Tratado sobre los vampiros
Capítulo 21
Retorno de un hombre muerto hacía unos meses
PEDRO EL VENERABLE [50] , abad de Cluny, refiere la entrevista que tuvo, en presencia de los obispos de Olerón y de Osma en España, y de varios religiosos, con un anciano religioso llamado Pedro d’Engelbert, que, después de haber vivido mucho tiempo en el siglo, donde había sido célebre por su valor y su sentido del honor, se había retirado después de la muerte de su mujer a la orden de Cluny. Habiendo venido a verlo Pedro el Venerable, Pedro d’Engelbert le contó que, un día que estaba en la cama bien dormido, vio en la habitación, en un claro de luna, a un tal Sancho, que hacía unos años que había enviado a sus expensas en socorro de Alfonso, rey de Aragón, que estaba haciendo la guerra en Castilla. Sancho había regresado de la expedición sano y salvo. Algún tiempo después cayó enfermo y murió en su casa.
Cuatro meses después de su muerte, Sancho se apareció a Pedro d’Engelbert, como hemos dicho. Sancho iba todo desnudo, únicamente con un jirón de ropa cubriendo lo que el pudor quiere que se mantenga oculto. Se puso a remover los tizones del fuego, como para calentarse, o para darse mejor a conocer. Pedro le preguntó quién era. «Yo soy, le respondió con una voz quebrada y ronca, Sancho, vuestro servidor». «¿Y qué vienes tú a hacer aquí?» «Voy, dijo, a Castilla con muchos otros para expiar el mal que hemos hecho durante la última guerra, en el mismo lugar en que lo hemos cometido. En mi caso particular, he robado los ornamentos de una iglesia, y por esto he sido condenado a hacer el viaje. Vos podéis ayudarme mucho con vuestras buenas obras; y vuestra señora esposa, que me debe todavía ocho sueldos de mi salario, me obligará infinitamente si los da a los pobres en mi nombre.»
Pedro le pidió noticias de un tal Pedro de Fais, amigo suyo, que había muerto hacía poco; Sancho le dijo que se había salvado. «Y Bernier, nuestro conciudadano, ¿qué ha sucedido de él?». «Se ha condenado, respondió, por haber abusado de su oficio de juez, y haber dañado y saqueado a la viuda y al inocente». Pedro añadió: «¿Podríais darme novedades de Alfonso, rey de Aragón, muerto hace unos años?». Entonces otro espectro, que Pedro no había visto todavía, y que advirtió distintamente al claro de luna sentado en el vano de la ventana, le dijo: «No le demandéis noticias del rey Alfonso, pues él no puede deciros nada, ya que no lleva suficiente tiempo con nosotros para poder saberlo. Pero yo, que morí hace cinco años, puedo daros algunas noticias. Alfonso ha estado con nosotros durante algún tiempo; pero los monjes de Cluny ya lo han sacado. No sé dónde estará en este momento». Al mismo tiempo, dirigiendo la palabra a su compañero Sancho: «Vamos, le dijo, sigamos a nuestros compañeros, es tiempo de partir». Sancho reiteró sus instancias a su señor Pedro y salió de la casa.
Pedro despertó a su mujer, que estaba acostada a su lado y que no había visto ni oído nada de todo este diálogo, y le preguntó: «¿No debes nada a Sancho, el criado que nos ha servido y que ha muerto hace poco?». «Le debo todavía ocho sueldos», respondió ella. Por estas señas Pedro no dudó de la verdad de lo que Sancho le había dicho, dio a los pobres los ocho sueldos, añadiendo mucho más de lo suyo, e hizo decir misas y oraciones por el alma del difunto. Pedro entonces estaba casado en el mundo; pero, cuando contó esto a Pedro el Venerable, era ya monje de Cluny.
San Agustín cuenta que, habiendo llegado Sila a Tarento[51], ofreció sacrificios a sus dioses, es decir, a los demonios; y habiendo notado encima del hígado de la víctima una especie de corona de oro, el arúspice le aseguró que esta corona era presagio de una victoria cierta, y le dijo que comiese sólo el hígado en que había visto la corona.
Casi al mismo momento, un servidor de Lucio Poncio vino a decirle: «Sila, vengo de parte de la diosa Belona; la victoria es tuya y, en prueba de mi predicción, te anuncio que muy pronto el Capitolio será reducido a cenizas». Inmediatamente el hombre abandonó el campamento con toda premura. Al día siguiente volvió con todavía mayor apresuramiento, y aseguró que el Capitolio había sido incendiado; lo que resultó cierto.
San Agustín no duda que el demonio, que había hecho aparecer la corona de oro en el hígado de la víctima, no haya inspirado al adivino, y que el mismo espíritu maligno, habiendo previsto el incendio del Capitolio, no lo haya hecho anunciar después del acontecimiento por el mismo hombre.
El mismo santo doctor refiere[52], siguiendo a Julio Obsecuente en su Libro de los prodigios, que en los campos de Campania, donde algún tiempo después los ejércitos romanos combatieron durante la guerra civil con tanta animosidad, se escuchó primero un gran estrépito, como de soldados que combaten, y después diversas personas aseguraron haber visto durante varios días como el choque de dos ejércitos; después de lo cual se advirtió en la misma campiña como los vestigios de los combatientes y las huellas de los pies de los caballos, como si el combate se hubiese efectuado realmente. San Agustín no duda que todo esto no sea obra del demonio, que quería tranquilizar a los hombres sobre los horrores de la guerra civil, haciéndoles creer que, al estar sus dioses en guerra entre sí, los hombres no debían moderarse más, ni ser más sensibles a los males que la guerra arrastra consigo.
El abad de Ursperg en su Crónica dice que, en el año 1123 y en el territorio de Worms, se vio durante varios días a multitud de gentes armadas a pie y a caballo, yendo y viniendo con gran estruendo, como si fuesen a una asamblea solemne. Marchaban todos los días hacia la hora de nona a una montaña que parecía ser el lugar de la cita. Alguien de la vecindad más audaz que el resto, y llevando consigo el signo de la cruz, se aproximó a una de las gentes armadas, y le conjuró en el nombre de Dios que le declarase qué significaba ese ejército y cuál era su designio. El soldado o fantasma respondió: «No somos lo que imagináis, ni vanos fantasmas, ni verdaderos soldados; sino que somos las almas de los que han sido muertos en este mismo lugar hace mucho tiempo. Las armas y los caballos que veis son los instrumentos de nuestro suplicio, como lo han sido de nuestros pecados. Todos estamos ardiendo, aunque no veáis nada en nosotros que aparezca inflamado». Dicen que reconocieron entre ellos al conde Emico, al que habían matado hacía pocos años, y que declaró que podían sacarlo de ese estado por medio de limosnas y de oraciones.
Tritemio, en su Crónica de Hirsauge, dice que, un cierto día del año 1013[53], se vio en pleno día a un ejército de caballería e infantería descender de una montaña y colocarse en la llanura colindante. Les hablaron y les conjuraron; declararon que eran las almas de los que pocos años antes habían muerto con las armas en la mano en ese mismo lugar.
El mismo Tritemio cuenta en otra ocasión [54] la aparición en los campos con su jauría de perros del conde de Spanheim, muerto hacía algún tiempo. El conde habló con el párroco y le pidió que rezase por él.
Vipert, arcediano de la iglesia de Toul, autor coetáneo de la vida del santo Papa
León IX, muerto en 1059, cuenta[55] que, unos años antes de la muerte del Santo Pontífice, vieron pasar por la ciudad de Narni a una multitud infinita de gentes vestidas de blanco, que avanzaban del lado este. El tropel estuvo desfilando desde la mañana hasta las tres de la tarde; pero al atardecer disminuyó notablemente. Toda la ciudad de Narni subió a las murallas a ver el espectáculo, temiendo que fuesen tropas enemigas, y contempló el desfile con extrema sorpresa.
Un burgués más resuelto que los demás salió de la ciudad y, habiendo advertido en la multitud a un conocido suyo, lo llamó por su nombre y le preguntó qué significaba esa multitud de viajeros; a lo que el otro le respondió: «Somos almas que, no habiendo expiado todavía todos nuestros pecados y no siendo por tanto bastante puros para entrar en el reino de los cielos, vamos así con espíritu de penitencia a los santos lugares; actualmente venimos de visitar la tumba de san Martín, y vamos ahora a Nuestra Señora de Farse». El hombre se asustó de tal modo con la visión, que estuvo enfermo durante un año entero. Él mismo lo contó al Papa León IX. Toda la ciudad de Narni fue testigo de la procesión, que tuvo lugar en pleno día.
La noche que precedió a la batalla que se dio en Egipto entre Marco Antonio y
César[56], mientras que toda la ciudad de Alejandría era presa de una extrema inquietud aguardando la acción que se avecinaba, vieron en la ciudad como a una multitud de gentes, que gritaban y aullaban como en las Bacanales, y escucharon el son confuso de todo tipo de instrumentos en honor de Baco, como Marco Antonio tenía costumbre de celebrar esa clase de fiestas. El tropel, después de haber recorrido gran parte de la ciudad, se salió por la puerta que conducía al enemigo y después desapareció.
Esto es todo lo que ha venido a mi conocimiento sobre el hecho de los vampiros y de los revinientes de Hungría, Moravia, Silesia y Polonia, y sobre los otros revinientes de Francia y de Alemania. Más adelante comentaremos la realidad y las demás circunstancias de este tipo de redivivos o de resucitados.
Pero antes he aquí otra especie no menos maravillosa; se trata de los excomulgados que salen de la iglesia y de las tumbas con sus cuerpos, y no vuelven a entrar hasta que el sacrificio haya concluido.