Tratado sobre los vampiros

Augustin Calmet · Capítulo 56 de 66

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Tratado sobre los vampiros

Capítulo 53

 

Ejemplos de resucitados que cuentan lo que han visto en

la otra vida

 

ACABAMOS DE VER que los vampiros o revinientes no hablan nunca de la otra vida, ni piden ni misas ni oraciones, no dan ningún consejo a los vivos para corregirlos en sus costumbres y para llevarlos a una vida mejor. Es seguramente un gran obstáculo contra la realidad de su regreso del otro mundo; por el contrario, su silencio en esta materia puede favorecer la opinión que sostiene que no están verdaderamente muertos.

Es cierto que tampoco leemos que Lázaro, resucitado por Jesucristo [178], ni el hijo

de la viuda de Naín[179] [180] , ni el de la mujer de Sunam resucitado por Eliseo, ni el

israelita que recibió la vida al tocar el cuerpo del mismo profeta Eliseo[181], hayan después de su resurrección descubierto nada a los hombres sobre el estado de las almas en el otro mundo.

Pero vemos en el Evangelio [182] que al rico epulón, que había rogado a Abraham que le permitiese enviar a alguien al mundo, para advertir a sus hermanos que debían vivir mejor y preocuparse por no caer en el desgraciado estado en que él se veía, le respondieron: «Tienen la ley y los profetas; pueden escucharlos y seguir sus instrucciones». Y como el rico epulón insistiese diciendo: «Si alguien volviese de la otra vida, harían penitencia», Abraham respondió: «Si no han querido escuchar a Moisés y a los profetas, tampoco se dejarán persuadir por un hombre que volviese del otro mundo». El muerto resucitado por san Estanislao respondió lo mismo a los que le pedían noticias de la otra vida: «Tenéis la ley, los profetas y el evangelio; escuchadlos».

Los paganos muertos que han vuelto a la vida, y algunos cristianos que han regresado igualmente al mundo por una especie de resurrección, y que han visto lo que pasaba fuera de este mundo, no han permanecido, sin embargo, en el silencio, sino que han contado pormenorizadamente lo que han visto y oído al salir de sus cuerpos.

Ya nos hemos referido a la historia de un tal Er el Armenio, del país de

Panfilia[183], al cual, que habían herido en una batalla, encontraron diez días después entre los muertos. Lo llevaron a su casa sin conocimiento y sin movimiento. Dos días después, cuando iban a ponerlo en la pira para quemarlo, resucitó y empezó a hablar y a contar de qué manera juzgaban a los hombres después de la muerte, y cómo los buenos eran recompensados y los malos castigados y atormentados.

Dijo que, habiéndose separado el alma de su cuerpo, se encontró en una gran reunión en un lugar agradable, donde se veían como dos grandes aberturas por las que entraban los que venían de la tierra, y otras dos para ir al cielo. Vio en ese lugar a unos jueces que examinaban a los que venían del mundo, y enviaban arriba a la derecha a los que habían vivido bien, y abajo a la izquierda a los que encontraban culpables por los crímenes cometidos; cada cual llevaba a sus espaldas un letrero en el que se indicaba lo que había hecho de bien o de mal, y que había sido causa de su condenación o de su absolución.

Cuando le llegó el turno a Er, los jueces le dijeron que tenía que regresar a la tierra para que anunciase a los hombres lo que sucedía en la otra vida, y que debía observar bien todas las cosas para que pudiese hacer un fiel relato de ello a los vivos. Fue, pues, testigo del desgraciado estado de los malvados, que debía durar por mil años, y de las delicias de que gozaban los justos: pues tanto los buenos como los malos recibían, o la recompensa o el castigo por sus buenas o malas acciones, diez veces más grande que lo que era la medida de sus crímenes o de sus virtudes.

Advirtió, entre otras cosas, que los jueces preguntaban dónde estaba un tal Andeo, hombre célebre en Panfilia por sus crímenes y su tiranía. Les respondieron que todavía no había venido, y que no vendría; en efecto, habiéndose presentado con grandes esfuerzos y penalidades en la gran abertura de que hemos hablado, lo rechazaron y lo volvieron a enviar abajo con otros criminales como él, a los que atormentaban de mil modos diferentes, y a los que siempre rechazaban con violencia, cuando intentaban volver a subir.

Vio además a las tres Parcas, hijas de la Necesidad o del Destino. Estas hijas son Laquesis, Cloto y Atropos. Laquesis anunciaba las cosas pasadas, Cloto las presentes y Atropos las futuras. Las almas estaban obligadas a comparecer ante estas tres diosas. Laquesis echaba las suertes al aire, y cada alma cogía la que pudiese alcanzar; lo que no impedía que cada cual no pudiese escoger todavía el género de vida más conforme a la justicia y a la razón.

El añadía que había advertido que algunas almas intentaban entrar en cuerpos de animales; por ejemplo, Orfeo, por odio del sexo femenino que le había causado la muerte, entró en el de un cisne, y Tamiras en el de un ruiseñor. Ayax, hijo de Telamón, escogió el cuerpo de un león, por odio a la injusticia de los griegos, que le habían rehusado las armas de Héctor, que pretendía que se las debían. Agamenón, disgustado por los reveses que había sufrido en la vida, escogió el cuerpo de un águila. Atalanta escogió la vida de los atletas, encantada con los honores de que se les colma. Tersites, el más feo de los mortales, el de un mono. Ulises, harto de los males que había sufrido en la tierra, pidió vivir sin estorbos como un hombre privado. Tuvo dificultades en encontrar una suerte para este género de vida; al fin la encontró, arrojada en tierra y olvidada, y la recogió con alegría.

Er aseguraba también que había almas de bestias que entraban en los cuerpos de los hombres; y, al contrario, que las almas de los malos entraban en animales salvajes y crueles, y las almas de los justos en animales dulces y domésticos.

Después de las diversas metempsicosis, Laquesis daba a cada cual un guardián o defensor, que lo conducía y lo protegía durante el resto de su vida. Er fue después conducido al río del olvido, que quita la memoria de todas las cosas; pero le impidieron que bebiese de él. En fin, decía que no sabría decir cómo había vuelto a la vida.

Platón, después de haber referido esta fábula, como él la llama, o este apólogo, concluye que el alma es, pues, inmortal, y que, para llegar a la vida bienaventurada, debemos vivir en la justicia, que nos conduce a los cielos, donde gozaremos de la beatitud de mil años que se nos ha prometido.

Vemos aquí: 1° Que un hombre puede vivir durante bastante tiempo sin dar ninguna señal de vida, sin comer y sin respirar. 2º Que los griegos creían en la metempsicosis, en la beatitud para los justos y en las penas de mil años para los malvados. 3° Que el destino no impedía que el hombre pudiese hacer el bien o el mal. 4° Que tenía un genio, o un ángel, que lo guardaba y que lo guiaba. Creían en un juicio después de la muerte, y que las almas de los justos entraban en lo que llamaban los Campos Elíseos.