareció muy sorprendido de que la casa no hubiese quedado liberada por completo; pero él mismo en un momento fue atacado por una lluvia de piedras, golpes y bofetadas, que lo obligaron a ponerse rápidamente a salvo.
Informados de todo esto unos herejes de la vecindad, vinieron un día a la tienda del librero y, queriendo leer en una Biblia católica que había allí, fueron golpeados y abofeteados de lo lindo; pero cogiendo la Biblia calvinista no sufrieron ningún mal. Habiendo entrado en la tienda dos hombres de Constanza por pura curiosidad, uno fue en seguida arrojado al suelo y el otro se escapó lo más rápido que pudo. Otro más que había entrado también por curiosidad recibió el castigo de su presunción al serle arrojada al cuerpo gran cantidad de agua. Una muchacha de Augsburg, parienta del impresor señor Lahart, fue expulsada a golpazo limpio y perseguida hasta la casa vecina, en la que entró para refugiarse.
En fin, las infestaciones cesaron el 8° día de febrero. Ese día el espectro abrió la puerta de la tienda, entró, hizo algunos estropicios, salió, cerró la puerta, y desde ese momento no volvieron a saber más nada de él.