Tratado sobre los vampiros
Capítulo 62
Notas sobre la disertación concerniente al espíritu
aparecido en Saint Maur des Fossés
LA DISERTACIÓN SIGUIENTE sobre la aparición sucedida en Saint Maur, cerca de París, en 1706, me era completamente desconocida. Un amigo que tenía algo que ver con mi obra sobre las apariciones me preguntó por carta si me parecería bien que la imprimiesen a continuación de mi escrito; consentí sin dificultad, por el testimonio que me dio de que era obra de una mano hábil, y que merecía que se la preservase del olvido en que había caído. He sabido después que estaba impresa en el cuarto tomo del Tratado de las supersticiones del R. P. Le Brun, del Oratorio.
Después de la impresión, un hábil religioso[208] me escribió desde Amiens, en Picardía, que había notado en esta disertación cinco o seis proposiciones que le parecían falsas.
1. Lo que dice el autor, que todos los santos doctores convienen en que no le
queda a los demonios ningún medio con que engañarnos más que la sugestión, que Dios les ha dejado para probar nuestra virtud.
2. Respecto a todos los prodigios y maleficios ordinarios, que el pueblo
atribuye a los sortilegios y al comercio con el demonio, es evidente que se puede obrarlos únicamente por la magia natural. Es la opinión de la mayor parte de los padres de la Iglesia que han hablado de ellos.
3. La participación que tienen los demonios en las prácticas criminales de los
que se suelen llamar brujos es solamente la sugestión, por la cual los invitan a la búsqueda abominable de todas las causas naturales que puedan dañar al prójimo.
4. Aunque los que han querido sostener el error popular del retorno de las
almas del purgatorio se hayan esforzado por apoyarse en diferentes pasajes extraídos de san Agustín, de san Jerónimo, de santo Tomás, etc., resulta claro que todos estos padres no hablan más que del retorno de las almas de los bienaventurados para manifestar la gloria de Dios.
5. De qué no podemos creer que la imaginación no sea capaz, después de tan
fuertes pruebas de su poder. ¿Podemos dudar que, de todas las presuntas apariciones que se cuentan, ella no obre solamente las de los ángeles y las almas de los bienaventurados, y las que proceden de la malicia de los hombres?
6. Después de haber establecido suficientemente que todas las apariciones que
no pueden atribuirse a los ángeles o a las almas de los bienaventurados, las producen una de estas tres causas: primero, la fuerza de la imaginación; segundo, la extrema sutileza de los sentidos; y tercero, la depravación de los órganos, como sucede en la locura y en las fiebres calientes.
El religioso que me ha escrito sostiene que la primera proposición es falsa; que los antiguos padres de la Iglesia atribuyen al demonio la mayor parte de los efectos extraordinarios que se hacen por ciertos tonos de voz, por figuras y fantasmas; que los exorcistas de la primitiva Iglesia expulsaban a los demonios, según confesaban los mismos paganos que los ángeles y los demonios se han aparecido a menudo a los hombres; que nadie ha hablado con mayor fuerza de las apariciones, de las obsesiones y del poder del demonio que los antiguos padres; que la Iglesia siempre ha empleado los exorcismos con los niños presentados en el bautismo, y con los obsesos y posesos por el demonio. Añádase que el autor de la disertación no cita a ningún padre en apoyo de su proposición.
La segunda proposición es también falsa; pues si debemos atribuir a la magia natural todo lo que se atribuye a los brujos, entonces no existen brujos propiamente dichos, y la Iglesia se engaña en las plegarias que hace contra ellos.
La tercera proposición es falsa por la misma razón.
La cuarta es más falsa todavía, y absolutamente contraria a santo Tomás, que, hablando en general de los muertos que se aparecen, dice que esto sucede, o por un milagro, o por un permiso particular de Dios, o por la operación de los buenos o de los malos ángeles, 1ª parte, cuestión 89, artículo 8 en el 2.
La quinta proposición es más falsa aún, y contraria a los padres, al sentimiento del común de los fieles y a las prácticas de la Iglesia. Si todas las apariciones que no provienen de los ángeles o de los bienaventurados, o de la malicia de los hombres, no proceden más que de la imaginación, ¿qué sucede con todas las apariciones de los demonios contadas por los santos y sucedidas a los mismos? ¿Qué sucede en particular con las historias de los santos ermitaños, de san Antonio, de san Hilarión, y de otros? ¿Y qué hay de las plegarias y de las ceremonias de la iglesia contra los demonios que obsesionan, que poseen y que infestan, y que se aparecen a menudo en las obsesiones, en las posesiones y en las infestaciones?
La sexta proposición es falsa por las mismas razones y por otras muchas que podrían añadirse.
«Esto es, añade el reverendo padre que me escribe, lo que me hace dudar si la tercera disertación ha sido añadida a las otras dos cuya autoría confiesa. He sospechado que el impresor motu proprio, o persuadido por gentes mal intencionadas, habría podido añadirla por sí mismo y sin vuestra participación, aunque puesta bajo vuestro nombre: pues, me decía a mí mismo, o el reverendo padre aprueba esta disertación o no la aprueba; pero parece que la aprueba, porque dice que procede de una mano hábil y que quiere preservarla del olvido.
»En consecuencia. ¿Cómo aprueba una disertación falsa en sí misma, contraria a él mismo? Incluso, si no la aprobase, ¿no resulta demasiado unir a su obra una mala pieza llena de mentiras, de verdades encubiertas, de razonamientos falsos y débiles, opuesta a la creencia común, a los usos y a las plegarias de la iglesia, peligrosa por lo tanto y completamente favorable a los espíritus fuertes e incrédulos que atestan nuestro siglo? ¿No debería más bien combatirla y mostrar su debilidad y la falsedad y los peligros que encierra? Esta es, mi reverendo padre, toda mi dificultad.»
Otros me han dicho que hubiesen deseado que hubiese tratado la materia de las apariciones con el espíritu del autor de esta disertación, es decir, desde un punto de vista puramente filosófico, y con la intención de destruir la creencia en su realidad, más bien que con el designio de apoyar la creencia en las apariciones tan bien señaladas en las escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento, en los santos padres y en los usos y oraciones de la iglesia. El autor de que hablamos cita a los padres, pero en general y sin señalar los testimonios y los pasajes expresos y formales no sé si hace gran caso de ellos y si está muy versado en su lectura; aunque no lo parece por su obra.
El gran principio sobre el que se apoya toda esta tercera disertación es que, desde la venida y la muerte de Jesucristo, el poder del demonio se limita a seducir, a inspirar y a persuadir al mal; pero en todo lo demás se encuentra atado como un león o un perro en su prisión. Puede ladrar y amenazar; pero no puede morder, a menos que uno no quiera aproximarse y entregarse a él, como lo ha dicho verdaderamente
san Agustín[209], mordere omnino non potest nisi volentem.
Pero pretender que Satán no pueda dañar ni a la salud del hombre ni de los animales, ni los frutos de la tierra, ni atacamos con sus artimañas, con su furor y con su malicia, ni atormentar a los que obsesiona o que incluso posee; que los magos y los brujos no puedan usar sortilegios y encantamientos para causar a hombres y animales enfermedades graves y hasta la muerte; pretender esto significa ir contra la fe de la Iglesia, contra las sagradas escrituras y contra las más sagradas prácticas, y también contra la opinión no solamente de los santos padres y de los mejores teólogos, sino también de las leyes y ordenanzas de los príncipes, y de las sentencias de los más respetables parlamentos.
No citaré aquí los ejemplos sacados del Antiguo Testamento, al haberse limitado el autor a lo que ha pasado después de la muerte y resurrección del Salvador, porque, dice, Jesucristo ha destruido el reino de Satán y el príncipe de este mundo está ya
juzgado: Princeps hujus mundi jam judicatus est[210].
San Pedro, san Pablo, san Juan y los demás evangelistas, conociendo bien las palabras del Hijo de Dios y el sentido que debía dárseles, nos enseñan que Satanás
busca a los apóstoles de Jesucristo para ahecharlos como trigo[211], es decir, para probarlos con las persecuciones y hacer que renuncien a la fe. ¿No se queja san Pablo
del ángel de Satanás que lo abofetea?[212] Los que por sus crímenes entregó a
Satanás[213], ¿no sufrieron nada en sus cuerpos? Los que comulgaban indignamente y que eran asaltados por las enfermedades e incluso por la muerte, ¿no sufrían estos
castigos por la acción del demonio?[214] El apóstol advierte a los corintios que no se
dejen sorprender por Satanás, que se disfraza a veces de ángel de luz[215]. El mismo apóstol, hablando a los tesalonicenses, les dice que el Anticristo se aparecerá antes
del último día[216] acompañado del poder de Satanás, de todo género de milagros, señales y prodigios engañosos. En el Apocalipsis, el demonio es el instrumento de que Dios se sirve para castigar a los mortales y hacerles beber el cáliz de su cólera. ¿No nos dice san Pedro que el demonio anda rondando como león rugiente, buscando
a quién devorar?[217] [218] ¿Y san Pablo a los efesios que no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tener contra los espíritus malos de los aires?
Los padres de los primeros siglos hablan a menudo del poder que los cristianos usaban contra los demonios, contra los que se decía que poseía el espíritu de pitón, contra los magos y demás huestes diabólicas, contra los posesos, sobre todo, que eran entonces bastante frecuentes, y que se han visto luego de vez en cuando en la iglesia y fuera de la iglesia; siempre se ha usado contra ellos con éxito los exorcismos y demás oraciones de la iglesia. Reyes y emperadores han hecho uso de su autoridad y del rigor de las leyes contra los que se han entregado a los demonios y utilizado sortilegios, encantamientos y demás medios que el demonio emplea para seducir y hacer que perezcan hombres y animales y que se arruinen los frutos del campo.
Podríamos añadir a las observaciones del reverendo padre dominico otras proposiciones de la misma obra; por ejemplo, lo que dice el autor «que los ángeles conocen todas las cosas de aquí abajo: pues, si es por medio de las especies que Dios les comunica todos los días, como lo cree san Agustín, no se puede creer que no conozcan las necesidades de los hombres, y que no puedan, para consolarlos y fortalecerlos, aparecerse a ellos con el permiso de Dios, sin necesidad de recibir siempre una orden expresa».
Esta proposición es arriesgada; no es cierto que los ángeles conozcan todas las cosas de aquí abajo. Jesucristo, en Mateo 24, 36, dice que los ángeles no saben el día de su advenimiento. Más dudoso todavía es que los ángeles puedan aparecerse sin una orden expresa de Dios, y que así lo haya enseñado san Agustín.
Dice poco después «que los demonios se han aparecido a menudo antes de J.C. con figuras imaginarias, que tomaban de la misma manera que las toman los ángeles, es decir, con cuerpos aéreos que organizaban; mientras que, en el presente, y desde la venida de Jesucristo, los prodigios y maleficios tan frecuentes, que el pueblo atribuía al sortilegio y comercio con los demonios, está claro que no pueden operarse más que por la magia natural, que es el conocimiento de efectos secretos por causas naturales, y algunos por la sola sutileza del arte; es la opinión de la mayor parte de los padres de la Iglesia que han hablado de ello.»
La danza de la vida (1899-1900), de Edvard Munch.
Esta proposición es falsa, y contraria a la doctrina y a la práctica de la Iglesia: no es cierto que sea la opinión de la mayor parte de los padres, debería haber citado a algunos.
Dice que «el libro de Job y el cántico de Ezequías están llenos de testimonios, que el Espíritu Santo parece haber querido darnos, de que las almas no pueden volver a la tierra después de la muerte, hasta que Dios no las haya convertido en ángeles».
Es cierto que las sagradas escrituras hablan de la resurrección y del retorno de las almas a sus cuerpos como de una cosa imposible según el orden natural. El hombre no puede ni resucitarse ni resucitar a su semejante sin intervención de la omnipotencia de Dios. Las almas de los difuntos tampoco pueden aparecerse a los vivos sin orden ni permiso de Dios. Pero es falso decir que Dios convierta a nuestras almas en ángeles, y que entonces puedan aparecerse a los vivos. Nuestras almas no se convertirán jamás en ángeles; pero J.C. nos dice que, después de la muerte, nuestras almas serán como ángeles en el cielo (Mateo 22, 30), es decir, espirituales, incorporales, inmortales y exentas de todas las debilidades y necesidades de la vida presente; pero no dice que nuestras almas deban convertirse en ángeles.
Afirma que «lo que ha dicho J.C. que los espíritus no tienen ni carne ni huesos, lejos de posibilitar la creencia en que los espíritus puedan volver, prueba al contrario evidentemente que no pueden sin milagro aparecerse a los hombres; porque necesitan absolutamente una substancia corporal y órganos para hacerse percibir, lo que no resulta adecuado a las almas, que no pueden naturalmente someterse a nuestros sentidos».
Esto no es más imposible que lo que ha dicho antes de las apariciones de los ángeles, porque nuestras almas después de la muerte del cuerpo son como ángeles en el cielo, según el evangelio; él mismo reconoce con san Jerónimo contra Vigilancio que los santos que están en el cielo se aparecen a veces visiblemente a los hombres.
¿De dónde viene que «los animales tienen también memoria como nosotros, pero no las reflexiones que la acompañan y que no proceden más que del alma que no tienen»?
Pero la memoria ¿no es la reflexión sobre lo que se ha visto, hecho y oído? Y, en los animales, la memoria ¿no es seguida de la reflexión, ya que se vengan de los que les han hecho daño, evitan a los que los han molestado y prevén lo que puede sucederles si caen en las mismas faltas?
Después de haber hablado de la palingenesia natural, concluye: «Así vemos qué poca razón hay en atribuirles al retorno de las almas, o a los demonios, como hacen los ignorantes.»
Si los que cantan las maravillas de la palingenesia natural, y admiten el retorno natural de los fantasmas en los cementerios y en los campos de batalla, lo que no creo que pueda suceder naturalmente, mostrasen que estos fantasmas hablan, obran, se mueven, anuncian el porvenir y, en fin, hacen todo lo que se refiere del regreso de las almas y de las demás apariciones, sea de los buenos o de los malos ángeles, se podría concluir que no hay ninguna razón para atribuirlas a las almas, a los ángeles o a los demonios; pero, primero, nunca se ha podido hacer que se aparezca el fantasma de un hombre muerto por ningún arte secreto; y, segundo, aunque hubiésemos podido suscitar su sombra, jamás le podríamos inspirar el pensamiento ni el razonamiento, al contrario de lo que sucede con las almas, los ángeles y los demonios que se aparecen, los cuales razonan y actúan como seres inteligentes y dotados de conocimiento del presente, del pasado y, en ocasiones, hasta del porvenir.
Niega que vuelvan las almas del purgatorio; pues, si pudiesen volver, «no habría nadie que no recibiese visitas semejantes de parte de sus parientes y amigos, porque todas las almas estarían en la misma disposición. Se puede creer, dice, que Dios les concedería el mismo permiso; y, si ellas tuviesen este permiso, las personas de buen sentido no comprenden por qué deberían acompañar sus apariciones con todas las locuras que se detallan en las historias.»
Se puede responder a esto que el retorno de las almas no depende ni de su disposición ni de su voluntad, sino de la voluntad de Dios, que concede el permiso a quien quiere, cuando quiere y como quiere.
El rico epulón suplica que Lázaro vuelva al mundo[219] para que advierta a sus hermanos que no caigan en la misma desgracia que él; pero no puede conseguirlo. Hay infinidad de almas en el mismo caso y en la misma disposición, que no llegan a obtener el permiso de que ni ellas ni otras almas puedan volver.
Si se ha acompañado algunos relatos de almas que vuelven de circunstancias poco serias, esto no atenta contra la verdad de los hechos; por una relación imprudentemente embellecida con circunstancias poco ciertas, tenemos mil muy sensata y seriamente escritas y de una manera muy conforme a la verdad.
Sostiene que todas las apariciones que no pueden atribuirse a los ángeles o a las almas de los bienaventurados, las producen una de estas tres causas: la fuerza de la imaginación, la extrema sutileza de los sentidos, o la depravación de los órganos, tal como sucede en la locura y en las fiebres calientes.
Esta proposición es temeraria, y ya ha sido refutada antes por el R. P. Richard.
El autor cuenta lo que se ha dicho del espíritu de Saint Maur, reduciendo el movimiento del lecho en presencia de tres personas bien despiertas, los gritos redoblados de un ser que nadie veía, la puerta cuyos cerrojos se echan por sí mismos, los golpes dados en los muros, los vidrios arrojados violentamente en presencia de tres personas sin que se descubriese al autor del movimiento, reduciéndolo todo a un trastorno de la imaginación, a la sutileza del aire y los vapores existentes en el cerebro de un enfermo. ¿Por qué no niega todos los hechos? ¿Por qué tomarse el trabajo de componer con tanto esmero una disertación para explicar un fenómeno que en su opinión no tiene ninguna verdad ni realidad?
Por lo que a mí respecta, me congratulo en advertir al público que no adopto ni apruebo la disertación del anónimo, que, por otra parte, no he conocido sino después de la impresión, que tampoco conozco al autor, y que ni tengo parte en ello ni ningún interés en defenderlo. Si el tema de las apariciones fuese puramente filosófico, y se pudiese, sin dañar a la religión, reducirlo a problema, me habría comportado de muy otra manera para destruirlo, y habría dejado correr libremente a la razón y a la imaginación.