Tratado sobre los vampiros

Augustin Calmet · Capítulo 18 de 66

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Tratado sobre los vampiros

Capítulo 15

 

Otra carta sobre los revinientes

 

PARA NO OMITIR nada de todo lo que pueda aclarar algo esta materia, pongo también a continuación la carta de un hombre sumamente honorable e instruido en lo concerniente a los revinientes, carta dirigida a uno de sus parientes:

«Desea usted, querido primo, ser informado exactamente de lo que

sucede en Hungría en el asunto de los revinientes, que causan la muerte a muchas gentes en aquellas regiones. Puedo hablarle con conocimiento de causa; pues he pasado varios años en aquellos lugares, y soy por naturaleza curioso. He oído en mi vida contar una infinidad de historias, o pretendidamente tales, relativas a espíritus y sortilegios; pero de mil de ellas apenas si he concedido fe a una sola; pues no se puede ser nunca demasiado circunspecto en esta materia sin correr riesgo de que lo engañen a uno. Sin embargo, hay hechos tan comprobados que uno no puede evitar el creerlos. En cuanto a los revinientes de Hungría, he aquí cómo suceden las cosas. Una persona se encuentra padeciendo de languidez, pierde el apetito, adelgaza a ojos vista, y al cabo de ocho o diez días, quince algunas veces, muere sin tener fiebre ni presentar ningún otro síntoma más que la delgadez y la consunción.

»Se dice en ese país que es un reviniente que lo persigue y le chupa la

sangre. La mayoría de los que son atacados de la enfermedad creen ver un espectro blanco, que los sigue por todas partes como si fuese su sombra. Cuando estábamos de cuartel entre los valacos, en el banato de Temeswar, dos caballeros de la compañía en la que yo era portaestandarte murieron de esta enfermedad, y varios otros que la habían contraído también hubiesen muerto de la misma manera si un cabo de nuestra compañía no hubiese atajado la enfermedad, utilizando el remedio que los habitantes del lugar emplean en un caso semejante. Es de los más particulares, y, aunque infalible, no lo he leído nunca en ningún ritual. Helo aquí.»

«Se escoge a un muchacho de edad que no haya hecho todavía uso de su cuerpo, es decir, que sea virgen. Se le monta desnudo sobre un caballo que no haya nunca flaqueado, caballo que tiene que ser además completamente negro; y se le hace pasear por el cementerio, y pasar por encima de todas las fosas; aquélla sobre la que el animal rehúse pasar, por más golpes que se le aticen, se considera que está ocupada por un vampiro; se abre la fosa, y allí encuentran un cadáver tan grueso y tan hermoso como si fuese un hombre feliz y tranquilamente dormido; se le corta de un golpe de laya el cuello al cadáver, del que sale en cantidad una sangre bermeja de las de mejor aspecto. Se juraría que se ha degollado a un hombre enteramente sano y vivo. Hecho esto, se vuelve a tapar la fosa, y se puede contar con el cese de la enfermedad, y con que todos los que estaban atacados de ella vayan recuperando sus fuerzas poco a poco, como gentes que escapan de una larga enfermedad, que por mucho tiempo los ha extenuado. Es lo que sucedió a nuestros caballeros atacados de ella. Yo era por entonces comandante de la compañía, al estar ausentes el capitán y el teniente; me molestó mucho que el cabo hubiese hecho la experiencia sin contar conmigo. A duras penas conseguí controlarme y no regalarle con una tunda de bastonazos, mercancía que se da a bajo precio en las tropas del emperador. Me hubiese gustado por todas las cosas del mundo haber estado presente en esa ocasión; pero, en fin, fue necesario pasarse de ello».

Un pariente de este mismo oficial me ha escrito el 17 de octubre de 1746 que su hermano, que ha servido durante 20 años en Hungría y que ha examinado muy curiosamente todo lo que se dice por allí sobre los revinientes, reconoce que los pueblos de ese país son más crédulos y supersticiosos que los demás, y que atribuyen las enfermedades que les suceden a los sortilegios. Que, en cuanto sospechan que una persona muerta les ha enviado esa incomodidad, lo denuncian al magistrado, que por la declaración de algunos testigos hace exhumar al muerto; se le corta la cabeza con una laya y, si sale alguna gota de sangre, concluyen que es la sangre que ha chupado a la persona enferma. Pero el que me escribe parece muy alejado de creer lo que se piensa en esos países.

 

Acuarela de Alberto Durero.

 

En Varsovia, un sacerdote que había encargado a un guarnicionero que le hiciese una brida para su caballo, murió antes de que la brida hubiese sido hecha; y como era de los que en Polonia llaman vampiros, salió de la tumba vestido como se acostumbra inhumar a los eclesiásticos, fue a la cuadra a coger el caballo, se montó encima y, a la vista de toda Varsovia se encaminó a la tienda del guarnicionero, en la que al principio no encontró más que a la mujer, que fue horrorizada y que llamó a su marido que viniese. Habiéndole reclamado el sacerdote la brida, el hombre respondió: «Pero, señor cura, si usted está muerto». A lo que éste replicó: «Yo te voy a hacer ver que no» y, al mismo tiempo, le golpeó de tal suerte que el pobre guarnicionero murió pocos días después, y el sacerdote regresó a la tumba.

Habiendo muerto el intendente del conde Simón Labienski, estarosta de Posnania, la condesa Douairiere de Labienski quiso, en reconocimiento por sus servicios, que fuese inhumado en el panteón de los señores de la familia, lo que fue ejecutado. Algún tiempo después, el sacristán que estaba al cuidado del panteón se apercibió que estaba desordenado, y advirtió de ello a la condesa, que ordenó, siguiendo el uso recibido en Polonia, que le cortasen la cabeza, lo que fue hecho en presencia de varias personas, y entre ellas del señor Jouvinski, oficial polaco y tutor del joven conde Simón Labienski, que vio que, cuando el sacristán sacó el cadáver de la tumba para cortarle la cabeza, éste rechinó los dientes, y la sangre salió tan fluida como la de una persona que muriese de muerte violenta, lo que hizo que se les erizasen los cabellos a todos los asistentes. Se mojó un pañuelo blanco en la sangre del cadáver, de la que se hizo beber a todos los de la casa para que no fuesen atormentados.