Tratado sobre los vampiros

Augustin Calmet · Capítulo 52 de 66

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Tratado sobre los vampiros

Capítulo 49

 

Ejemplo de un tal Curma devuelto al mundo

 

SAN AGUSTÍN CUENTA [160] a este respecto que habiendo caído enfermo un campesino llamado Curma, que tenía un pequeño empleo en el pueblo de Tulia cerca de Hipona, estuvo durante algunos días sin sentido y sin decir palabra, pero conservando un leve resto de aliento y de respiración que impidieron que lo enterrasen. Al cabo de varios días empezó a abrir los ojos, y envió a que preguntasen lo que pasaba en casa de otro campesino del mismo lugar llamado también Curma como él. Le dijeron que acababa de expirar en el mismo instante en que él había vuelto en sí y resucitado de su profundo entumecimiento.

Entonces empezó a hablar y a contar lo que había visto y oído; que no era Curma

el Curial[161] sino Curma el Herrador al que debían llevarse; añadía que, entre aquellos que había visto tratar de diferentes formas, había reconocido a algunos conocidos suyos que habían fallecido, y a otros eclesiásticos todavía vivos que le habían aconsejado que viniese a Hipona para que lo bautizase el obispo Agustín; que, siguiendo su consejo, había recibido el bautismo en visión, después de lo cual lo habían llevado al paraíso, pero que no había permanecido allí mucho tiempo, pues le habían dicho que, si quería permanecer, era preciso que lo bautizasen. Había respondido: «Ya estoy bautizado». Pero le dijeron que eso había sido en visión, y que tenía que ir a Hipona para recibir realmente el sacramento. Vino una vez que estuvo curado, y lo bautizaron con los otros catecúmenos.

San Agustín no fue informado de esta aventura más que unos dos años después. Envió a buscar a Curma y supo de sus labios lo que acabo de contar. En consecuencia, es cierto que Curma no vio con los ojos corporales nada de lo que contempló en visión; ni la ciudad de Hipona, ni al obispo Agustín, ni a los eclesiásticos que le aconsejaron que se bautizase, ni a las personas vivas y muertas que vio y que reconoció. Podemos, pues, creer que son efectos de la potencia de Dios, que se sirve del ministerio de los ángeles para advertir, consolar y atemorizar a los mortales, según la profundidad de sus juicios.

San Agustín se pregunta a continuación si los muertos tienen conocimiento de lo que pasa en esta vida. Él lo duda, y muestra que al menos no tienen ningún conocimiento de ello por las vías ordinarias y naturales. Señala que se dice que Dios

se llevó del mundo, por ejemplo, a Josías[162], a fin de que no fuese testigo de los males que debían sucederle a su nación; y que todos los días decimos que Fulano es feliz de haberse ido del mundo y no sufrir los males que le han sucedido a su familia o a su patria. Por tanto, si los muertos no saben lo que pasa en el mundo, ¿cómo pueden apenarse porque sus cuerpos estén enterrados o no? ¿Cómo los santos pueden oír nuestras plegarias, y por qué pedimos su intercesión?

Por consiguiente es verdadero que los muertos puedan conocer lo que pasa en la tierra, o por el ministerio de los ángeles, o por el de los muertos que llegan al otro mundo, o por la revelación del espíritu de Dios, que les descubre lo que juzga a propósito y lo que es conveniente que conozcan. Dios puede también a veces enviar a hombres muertos hace mucho tiempo a los vivos, como permitió que Moisés y Elías se apareciesen en la Transfiguración del Señor, y como una infinidad de santos se han aparecido a los vivos. La Iglesia siempre ha enseñado y practicado la invocación a los santos, lo que supone que oigan nuestras plegarias, que se conmuevan por nuestras necesidades y que puedan ayudarnos con su intercesión. Pero la manera cómo todo esto se haga no está distintamente conocida; ni la razón ni la revelación nos suministran nada con certeza sobre los medios de que Dios se complace servirse para descubrirles nuestras necesidades.

Luciano, en su diálogo titulado Philopsendés o El amante de la mentira,

cuenta[163] algo semejante. Un tal Éucrates que había sido conducido a los infiernos fue llevado en presencia de Plutón, que se enfadó con el que se lo presentaba y le dijo: «Éste no ha acabado todavía su carrera, su turno no le ha llegado todavía. Que hagan que venga Demilo, el hilo de cuya vida se ha terminado». Enviaron, pues, a Éucrates de regreso al mundo, donde anunció que Demilo moriría pronto. Demilo, que vivía en la vecindad, estaba ya un poco enfermo.

Pero poco después escucharon el ruido que hacían aquéllos y aquéllas que lloraban su muerte. Luciano se burla de todo lo que se decía sobre esta materia; pero reconoce que era la opinión común en su tiempo. En el mismo lugar dice que se ha visto a un hombre regresar a la vida después de haber sido dado por muerto durante veinte días.

La historia de Curma que acabamos de ver hace que me acuerde de otra casi igual

que refiere Plutarco en su libro sobre el alma[164] de un cierto Enarco que, habiendo muerto, resucitó poco después, y contaba que los demonios que llevaban su alma recibieron una severa reprimenda de su jefe, que les dijo que se habían equivocado, y que era Nicandro, y no Enarco, al que debían llevarse. Los envió a Nicandro, al que pronto asaltó la fiebre y que murió el mismo día. Plutarco conocía esta historia del mismo Enarco, que, para confirmar lo que le contaba, le dijo: «Curaréis ciertamente y pronto de la enfermedad que os aqueja».

San Gregorio Magno cuenta[165] una cosa muy parecida a la que acabamos de ver. Un hombre ilustre y de calidad llamado Esteban, bien conocido de san Gregorio y de su interlocutor Pedro, solía contarle que, habiendo ido por asuntos de negocios a Constantinopla, murió allí; pero, como el médico que debía embalsamarlo no se encontraba ese día en la ciudad, fue preciso que dejasen el cuerpo toda la noche sin enterrar. En este intervalo Esteban fue conducido ante el juez que presidía en los infiernos, donde vio muchas cosas de que había oído hablar pero que no se creía. Cuando lo hubieron presentado al juez, éste rehusó recibirlo, diciendo: «No es éste el que he ordenado que me traigan, sino Esteban el Herrador». Por lo que en seguida el alma del muerto fue llevada de nuevo a su cuerpo, y en el mismo instante Esteban el obrero del hierro expiró; lo que confirmó todo lo que el primero contaba de la otra vida.

Cuando la peste asolaba la ciudad de Roma en tiempos en que Narsés era gobernador de Italia, un joven liborniano, pastor de profesión y de un carácter bueno y tranquilo, fue atacado por la peste en casa de su amo el abogado Valeriano. Cuando lo creían casi muerto, volvió en sí de repente, y contó que había sido transportado al cielo, donde había sabido los nombres de los que debían morir de la peste en la casa de su amo; habiéndolos nombrado, predijo a Valeriano que los sobreviviría; y para convencerlo de que decía la verdad, le hizo ver que había adquirido por ciencia infusa conocimiento de diversas lenguas; en efecto, él, que nunca había sabido ni hablado más que el italiano, habló en griego a su amo, y otras lenguas a los que las sabían.

Después de haber vivido en este estado durante dos días, cayó en una especie de acceso de rabia y, habiéndose cogido las manos entre los dientes, murió por segunda vez, siendo seguido por aquellos a los que había nombrado. El amo, que sobrevivió, justificó plenamente su predicción. Hombres y mujeres extasiados y extasiadas permanecen, a veces durante varios días, sin probar alimento, sin respirar, y sin que el corazón dé signos de movimiento, como si estuviesen muertos. El famoso contemplativo Taulero sostiene que un hombre puede permanecer en éxtasis durante una semana, un mes, o incluso un año. Se ha visto a una abadesa que, en el éxtasis en que ella caía a menudo, perdía el uso de sus funciones naturales, llegando a pasar hasta treinta días consecutivos en éxtasis, sin probar alimento y sin tener ninguna sensación. Los ejemplos de éxtasis no son raros en las vidas de los santos, aunque no sean todos de la misma intensidad ni de la misma duración.

Orestes perseguido por las Furias, de William Adolphe Bouguereau.

 

Las mujeres en las pasiones histéricas permanecen asimismo a veces varios días como muertas, sin voz, sin sentido, sin pulso. Galeno habla de una mujer que estuvo seis días en este estado. Ved el Tratado de la incertidumbre de las señales de la muerte, t. 2, p. 404, 407 y siguientes. Algunas pasan diez días enteros sin moverse, sin sentir, sin respirar, sin probar alimento.

Se ha visto a personas que estaban sin movimiento como muertas, y que sin embargo disfrutaban por completo del uso del oído, escuchaban lo que se decía a su alrededor, se esforzaban por hablar y por demostrar que no estaban muertas, pero sin

que, no obstante, pudiesen ni hablar ni dar ninguna señal de vida[166].

Podría añadir aquí infinidad de éxtasis de santos de uno y otro sexo que, en sus raptos en Dios, permanecían inmóviles en la oración, sin sentido, casi sin respiración, sin sentir siquiera lo que se hacía a su alrededor y hasta lo que se hacía a ellos mismos.