Tratado sobre los vampiros
Capítulo 35
Ejemplos de fantasmas que se han aparecido vivos y que
han dado diversas señales de vida
LE LOYER, EN SU LIBRO [104] de los espectros, sostiene que el demonio puede provocar movimientos extraordinarios e involuntarios en los posesos. Puede, en consecuencia, con el permiso de Dios, darle el movimiento a un hombre muerto e insensible.
Refiere el ejemplo de Policleto, magistrado de Etolia, que se apareció al pueblo de Lócrida nueve o diez meses después de su muerte para pedirles que le mostrasen a su hijo, que era monstruoso y que querían quemar con su madre. Como los locrenses, a pesar de las reconvenciones del espectro de Policleto, persistiesen en su resolución, Policleto cogió al niño, le despedazó y lo devoró, no dejando más que la cabeza, sin que el pueblo pudiese hacer nada por impedirlo: después de lo cual desapareció. Los etolios querían enviar a consultar al oráculo de Delfos; pero la cabeza del niño empezó a hablar y a predecirles las desgracias que debían sucederle a su patria y a su propia madre.
Después de la batalla habida entre el rey Antíoco y los romanos, un oficial llamado Buptages, que había quedado muerto en el campo de batalla con doce heridas mortales, se levantó de repente y se puso a amenazar a los romanos con los males que debían sucederles por parte de los pueblos extranjeros que iban a destruir el imperio romano. En particular señaló que vendrían de Asia unos ejércitos para asolar Europa, lo que podía indicar la irrupción de los turcos en las tierras del imperio romano.
Después de esto, Buptages se subió a un roble y predijo que lo iba a devorar un lobo, lo que sucedió. Después de que el lobo hubo devorado el cuerpo, todavía habló la cabeza a los romanos y les prohibió que le diesen sepultura. Todo esto parece sumamente increíble, y no se cumplió, pues no fueron los pueblos de Asia, sino los del Norte, los que hundieron el imperio romano.
En la guerra de Augusto contra Sexto Pompeyo, hijo del gran Pompeyo [105], cortaron la cabeza por orden del joven Pompeyo a un soldado de Augusto llamado Gabinio, pero de tal suerte que todavía la cabeza permaneció unida al cuello por un leve hilo. Al anochecer oyeron quejarse a Gabinio. Acudieron. Gabinio dijo que había vuelto de los infiernos para descubrirle a Pompeyo cosas muy importantes. Pompeyo juzgó que no valía la pena venir; se limitó a enviar a alguno de sus gentes, al que Gabinio declaró que los dioses de lo alto habían cumplido los destinos de Pompeyo y que triunfaría en sus designios. En seguida que hubo hablado así, quedó muerto en el acto. Tampoco se cumplió esta predicción. Pompeyo fue vencido, y César se llevó toda la victoria.
Habiendo muerto cierta charlatana, un mago de la pandilla le puso bajo las axilas un sortilegio que le devolvió el movimiento; pero otro mago que lo había visto exclamó que no era más que una vil carroña, y en el acto se murió y apareció lo que ella era en efecto.
Habiendo poseído varios diablos a Nicolasa Aubri, natural de Vervins, uno de los diablos, llamado Baltazo, cogió de la horca el cuerpo de un ahorcado cerca de la llanura de Arlon, y con el cuerpo vino al encuentro del marido de Nicolasa Aubri, al que prometió librar a su mujer de la posesión si quisiera dejarle pasar la noche con ella. El marido consultó al maestro de la escuela, que se entrometía a exorcizar, y que le dijo que se guardase muy mucho de conceder lo que se le pedía. Habiendo entrado en la iglesia el marido y Baltazo, la mujer posesa lo llamó por su nombre e inmediatamente Baltazo desapareció. Conjurando el maestro de escuela a la posesa, Belzebut, uno de los demonios, reveló lo que hubiese hecho Baltazo, el cual, si el marido le hubiese concedido lo que le pedía, se hubiese llevado a Nicolasa Aubri en cuerpo y alma.
Le Loyer refiere todavía[106] cuatro ejemplos más de gentes a las que el demonio pareció que devolvía la vida para satisfacer la pasión brutal de dos amantes.
Fresco de Luca Signorelli sobre el Juicio Final, pintado entre 1499 y 1505 en el duomo de Orvieto e
inspirado en la Divina Comedia de Dante.