Tratado sobre los vampiros

Augustin Calmet · Capítulo 31 de 66

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Tratado sobre los vampiros

Capítulo 28

 

Razonamientos sobre los excomulgados que salen de las

iglesias

 

TODO LO QUE VENIMOS de referir de los cuerpos de las personas excomulgadas que se veían que salían de sus tumbas durante la misa, y que volvían a entrar acabado el santo sacrificio, merece que le dediquemos una atención particular. Parece que no se puede negar ni contestar una cosa que sucedía a los ojos de todo un pueblo, en pleno día, en medio de los más temibles misterios. Sin embargo nos podemos preguntar cómo salían esos cuerpos. ¿Estaban enteros o ya descompuestos, desnudos o vestidos, y, si vestidos, con sus propias vestiduras o con las mortajas que los habían envuelto en la tumba? ¿Adónde iban?

La causa de su salida está bien resaltada; era la excomunión mayor. Esta pena no

se otorga más que por un pecado mortal[78]; esas personas habían, pues, muerto en pecado mortal y, en consecuencia, estaban condenadas en el infierno; pues, si no se tratase más que de una excomunión menor y regular, ¿por qué salir de la iglesia después de muertos, de una forma tan terrible y tan extraordinaria, teniendo en cuenta que esa excomunión eclesiástica no priva en absoluto de la comunión de los fieles ni de la entrada en la iglesia?

Si sostenemos que la culpa había sido perdonada, pero que no había sido levantada la pena de excomunión, y que las personas permanecían excluidas de la comunión de la iglesia hasta que el juez eclesiástico les hubiese dado la absolución, entonces hay que preguntarse si, a menos que se tengan pruebas inequívocas de su penitencia y de su conversión, que hayan precedido a su muerte, se puede absolver a un muerto y reintegrarlo en la comunión de la iglesia.

Además, las personas cuyos ejemplos acabamos de referir, no parece que hayan estado libres de culpa, como podríamos suponer. Los textos que hemos citado ponen bien de manifiesto que habían muerto con sus pecados; y lo que dice san Gregorio Magno en el lugar citado de sus Diálogos, respondiendo a su interlocutor Pedro, supone que las religiosas habían muerto sin haber hecho penitencia.

Por otra parte es una regla constante en la Iglesia que no se puede comunicar, ni estar en comunión con un muerto, cuando no se ha estado en comunión con él mientras vivía. Quibus viventibus non communicavimus, mortuis communicare non

possumus, dice el Papa san León[79]. Se conviene sin embargo con que una persona excomulgada que haya dado pruebas de una sincera penitencia, aunque no haya

tenido tiempo de confesarse, puede ser reconciliada con la Iglesia[80] y recibir sepultura eclesiástica después de su muerte. Pero, en general, antes de recibir la absolución de los pecados, hay que recibir la absolución de las censuras y de la excomunión, si se ha incurrido en ella: Absolutio ab excommunicatione debet praecedere excommunicationem à prucatis; quia quandiu aliquis est excommunicatus,

non potest recipere aliquod ecclesiae sacramentum, dice santo Tomás[81].

Según esta decisión, habría que absolver a esas personas de la excomunión, antes de que pudiesen recibir la absolución de la culpa por sus pecados. Aquí, al contrario, se les supone absueltos de la culpa de sus pecados, para poder recibir la absolución de las censuras.

No veo cómo puedan resolverse estas dificultades: 1.° ¿Cómo absolver a un muerto? 2.° ¿Cómo absolverlo de la excomunión, antes de que haya recibido la absolución por sus pecados? 3.° ¿Cómo absolverlo sin que pida la absolución, ni parezca que la haya pedido? 4° ¿Cómo absolver a unas personas que mueren en pecado mortal y sin haber hecho penitencia? 5.°¿Por qué esos excomulgados vuelven a sus tumbas después de la misa? 6.° Si no se atrevían a quedarse en la iglesia durante la misa, ¿es que eran más dignos antes que después del sacrificio?

Parece cierto que tanto las religiosas como el joven religioso de que habla el Papa san Gregorio habían muerto con sus pecados y sin haber recibido la absolución. San Benito probablemente no era sacerdote, y no los había absuelto de sus pecados.

Se podrá decir que la excomunión de que habla san Gregorio no era mayor, y en ese caso el santo abad podía absolverlos; pero esta excomunión menor y regular ¿merecía que saliesen así de una manera tan milagrosa y sorprendente de la iglesia? Los excomulgados por san Gotardo y el gentilhombre mencionado en el Concilio de Limoges de 1031 habían muerto impenitentes y en la excomunión, y en consecuencia en pecado mortal, y sin embargo se les concede la paz y la absolución, incluso después de la muerte al simple ruego de sus amigos.

El joven anacoreta de que hablan las Intrigas de los griegos, que, por haber abandonado su celda por inconstancia y desobediencia, había incurrido en excomunión, ¿ha podido recibir en ese estado la corona del martirio? Y, si la ha recibido, ¿no se ha reconciliado con la Iglesia en ese mismo instante? ¿No ha lavado al falta con su sangre? Y, si su excomunión no era sino regular y menor, ¿merecía que, a pesar del martirio, todavía lo excluyesen después de su muerte de la presencia en los santos misterios?

Si los hechos son tales como los cuentan, no veo otro medio de explicarlos que sostener que la historia no nos ha conservado las circunstancias que les han valido la absolución a esas personas, y debemos presumir que los santos, sobre todo los obispos que los han absuelto, conocían las reglas de la Iglesia y no han hecho en esto más que ajustarse a lo que prescribían los cánones.

Pero resulta de todo lo que acabamos de decir que, como los cuerpos de los malvados se retiran de la compañía de los santos por un sentimiento de veneración y de la conciencia de su propia indignidad, del mismo modo los cuerpos de los santos se separan de los malvados por motivos opuestos, para que no parezca que tienen ninguna relación con ellos, incluso después de la muerte, ni que aprueban su mala vida. En fin, si es cierto lo que acabamos de contar, los justos mismos y los santos tienen deferencias los unos por los otros y se conceden honores en la otra vida, lo que resulta bastante probable.

Vamos a ver unos ejemplos que parecen volver equívoca e incierta la prueba que se extrae de la incorruptibilidad del cuerpo de un hombre de bien para establecer su presumible santidad, porque se sostiene que los cuerpos de los excomulgados no se descomponen en la tierra, hasta que les hayan levantado la excomunión fulminada contra ellos.