Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 13 de 52

Páginas del PDF

Con la música a otra parte

11. La habitación de Héctor

Victoria

Hacía demasiados años que no compartía habitación con mi hermana y realmente no lo había echado en falta ni un solo instante, más bien todo lo contrario. Además, sabía que en esos momentos sería mucho peor, ya que la Jimena que tenía frente a mí no se parecía en nada a la adolescente a la que le daba igual cómo vestir.

Tenía claro que no iba a poder colgar en el armario ni una de mis prendas. Lo peor era que necesitaba espacio para trabajar y debería marcharme a cualquier otro sitio, porque Jimena llevaba tantas cosas que en lugar de estar fuera una semana parecía que estaba de mudanza.

Salí de allí con mi portátil y suspiré hondo pensando en lo larga que se me iba a hacer esa semana. No había dado ni dos pasos cuando la puerta que se hallaba enfrente de la nuestra se abrió.

—¿Ya lo has guardado todo? —dijo Héctor cruzando los brazos y apoyándose en el marco de la puerta.

—No creo que mi hermana me deje espacio para colocar ni un pañuelo.

—Él rio y yo me contagié de su risa—. Voy a ver si encuentro alguna sala para trabajar.

—Si quieres, puedes hacerlo en mi habitación. Yo voy a salir y no volveré hasta pasadas unas horas.

Lo pensé solo un momento y acepté la invitación. Seguro que estaría más cómoda allí que en cualquier sala llena de gente.

Héctor me dejó pasar a mí primero y al adentrarme en su cuarto solté una exclamación.

—Esto no vale, menuda habitación, es enorme —lloriqueé mirando a mi alrededor.

—De algo tiene que servir ser jefe de seguridad, ¿no crees?

—Que sepas que voy a invadirla durante todo el día, y no lo hago de noche porque no estaría bien visto —alegué paseándome por ella.

—Por mí no hay problema.

Alguien carraspeó en la puerta y los dos nos giramos. Por lo visto no la habíamos cerrado bien.

—Es hora de marcharnos —anunció Leo con el semblante serio.

—Sí, vamos. —Héctor se encaminó hacia él, pero Leo no se movió del sitio.

—¿Victoria no sale? —preguntó confuso.

—No, ha decidido invadir mi dormitorio y no seré yo quien se lo niegue

—respondió Héctor guiñándome un ojo.

Aunque pudiera dar la impresión de que había cierto coqueteo entre él y yo, la verdad era que de alguna manera me recordaba a la relación que mantenía con mi hermano José, por lo menos por mi parte. Esperaba que él no pensara de manera diferente.

Héctor y Leo se fueron y yo me acomodé en uno de los sillones de su habitación. Llevaba más de una hora trabajando cuando sonó mi móvil. Me había llegado un wasap.

Lo cogí sin apartar la mirada del ordenador y cuando comprobé de quién se trababa poco faltó para que se me cayera de las manos.

Luis:

¿Qué haces? Echo de menos hablar contigo.

Leí el mensaje unas cuantas veces para cerciorarme de que no me estaba equivocando. Iba a contestarle que solo echaría de menos charlar, ya que

había tardado muy poco en sustituirme por otra. Pero me controlé a tiempo y pensé que yo estaba por encima de aquello.

Yo:

Trabajando.

Decidí responder la verdad, pero de la manera más escueta y seca que pude.

Luis:

Acuérdate de ponerte las gafas, que, si pasas muchas horas frente al ordenador sin ellas, luego te duele la cabeza.

¡Joder, las gafas! Me levanté para ir a buscarlas a mi habitación, pero no fui capaz de llegar porque las lágrimas me nublaron la vista y tuve que volver a sentarme.

Esa tontería de las gafas fue como la gota que colmó el vaso para hacer que todas mis emociones salieran a flote. Había pasado los últimos años de mi vida con él y posiblemente era la persona que mejor me conocía. El simple hecho de recordarme siempre que me las pusiera era su manera de hacerme ver que se preocupaba por mí. Ya ves qué absurdez; no lloré cuando lo vi besando a otra y lo estaba haciendo entonces solo por ese simple comentario.

Por mucho que me repetí a mí misma que aquello era una tontería, fui incapaz de controlar el llanto. Y sollocé con más fuerza cuando entendí que, por muy fuerte que me creyera, yo también lo echaba de menos.

Lloré durante mucho tiempo, tanto que cuando Héctor regresó yo estaba hecha un ovillo en su cama.

—Victoria, ¿qué demonios te ha pasado? —Llegó a mí en dos zancadas y se puso de rodillas junto a la cama.

—No te preocupes, no es nada. Ya estoy bien, de verdad —balbuceé como pude.

—Deja que lo dude, parece que has estado llorando durante todo el tiempo que has permanecido aquí.

—No vas muy desencaminado. En fin… Mal de amores —expliqué mientras me incorporaba en su cama.

Desde luego no tenía tanta confianza con él como para haberle mojado la almohada con mis lágrimas.

—Uff, eso es lo peor. Y no…

No logró terminar la frase porque llamaron a la puerta. Me levanté y me sequé los ojos como pude mientras Héctor abría.

—Será mejor… —Leo se paró en seco sin acabar la frase y nos miró alternativamente a los dos—. ¿Se puede saber qué demonios ha pasado aquí?

Héctor posó su mirada en mí y supe que no iba a hablar y que dejaba que fuera yo quien diera una explicación, si es que quería, claro.

—Nada, digamos que no he tenido una buena mañana. —Fue todo lo que conté.

—Eso ya lo veo —añadió Leo, no demasiado convencido.

—Me voy. Si no te importa, esta tarde volveré, no es que haya adelantado mucho —le pedí a Héctor mientras recogía mis cosas.

—Puedes venir cuando quieras, incluso si la noche se te hace demasiado larga… No suelo dormir mucho. —Esperaba que no lo dijera con doble sentido. Debía hablar con él, pero lo haría en otro momento. Lo único que me apetecía era darme una ducha, a ver si el agua conseguía arrastrar la pena.

No recordaba dónde leí que había tres cosas que resultaban sanadoras: la ducha, el sueño y un abrazo. Esperaba que funcionara con lo primero,

porque no tenía ni pizca de ganas de dormir y no veía a mi hermana abrazándome.

OceanofPDF.com