Tratado sobre los vampiros
Capítulo 11
Razonamientos del autor de las Cartas judías sobre los
revinientes
HAY DOS MEDIOS DIFERENTES para acabar con la creencia en los pretendidos revinientes, y para mostrar la imposibilidad de los efectos que se atribuyen a cadáveres enteramente privados de sensibilidad. El primero consiste en explicar por causas físicas todos los prodigios del vampirismo; el segundo en negar totalmente la verdad de esas historias, y este último partido es sin duda el más cierto y el más razonable. Pero, como hay personas para las que la autoridad de un certificado oficial expedido sobre el terreno parece una demostración evidente de la realidad del cuento más absurdo, antes de mostrar qué poco caso uno debe hacer de todas las formalidades de la justicia en las materias que únicamente conciernen a la filosofía, supondré por un momento que realmente diversas personas mueren del mal que califican de vampirismo.
Pongo primeramente el principio de que puede suceder que haya cadáveres que, aunque lleven enterrados varios días, expandan una sangre fluida por los conductos de su cuerpo. Añado además que es muy posible que ciertas gentes se figuren que son chupadas por los vampiros, y que el miedo que les causa esta imaginación haga en ellos una revolución tan violenta que les quita la vida. Estando ocupados toda la jornada con el miedo que les inspiran esos pretendidos revinientes, ¿resulta tan extraordinario que, durante el sueño, las ideas de esos fantasmas se presenten a su imaginación y les causen un terror tan violento que algunos hasta mueran al instante, y otros poco tiempo después? ¿Cuántas gentes no se han visto que hayan expirado al instante de miedo? La alegría incluso ¿no ha llegado a producir también a veces un efecto funesto?
He visto en los diarios de Leipzig[24] el resumen de una obrita titulada Philosophicae et christianae cogitationes de vampiriis, à Joanne Christophoro Herenbergio, o sea Pensamientos filosóficos y cristianos sobre los vampiros, por Juan Cristóbal Herenberg, publicada en Gérolferliste en 1733, en 8°. El autor cita a un número bastante grande de escritores que ha tratado ya esta materia; habla al pasar de un espectro que se le apareció a él mismo en pleno mediodía; sostiene que los vampiros no causan la muerte de los vivos, y que todo aquello de que se les culpa no debe ser atribuido más que a las turbadas imaginaciones de los enfermos; prueba con diversas experiencias que la imaginación es capaz de causar grandes perturbaciones en el cuerpo y en los humores; muestra que en Esclavonia se empalaba a los asesinos, y se atravesaba el corazón del culpable con una estaca que se le clavaba en el pecho; que se ha dado el mismo castigo a los vampiros, al suponerlos autores de la muerte de aquellos a los que se dice que han chupado la sangre. Da algunos ejemplos del suplicio que se les ha dado, uno del año 1337 y otro del 1347. Habla de la opinión de los que creen que los muertos comen en la tumba, creencia cuya antigüedad intenta probar citando a Tertuliano, al comienzo de su libro sobre la resurrección, y a san Agustín, 1. 8, c. 27 de La ciudad de Dios y el sermón 15 sobre los santos.
He aquí más o menos el resumen de la obra del señor Herenberg sobre los
vampiros. El pasaje que cita de Tertuliano[25] prueba muy bien que los paganos ofrecían alimentos a sus muertos, incluso a aquellos cuyo cuerpo habían quemado, en la creencia de que sus almas los comían: defunctis parentant, et quidem impensissimo studio, pro moribus eorum, pro temporibus esculentorum, ut quos sentire quicquam
negant, escam desiderare praesumant[26]; esto no concierne más que a los paganos.
Pero san Agustín en diversos lugares habla de la costumbre de los cristianos, sobre todo de los de África, de llevar carne y vino a las tumbas para hacer comidas de devoción, a las que se invitaba a los pobres, en favor de los cuales eran principalmente instituidas las ofrendas. Esta práctica está fundada en el pasaje de Tobías: «Pon tu pan y tu vino sobre las tumbas de los justos y no lo des a los
pecadores»[27] [28] . Santa Mónica, madre de san Agustín, queriendo hacer en Milán lo que tenía la costumbre de hacer en África, san Ambrosio, obispo de Milán, testimonió que no aprobaba la práctica, que por otra parte era desconocida en su iglesia; la santa se abstuvo de llevar una cesta con frutas y vino, de los que gustaba muy sobriamente con las que la acompañaban, dando lo demás a los pobres. San Agustín hace notar en el mismo lugar que algunos cristianos intemperantes abusaban de las ofrendas para beber vino con exceso: ne ulla occasio se ingurgitandi daretur
ebriosis[29].
San Agustín[30] luchó tanto, sin embargo, con sus amonestaciones y predicaciones, que desarraigó por completo la costumbre, bastante común en toda
África y de la que se abusaba generalmente. En los libros de La ciudad de Dios[31] reconoce que el uso ni es general ni está aprobado por la Iglesia; y que los que lo siguen se limitan a ofrecer alimento en las tumbas de los mártires, a fin de que por sus méritos las ofrendas sean santificadas, después de lo cual se las llevan y las emplean para su alimentación y la de los pobres: quicumque suas epulas eò deferunt, quod quidem à melioribus christianis non fit, et in plerisque terrarum nulla talis est consuetudo; tamen quicumque id faciunt, quas cùm apposuerint, orant, et auferunt, ut vescantur, vel ex eis etiam indigentibus largiantur. Parece, por dos sermones que se
han atribuido a san Agustín[32], que en otro tiempo la costumbre se había introducido en Roma; pero no ha subsistido allí, sino que fue ridiculizada y condenada.
En consecuencia, si fuese verdad que los muertos comiesen en la tumba, y que tuviesen ganas o necesidad de comer, como lo creían aquellos de que habla Tertuliano, y como parece que se puede inferir de la práctica de llevar carne, frutas y vino a las tumbas de los mártires y de los cristianos; creo incluso tener pruebas ciertas de que en algunos lugares se ponía al alcance de los cuerpos de los muertos enterrados en los cementerios o en las iglesias, carne, vino y otros licores. Tengo en nuestro museo varios vasos de arcilla y de vidrio, y hasta platos en los que se ven huesecillos de cerdo y de aves, todo ello encontrado hace mucho tiempo bajo tierra en la iglesia de la Abadía de san Mansuny cerca de la ciudad de Toul.
Se me ha hecho notar que estos monumentos encontrados bajo tierra estaban sepultados en una tierra virgen, que no había sido nunca removida, y cerca de ciertos vasos o urnas llenos de cenizas y de trozos de huesos que no se habían consumido por las llamas; y como sabemos que los cristianos no quemaban a sus muertos, y que los vasos en cuestión estaban colocados debajo del terreno removido en el que se encuentran las tumbas de los cristianos, se ha inferido con bastante probabilidad que los vasos, los alimentos y la bebida que se enterraba a su lado estaban destinados no a los cristianos, sino a los paganos. Éstos al menos sí que creían que los muertos
comiesen en la otra vida. No podemos dudar que los antiguos galos[33] no estuviesen persuadidos de ello; se les ve a menudo representados en sus tumbas con botellas en la mano, y con cestos llenos de fruta y otros comestibles, o con vasos y cubiletes de
bebida[34]. Se llevaban incluso los contratos y obligaciones de lo que les debían para que se lo pagasen en los infiernos. Negotiorum ratio, etiam exactio crediti deferebatur ad inferos.
En consecuencia, si creían que los muertos comían en la tumba, que podían volver, visitar, consolar, instruir, inquietar a los vivos, y predecirles su muerte próxima, entonces el retorno de los vampiros no es ni imposible ni increíble para las ideas de los antiguos.
Pero como todo lo que se dice de los muertos que comen en la tumba o fuera de ella es quimérico y sin ninguna verosimilitud, como la cosa es incluso imposible e increíble, fuere cual fuese el número y la calidad de los que la han creído o parecido creerla, siempre mantendré que el retorno de los vampiros es insostenible e impracticable.