Tratado sobre los vampiros

Augustin Calmet · Capítulo 15 de 66

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Tratado sobre los vampiros

Capítulo 12

 

Continuación del razonamiento del Espigador holandés

 

EXAMINANDO LA NARRACIÓN de las muertes de los pretendidos mártires del vampirismo, descubro los síntomas de un fantismo epidémico, y veo claramente que la impresión que el miedo hace sobre ellos es la verdadera causa de su pérdida. Una tal Stanoska, hija, según dicen, del heiduque Sovitzo, que se había acostado en perfecta salud, se despertó en medio de la noche toda temblando y gritando espantosamente, diciendo que el hijo del heiduque Millo, muerto nueve semanas antes, había estado a punto de estrangularla mientras dormía. A partir de ese momento no hizo más que languidecer, y al cabo de tres días murió.

Para cualquiera que tenga una mirada por poco que sea filosófica, esta sola narración ¿no debía mostrarle que ese pretendido vampirismo no es más que una imaginación alterada? He aquí a una muchacha que se despierta, que dice que han querido estrangularla, y que sin embargo no ha sido chupada porque sus gritos han impedido al vampiro hacer su colación. Al parecer tampoco lo ha sido después, porque sin duda no la han dejado sola las noches siguientes, y si el vampiro hubiese pretendido molestarla, sus quejas hubiesen advertido a los asistentes. Sin embargo muere tres días después. Su terror y abatimiento, la tristeza y languidez que manifiesta advierten con toda evidencia cuánto estaba alterada su imaginación.

Aquellos que se han encontrado en las ciudades afligidas por la peste saben por experiencia a cuántas gentes el temor cuesta la vida. Desde el momento en que un hombre se siente afligido del menor mal, se figura que ha sido alcanzado por la epidémica enfermedad, y se efectúa en él un movimiento tan turbulento que resulta casi imposible que resista esta revolución. El caballero de Maisin me aseguró, cuando yo estaba en París, que, encontrándose en Marsella durante la epidemia que reinaba en la ciudad, había visto morir a una mujer del miedo que le provocó una bastante ligera enfermedad de una criada suya, que creía que había sido alcanzada por la peste; la hija de esta mujer se puso también enferma hasta la muerte.

Otras personas que estaban en la misma casa cayeron también enfermas; enviaron a buscar un médico, y aseguraban que tenían la peste. Llegado el médico, visitó primeramente a la criada y luego a los demás enfermos, pero ninguno tenía la enfermedad; se esforzó por devolver la calma a sus espíritus, y les ordenó que se levantasen y que hiciesen vida normal; pero todos sus cuidados fueron inútiles con la señora de la casa, que murió de solo terror dos días después.

Considerad la segunda narración de la muerte de un vampiro pasivo, y tendréis las pruebas más evidentes de los terribles efectos del miedo y de los prejuicios; mirad anteriormente el capítulo IX. El hombre, tres días después de haber sido enterrado, se aparece durante la noche a su hijo, le pide de comer, come y desaparece. Al día siguiente el hijo cuenta a sus vecinos lo que le ha sucedido. Esa noche el padre no se aparece; pero la noche siguiente encontraron al hijo muerto en la cama. ¿Quién no ve en este relato las pruebas más ciertas de la prevención y del temor? La primera vez que actúan sobre la imaginación de la presunta víctima del vampirismo no producen todavía el efecto completo, y no hacen más que predisponer su espíritu a que sea más susceptible de ser vivamente impresionado; lo que no faltó de suceder y de producir el efecto que naturalmente debía seguirse. Advertid que el muerto no vuelve la noche del día en que el hijo comunicó su sueño a sus amigos, porque, según todas las apariencias, éstos estuvieron velando con él, y le impidieron sucumbir al miedo.

Llego ahora a esos cadáveres llenos de sangre fluida cuya barba, cabellos y uñas siguen creciendo. Se pueden descontar los tres cuartos de esos prodigios; aun así, tengamos la bondad de admitir una pequeña parte. Todos los filósofos conocen demasiado bien cómo el pueblo, e incluso algunos historiadores, aumentan las cosas que parezcan por poco que sea extraordinarias. Sin embargo, no resulta imposible explicar físicamente la causa de ello.

La experiencia nos enseña que algunos terrenos resultan particularmente adecuados para conservar los cuerpos en toda su frescura. Las razones han sido explicadas a menudo, sin que valga la pena volver sobre ello. Se encuentra en Toulouse una cueva en la iglesia de un monasterio, donde los cuerpos permanecen tan perfectamente en su integridad que hay algunos que llevan allí casi dos siglos y, sin embargo, parecen vivos.

Se les ha colocado de pie contra el muro y con la indumentaria habitual. Lo más chocante es que los cuerpos que se ponen del otro lado de la misma cueva se convierten en dos o tres días en pasto de los gusanos.

En cuanto al crecimiento de las uñas, los cabellos y la barba, es cosa que se percibe muy a menudo en diversos cadáveres. Mientras quede todavía mucha humedad en el cuerpo no tiene nada de sorprendente que, por algún tiempo, se vean algunos aumentos en partes que no exigen la conservación de los espíritus vitales.

La sangre fluida, corriendo por los canales del cuerpo, parece ofrecer una mayor dificultad; pero pueden darse razones físicas de este flujo. Podría muy bien suceder que, recalentando el calor del sol, las partes nitrosas y sulfurosas que se encuentran en los terrenos aptos para conservar los cuerpos, y habiéndose incorporado estas partes en los cadáveres recién enterrados, empiecen a fermentar, descuajen la sangre coagulada, la vuelvan líquida, y le permitan así fluir poco a poco por los canales.

Esta opinión es tanto más probable cuanto que está confirmada por una experiencia. Si se hace hervir en una vasija de vidrio o de barro una parte de quilo o de leche mezclada con dos partes de aceite de tártaro, el licor pasará de blanco a rojo, porque la sal de tártaro habrá rarificado y disuelto por completo la parte más aceitosa de la leche, convirtiéndola en una especie de sangre. La que se forma en los vasos sanguíneos del cuerpo es un poco más roja; pero no es más espesa. No es, pues, imposible que el calor provoque una fermentación que produzca aproximadamente los mismos efectos que esta experiencia; lo que se encontrará mucho más factible si se considera que los jugos de las carnes y de los huesos se parecen mucho al quilo, y que las grasas y las médulas son las partes más aceitosas del mismo. En consecuencia, todas estas partes, al fermentar, deben por la misma regla convertirse en una especie de sangre. Así, además de la que sería descoagulada y descuajada, los presuntos vampiros expandirían todavía la que se formaría al derretirse las grasas.