Tratado sobre los vampiros
Capítulo 55
Ejemplos de cristianos resucitados y devueltos al mundo.
Visión de Vetino, monje de Augie
LEEMOS EN UNA OBRA [191] antigua escrita en tiempos de san Agustín que, habiendo sido aplastado un hombre de la ciudad de Upzala en África por una muralla que cayó sobre él, su mujer corrió a la iglesia para invocar a san Esteban, mientras que se disponía todo lo necesario para enterrar al hombre, que daban por muerto. De repente vieron que abría los ojos y que se movía un poco; y después de un cierto tiempo, se incorporó y contó que su alma, que había abandonado el cuerpo, se había encontrado con una multitud de almas de otros muertos, a algunos de los cuales conocía y a otros no; que un joven con hábito de diácono había entrado en la habitación en que estaba él y, separando a todos esos muertos, le había dicho hasta tres veces: «Da lo que has recibido». Comprendió al fin que se refería al Símbolo, que recitó al instante; también recitó la oración dominical; después el diácono (san Esteban) le hizo la señal de la cruz sobre el corazón, y le dijo que se levantase completamente sano.
Un joven catecúmeno [192] que había muerto hacía tres días, y que fue resucitado por las plegarias de san Martín, contaba que, después de su muerte, lo llevaron en presencia del tribunal del Soberano Juez, que lo había condenado y enviado con un gran tropel de gente a unos lugares tenebrosos; que entonces dos ángeles habían alegado al Juez que por este hombre había intercedido san Martín, y que el Juez había ordenado a los ángeles que lo enviasen de vuelta al mundo y que se lo devolviesen a Martín; lo que fue ejecutado. Fue bautizado y vivió mucho tiempo después.
San Salví, obispo de Albi[193], que había sido atacado por una gran fiebre, fue dado por muerto. Lo lavaron, lo vistieron y lo pusieron en una camilla, y pasaron toda la noche rezando a su lado. A la mañana siguiente vieron que se removía; parecía despertarse de un profundo sueño; abrió los ojos y, levantando las manos al cielo, dijo: «¡Ay, Señor! ¿Por qué me has devuelto a este sitio tenebroso?». Se levantó completamente curado, pero no quería hablar.
Unos días después contó cómo dos ángeles lo habían llevado al cielo, donde había podido ver la gloria del paraíso, pero, a su pesar, lo habían devuelto para que viviese todavía sobre la tierra. San Gregorio de Tours pone a Dios por testigo de que había sabido la historia de los labios mismos de san Salví.
Un monje de Augie la Rica, llamado Vetino o Guetino, que vivía en el 824 y que había caído enfermo, estaba acostado en su lecho con los ojos cerrados; pero, sin estar dormido todavía, vio entrar a un demonio bajo el hábito de un clérigo de una horrible deformidad, que le mostraba unos instrumentos de tortura que tenía en la mano, y que le amenazaba con hacerle pronto sentir sus rigurosos efectos. Al mismo tiempo vio entrar en la habitación a una multitud de malos espíritus, que llevaban instrumentos como para construirle una tumba o un ataúd, y encerrarlo en él.
A continuación aparecieron unos personajes solemnes y con aire grave, con hábitos de religiosos, que echaron a los demonios. Después Vetino vio a un ángel rodeado de luz que vino a presentarse al pie de su cama, y que lo condujo por un camino muy agradable entre montañas de una altitud extraordinaria, al pie de las cuales fluía un gran río, en el que estaban gran multitud de condenados que sufrían los más diversos tormentos, según la calidad y la enormidad de sus crímenes. Conocía a algunos de ellos, entre otros a unos prelados y a unos sacerdotes culpables de incontinencia, que estaban atados por la espalda a unas estacas y a los que quemaba un fuego encendido a sus pies; las mujeres cómplices suyas sufrían el mismo tormento en frente de ellos.
Vio también a un monje que se había dejado llevar por la avaricia, y que había poseído dinero propio, que ahora debía expiar su crimen encerrado en un ataúd de plomo hasta el día del juicio. Vio a abades, a obispos y hasta al mismísimo emperador Carlomagno, que expiaban sus faltas por medio del fuego, pero que iban a ser redimidos al cabo de cierto tiempo. Observó también la morada de los bienaventurados en el cielo, cada uno según su rango y sus méritos. El ángel del Señor le declaró luego los pecados que eran los más comunes, y los más odiosos a los ojos de Dios. Nombró en particular a la sodomía como el pecado más abominable.
Después del oficio nocturno, el abad vino a visitar al enfermo, que le contó pormenorizadamente toda la visión, y el abad hizo que le escribiesen al instante. Vetino vivió todavía dos días más, y habiendo predicho que el tercero sería su último día, se recomendó a las plegarias de los religiosos, recibió el santo viático y murió en paz el 31 de octubre del 824.
Cristo en el Limbo (entre 1497-1511), xilografía de Alberto Durero.