Tratado sobre los vampiros
Capítulo 4
Un hombre realmente muerto ¿puede aparecerse con su
propio cuerpo?
SI LO QUE CUENTAN de los vampiros fuese cierto, la pregunta que aquí nos hacemos parecería frívola e inútil. Se respondería en seguida que se ve todos los días en Hungría, en Moravia y en Polonia a personas muertas y enterradas desde hace mucho tiempo, volver, aparecerse, atormentar a los hombres y los animales, chuparles la sangre, causarles la muerte.
Estas personas vuelven con sus propios cuerpos; se les ve, se les conoce, se les hace el proceso a resultas del cual los empalan, les cortan la cabeza, los queman. Es, pues, no solamente posible, sino muy cierto y real que se aparecen con sus propios cuerpos.
Se podría añadir, para apoyar esta creencia, que en la misma Escritura se encuentran ejemplos de estas apariciones: por ejemplo, en la transfiguración del
Salvador, Elías y Moisés se aparecieron en el Tabor[11] hablando con Jesucristo. Sabemos que Elías está aún con vida, no lo cito de ejemplo; pero, por lo que respecta a Moisés, su muerte no es dudosa, y sin embargo se aparece junto a Elías con su propio cuerpo hablando con Jesucristo. Los muertos que salieron de sus tumbas en la
resurrección del Salvador[12], y que se aparecieron a varias personas en Jerusalén, estaban en sus sepulcros desde hacía varios años: su muerte no era dudosa; y sin embargo se aparecieron y dieron testimonio de la resurrección del Salvador.
Cuando Jeremías se apareció a Judas Macabeo[13], y le puso en la mano una espada de oro, diciéndole: «Recibe esta espada como un don de Dios, con la cual triunfarás de los enemigos de mi pueblo Israel», fue al parecer este profeta en su propio cuerpo el que se le apareció y le hizo el presente, porque se le reconoció por su aspecto que era el profeta Jeremías.
No hablo de las personas realmente resucitadas por milagro, como el hijo de la viuda de Sunam resucitado por Eliseo; ni del muerto que, habiendo tocado el féretro del mismo profeta, se puso en pie y resucitó; ni de Lázaro, a quien Jesucristo devolvió la vida de tan milagrosa y sorprendente manera. Estas personas vivieron, bebieron, comieron, conversaron con los hombres después, como lo habían hecho antes de su muerte y resurrección.
No es por esta clase de personas por las que aquí nos preguntamos. Hablo, por ejemplo, del Pedro resucitado por Estanislao por unas horas, de las personas a que me
he referido en el tratado de la aparición de los espíritus[14], que han aparecido, hablado y descubierto cosas ocultas, y cuya resurrección no ha sido sino momentánea y solamente para manifestar el poder de Dios, a fin de dar testimonio de la verdad y de la inocencia, o de sostener la creencia de la Iglesia contra herejes obstinados, como se leen diversos ejemplos.
San Martín, estando recién nombrado arzobispo de Tours, concibió cierta sospecha contra un altar que los predecesores obispos habían erigido a un presunto mártir, del que no se conocían ni el nombre ni la historia, y del que ninguno de los sacerdotes ni de los ministros de la capilla podían decir nada con certeza. Se abstuvo durante algún tiempo de ir a ese lugar, que no estaba por otra parte alejado de la ciudad. Hasta que un día se fue allí acompañado de un pequeño número de religiosos y, estando rezando, pidió a Dios que le diese a conocer quién era el que estaba enterrado en ese lugar. Entonces apareció a su izquierda un espectro horroroso e inmundo; y, habiéndole ordenado que le dijese quién era, el espectro le declaró su nombre, y le confesó que era un ladrón muerto por sus crímenes y violencias, y que no tenía nada en común con los mártires. Los que estaban presentes oyeron muy bien lo que decía, pero no lo vieron. San Martín hizo derribar la tumba, y curó al pueblo supersticioso de su ignorancia.
El filósofo Celso, escribiendo contra los cristianos, sostenía que las apariciones de Jesucristo a los apóstoles no eran reales, sino que eran simples sombras que se
aparecían. Orígenes, volviendo contra él su razonamiento[15], le dijo que los paganos relatan diversas apariciones de Esculapio y de Apolo, al que ellos atribuyen el poder de predecir el porvenir. Si se admiten estas apariciones como reales, porque son atestiguadas por algunas personas, ¿por qué no reconocer por verdaderas las de Jesucristo, que son referidas por testigos oculares, y que son creídas por tantos millones de personas?
Relata a continuación esta historia. Aristeas, que era de una de las mejores familias de Proconeso, habiendo un día entrado en la tienda de un batanero, murió allí súbitamente. El batanero, luego de haber bien cerrado la puerta, corrió rápidamente a advertir a los padres del muerto; pero, como la noticia se había expandido en seguida por toda la ciudad, un hombre de Cícico, que venía de Ártace, aseguró que esto no podía ser, porque él se había encontrado con Aristeas en el camino de Cícico y había hablado con él, lo que sostuvo firmemente delante de todo el pueblo de Proconeso.
En esto llegan los padres a casa del batanero con todo lo necesario para llevarse el cuerpo; pero, habiendo entrado en la casa, no encuentran por ningún lado a Aristeas ni muerto ni vivo. Siete años después fue visto de nuevo en Proconeso, y allí hizo los versos que llaman arimaspeos, y desapareció después por segunda vez. Es lo que se cuenta en esas ciudades.
Trescientos cuarenta años después de este acontecimiento, el mismo Aristeas fue visto en Metaponto en Italia, y ordenó a los metapontinos que edificasen un altar a Apolo, y alzasen muy cerca una estatua en honor de Aristeas de Proconeso, añadiendo que eran los únicos de todos los pueblos de Italia que Apolo hubiese honrado con su presencia; y que, por lo que a él se refería, que había acompañado a ese dios bajo la figura de un cuervo; y, habiéndoles así hablado, desapareció.
Los metapontinos enviaron a consultar sobre esta aparición al oráculo de Delfos, que les dijo que siguiesen el consejo que Aristeas les había dado, y que así se encontrarían bien. En efecto, elevaron una estatua a Apolo, que se veía todavía en la
época de Herodoto[16], y al mismo tiempo otra estatua a Aristeas, que se veía en un bosquecillo de laureles, que estaba en medio de la plaza pública de Metaponto. Celso no veía ninguna dificultad en creer todo esto bajo palabra de Herodoto y de Píndaro; y rehusaba creer lo que los cristianos enseñaban de los milagros de Jesucristo narrados en el Evangelio, y sellados con la sangre de los mártires. Orígenes añade: ¿cuál habría podido ser el designio de la providencia, al hacer por este proconesio los milagros de que acabamos de hablar? ¿Qué fruto habría querido ella que los hombres sacasen de ellos? Mientras que lo que los cristianos cuentan de Jesucristo se ha hecho para confirmar una doctrina salvadora del género humano. Hay, pues, que rechazar como fabulosa la historia de Aristeas, o atribuir todo lo que se cuenta en ella a las operaciones del espíritu maligno.