Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 12 de 52

Páginas del PDF

Con la música a otra parte

10. Empieza la aventura

Leo

Acababa de meter en una maleta las cosas que iba a necesitar durante esa semana, o por lo menos eso quería creer, porque siempre se me olvidaba algo.

El tiempo de gira suponía una contradicción para mí. La parte buena era que disfrutaba mucho con los conciertos y estando cerca de los fans. La mala que, además del palizón que suponía y que cada año que pasaba me costaba más, no me gustaba cambiar cada pocos días de hotel.

Cerré la maleta y me di la vuelta pensando en que aún no podía creer que Victoria hubiese aceptado mi invitación, estaba casi convencido de que iba a declinarla.

—¿En qué estarás pensando, que apareces con esa estúpida sonrisa?

—Me da la sensación de que lo sabes perfectamente, hay muy pocas cosas que se te escapen.

—Solo preguntaba por quedar bien. Sé perfectamente que tu mente estaba centrada en cierta mujer de nombre Victoria. —Había veces que Héctor me daba miedo, parecía saber todo lo que se cocía a su alrededor.

Supongo que por eso era mi jefe de seguridad y también por ese motivo le pagaba un sueldo tan exorbitado.

—Estaba casi seguro de que iba a negarse a venir —admití.

—No descartes que la hermana la haya obligado. No la conozco personalmente, pero parece bastante cabrona.

—No sé por qué dices eso… —Me extrañó que mi amigo creyera algo así.

—Ya sabes que calo a la gente con mucha facilidad, y por lo que he podido comprobar esa tiene pinta de ser una estirada de la hostia.

No pude evitar hacer una mueca, Héctor tenía razón en que era capaz de captar a las personas casi sin conocerlas. Y que dijera aquello me fastidió bastante, porque, a pesar de mi fama, me consideraba un tío normal. De ahí que las personas caprichosas y que iban de divas me resultaran muy difíciles de tragar.

—Eso es maravilloso —ironicé.

—No te preocupes, me da a mí que va a ser una semana, como poco, entretenida.

—Si tú lo dices… —respondí, no demasiado convencido.

Habíamos quedado en recogerlas en sus respectivas casas. Primero pasamos a por Victoria, ya que se encontraba más cerca de donde estábamos.

Al llegar, ella ya nos esperaba en la puerta con una maleta y cara de pocos amigos.

Héctor salió a colocar su equipaje en el maletero. No era su trabajo, pues normalmente de eso se encargaba el chófer, si bien no pude echárselo en cara; a mí mismo me hubiera encantado poder hacerlo, pero la gente me pararía y acabaríamos retrasándonos.

Mi amigo se acercó hasta donde ella estaba y le dio dos sonoros besos en las mejillas, después cogió su maleta y se encaminaron hacia el coche sonriendo.

Cuando Héctor abrió el maletero oí la carcajada de Victoria desde mi asiento. Y el vello se me erizó. La noche de la cena apenas logré sacarle una sonrisa, pero mi amigo parecía capaz de hacer que Victoria estuviera a gusto en su presencia y se dejara llevar por la risa.

Entraron en la parte trasera de la furgoneta aún riendo.

—Yo pensaba que los jefes de seguridad eran torres humanas, pero tú no eres muy grande —dijo ella acomodándose en el asiento.

—¿No? —preguntó Héctor con presunción.

—A ver, que pequeño tampoco eres, aunque no sé…

—Ya sé a qué te refieres, pero es que compenso los músculos extremos con otras cualidades.

Mi amigo estaba coqueteando abiertamente con Victoria, lo sabía porque lo había visto hacerlo infinidad de veces. Lo miré alzando una ceja y él elevó los hombros como si se disculpara por no poder evitarlo. Negué con la cabeza, ese hombre no tenía remedio.

—Hola, Victoria. Bienvenida. Pensaba que no nos acompañarías —

comenté observándola e intentando entablar conversación con ella.

—Y no tenía intención de hacerlo, pero mi hermana puede ser muy cabro… persuasiva cuando se lo propone.

Héctor puso su mirada más arrogante para hacerme ver que él tenía razón y que Victoria había decidido venir más por obligación que porque le apeteciera.

Antes de continuar hablando, el coche volvió a detenerse y me di cuenta de que, a diferencia de Victoria, su hermana no nos esperaba en la puerta.

Quince minutos más tarde, después de dos mensajes de Victoria para comunicarle que la estábamos esperando, y ante la desesperación de Héctor, apareció Jimena. Pensé que esta vez mi amigo iba a dejar que fuera el chófer quien se encargara del equipaje, sin embargo, me equivoqué.

Héctor salió del coche gruñendo.

Entendí ese gruñido cuando me di cuenta de que Jimena llevaba un equipaje excesivo —por decirlo suavemente— para una sola semana.

—¿No piensas ayudarme? —Oí que le pedía a Héctor, y yo cerré los ojos por el tono autoritario que había utilizado para dirigirse a él.

—¿Yo? Cariño, soy el jefe de seguridad de Leo, no tu mayordomo.

Sonreí para mis adentros porque Héctor no había tenido problema en echarle una mano a Victoria y por norma general no le negaba su ayuda a

nadie. Aunque sabía que Jimena se le había atragantado incluso antes de conocerla.

Podía oírla resoplar cada vez que subía una de sus bolsas al coche.

Giré la cabeza un momento y vi a mi amigo recostado en un lado del maletero contemplando a Jimena y con una enorme sonrisa en la cara.

Aquello no iba a acabar bien, lo veía venir.

Jimena entró en la furgoneta como si fuera la reina de Saba. Eché un vistazo a Victoria y pude comprobar cómo se removía incómoda en su asiento.

—Buenos días, Leo. Encantada de conocerte por fin. Te pido disculpas por no haber podido asistir a la cena del otro día —dijo, muy educada, teniéndome una mano, la cual yo estreché.

—No te preocupes, me dejaste en muy buena compañía. —Sonreí y Victoria bufó, se giró hacia Héctor dándome la espalda y se puso a hablar con él.

Durante el resto del viaje Jimena no paró de conversar conmigo. Lo hicimos básicamente de trabajo y de ella. No pude evitar sentir envidia por las carcajadas procedentes de Héctor y de Victoria, parecían estar pasándoselo muy bien.

OceanofPDF.com