Tratado sobre los vampiros

Augustin Calmet · Capítulo 57 de 66

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Tratado sobre los vampiros

Capítulo 54

 

Las tradiciones de los paganos sobre la otra vida

provienen de los hebreos y de los egipcios

 

TODAS ESTAS TRADICIONES se ven claramente en Homero, Virgilio y en los demás autores griegos y latinos; procedían sin duda originariamente de los hebreos, o, más bien, de los egipcios, de los que los griegos tomaron su religión, adaptándola a su

gusto. Los hebreos hablan de los réphaïms[184], unos gigantes impíos «que gimen

bajo las aguas». Salomón dice[185] que los malos descenderán con los réphaïms.

Isaías, al describir la llegada del rey de Babilonia a los infiernos, dice[186] «que los gigantes se han levantado para venir a recibirlo con honores, y le han dicho: “¿También a ti te han debilitado las plagas como a nosotros? Tu orgullo se ha precipitado en el infierno; tu lecho será la podredumbre, y los gusanos serán tu cobertura”».

Ezequiel describe[187] igualmente el descenso del rey de Asiria a los infiernos: «El día que Asuero descendió a los infiernos ordené un luto general, cerré sobre él el abismo, y detuve el curso de los ríos. Hete aquí al fin reducido al fondo de la tierra con los árboles del Edén; allí dormirás con todos los que han muerto por la espada;

allí se encuentra el faraón con todo su ejército», etc. En el evangelio[188] «hay un gran abismo entre el seno de Abraham y donde mora el rico epulón» y los semejantes a él.

Los egipcios llamaban Amenthés, es decir, el que recibe y da, a lo que los griegos llamaban Hades o infierno, o reino de Hades o de Plutón. Creían que Amenthés recibía las almas de los hombres cuando morían, y se las devolvía cuando regresaban al mundo; que a la muerte del hombre su alma pasaba al cuerpo de otro animal por la metempsicosis, primeramente al de un animal terrestre, después al de un animal acuático, luego al de un pájaro, y, en fin, después de haber animado todo tipo de animales, volvía a entrar al cabo de tres mil años en el cuerpo de un hombre.

Es de los egipcios que Orfeo, Homero y los demás griegos tomaron la creencia de la inmortalidad del alma, así como el antro de las ninfas descrito por Homero, que dice que tiene dos puertas, una al norte, por la cual las almas entran en el vacío, y otra al mediodía, por donde salen de la morada de las ninfas.

Un cierto Tespesio, nativo de Solos en Cilicia, muy conocido de Plutarco [189], y que, habiendo pasado gran parte de su vida en el libertinaje, se había arruinado por completo, se puso, para ganarse la vida, a ejercer toda clase de infames oficios, y se desempeñó tan bien en ellos que llegó a reunir una pequeña fortuna; pero a costa de perder absolutamente la reputación. Habiendo enviado a consultar al oráculo de Anfiloquia, le respondieron que sus asuntos irían mejor después de la muerte. Poco tiempo después se cayó desde lo alto de su casa, se rompió el cuello y se murió. Tres días después, cuando iban a hacer los funerales, resucitó, y cambió tan radicalmente de vida que no se conocía a nadie en Cilicia que fuese más piadoso ni más hombre de bien que él.

Cuando le preguntaban la razón de semejante cambio, decía que en el momento de la caída había sentido lo mismo que un piloto que cayese desde lo alto de la tilla al mar; que después su alma se sintió elevada hasta las estrellas, cuya inmensa grandeza y brillo admirable estuvo admirando; que las almas, al salir del cuerpo, se izan en el aire, y entran en una especie de globo o de torbellino inflamado, al escapar del cual unas se elevan hacia lo alto con una rapidez increíble, y otras piruetean en el aire y se mueven en diversos sentidos, tanto hacia arriba como hacia abajo. La mayoría le parecían muy confusas, y lanzaban gemidos y gritos espantosos; las otras, en menor número, se elevaban y se regocijaban con sus semejantes. En fin, supo que Adrastea, hija de Júpiter y de la Necesidad, no dejaba nada sin castigo, y que trataba a cada uno según sus merecimientos. Explica esto con gran detalle, y narra los diversos suplicios con los que los criminales son atormentados en la otra vida.

 

Dante y Virgilio en el infierno, de Eugène Delacroix.

 

Agrega que un conocido suyo le había dicho: «Tú no estás muerto; pero por el permiso de Dios tu alma ha venido a este lugar, dejando todas sus facultades ilesas en tu cuerpo». Al final fue reintegrado en su cuerpo como por un canal, y sintió como si un aliento impetuoso lo impulsase.

Podemos hacer sobre este relato dos reflexiones: la primera, sobre el alma que dejó su cuerpo por tres días, para volver después y seguir animándolo; la segunda, sobre la certeza del oráculo, que prometió a Tespesio una vida más feliz cuando hubiese muerto.

En la guerra de Sicilia[190] entre César y Pompeyo, Gabinio, comandante de la flota de César que había sido apresado, fue decapitado por orden de Pompeyo. Permaneció todo el día al borde del mar, su cabeza únicamente unida al cuerpo por un débil hilo. A la tarde rogó que hiciesen venir a Pompeyo o a alguno de los suyos, porque venía de los infiernos y tenía cosas importantes que comunicarle. Pompeyo envió a algunos de sus partidarios, a los que Gabinio declaró que la causa y el partido de Pompeyo habían agradado a los dioses de los infiernos, y que triunfaría en todo según sus deseos; que le habían ordenado que se lo anunciase, y, añadió, «en prueba de la verdad de lo que digo, debo morir en seguida», lo que, en efecto, sucedió. Pero no vemos que el partido de Pompeyo haya triunfado; sabemos, al contrario, que sucumbió, y que César fue el victorioso. Pero el dios de los infiernos, es decir, el demonio, lo encontraba muy bueno desde su punto de vista, ya que le enviaba tantas desgraciadas víctimas de la venganza y de la ambición.