Tratado sobre los vampiros

Augustin Calmet · Capítulo 44 de 66

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Tratado sobre los vampiros

Capítulo 41

 

Diversos ejemplos de personas enterradas todavía con vida

 

PLUTARCO CUENTA que, habiéndose caído desde una altura un hombre sobre su propio cuello, lo dieron por muerto, aunque no tuviese la menor herida aparente. Cuando al cabo de tres días lo llevaban a enterrar, de repente recobró sus fuerzas y volvió en sí.

Aselepíades[126], habiéndose encontrado con el cortejo fúnebre de una persona que llevaban a enterrar, consiguió que le dejasen ver y tocar al muerto, encontró señales de vida, y usando algunos remedios lo reanimó en seguida y lo devolvió sano a sus padres.

Hay diversos ejemplos de personas a las que se ha enterrado, pero que luego han regresado y todavía han vivido mucho tiempo en perfecta salud. Se refiere en

particular[127] que una mujer de Orléans, enterrada en el cementerio con un anillo en el dedo que no habían podido quitarle al meterla en el ataúd; a la noche siguiente un criado llevado por el deseo de ganancia abrió la tumba, rompió el ataúd y, no pudiendo arrancarle el anillo, iba a cortarle el dedo a la mujer, cuando ésta dio un grito enorme: el criado huyó al instante, la mujer se desembarazó como pudo de sus mortajas y volvió a su casa, sobreviviendo a su marido.

El señor Benard, maestro cirujano de París, atestigua que, estando con su padre en la parroquia de Réal, extrajeron de la tumba, vivo y respirando, a un religioso franciscano que llevaba tres o cuatro días enterrado, y que se había mordido las manos en torno a la ligadura con que se las habían sujetado; pero murió casi al instante en que se encontró al aire libre.

Varias personas han hablado de la mujer de un consejero de Colonia[128] que había sido enterrada en 1571 con un anillo de valor; el sepulturero abrió la tumba la noche siguiente para robar el anillo. Pero la buena señora le aferró el puño, obligándolo a que la sacase del ataúd. No obstante el sepulturero consiguió desasirse, y huyó rápidamente. La resucitada fue a llamar a la puerta de su casa; creyeron que era un fantasma, y la tuvieron bastante tiempo consumiéndose en la puerta; pero al fin le abrieron y la reanimaron, de tal modo que recuperó perfectamente la salud, y tuvo después tres hijos que fueron eclesiásticos. El suceso se representa en el sepulcro de la mujer en un cuadro en el que puede verse la historia, que además está escrita en versos alemanes.

Añaden que la dama, para convencer a los de la casa que era ella, dijo al criado que le abrió la puerta que los caballos estaban encerrados en el granero, como en efecto así era; y se ven todavía en las ventanas del granero de la casa unas cabezas de caballo en madera en señal de la verdad del hecho.

Francisco de Civile, gentilhombre normando[129], era capitán de cien hombres en la ciudad de Rouen, cuando fue sitiada por Carlos IX, y tenía entonces 26 años. Recibió una herida mortal en un asalto; y habiendo caído en una zanja, unos zapadores lo pusieron en una fosa junto con otro cuerpo, y lo cubrieron con un poco de tierra. Allí permaneció desde las once de la mañana hasta las seis y media de la tarde, en que su criado fue a desenterrarlo. Este sirviente, habiendo notado en él algunos signos de vida, lo puso en un lecho, donde permaneció cinco días y cinco noches sin hablar ni dar ningún signo de sensibilidad, pero tan ardiente por la fiebre como frío había estado en la fosa. Habiendo sido tomada por asalto la ciudad, los criados de un oficial del ejército victorioso que debía alojarse en la casa en que estaba Civile lo echaron en un jergón en una habitación de atrás, de donde los enemigos de su hermano lo arrojaron por la ventana sobre un montón de basura, donde permaneció en camisa por espacio de tres veces veinticuatro horas. Al cabo de este tiempo, uno de sus parientes, sorprendido de encontrarlo con vida, lo envió a una legua de

Rouen[130], donde lo trataron y se encontró al fin perfectamente curado.

En una gran peste que asoló la ciudad de Dijon en 1558, a una dama llamada Nicolasa Lentillet a la que habían dado por muerta de la enfermedad, la arrojaron a una gran fosa, donde enterraban a los muertos. La mañana del día siguiente de su entierro ella volvió en sí, esforzándose vanamente por salir: pero la debilidad y el peso de los otros cuerpos que la cubrían se lo impidieron. Permaneció en esa horrible situación durante cuatro días, hasta que los enterradores la sacaron y la llevaron a su casa, donde se restableció perfectamente.

Habiendo caído víctima de un síncope una señorita de Augsburg[131], depositaron su cuerpo en una bóveda profunda, sin que lo cubriesen de tierra: pero tapiaron completamente la entrada del subterráneo. Algunos años después murió alguien de la misma familia; abrieron la cueva, y encontraron el cuerpo de la señorita a la entrada misma de la cavidad, faltándole los dedos de la mano derecha, que había devorado de desesperación.

El 25 de julio de 1688 murió en Metz un joven peluquero de un ataque de apoplejía después de haber cenado por la noche. El 28 del mismo mes lo oyeron quejarse aún varias veces. Lo desenterraron; médicos y cirujanos Io visitaron. El médico sostuvo, después de que lo hubiesen desenterrado, que no llevaba muerto más allá de dos horas. El suceso lo extraemos del manuscrito de un burgués contemporáneo de Metz.