Tratado sobre los vampiros
Capítulo 16
Pretendidos vestigios del vampirismo en la antigüedad
ALGUNOS SABIOS han creído encontrar vestigios del vampirismo en la más remota antigüedad; pero todo lo que han dicho no se aproxima en nada a lo que se cuenta de los vampiros. Las lamias, las estrigas, los brujos a los que se acusaba de chupar la sangre de los vivos y causarles la muerte, las hechiceras que se decía que mataban a los niños recién nacidos por medio de encantamientos y de maleficios, no hacen de ningún modo lo que se atribuye a los vampiros. Y eso en el caso que aceptásemos que las lamias y las estrigas han existido realmente, lo que pensamos que no puede nunca probarse con absoluta certeza.
Confieso que los términos se encuentran en las versiones de la sagrada escritura. Por ejemplo, Isaías, al describir el estado a que debía ser reducida Babilonia después de su ruina, dice que se convertirá en la morada de los sátiros, de las lamias y de las estrigas, Lilith en hebreo. Este último término, para los hebreos, significa lo mismo que griegos y latinos expresan con las voces de strix y de lamia, que son unas brujas o hechiceras que tratan de matar a los niños recién nacidos. De donde viene que los judíos, para alejarlas, tengan por costumbre escribir en los cuatro rincones de la habitación de una mujer que acaba de dar a luz «Adán, Eva, fuera de aquí Lilith».
Los antiguos griegos conocían a esas peligrosas brujas con el nombre de lamiae, y creían que devoraban a los niños o que les chupaban la sangre hasta matarlos. Según
Horacio[37]:
Neu pransae lamiae vivum puerum extrahat alvo. [38]
Los Setenta en Isaías traducen el hebreo Lilith por lamia. Eurípides y el escoliasta de Aristófanes hacen también mención de ella, como de un monstruo funesto y enemigo de los mortales. Ovidio, al hablar de las estrigas, las describe como unos pájaros peligrosos que vuelan por la noche y buscan a los niños para devorarlos y alimentarse de su sangre:
Carpere dicuntur lactencia víscera rostris,
Et plenum poto sanguine gutuur habent.
Est illis strigibus nomen. [39]
Los prejuicios habían arraigado tan profundamente en el espíritu de los pueblos bárbaros, que mataban a las personas de las que sospechaban que eran estrigas o brujas y que se comían a los hombres vivos. Carlomagno, en las capitulares que
compuso para sus nuevos súbditos los sajones[40], condena a muerte a los que crean que un hombre o una mujer sean brujos (striges esse) y se coman a los hombres vivos; del mismo modo condena a los que los hagan quemar, o den a comer su carne, o la coman ellos mismos.
De lo que podemos deducir, primero, que se creía que había gentes que se comían a los hombres vivos, que los hacían morir o quemar, que algunas veces se comían sus carnes, igual que hemos visto que en Rusia se comen el pan amasado con la sangre de los vampiros, y que otras ofrecían sus cadáveres a las bestias carroñeras, como se hace todavía en los lugares en que se encuentran los revinientes, después de haberlos empalado o de haberles cortado la cabeza.
Las leyes de los lombardos prohíben igualmente matar a la sirviente de otra por bruja, strix o masca. Esta última palabra masca, de donde viene máscara, tiene la misma significación que en latín larva, que es un espíritu, fantasma o espectro.
Se puede colocar entre el número de los revinientes aquél de que se habla en la Crónica de Sigeberto, en el año 858.
Teodoro de Gaza [41] tenía en Campania una pequeña granja que hacía cultivar por un labrador, el cual, cuando estaba labrando la tierra, descubrió una vasija redonda donde estaban encerradas las cenizas de un muerto; en seguida se le apareció un espectro, que le ordenó volver a enterrar la vasija con lo que contenía, y que, si no, haría morir a su hijo primogénito. El labrador no tuvo en cuenta estas amenazas, y pocos días después su hijo primogénito fue encontrado muerto en la cama. Poco tiempo después se le apareció el mismo espectro, reiterándole el mismo mandato, y le amenazó con hacer morir a su segundo hijo. El labrador advirtió de todo ello a su señor Teodoro de Gaza, que vino en persona a la alquería, e hizo volver a poner lo hallado en su lugar. El espectro al parecer era un demonio, o el alma de un pagano enterrado en ese lugar.
Miguel Glycas[42] cuenta que el emperador Basilio, que había perdido a su hijo bienamado, obtuvo por mediación de un monje negro de Santabaren el ver de nuevo a su hijo, muerto poco antes; lo vio y lo tuvo abrazado bastante tiempo, hasta que desapareció entre sus brazos. No era, pues, más que un fantasma que se apareció bajo la forma de su hijo.
¿Demonios o vampiros?, fresco de Giotto.
En la diócesis de Magancia se ha visto estos años un espíritu, que se manifestó primeramente arrojando piedras y golpeando las paredes de las casas, como en grandes mazazos, después hablando y descubriendo cosas desconocidas, a los autores de ciertos hurtos, y demás cosas propias para introducir el espíritu de discordia entre la vecindad. Al final concentró su furor en un particular, con el que se ensañó persiguiéndolo y tratando de volverlo odioso para el vecindario, pregonando que era él el que excitaba la cólera de Dios contra todo el pueblo. Lo perseguía en todo lugar, sin darle el menor respiro; quemó su cosecha almacenada en la casa, e incendiaba todos los lugares en que entraba.
Los sacerdotes lo exorcizaron, hicieron oraciones, echaron agua bendita; el espíritu les arrojó piedras e hirió a varias personas. Después de que los sacerdotes se hubiesen retirado, se le escuchó como lamentándose y diciendo que se había escondido bajo la capa de un sacerdote que nombró, y al que acusó de haber corrompido a la hija de un hombre de negocios del lugar. Continuó sus infestaciones durante tres años, y no cesó hasta que hubo incendiado todas las casas del pueblo.
He aquí un ejemplo que puede relacionarse con lo que se cuenta de los revinientes de Hungría, que vienen a anunciar la muerte a sus allegados. Evodio, obispo de
Upzala de África, escribió a san Agustín en el 415[43] que, habiendo muerto a la edad de veintidós años un joven que tenía con él y que le servía de escribiente, y que además era de una inocencia y de una pureza extraordinarias, una virtuosa viuda había visto en sueños a cierto diácono que, con otros siervos y siervas de Dios, adornaba un palacio que parecía brillar como si fuese todo de plata. Ella preguntó que para quién se preparaba ese palacio, y le dijeron que era para el joven que había muerto la víspera. A continuación vio ella en el mismo palacio a un anciano vestido de blanco, que ordenó a dos personas que sacasen al joven de la tumba para conducirlo al cielo.
En la misma casa en que el joven había muerto, un anciano medio dormido vio a un hombre con una rama de laurel en la mano, en la que había algo escrito.
Tres días después de la muerte del joven, habiéndose retirado su padre, que era sacerdote y que se llamaba Armenio, a un monasterio para consolarse con el santo anciano Teasio, obispo de Mamblosia, se apareció el hijo muerto a un monje del monasterio, y le dijo que Dios lo había recibido en el número de los bienaventurados, y que lo había enviado para buscar a su padre. En efecto, cuatro días después su padre sintió un poco de fiebre, pero tan leve que el médico aseguró que no tenía nada que temer. No dejó, sin embargo, de meterse en la cama, y, al mismo tiempo, cuando hablaba todavía, expiró.
No es que lo hubiese invadido el miedo, pues no parece que hubiese sabido nada de lo que había soñado el monje.
El mismo obispo Evodio cuenta que se han visto a diversas personas después de su muerte ir y venir por sus casas como antes, durante la noche o, incluso, a plena luz del día. Se dice también, añade, que, en los lugares en que hay cuerpos enterrados, y sobre todo en las iglesias, se escucha a menudo ruido a ciertas horas de la noche, como de personas que rezasen en voz alta. Me acuerdo, sigue diciendo Evodio, de habérselo oído decir a varios, y entre otros a un santo sacerdote, que fue testigo de estas apariciones, por haber visto salir del baptisterio a un gran número de almas con cuerpos brillantes de luz, y haberlas escuchado después rezar en medio de la iglesia. El mismo Evodio dice además que Profuturo, Privado y Servilio, que habían vivido con mucha piedad en el monasterio, le habían hablado a él mismo después de su muerte, y que lo que le habían dicho había sucedido.
San Agustín, después de haber referido lo que decía Evodio, reconoce que hay que esforzarse mucho por distinguir entre las visiones verdaderas y las falsas, y confiesa que le gustaría disponer de un medio seguro para hacer entre ellas un justo discernimiento.
Pero ¿quién nos dará las luces necesarias para hacer este discernimiento tan difícil y, sin embargo, tan necesario, cuando no tenemos ni siquiera características ciertas y demostrativas para discernir infaliblemente los verdaderos milagros de los falsos, ni para distinguir las obras del Todopoderoso de las ilusiones del ángel de las tinieblas?