Tratado sobre los vampiros
Capítulo 38
Ejemplos de personas que se prometieron darse noticias
del otro mundo después de la muerte
ES CÉLEBRE EN LA HISTORIA del marqués de Rambouillet, que se apareció después de la muerte al marqués de Précy. Estos dos señores, conversando sobre las cosas de la otra vida, como gentes que no estaban muy persuadidos de lo que se decía al respecto, se prometieron el uno al otro que el primero de los que muriese vendría a darle noticias al otro. El marqués de Rambouillet partió para Flandes, donde entonces había guerra, y el marqués de Précy se quedó en París preso de una gran fiebre. Seis semanas después y en pleno día, escuchó correrse las cortinas de su lecho y, volviéndose para ver quién era, vio delante de él al marqués de Rambouillet. Se levantó de la cama para abrazar a su amigo; pero Rambouillet, retrocediendo unos pasos, le dijo que había venido para cumplir la palabra que le había dado; que todo lo que se decía de la otra vida era muy cierto, y que debía cambiar de conducta, pues en el primer peligro en que se encontrase perdería la vida.
Précy trató de nuevo de abrazar a su amigo, pero no abrazó sino al viento; entonces Rambouillet, viendo que no se creía lo que le estaba diciendo, le mostró el lugar en que había recibido el golpe en los riñones, de donde todavía parecía que brotaba la sangre. Précy recibió poco después por correo la confirmación de la muerte del marqués de Rambouillet, y él mismo, combatiendo poco tiempo después en la batalla del arrabal de san Antonio en París, encontró allí la muerte.
Pedro el Venerable, abad de Cluny [118], cuenta una historia bastante semejante a la que acabamos de ver. Habiendo un día un gentilhombre llamado Humberto, hijo de un señor llamado Guichard de Belioc, de la diócesis de Mácon, declarado la guerra a otros señores de la vecindad, otro gentilhombre llamado Godofredo d’Iden recibió en la refriega una herida de la que murió al instante.
Alrededor de dos meses después, este mismo Godofredo se apareció a un gentilhombre llamado Milon d’Ansa, y le rogó que le dijese a Humberto de Belioc, al servicio del cual había perdido la vida, que padecía tormentos por haberle ayudado en una guerra injusta, y por no haber expiado sus pecados antes de la muerte por medio de la penitencia; que le rogaba que tuviese compasión de él y de su propio padre Guichard, que le había dejado tan grandes bienes, de los que él abusaba, y de los que una parte había sido mal adquirida; que en verdad Guichard, padre de Humberto, había abrazado la vida religiosa en Cluny, pero que no había tenido tiempo de satisfacer a la justicia de Dios por los pecados de su vida pasada; que le conjuraba, pues, que hiciese ofrecer tanto por él como por su padre el sacrificio de la misa, que diese limosnas y que emplease las oraciones de gentes de bien para que les procurasen a uno y a otro una pronta liberación de las penas que padecían. Añadió: «Decidle que, si no os escucha, estaré obligado a ir yo mismo a anunciarle lo que acabo de deciros».
Milon d’Ansa cumplió fielmente la comisión; Humberto se horrorizó, pero sin que se portase mejor por ello. Sin embargo, temiendo que o bien Guichard, su padre o Godofredo d’Iden viniesen a inquietarlo, no se atrevía a permanecer solo y, sobre todo durante la noche, siempre quería tener a su lado a alguno de sus gentes. Una mañana en que estaba acostado y despierto en su lecho en pleno día, vio aparecer en su presencia a Godofredo, armado como en el día de batalla, que le mostraba la herida mortal que allí había recibido, herida que parecía todavía completamente fresca. Le reprochó vivamente por su poca piedad con él y con su propio padre, que gemía en los tormentos. «Cuidad, añadió, que Dios no os trate con rigor, y que no os rehuse la misericordia que nos rehusáis; y sobre todo guardaos de ejecutar la resolución que habéis tomado de ir a la guerra con el conde Amadeo. Si la emprendéis, perderéis los bienes y la vida».
Estaba hablando y Humberto se dispondía a responderle, cuando llegó de oír misa el escudero Vichard de Marzcy, consejero de Humberto, y en seguida el muerto desapareció. Desde ese momento Humberto se esforzó con toda seriedad por aliviar a su padre y a Godofredo, y resolvió emprender el viaje a Jerusalén para expiar sus pecados. Pedro el Venerable se había informado muy bien de todos los detalles de esta historia, que había sucedido el año que hizo el viaje a España, y que había tenido mucha repercusión en todo el país.
El cardenal Baronio[119], hombre sumamente grave y sabio, cuenta una historia que le han referido diversas personas muy sensatas, que le han oído contar a menudo, y en particular al propio Miguel Mercati al que había sucedido. Miguel Mercati, protonotario de la Santa Sede, era un hombre de probidad reconocida y muy versado, sobre todo, en la filosofía de Platón, a la que se aplicaba sin descanso en compañía de su íntimo amigo Marsilio Ficino, tan celoso como él de la filosofía de Platón.
Un día estos dos grandes filósofos conversaban sobre la inmortalidad del alma, y si ella continuaba existiendo después de la muerte del cuerpo, después de haber mucho discurrido sobre este asunto, se prometieron uno a otro, estrechándose las manos, que el primero de los dos que partiese de este mundo vendría a darle noticias al otro del estado de la otra vida.
Habiéndose así separado, sucedió poco tiempo después que, estando Miguel Mercati bien despierto y estudiando en plena mañana las mismas materias de filosofía, escuchó de repente como el ruido de un caballero que llegase apresuradamente a su puerta, y al mismo tiempo oyó la voz de su amigo Marsilio Ficino que le gritaba: «¡Miguel, Miguel, nada es más cierto que lo que se dice de la otra vida!». En seguida Miguel abrió la ventana y vio a Marsilio montado en un caballo blanco que se alejaba corriendo.
Miguel le gritó que se detuviese; pero continuó la carrera hasta que desapareció de su vista.
Marsilio Ficino residía entonces en Florencia, donde había muerto a la misma hora en que se había aparecido y hablado a su amigo. Éste escribió en seguida a Florencia para informarse de la verdad del hecho, y le respondieron que Marsilio había fallecido en el mismo instante en que Miguel había oído su voz y el ruido del caballo en su puerta. Desde este suceso Miguel Mercati, aunque ya antes sumamente moderado en su conducta, se convirtió en otro hombre, viviendo de una manera por completo ejemplar, como un perfecto modelo de la vida cristiana. Encontramos gran número de ejemplos semejantes en Enrique Moro, y en Josué Grandville, en su obra titulada El saduceísmo combatido.
He aquí uno sacado de la vida del beato José de Lionnise, misionero capuchino, libro 1, página 64 y siguientes. Un día que conversaba con un compañero de los deberes de la religión, de la fidelidad que pide Dios a los que se han consagrado a ella, de la recompensa que reserva a los perfectos religiosos y de la severa justicia que guarda para los servidores fieles, fray José le dijo a su compañero: «Quiero que nos prometamos mutuamente que aquel de nosotros que muera primero se aparezca al otro, si Dios lo permite, para instruirle de lo que pasa en el otro mundo y del estado en que se encuentra». «Me parece muy bien, respondió el santo compañero, te doy mi palabra». «Y yo la mía», replicó fray José.
Algunos días después, el pío compañero fue atacado de una enfermedad que lo condujo a la tumba. Fray José lo sintió tanto más cuanto conocía mejor que los otros la virtud del santo religioso; no dudaba que no se fuese a realizar el acuerdo que habían hecho, ni que el muerto no se le fuese a aparecer, cuando menos lo pensase, para cumplir la promesa.
En efecto, un día en que fray José se había retirado a su celda, a primeros horas de la tarde, vio que entraba un joven capuchino horriblemente descompuesto, con el rostro pálido y descarnado, que lo saludó con una voz aguda y temblorosa. Como a la vista del espectro José se turbase un poco, «No te asustes, le dijo, vengo aquí como Dios lo ha permitido, para cumplir mi promesa, y para decirte que tengo la felicidad de encontrarme entre el número de los elegidos por la misericordia del Señor. Pero que sepas que es todavía más difícil salvarse de lo que pensamos en el mundo; que Dios, cuya sabiduría descubre los más secretos repliegues de las conciencias, sopesa exactamente todas las acciones realizadas durante la vida, los pensamientos, los deseos y los motivos que se han tenido al obrar; y que tan inexorable es con los pecadores, como bondadoso, indulgente y rico en misericordia con las almas de los que lo han servido justamente en la vida», y con estas palabras el fantasma desapareció.
He aquí ahora un ejemplo de un alma que viene después de la muerte a visitar a
un amigo, sin que lo hubiesen convenido[120]. Pedro Gamrate, obispo de Cracovia, fue transferido al arzobispado de Gnesne en 1548, pero obtuvo dispensa del Papa Pablo III de conservar todavía el obispado de Cracovia. El prelado, después de haber llevado una vida desordenada en su juventud, se puso al fin de su vida a practicar diversas obras de caridad, dando todos los días de comer a cien pobres a los que enviaba platos de su misma mesa. Y cuando iba de viaje, iba seguido de dos carros cargados de vestidos y de camisas, que distribuía entre los pobres según su necesidad.
Un día en que se disponía a ir a la iglesia por la tarde, la víspera de una fiesta solemne, y que había permanecido solo en su gabinete, vio de repente que se aparecía en su presencia un gentilhombre llamado Curosius muerto hacía mucho tiempo, y con el cual había estado en otro tiempo en su juventud demasiado unido para hacer el mal.
El arzobispo Gamrate se asustó en un principio; pero el muerto lo tranquilizó, diciéndole que era del número de los bienaventurados. «¡Qué! Le dijo el prelado, después de una vida como la que has llevado; pues sabes bien qué excesos no habremos cometido tú y yo en nuestra juventud». «Lo sé, dijo el muerto, pero vas a ver lo que me ha salvado. Un día, estando en Alemania, me encontré con un hombre que estaba blasfemando e injuriando a la Santa Virgen. Me irritó sobremanera, y le di un bofetón; echamos mano a las espadas, y lo maté, y de miedo de ser detenido y castigado por homicidio, huí sin apenas reflexionar en lo que había hecho. A la hora de mi muerte me encontraba presa de terribles inquietudes y remordimientos por mi vida pasada, no aguardando más que una pérdida cierta, cuando la Santa Virgen vino a socorrerme, e intercedió tan poderosamente a Su Hijo por mí que obtuvo el perdón de mis pecados; por lo que tengo la felicidad de gozar de la beatitud».
«Por lo que a ti concierne, no te quedan más que seis meses de vida, y he sido enviado para advertírtelo, pues Dios, en consideración a tus limosnas y a tu caridad para con los pobres, quiere hacerte misericordia y esperar a tu penitencia. Aprovecha el tiempo que te queda y expía tus pecados pasados». Después de estas palabras el muerto desapareció y el arzobispo, inundado de lágrimas, comenzó a vivir de una manera tan cristiana que fue la edificación de todos los que lo conocieron. Contó el suceso a sus más íntimos amigos, y murió en 1545 (sic), después de haber regido la iglesia de Gnesne alrededor de cinco años.
La hija de Dumoulin, famoso jurisconsulto, que había sido inhumanamente
masacrada en su casa[121], se apareció de noche a su marido cuando éste estaba bien despierto, y le descubrió con nombres y apellidos a los que la habían matado a ella y a sus hijos, conjurándolo a que los vengase.