Tratado sobre los vampiros
Capítulo 37
Ejemplos de conjuros entre los cristianos
HÉCTOR BOECIO[117] en su Historia de Escocia cuenta que, habiendo caído enfermo el rey de este país, Dussus, de una enfermedad desconocida para los médicos, se consumía lentamente de fiebre, pasando las noches sin dormir y enflaqueciendo insensiblemente: el cuerpo se le inundaba de sudor todas las noches; se volvía cada vez más débil, lánguido y moribundo, sin que sin embargo notasen en su pulso ninguna alteración. Hicieron todo lo posible por aliviarlo, pero inútilmente. Desesperaban por su vida, y sospechaban que hubiese habido un maleficio. Mientras tanto, los pueblos de Murray, cantón de Escocia, se amotinaron, no dudando que el rey hubiese de sucumbir pronto a su enfermedad.
Se extendió un sordo rumor de que el rey había sido embrujado por unas magas que moraban en Forrés, pequeña ciudad de la Escocia septentrional. Enviaron gentes para detenerlas; las sorprendieron en sus casas, cuando una de ellas rociaba la figura de cera del rey Dussus, colocada en un asador de madera puesto delante de un gran fuego, ante el cual ella recitaba ciertas oraciones mágicas, y aseguraba que, a medida que la figura de cera se fundiese, el rey iría perdiendo sus fuerzas, hasta que al fin moriría cuando la figura se hubiese fundido por completo. Las mujeres declararon que las habían comprometido a hacer estos maleficios los principales del país de Murray, que no esperaban más que la muerte del rey para hacer estallar la revuelta.
En seguida detuvieron a las magas, y las hicieron morir en las llamas. El rey fue mejorando desde entonces, y en pocos días estuvo por entero restablecido. La narración se encuentra también en la historia de Escocia de Bucanan, que dice haberla sabido por sus antepasados.
Se hace vivir al rey Dussus en torno al año 960, y el que ha anotado el texto de estos historiadores reconoce que el uso de hacer fundir por arte mágico imágenes de cera para causar la muerte de determinadas personas no era de ningún modo desconocido de los romanos, como se ve en Virgilio y en Ovidio, y en numerosos ejemplos que hemos referido. Pero hay que confesar que todo lo que se cuenta al respecto es muy sospechoso; no que se hayan encontrado magos y magas que han tratado de causar la muerte de personas de consideración por esta clase de medios, y que hayan atribuido su efecto al demonio; sino que no existe la más mínima apariencia de que alguna vez hayan conseguido sus propósitos. Pues, si los magos poseían el secreto de hacer perecer de esta forma a todos los que quisiesen, ¿cuál es el príncipe, señor o prelado que hubiese estado a salvo? Si podían hacerlos morir a fuego lento, ¿por qué no exterminarlos de repente arrojando al fuego la figura de cera? Y ¿quién puede haber dado este poder al demonio? ¿Diremos que el Todopoderoso para que pueda así satisfacer la venganza de una mujercilla, o los celos de un amante desdeñado o de una amante?
El señor de S. André, médico del rey, en sus cartas sobre los maleficios, trata de explicar los efectos de estos conjuros, supuesto que sean verdaderos, por el flujo de los espíritus que salen de los cuerpos de los magos y de las magas, y que, unidos a las pequeñas partículas que se desprenden de la cera y a los átomos del fuego que los vuelven todavía más activos, se comunicarían a la persona a la que se trata de perjudicar, causándole sensaciones de calor y de dolor más o menos fuertes, según que la acción del fuego fuese más o menos violenta. Pero no me parece que este hombre hábil encuentre a muchos que compartan su opinión. Lo más sencillo sería, para mí, negar los efectos de los maleficios; pues, si sus efectos son reales, son inexplicables para la física, y no pueden ser atribuidos más que al demonio.
Leemos en la historia de los arzobispos de Tréveris que, habiendo amenazado Eberardo, arzobispo de esta iglesia muerto en 1067, con expulsar a los judíos de la ciudad, si en un cierto plazo no abrazaban el cristianismo, estos desgraciados llevados por la desesperación sobornaron a un eclesiástico, que, mediante dinero, les bautizó con el nombre del obispo una estatua de cera, a la que pegaron velas y mechas que encendieron el sábado santo cuando el prelado iba a dar solemnemente el bautismo.
Mientras estaba ocupado en este santo ministerio, habiéndose consumido la mitad de la estatua, Eberardo se sintió extremadamente mal; lo condujeron a la sacristía, donde expiró poco después.
El Papa Juan XXII en 1317 se quejaba en cartas públicas que unos malvados habían atentado contra su vida con operaciones semejantes; parece persuadido de su eficacia, y que solamente la protección particular de Dios lo ha preservado de la muerte. «Os hacemos saber, dice, que algunos traidores han conspirado contra nosotros y contra algunos de nuestros hermanos cardenales, y han preparado brebajes e imágenes para hacernos perecer, de lo que han buscado a menudo la ocasión; pero Dios nos ha preservado siempre». La carta es del 27 de julio.
Desde el 27 de febrero, el Papa había dado comisión de informar sobre estos envenenadores; su carta está dirigida a Bartolomé, obispo de Fréjus, que sucedió al Papa en la Santa Sede, y a Pedro Tessier, doctor en decreto, que después sería cardenal. El Papa dice en substancia: «Hemos sabido que Juan de Limoges, Jaime, alias Crabaçon, Juan d’Amant, médico, y otros se aplican con condenable curiosidad a la necromancia y a otras artes mágicas, de que tienen diversos libros; que se han servido a menudo de espejos e imágenes consagradas a su manera; que, metiéndose dentro de unos círculos, han invocado con frecuencia a los malos espíritus para hacer perecer a los hombres por la violencia de los encantamientos, o para enviarles enfermedades que abrevien sus días. A veces han encerrado a los demonios en espejos, círculos o anillos para interrogarlos, no solamente sobre el pasado, sino también sobre el porvenir y hacer predicciones. Pretenden haber realizado diversas experiencias en estas materias, y no temen asegurar que pueden, no solamente con ciertos brebajes y comidas, sino por medio de simples palabras, abreviar o alargar la vida, quitarla por entero o curar todo tipo de enfermedades».
El Papa dio una comisión semejante el 22 de abril de 1317 al obispo de Riès, al ya citado Pedro Tessier, a Pedro Després y a otros dos más para que informasen de la conjuración formada contra él y los cardenales, y en esta comisión dice: «Han preparado brevajes para envenenarnos a nosotros y a algunos cardenales, y, como no han encontrado el medio de hacérnoslos tomar, han fabricado imágenes de cera con nuestros nombres, pinchando estas imágenes en sus encantamientos mágicos y en sus invocaciones a los demonios; pero Dios nos ha preservado, y ha hecho que tres de estas imágenes cayesen en nuestras manos».
Vemos la descripción de parejos maleficios en una carta escrita tres años después al inquisidor de Carcasona por Guillermo de Godin, cardenal obispo de Sabine, en la que dice: «El Papa os ordena que informéis y procedáis contra los que sacrifican a los demonios, los adoran o les rinden homenaje, dándoles en prueba un papel escrito o cualquiera otra cosa para ligar al demonio, o para hacer algún maleficio al invocarlo; que abusan del sacramento del bautismo, bautizando imágenes de cera o de otras materias con invocaciones a los demonios; que abusan de la eucaristía y de la hostia consagrada, o de los demás sacramentos, ejerciendo sus maleficios. Procederéis contra ellos junto con los prelados como hacéis en materia de herejía; pues el Papa os otorga el poder». La carta está fechada en Avignon el 22 de agosto de 1320.
Al hacer el proceso de Enguerrand de Marigni, presentaron a un mago al que habían sorprendido fabricando imágenes de cera que representaban al rey Luis Hutin y a Carlos de Valois, y que pretendía hacerlos morir al pinchar o fundir las imágenes.
Se cuenta también que Cosme Rugieri, florentino, gran ateo y presunto mago, tenía una habitación secreta en la que se encerraba solo, y en la que atravesaba con una aguja una imagen de cera que representaba al rey, luego de haberla cargado de maldiciones y conjurado con horribles encantamientos, esperando así hacer que ese príncipe muriese de languidez.
Que las conjuraciones, las imágenes de cera y las palabras mágicas produjesen o no sus efectos, en cualquier caso siempre pone de manifiesto la opinión que se tenía al respecto, la mala voluntad de los magos y el temor que se les tenía. Aunque sus encantamientos y sus imprecaciones no se hubiesen realizado, se cree al parecer tener sobre ello alguna experiencia, que hacía que se les temiese con razón o sin ella.
La ignorancia de la física hacía que entonces tomasen por sobrenaturales algunos efectos de la naturaleza; y como es cierto por la fe que Dios ha permitido a menudo a los demonios que engañen a los hombres valiéndose de prodigios y que les causen daño por medios extraordinarios, suponían sin examinarlo que existía un arte de la magia y reglas seguras para descubrir determinados secretos o provocar ciertos males por medio de los demonios, como si en Dios no hubiese estado siempre el poder de permitírselo o de impedírselo, o como si Él hubiese ratificado los pactos hechos con los malos espíritus.
Pero al examinar de cerca esa presunta magia, solamente se han encontrado envenenamientos acompañados de supersticiones y de imposturas. Todo lo que acabamos de referir de los efectos de la magia, de los encantamientos, de la brujería, de que se pretendía causar tan terribles efectos en los cuerpos y en los bienes de los hombres, todo lo que se cuenta de los conjuros, de las evocaciones, de las figuras mágicas que eran consumidas por el fuego, y que causaban la muerte de las personas conjuradas y encantadas; todo esto no se relaciona sino muy indirectamente con la materia de los vampiros que aquí tratamos: a menos que se diga que a los revinientes se les suscita y evoca por medio del arte mágico, y que las personas que se creen sofocadas y, en fin, heridas de muerte por los vampiros no sufren esas penalidades más que por la malicia del demonio, que hace que se aparezcan sus parientes muertos y que les produzcan todos esos efectos; o simplemente que altera la imaginación de las personas a las que les suceden esas cosas, haciéndoles creer que son sus parientes muertos los que vienen a atormentarlos y a causarles la muerte, aunque no haya en todo esto más que la obra de una imaginación sumamente alterada.
Podemos también relacionar con las historias de los revinientes lo que se cuenta de ciertas personas que se prometieron volver después de la muerte, para darse noticias de lo que pasa en la otra vida y del estado en que en ella se encuentran.