Tratado sobre los vampiros
Capítulo 5
Resurrección o aparición de una muchacha muerta hacía
algunos meses
FLEGONTE, LIBERTO [17] del emperador Adriano, en el fragmento del libro que había escrito sobre las cosas maravillosas, dice que en Trapes de Asia, un tal Macates, hotelero, tenía relación con una muchacha llamada Filinium, hija de Demóstrato y de Cárito; esta muchacha habiendo muerto y sido enterrada, continuó viniendo por las noches durante cerca de seis meses a ver a su galán, a beber, comer y acostarse con él. Un día la nodriza de la muchacha la reconoció, cuando estaba sentada al lado de Macates; corrió a avisar a Cárito, madre de la muchacha, quien, después de haber puesto muchas dificultades, vino al fin a la hostelería; pero, como era ya muy tarde, y todo el mundo estaba acostado, no pudo satisfacer su curiosidad. Ella reconoció sin embargo los vestidos de su hija, y creyó reconocerla acostada con Macates. Volvió a la mañana siguiente; pero, habiéndose extraviado por el camino, no encontró a su hija, ya que se había retirado. Macates se lo contó todo, cómo desde cierto tiempo la muchacha venía a su encuentro cada noche; y, de prueba de lo que decía, abrió un cofrecito y le mostró el anillo de oro que Filinium le había dado, y la banda con la que ella se cubría el seno, y que le había dejado la noche precedente.
Cárito, no pudiendo por más tiempo dudar de la verdad de los hechos, se abandonó a los gritos y a las lágrimas; pero, como le prometieron avisarla la noche siguiente, cuando volviese Filinium, se volvió a su casa. A la noche la muchacha volvió como de ordinario, y Macates envió en seguida a avisar a su padre y a su madre; pues comenzaba a temer que alguna otra muchacha no hubiese tomado los vestidos de Filinium en su sepultura para engañarlo.
Habiendo llegado Demóstrato y Cárito, reconocieron a su hija y corrieron a abrazarla; pero ella exclamó: «Padres míos, ¿por qué habéis envidiado mi felicidad, impidiéndome permanecer aún tres días más con este hotelero sin hacer mal a nadie?, pues yo no he venido aquí sin el permiso de los dioses», es decir, del demonio, porque no se puede atribuir a Dios ni a un buen espíritu una cosa semejante. «Vuestra curiosidad os costará cara». En ese instante cayó muerta en redondo a todo lo largo del lecho.
Flegonte, que tenía algún poder en la ciudad, detuvo a la muchedumbre e impidió el tumulto. Al día siguiente el pueblo, reunido en el teatro, convino en ir a visitar el panteón en que descansaba Filinium, que había muerto unos seis meses antes. Allí encontraron los muertos de su familia colocados por orden; pero ni rastro del cuerpo de Filinium. Solamente estaba un anillo de hierro que Macates le había dado, junto a una copa dorada, que también ella había recibido de él. Después de esto volvieron al albergue de Macates, en el que el cuerpo de la muchacha yacía por tierra.
Se consultó a un adivino, que dijo que había que enterrarlo fuera de los límites de la ciudad, apaciguar a las Furias y a Mercurio terrestre, hacer funerales solemnes a los dioses Manes, y sacrificar a Júpiter Hospitalario, a Mercurio y a Marte. Flegonte añade hablando a quien él escribe: «Si juzgáis oportuno informar de ello al Emperador, escribídmelo, a fin de que yo os pueda enviar a algunos de los que han sido testigos de todas estas cosas».
He aquí un hecho bien circunstanciado y revestido de todas las características que pueden hacerlo pasar por verídico. Sin embargo ¿cuántas dificultades no encierra? Esa muchacha ¿estaba verdaderamente muerta, o no estaba más que dormida? ¿Su resurrección se hizo por sus propias fuerzas y a su voluntad, o fue un demonio el que le devolvió la vida? Parece que no se puede dudar de que fuese su propio cuerpo; todas las circunstancias del relato de Flegonte lo persuaden. Si no estaba muerta, y todo lo que hacía no era más que un juego y una estratagema para contener su pasión por Macates, no hay nada muy increíble en todo este relato; sabemos de qué puede ser capaz el amor desordenado, y hasta qué punto puede llevar a una persona poseída por una pasión violenta.
El mismo Flegonte dice que un soldado sirio del ejército de Antíoco, después de haber sido muerto en las Termópilas, apareció en pleno día en el campo de los romanos, donde habló con varias personas.
Heraldo o Hrappe, danés, que se hizo enterrar a la entrada de su cocina, y que, apareciéndose después de muerto, fue herido por un tal Olaus Pa, que dejó el hierro de su lanza en la herida; este danés se aparecía, pues, en su propio cuerpo. ¿Era su alma la que lo removía, o era un demonio, que se servía del cuerpo muerto para inquietar y asustar a los vivos? ¿Lo hacía con sus propias fuerzas o con el permiso de Dios? ¿Y qué gloria a Dios, qué ventaja a los hombres podía venir de estas apariciones? ¿Negaremos todos estos hechos narrados de una manera tan circunstanciada por ilustres autores, que no tienen ningún interés, ni ningún propósito para engañamos?
San Agustín cuenta que, durante su estancia en Milán [18], un joven era perseguido por la justicia por un particular que le reclamaba una deuda ya saldada por su padre, pero cuyo recibo no se encontraba por ninguna parte. El alma del padre se apareció a su hijo, y le enseñó dónde estaba el recibo que le causaba tanta inquietud.
San Macario de Egipto resucitó a un muerto[19] para testimoniar la inocencia de otro hombre acusado de haberlo matado. El muerto disculpó al acusado, pero no quiso nombrar al autor del crimen.
El mismo san Macario hizo hablar a otro muerto enterrado hacía algún tiempo, para descubrir un depósito que había recibido y ocultado sin saberlo su mujer. El muerto declaró que el dinero estaba escondido al pie de su lecho.
El mismo san Macario, no pudiendo de otro modo refutar a un hereje eunomiano, según unos, o hieracita, según otros, le dijo: «Vamos a la tumba de un muerto y preguntémosle, que nos instruya de la verdad con la que no queréis concordar». El hereje no se atrevió a presentarse allí; pero san Macario fue acompañado de multitud de gente; interrogó al muerto, que le respondió desde el fondo de su tumba que, si el hereje hubiese aparecido en la asamblea, se habría levantado para convencerlo y para dar testimonio de la verdad. San Macario le ordenó que se durmiese en el Señor, hasta el día en que J. C. venga a resucitarlo en el fin del mundo.
Los antiguos que han referido el mismo hecho varían en algunas circunstancias, como sucede de ordinario cuando se cuentan las cosas de memoria.
San Espiridión, obispo de Trimitonte de Egipto [20], tenía una hija llamada Irene, que permaneció virgen hasta su muerte. Después de la cual un particular vino a reclamar a san Espiridión un depósito que había confiado a Irene sin el conocimiento de su padre. Buscaron por toda la casa sin encontrar nada; al fin Espiridión fue a la tumba de su hija y, llamándola por su nombre, le preguntó dónde estaba el depósito. Ella lo declaró, y Espiridión lo devolvió.
Un santo abad llamado Erricle resucitó por un momento a un hombre que había
sido asesinado[21], y de cuya muerte acusaban a un religioso que era por completo inocente. El difunto hizo justicia al acusado, y el abad Erricle le dijo: «Dormid en paz, hasta que el Señor venga en el último día para resucitaros para la eternidad».
Todas estas resurrecciones momentáneas pueden servir para explicar cómo los revinientes de Hungría salen de sus tumbas, y vuelven a entrar en ellas, luego de haber sido vistos y sentidos por algún tiempo. Pero la dificultad estará siempre en saber: 1°, si la cosa es verdadera; 2°, si pueden resucitarse a sí mismos; y 3°, si están realmente muertos o solamente dormidos. De cualquier modo que el hecho se afronte, siempre parece igualmente imposible e increíble.