Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 37 de 52

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Con la música a otra parte

35. Tenemos que hablar

Darío

—¿Se puede saber qué te pasa con nuestra hermana Rocío? —Hice hincapié en las palabras «nuestra hermana».

—Nada —respondió José, tajante.

—Ya, pues no es lo que acabo de presenciar. Pensaba que eso había quedado olvidado —le recriminé.

—Por supuesto que está olvidado. Hace mucho tiempo —respondió sin mirarme a la cara.

—Espero que siga siendo así —le advertí.

—Darío, dame un respiro, ¿vale?

Decidí dejar de insistir porque José parecía bastante agobiado.

—¿Y qué me dices de ti y Aitana? Hermanito, o mueves ficha o ve despidiéndote de ella. Aitana está demasiado buena. —Sabía que lo único que pretendía mi querido hermano era devolvérmela.

—¿Cómo es posible que no me haya dado cuenta hasta ahora? —

pregunté incrédulo.

—Porque eres imbécil. —No le faltaba razón, pero no era plan de reconocerlo delante de él—. Y porque estas cosas suelen pasar; a mí no, porque yo no la hubiera dejado escapar, pero por lo visto suceden.

—¿Qué es lo que suele pasar?

—Que no te das cuenta de lo que tienes hasta que lo pierdes —sentenció con cierta tristeza en la voz.

—Pareces hablar sabiendo lo que dices.

—Yo nunca la he tenido. —Me percaté al momento de que esas palabras se le habían escapado sin querer.

—Ni la vas a tener. —Casi lo amenacé—. Rocío es nuestra hermana.

—Técnicamente no.

—Lo es —gruñí.

—Ya lo sé. Solo bromeaba. —Sabía que no era del todo cierto.

—Ceo que lo mejor sería que salieras de casa de los papás. Vivir bajo el mismo techo solo complica más las cosas.

—Ya lo he pensado. ¿Sabes?, podría irme a vivir contigo y con Aitana.

Ahora que ella se ha desmelenado… —Me pasé. Quería darle una colleja, pero se me fue la mano.

—Joder, Darío, contrólate un poco —gruñó mientras se acariciaba la nuca.

—Lo siento, no he calculado bien.

Paré el coche frente a la casa de nuestros padres y me giré hacia José.

—No sé qué hacer con Aitana —reconocí.

—Solo puedes hacer una cosa.

—¿El qué? —pregunté con ansiedad.

—Arrastrarte como un gusano.

—Genial.

—Aitana lleva detrás de ti desde que apenas era una cría. Ha tenido que aguantar infinidad de situaciones que seguro que no han sido de su agrado.

Ha tragado con todo, no con lo que a ti te gustaría que tragara, pero sí con otras cosas —bromeó. Se lo agradecí, porque sabía que su intención era quitarle hierro al asunto—. En serio, hermano, es una putada estar colgado de alguien y ver cómo por su cama pasa un desfile de personas y que ninguna de ellas eres tú.

—José… Ya basta —lo reprendí.

—¿¡Qué coño quieres que haga!? ¿Crees que es fácil sacarla de mi cabeza, piensas que no me siento como una mierda?, pues te equivocas. No me puedo dar más asco, pero tampoco soy capaz de dejar de sentir lo que

siento. Y si lo que quieres es recuperar el amor de Aitana lo tienes jodido, porque te has comportado como un gilipollas con ella durante los últimos veinte años.

Dicho esto, salió del coche y dio tal portazo que creí que rompería la puerta.

Yo era el único de mis hermanos que sabía lo que había pasado entre Rocío y José muchos años atrás. Entendía que era una situación difícil, pero Rocío era mi hermana y no podía comprender que José la mirara de otra forma.

Sacudí la cabeza para apartar esos pensamientos de ella. Bastante tenía ya con lidiar con Aitana y con el inoportuno momento que había elegido para acostarse con todo hombre que se le cruzara.

La noche siguiente preparé la cena para Aitana y para mí, aun sabiendo que cabía la posibilidad de que ella no viniera ni siquiera a dormir.

No podía concebir que me hubiera dejado de querer de un día para otro, así que quizá lo único que debía hacer era intentar, por todos los medios que tenía a mano, que dejara volver a sacar a flote esos sentimientos. ¿Cómo lo iba a conseguir? No tenía ni puñetera idea.

La esperé hasta que la cena se quedó fría y las velas que había puesto en la mesa se consumieron.

Al final, me quedé dormido en el sofá sin que ella apareciera.

Me desperté sobresaltado cuando noté cómo alguien me zarandeaba.

—Darío, te has quedado dormido en el sofá y no hay manera de despertarte.

—Joder, me duele todo —me quejé.

—¿Ya se ha ido tu cita?

—¿Qué cita? —Estaba medio dormido y no tenía ni idea de lo que me hablaba.

—Has puesto velas en la mesa y has cocinado.

—Sí, lo he hecho. —No tenía más ganas de hablar—. Me voy a la cama, estoy molido.

—Buenas noches, Darío. ¿Seguro que estás bien? —susurró mientras agarraba mi mano, y su voz y su gesto me parecieron una invitación. Así que preferí aproximarme a ella y que me rechazara a irme a dormir y quedarme con las ganas de saber lo que hubiera podido pasar.

Me acerqué lentamente, dándole tiempo a que se apartara si quería. Pero no lo hizo.

Agarré con suavidad su nuca y pegué mis labios a los suyos. Quería ir despacio, pero la necesidad que tenía de ella no me dejaba. Al meter mi lengua en su boca, Aitana jadeó y yo dejé de pensar. La agarré por las nalgas y ella enroscó sus piernas en mi cintura, pegándose tanto a mi cuerpo que quien jadeó esa vez fui yo. Llevaba puesto un vestido, así que me resultó fácil meter las manos dentro de sus bragas y acariciarla. Aitana gimió con fuerza y yo dudé si llevarla a mi cuarto o tumbarla en el sofá, que era lo que estaba más cerca. Una pequeña luz se iluminó en mi cabeza y caminé hacia mi habitación. Estaba seguro de que iba a necesitar mucho tiempo con ella para saciarme y el sofá no era el lugar más cómodo.

Lo primero que Aitana hizo cuando la bajé fue deslizarse poco a poco por mi cuerpo hasta ponerse de rodillas y bajarme el pantalón. Cuando vi sus intenciones la agarré del brazo para que se levantara.

—Ah, no, no sabes la de veces que he soñado con esto —susurró.

No sabría decir si los siguientes minutos fueron buenísimos o todo lo contrario. A Aitana se le daba demasiado bien aquello y yo tenía miedo de terminar antes de empezar. Cuando no pude aguantar más la alcé y la tumbé en la cama.

—Ahora me toca a mí —ronroneé.

—No seré yo quien se oponga a eso. —Sonreí porque jamás me hubiera imaginado que Aitana fuera así en la cama. Y, sí, he de reconocer que en las últimas semanas me la había imaginado muchas veces tal y como la tenía en esos momentos.

No recordaba haber tenido jamás un atracón de sexo como el de esa noche. Aitana se mostró muy perspicaz, receptiva y cariñosa. Y yo había acumulado tantas ganas que parecía que no me saciaría nunca de ella.

No sabía a qué hora nos dormimos, pero ya amanecía. Por eso me extrañó tanto que, al despertarme, Aitana no se encontrara en la cama conmigo.

Me levanté, me puse el pantalón del pijama y me dispuse a buscarla. La encontré sentada en el sofá, perfectamente vestida y con un café entre las manos.

—Tenemos que hablar.

Nunca unas palabras me habían parecido tan inadecuadas.

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