Tratado sobre los vampiros

Augustin Calmet · Capítulo 25 de 66

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Tratado sobre los vampiros

Capítulo 22

 

Excomulgados que salen de las iglesias

 

SAN GREGORIO MAGNO [57] cuenta que, habiendo san Benito amenazado con excomulgar a dos religiosas, éstas murieron en ese estado. Algún tiempo después, la madre adoptiva de las religiosas veía que salían de la iglesia una vez que el diácono había exclamado: «Que se retiren los que no comulguen». Habiendo la madre adoptiva hecho saber lo que sucedía a san Benito, el santo mandó una oblación en forma de pan, a fin de que lo ofreciesen por ellas en señal de reconciliación; y desde ese momento las dos religiosas permanecieron en reposo en sus sepulcros.

San Agustín dice[58] que se recitaba en los dípticos los nombres de los mártires, no para que rezasen por ellos, y luego los nombres de las vírgenes religiosas que habían fallecido, para que rezasen por ellas. Perhibet praeclarissimum testimonütm ecclesiastica auctoritas, in qua fidelibus notum est, quo loco martyres, et quo

defunctae sanetimoniales ad altaris sacramenta recitantur[59]. Era pues, quizá, cuando las nombraban en el altar, cuando ellas salían de la iglesia. Pero san Gregorio dice expresamente que era cuando el diácono exclamaba en alto: «Que se retiren los que no comulguen».

Los fantasmas, de Louis Boulanger.

 

El mismo san Gregorio cuenta que, habiendo salido del monasterio del mismo san

Benito[60] un joven religioso sin el permiso ni la bendición del santo abad, murió en la desobediencia, siendo enterrado en tierra santa. Al día siguiente encontraron su cuerpo fuera de la tumba. Los padres advirtieron de ello a san Benito, que les entregó una hostia consagrada, y les dijo que la pusiesen con el respeto conveniente sobre el pecho del joven religioso. Así lo hicieron, y la tierra no volvió más a expulsarlo de su seno.

Este uso o, mejor dicho, abuso de poner la santa eucaristía en las tumbas de los muertos es muy singular, pero no resulta desconocido en la antigüedad. El autor de la

vida de san Basilio el Grande[61], conocido por el nombre de san Anfíloco, dice que el santo se guardó la tercera parte de una hostia consagrada para que la enterrasen con él. La recibió, y expiró teniéndola todavía en la boca; pero algunos concilios habían condenado ya la práctica, y todavía otros la han proscrito después, como contraria a

lo instituido por Jesucristo[62].

No se han dejado en algunos sitios de poner hostias en las tumbas de ciertas personas de santidad reconocida, como en la tumba de san Otmaro, abad de Saint

Gall[63], en la que encontraron bajo su cabeza varios panecillos redondos, que no se dudó que no fuesen hostias.

En la vida de san Cutberto, obispo de Lindisfame [64], leemos que encontraron sobre su pecho unas cuantas hostias. Amalario cita a Beda el Venerable, que dice que pusieron una hostia sobre el pecho del santo antes de inhumarlo: oblata super

sanctum pectus posita[65]. Este detalle no se lee, sin embargo, en la historia de Beda, sino en la segunda vida de san Cutberto. Amalario nota que la costumbre venía sin duda de la Iglesia romana, que la había transmitido a los ingleses; pero el R. P.

Menard[66] sostiene que no es esta práctica que los concilios de que hemos hablado habían condenado, sino la de dar la comunión a los muertos, introduciéndoles la hostia en la boca. Sea lo que sea de la práctica en cuestión, sabemos que el cardenal

Humbert[67], en su respuesta a las objeciones del patriarca Miguel Cerulario, reprocha a los griegos que enterrasen la santa eucaristía, cuando todavía quedaba algo de ella después de que los fieles hubiesen comulgado.