Tratado sobre los vampiros
Capítulo 34
Examen de la opinión que pretende que el demonio puede
devolverle el movimiento a un muerto
NO PODEMOS APROBAR las opiniones de los judíos que acabamos de exponer. Son contrarias a nuestra santa religión y a los dogmas de nuestras escuelas. Pero creemos que el espíritu que animó a Elías, por ejemplo, descansó luego sobre su discípulo Elíseo; y que el santo espíritu que animaba al primero, animó también al segundo, e incluso a san Juan Bautista, que, según la palabra de J. C., vino con la virtud de Elías para preparar la venida del Mesías. Del mismo modo, en las oraciones de la iglesia se ruega a Dios que llene a los fieles con el espíritu de los santos, y que les inspire el amor de lo que han amado y el horror de lo que han odiado.
Que el demonio, o, incluso, un ángel bueno, con el permiso o por el mandato de Dios, puedan quitarle la vida a un hombre, parece indudable. El ángel que se apareció
a Séfora[89], cuando Moisés volvía de Madián a Egipto, y que amenazó con matar a sus dos hijos porque no estaban circuncidados, Io mismo que el que mató a los
primogénitos de los egipcios[90], y el que llaman las escrituras el ángel exterminador,
que hirió de muerte a los hebreos que murmuraban en el desierto[91], y el que quiso
matar a Balam y a su asna[92], en fin, el que mató a los soldados del ejército de Senaquerib, y el que dio muerte a los siete primeros maridos de Sara, hija de
Ragüel[93] [94] , y aquél con el que el salmista amenaza a sus enemigos: Et Angelus Domini persequens eos.
San Pablo, hablando a los corintios de los que comulgaban indignamente[95], ¿no dice que el demonio les causaba enfermedades peligrosas, de las que algunos morían? Ideo ínter vos multi infirmi et imbecilles, et dormiunt multi. ¿Creeremos que los que
el mismo apóstol entregó a Satanás[96] no sufrieron nada en sus cuerpos, y que Judas,
habiendo recibido del Hijo de Dios un bocado mojado en la salsa[97], y habiendo entrado en su cuerpo Satanás, no le turbó el mal espíritu el sentido, la imaginación y el corazón, y no le condujo al fin a su destrucción y a colgarse de desesperación?
Podemos pensar que todos ésos eran ángeles malos; aunque no se pueda negar que no emplee Dios también algunas veces a los ángeles buenos para cumplir su venganza contra los malvados, y hasta para mortificar, corregir y castigar a los que quiere Dios hacer misericordia, como envía a los profetas para que anuncien buenas y malas noticias, para que amenacen y exciten a la penitencia.
Pero no leemos en ninguna parte que los ángeles, ni buenos ni malos, tengan nunca autoridad suficiente para dar o devolver la vida a nadie. Este poder está
reservado sólo a Dios[98]: Dominus mortificat et vivificat, deducit ad inferos et
reducit. El demonio, según el Evangelio[99], en los últimos tiempos y antes del juicio final, hará por sí mismo o por el Anticristo y sus secuaces, prodigios capaces de inducir a error, si posible fuera, aun a los mismos elegidos. Desde el tiempo de Jesucristo y de sus apóstoles, Satán suscitó falsos Cristos y falsos apóstoles, que hicieron diversos milagros aparentes, que incluso resucitaron a los muertos, o por lo menos sostenían que los habían resucitado. San Clemente de Alejandría y Hegesipo
mencionan algunas resurrecciones operadas por Simón Mago[100]; también se dice que Apolonio de Tiana resucitó a una muchacha que llevaban a enterrar. Si creemos a
Apuleyo[101], Asclepíades, que se había encontrado con un cortejo fúnebre, resucitó a un muerto que llevaban a la pira. Se asegura que Esculapio devolvió la vida a Hipólito, hijo de Teseo, a Glauco, hijo de Minos, a Capaneo, muerto en el asalto de
Tebas, a Admeto, rey de Feras en Tesalia. Eliano atestigua[102] que el mismo Esculapio unió la cabeza al cuerpo de una mujer, devolviéndole la vida.
Pero, cuando tuviésemos la certidumbre de todos los hechos que acabamos de citar, quiero decir, cuando estuviesen atestiguados por testigos oculares instruidos y desinteresados, lo que no es de ningún modo el caso, todavía sería preciso conocer las circunstancias de esos sucesos, y sólo entonces estaríamos en disposición de poder contestarlos o de asentir a ellos; pues existe toda la apariencia de que los muertos resucitados por Esculapio no eran más que gentes muy peligrosamente enfermas, a las que ese hábil médico devolvió la salud. La muchacha resucitada por Apolonio de Tiana no estaba muerta del todo; los mismos que la llevaban a la pira dudaban que hubiese fallecido. Lo que se dice de Simón Mago no es de ningún modo cierto y, aunque ese impostor hubiese hecho con ayuda de los secretos de la magia algunos prodigios en personas muertas o tenidas por tales, habría que imputarlo a sus artificios, por los que sutilmente habría sustituido por cuerpos vivos o puramente aparentes los muertos a que se vanagloriaba haber devuelto la vida. En una palabra, tenemos por indubitable que solamente Dios puede darle la vida a un muerto de verdad, bien inmediatamente por sí mismo, o por medio de los ángeles o de los demonios ejecutores de su voluntad.
Confieso que el ejemplo del muchacho de Dalhem es embarazoso. Que haya sido el alma del muchacho que haya vuelto al cuerpo para animarlo de nuevo, o el demonio que le haya servido de alma, me parece igualmente embarazoso; no se ve en todo ese suceso más que la obra del espíritu maligno. Dios no parece haber tenido parte. Entonces, si el demonio puede ocupar el lugar del alma en un cuerpo recientemente fallecido, o si puede hacer que vuelva el alma que lo animaba antes del fallecimiento, en ese caso no podremos contestarle el poder de devolverle a los muertos una especie de vida: lo que sería una terrible tentación para nosotros, que nos induciría a creer que el demonio tiene un poder que la religión no nos permite pensar que Dios comparta con ningún ser creado.
Diría entonces que, supuesta la verdad del hecho, del que no veo ninguna forma de dudar, que Dios, para castigar el abominable crimen del padre y para dar a los hombres un ejemplo de su justa venganza, permitió al demonio hacer en aquella ocasión lo que no ha hecho quizá nunca y no volverá a hacer, poseer un cuerpo y servirle de alguna forma de alma, para darle acción y movimiento mientras pudo conservarlo sin corromperse demasiado.
Y este ejemplo puede aplicarse de maravilla a los revinientes de Hungría y de Moravia, que el demonio mueve y reanima, haciendo que se aparezcan a los vivos para atormentarlos y causarles la muerte. Digo esto en el supuesto de que lo que se cuenta de los vampiros sea verídico; pues si todo es falso y fabuloso, es perder el tiempo buscar el medio de explicarlo.
Por lo demás, diversos autores antiguos, como Tertuliano y Lactancio[103], creyeron que eran los demonios los únicos autores de lo que hacen los magos al evocar las almas de los muertos. Dicen que hacen aparecer unos fantasmas o cuerpos de que se sirven para fascinar los ojos de los asistentes y hacerles tomar por verdadero lo que no es más que aparente.