Tratado sobre los vampiros

Augustin Calmet · Capítulo 53 de 66

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Tratado sobre los vampiros

Capítulo 50

 

Ejemplos de personas que se extasían a voluntad y que

permanecen sin ninguna sensación

 

JERÓNIMO CÁRDANO [167] dice que caía en éxtasis cuando quería; confiesa que ignora si, como el sacerdote Pretextato, no hubiese sentido grandes heridas; pero no sentía ni el dolor de la gota ni los tirones que le daban. Añade: «El sacerdote de Cálame escuchaba la voz de los que gritaban a su alrededor, pero como de muy lejos. Por lo que a mí respecta, dice Cárdano, oigo la voz, pero ligeramente y sin comprender lo que dicen. Y cuando quiero extasiarme, siento en torno al corazón como una separación del alma del resto del cuerpo, lo que se comunica por una puertecilla a toda la máquina, principalmente por la cabeza y por el cerebelo. Entonces no siento nada, sino que estoy fuera de mí mismo».

Podríamos referir aquí lo que se cuenta de los pueblos de Laponia[168], que, cuando quieren saber lo que sucede muy lejos del lugar en que se encuentran, envían a sus demonios o a sus almas por medio de ciertas ceremonias mágicas, y valiéndose del sonido de un tambor en el que golpean, o de un escudo pintado de determinada manera; luego, de repente, el lapón cae en éxtasis, y así permanece, como sin vida y sin movimiento, a veces hasta veinticuatro horas. Pero es necesario que en este tiempo alguien permanezca a su lado para impedir que lo puedan tocar, que lo llamen o que lo despierten; el mero movimiento de una mosca lo despertaría, y en este caso dicen que moriría al instante o que se lo llevaría el demonio. Ya hemos hablado de ello anteriormente en la Disertación sobre las apariciones.

También hemos señalado que las serpientes, los gusanos, las moscas, los caracoles, las marmotas, los lirones permanecen como muertos durante todo el invierno; que se ha encontrado en bloques de piedra a sapos, serpientes y ostras vivas que llevaban allí encerrados por espacio de varios años, y en ocasiones hasta más de

un siglo. El cardenal de Retz cuenta en sus memorias[169] que, estando en Menorca, el gobernador de la isla hizo extraer del fondo del mar a fuerza de brazos y de cables unas rocas que, rotas luego a grandes mazazos, se halló que guardaban ostras vivas que después le sirvieron a la mesa y que encontraron muy buenas.

Se encuentran en las costas de Sicilia, de Malta, de Cerdeña, de Italia, etcétera, unos peces llamados «dátiles», porque tienen la forma de los dátiles de la palmera; este pez se introduce en las piedras por un agujero que no es más grande que el que hace una aguja. Cuando ha entrado, se alimenta de la piedra, y engorda de tal manera que no puede volver a salir, a menos que rompan la piedra para extraerlo. Entonces lo lavan, lo limpian y lo cuecen para servirlo a la mesa. Tiene toda la forma del dátil de la palmera o del dedo de la mano, de donde le viene el nombre de dactylos, que en griego significa dedo.

Supongo incluso que en algunas personas la muerte la causa la coagulación de la sangre, que se hiela y se cuaja en las venas, como les sucede a los que han tomado cicuta, o a los que han mordido algunas serpientes. Pero en otros casos la muerte la causa una ebullición excesiva de la sangre, como en las enfermedades agudas y en ciertos venenos, e incluso, según dicen, en ciertas especies de peste, o cuando se ha muerto de muerte violenta o se ha ahogado uno en las aguas.

En el primer caso los muertos no pueden volver a la vida sin un milagro evidente; para esto sería preciso restablecer la fluidez de la sangre y devolverle al corazón el movimiento peristáltico. Pero en el segundo tipo de muerte, se puede a veces hacerlos revivir sin milagro, suprimiendo el impedimento que retarda el movimiento del corazón o que lo suspende, como vemos en los péndulos a los que se devuelve el movimiento quitándoles el cuerpo extranjero, un cabello, un trozo de hilo, un átomo, un cuerpo casi imperceptible que los detiene.